Elogio a Erasmus van Rotterdam

El nueve de junio de mil quinientos ocho, viaja entre Italia e Inglaterra una comitiva de  carruajes y caballos con floridos postillones al frente y varias acémilas, asnos y mozos de carga. Algunos caballeretes con abalorios dorados en las fruncidas mangas de sus aterciopelados sayos y calzas de soleta, cierran los laterales del noble cortejo.

En la ventana de uno de los coches se entrecorta el perfil riguroso de un hombre de unos cuarenta y tantos años de tez pálida y facciones matemáticas. La blancura de su rostro contrasta con la oscuridad de su negro birrete bajo el  cual una nariz de punta demasiado alargada y carnosa sobresale como un triángulo isósceles trazado en el centro de un cuadrado perfecto. Esta ligera imperfección se ve no obstante compensada por un par de huesos malares que como sólidas y vigorosas vigas de sillería sujetasen un majestuoso andamiaje pontifical. El resultado final es un conjunto geométrico y armonioso envuelto en un halo de estatutaria imperturbabilidad.
Los rayos oblicuos del sol mueren entre los dos o tres anillos de gemas verdes y azules que decoran sus blancas y finas manos. Sus vestiduras sobrias y oscuras contrastan con el brillo de sus ensortijados dedos y, envuelto en una vieja capa de sacerdote agustiniano, contempla con avezada indolencia  los rostros de sus tres compañeros de viaje que se hallan en esos momentos en pleno paroxismo de un  diálogo apasionado sobre no se sabe muy bien qué problema existencial. Rostros venerables, barba y labios tensados, ademanes, acciones y palabras todos ellos estudiados y fingidos. Fieles adoradores del método escolástico todavía en boga por aquellos años.

  •  Si autorizan ustedes ilustres viajeros, dice el más joven de entre ellos, a este muy sabio  doctor, a quien estimo y honro, le preguntaré la causa y razón por la cual ciertas personas ignoran por qué los galápagos no tienen bigotes.

A lo cual responde el muy ilustre doctor tras la aquiescencia del resto de la comitiva y siguiendo los buenos usos universitarios de la ciencia escolástica:

  • Señores viajeros; este ilustre joven me pregunta la causa y razón por la cual ciertas personas ignoran que los galápagos no tienen bigotes a lo cual yo respondo: hay personas que saben que los galápagos no tienen bigotes porque creen  en la palabra revelada; y  otras personas saben que los galápagos no tienen bigotes porque racionalmente han demostrado su existencia y hay personas que ignoran esta información porque carecen de fe que es lo mismo que carecer de razón o de razón que es lo mismo que carecer de fe.
  • Oh mi ilustre señoría, ¿Cómo es posible esto?, pregunta el imberbe bachiller.
  • Es posible porque Dios nos ha dado la razón para que la usemos y a través de ella podamos alcanzar la fe, pero no todas las gentes hacen uso de ella. Logica sive sit organo organorum, uti Aristoteli; sive dialéctica, uti scholasticis.
  • Con ello concluyo mi muy ilustre doctor que si Dios nos ha dado la razón para que la usemos, la verdad de la razón nunca debería ser opuesta a la verdad revelada porque la verdad no puede contradecir la verdad.
  • Bien dicho joven, la fe es la regla del recto proceder de la razón y usted demuestra tener fe en la dialéctica, afirma el doctor retocándose las puntas de sus finos bigotes.
  • Oh! Usted me hace enrojecer señor, tantam venerationem non meretur!

Nuestro viajero frunce ligeramente el ceño y vuelve sus negros y apacibles ojillos a los campos del norte de Italia donde el sol distribuye con justicia sus estampados ocres en el ocaso del día y su mirada suspendida sobre la amplitud de las tierras adquiere por momentos esa universalidad que el mundo conocerá más tarde. Bandadas de passeros desgarran un cielo crepuscular y el canto de alguna allodola lejana acompaña el trotinete de los caballos.

– Andaban volando los pájaros… se dice como entre sueños.

Este pensamiento poético compuesto al azar le lleva a una visión del pasado; la de los pájaros negros sobrevolando la Torre de Londres como brujas de mal agüero.
– Andaban volando las brujas…
– Andaban volando los cuervos…

Y a su lado andaban los eruditos viajeros tan de sobra como los perros discutiendo el por qué no tienen bigotes los galápagos.
A decir verdad, no era éste el verdadero tema de conversación, pero nuestro viajero, discípulo incondicional del juego y la ironía sustituía así unas palabras por otras para hacer su viaje más ameno y entretenido. Pensaba nuestro amigo que la estructura de tal dialéctica permitía remplazar la pregunta originaria por cualquier otro asunto y la respuesta siempre sería la misma, es decir, binaria.
Verdadera o falsa.
Tales conclusiones maniqueas le hacían bostezar y afloraban entonces a su memoria las aulas escolares en Deventer con su corolario de humillaciones, limitaciones y castigos.  Años de zozobra, de encierro  e imposiciones pedagógicas.

– Desiderius Erasmus! Wakker Worden!

