La intimidad del agua

Hoy he vuelto a ver a mi hijo.

Me lo he encontrado, como la primera vez, flotando en el centro de una laguna con forma de luna en cuarto creciente o de cuerno o de cuna celestial suspendida en un cosmos de cuerpos lúteos y agujeros negros.

La primera vez que lo vi era un pequeño lagarto de cuatro patas y una tupida borla sobresalía de su parte trasera como la diminuta cola de un gazapo. Esto era así cuando no se movía, ya que al desplazarse adquiría la forma de un extraño y pequeño pajarraco con dos gibas irregulares de dromedario arábigo.

Hoy, dos meses después de nuestro primer encuentro, lo he vuelto a ver flotando en el centro de esa gran laguna nocturna y flotante.

Allá, más arriba de la intimidad del agua, las estrellas dibujan los vértices de las constelaciones que presagian su psiqué y abajo, en la tierra de lo infinito, dentro de la circunferencia que rodea la laguna, se desplazan unas manchas como nubes y mi hijo en el centro de su cuna es nube también. Nada queda ya del lagarto del primer mes. La borla trasera se ha transformado en una cabezota sin contornos, anubarrada y antropomorfa con los orificios nasales formando aberturas oblicuas y la mandíbula superior insinúa separaciones óseas como las teclas blancas y negras de un órgano musical accidentalmente arqueado. Bajo la mandíbula, el agua negra de la laguna separa su cabeza nebulosa de un cuerpo todavía más nebuloso. Un abdomen elevado de algodón y cuatro patas blancas y muy redondas, como la borla inicial del gazapo, ha sido todo cuanto he podido ver.

Su anatomía parecía mostrar todo tipo de adaptaciones a los jardines umbríos, a las profundidades oceánicas y a la vida nocturna en los desiertos, pero antes de que pudiese analizar con calma todos los pormenores de su extraña configuración, el espéculo del ginecólogo penetró con su lucecita blanca en los dominios acuáticos de la negra laguna donde flota la criatura.
Fue entonces como si una farola se hubiese alumbrado en la habitación de los muertos y mi hijo ha demostrado que es indudablemente hijo mío, pues con los agujeros negros que son todavía sus nebulosos ojos ha fruncido magistralmente un ceño que todavía no tiene, en un gesto indiscutible de fastidio y rebeldía que inmediatamente he reconocido como mío y, sin ningún preámbulo, se ha dado bruscamente media vuelta y nos ha dado la espalda. Se ve que no le gusta que enciendan la luz cuando descansa ni que interrumpan sus sueños eternamente nocturnos.  

Ni siquiera las numerosas palmaditas y sacudidas en mi vientre han sido suficientes para convencer al pequeño nubarrón de darse la vuelta. He de decir que por primera vez he sentido orgullo de madre pues ninguna autoridad médica ni de ningún tipo, ha conseguido desviarle ni un milímetro de sus perezosos objetivos vitales.

Así que me he quedado ahí, en la puerta de su habitación galáctica, observándole dormir de espaldas en su vía láctea, tan lejano todavía, fundido con el cosmos en un estado de conciencia mágico.

Si un día me pregunta de dónde vienen los niños pues le diré la verdad. Le diré que vienen de un tiempo en el que el alma no se ha separado del cielo y el verde y el azul todavía no se han distinguido. Le explicaré que en ese tiempo, todos vivimos sin soñar porque somos el sueño mismo y luego le enseñaré las fotos de su primera mutación en la intimidad del agua. Le diré que antes de ser humano fue nube y antes de nube lagarto y antes de lagarto probablemente era un dios y que como todos los dioses, viene del origen; del άρχη, al que un día deberá volver.

***

En este monólogo interior me hallaba, cuando el espéculo apagó sus luces y la noche extendió como un negro manto su convicción de silencio y una nube flotando en el cuerno de una laguna se impuso en mi vida con la solemnidad de una etérea presencia cargada de astros.

***

La primera pintura es mía, la segunda de Leon Spilliart

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Leave a Reply

Your email address will not be published.