Como siempre le ocurre, cuando su pensamiento alcanza la escuela o el convento agustino, busca desesperadamente el brazo del que pudo ser pero no fue su compañero de clase y sin embargo lo ha sido de la vida: Tomás Moro.
Ahora lo ve muy de cerca a través de la ventana y se ve a él mismo asido de su brazo paseando por entre la bruma londinense e intercambiando metáforas y juegos de palabras bajo el graznido ancestral de los pájaros negros, amos y dueños de la Torre en la que un día, hoy todavía lejano, su queridísimo amigo subirá al cadalso en nombre de la misma razón que invocan ahora en el asiento de enfrente los eruditos de los galápagos.

Verdadero o falso.

Querido Tomás, empieza a trazar con la pluma de sus pensamientos, últimamente, durante, mi viaje de Italia a Inglaterra, para no perder en conversaciones banales o insípidas todo el tiempo que tenía que pasar a caballo, resolví, ya meditar de vez en cuando alguna cosa que tuviera relación con nuestros comunes estudios, ya trasladarme con el pensamiento hacia donde se encontraban los amigos tan doctos y tan amables que iba a volver a ver. Entre éstos, mi querido Moro, tú ocupas el primer lugar. A pesar de la ausencia, tu recuerdo tenía para mí tanto hechizo como si me encontrara a tu lado; y que me muera si he saboreado en mi vida deleite más dulce que el de tu compaña. Queriendo, pues, hacer absolutamente alguna cosa y no pudiendo consagrar mi tiempo a un trabajo, pensé componer el Encomium Moriæ. El Elogio de la locura. 

***

El Encomium Moriæ nacido en el traqueteo de este viaje entre Italia e Inglaterra donde le espera Thomas Morus cuyo apellido (Morus-Moriae) encendería el ingenio de la verdadera Moira, sería escrito a su llegada a Inglaterra y publicado tres años más tarde.
Estamos a principios del siglo XVI, los hombres ya han conquistado el globo y sueñan con navegar los aires y, aunque Erasmo no lo sabe, el renacimiento acaba de cumplir su segundo siglo de vida. Tampoco sabe que él es un humanista en el sentido utilizado hoy en día. Los humanitas de aquel tiempo eran los profesores de latín. Petrarca, Boccacio y Dante en los siglos precedentes, se consideraban ante todo poetas, aunque no por ello dejaron de reivindicar la vuelta a la literatura clásica (Virgilio, Horacio…) en las universidades, desbancada desde hacía siglos por la dialéctica, la metafísica y la teología siguiendo el método de enseñanza escolástico. También reivindican el estudio de los textos sagrados en hebreo y griego pues las traducciones de la Vulgata están plagadas de interpretaciones erróneas que el mismo Erasmo sacaría a la luz años más tarde.

Por otro lado, el latín de la escolástica era considerado por estos hombres un latín bárbaro y mediocre. No en un sentido puramente lingüístico sino en el de su estructura, pues este latín estaba ante todo construido sobre la ilusión de que es posible confeccionar una lengua en la que el criterio de verdad sea absolutamente binario. La gran obsesión de la escolástica era precisamente ésta: distinguir inmediatamente la verdad de la falsedad siguiendo el hilo conductor de tal dialéctica.
A decir verdad, no difiere este pensamiento medieval del que domina nuestras sociedades y universidades hoy en día, en las que la Inquisición de los mercados, la inteligencia artificial y el pensamiento binario han desbancado e incluso ridiculizado el pensamiento humanístico.
Si bien separar a través de la razón el sujeto del objeto observado es propio de la limitación de nuestra mente humana, ciertos poderes como la Iglesia en aquellos años o la ciencia y le tecnología en los nuestros, se han entronizado como valedores, custodios y hasta patrocinadores de tal forma de intelligentia.

Nadie cuestionaba la Iglesia en aquel tiempo, de la misma manera que nadie cuestiona la ciencia en el nuestro, lo cual no es de extrañar, pues ambas tienen mucho en común. El hombre que afirma a Dios desde la “creencia” es tan racional como el que lo niega desde la ciencia. Ambos están limitados: El primero por la fe. El segundo por los sentidos.  Entendamos aquí la fe en el sentido escolástico, es decir, como la afirmación de que Dios es la explicación (racional puesto que es explicación) ante lo desconocido. A través de un camino mental de preguntas y respuestas, la mente llega a la confirmación racional y razonable de la existencia de Dios, de la misma manera que la ciencia siguiendo el método experimental (sensorial) llega a la confirmación racional y razonable de su inexistencia.

Frente a esta concepción de la realidad, la Stultitiæ (la Locura) va a subirse en el año 1511 al altar de las escuelas catedralicias para pronunciar su propio discurso y frente a la razón y su dialéctica lineal, alzará sus largos y huesudos brazos, sacudirá su desgreñada cabellera grisácea y, como una silueta danzante bajo sus abultadas túnicas, reivindicará una dialéctica compleja inspirada en la poesía, la metáfora, la intuición, la ambigüedad, el doble y el triple sentido, llevándonos por un laberinto de espejos en el que nos es imposible distinguir quien afirma la verdad y quien la falsedad.
Con su larguísima lengua de criatura impúdica, la Stultitiæ no deja títere con cabeza. Entre todas sus incriminaciones, la Locura se atreve a denunciar por ejemplo los vicios de la Iglesia, pero cuidado, porque es la Locura quien habla y como todo el mundo sabe, la Locura no dice la verdad sino la falsedad, luego,  siguiendo la retórica escolástica, si es la Locura quien afirma la verdad lo que dice no puede ser verdad, luego, sus acusaciones son mentirosas. Sin embargo, el lector sabe perfectamente que son verdaderas, luego, ¿de quién se está burlando Erasmo?
No creo que estos jueguecitos de palabras fuesen apreciados por los defensores de la razón,  pero es así como Erasmo introduce una nueva forma de abarcar la realidad al tiempo que separa el cristianismo de lo puramente escolástico poniéndolo en relación con lo universal Humano. Nos lanza el mensaje de que la verdad es divina en todas sus formas, por ello nunca habla de una teología de Cristo o de una doctrina de la fe, sino de una “filosofía de Cristo” y nos propone volver a las fuentes de la verdadera fe, buscarlas en sus orígenes primigenios donde todavía corren con divina pureza y no mezcladas con ningún dogma. La fe, vista de esta manera y separada del dogma, carece de objeto y no necesita explicación. Es simplemente la apertura al misterio de la vida.

La Locura, que había empezado al principio de la obra por confesarse a sí misma como la responsable de todos los disparates humanos, poco a poco, a lo largo de su discurso y a través de este laberinto infinito de espejos con infinitas posibilidades, nos conduce a la conclusión de que tal vez sea ella y sóla ella con toda su irracionalidad, insensatez, incoherencia y contradicciones, la que nos hace humanos y para probarlo, Erasmo nos ilustra con el ejemplo del mismísimo Cristo abrazando la  locura al final de la obra.
Sin embargo, esto no se aprecia en la versión española. El texto que me dispongo a copiar es una fiel traducción del filólogo francés Jean-Christophe Saladin del original en latín. Las versiones digitales que he podido leer en español de El Elogio de la Locura, carecen de fidelidad al texto original y donde Erasmo, por ejemplo, calificó a los apósteles de groseros e ignorantes, aparecen en la versión española bajo el epíteto de “simples”.  Señalaré los elementos diferenciadores poniendo entre paréntesis el texto original en español.  Tal vez siendo el pueblo español un pueblo tan racional en todos los sentidos (en la ciencia y en la religión), sus traductores no pudieron concebir que Erasmo pudiese hablar más allá de la razón e intentaron acomodar el sentido del texto a sus propios criterios “razonables”. Dejando de lado estas especulaciones personales y subjetivas, el texto en español me ha resultado más difícil de interpretar según el pensamiento erásmico que el francés, aunque es muy posible que existan otras ediciones más fieles a la obra original que no he tenido ocasión de conocer.

He aquí una versión española que me he permitido traducir a partir de la versión francesa de Jean-Christophe Saladin cuando el mismo Cristo  dejó la razón de lado y se nos volvió loco.

¿Qué proclama todo esto sino que todos los hombres son estultos, incluso los piadosos? El mismo Cristo, que socorrió a la estulticia (el texto español añade “a la estulcia de los mortales”), y aun siendo «la sabiduría de su Padre», consintió en aceptar la locura cuando se mostró bajo el aspecto de un hombre  (en la versión española “tuvo en cierto modo que hacerse estulto cuando se revistió de carne mortal…”) o cuando  se transformó en el pecado para redimir el pecado. Y quiso hacerlo por medio de la locura de la Cruz, ayudado por Apóstoles ignorantes y groseros (en la versión española” simples apóstoles”) a quienes insiste en recomendar la  locura (en la versión española “la sandez”), apartando la sabiduría, y les da como ejemplo los niños, los lirios, el grano de mostaza y los pajarillos, seres todos ellos sencillos, sin inteligencia, que viven según el instinto, exentos de preocupación y cuidado sin otro guía que la Naturaleza misma (ésta última parte  “sin otro guía que la Naturaleza” no aparece en la versión española). 

Lo verdadero y lo falso representan ayer y hoy, la guerra de los opuestos, la incompatibilidad de los rivales, el eterno juego infantil entre el bien y el mal. La guerra.
El gran sueño humanístico, encabezado por Erasmo, propone precisamente la resolución de tales oposiciones colocando el propio espíritu de la locura (que es también el de la naturaleza, el de la ambigüedad, la ironía, la poesía y la metáfora) por encima del fanatismo que encarnan el blanco y el negro, lanzando a los hombres el mensaje de que el gris es el más plástico de todos los colores y no sólo es el color de los pelos desgreñados de la Moira sino que además es el color de la paz.

***

Gris era también su amadísima Inglaterra bajo cuyos cielos, un día cualquiera de aquel año cuando ya había empezado a escribir la que sería la gran obra de su vida, observaba asido del brazo de su amigo Tomas, aquellas nubes grises que como dioses mitológicos se metamorfoseaban en múltiples, heterogéneas e incontables formas volando una tras otra por entre un laberinto de infinitos espejos.

– Andaban volando los pájaros…

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