El Sacaleches

Poco, muy poco, se ha hablado de esta peculiar criatura bicéfala, mitad embudo, mitad cilindro. Ningún bestiario, ni libro de monstruos, ni una sola instalación de arte conceptual han querido hacer alusión a semejante artilugio, tal vez por prudencia o tal vez, porque se intuye que es doloroso.

Jorge Luis Borges afirmó en cierta ocasión que cualquier libro de seres fantásticos justificaría la inclusión del príncipe Hamlet, del punto, de la línea, de la superficie, del hipercubo, de todas las palabras genéricas, de cada uno de nosotros y de la divinidad. Adhiriéndome a esta teoría, me permito añadir a los manuales de dragones, uroboros, monóculos, centauros, relojes, hidras y otros entes extraños que los hombres han engendrado a lo largo de la Historia, la presencia de este peculiar instrumento, arquetipo verosímil de la amantis religiosa en el universo de los objetos.

Pocos seres humanos son conocedores del verdadero aspecto del Sacaleches.
La mayoría de ellos nunca lo han visto, o si lo han hecho, han preferido olvidarlo. Quiénes han tenido que enfrentarse a estas criaturas, no eran sino víctimas de sus propias circunstancias, y todos, sin excepción, han asegurado que son unos bichos tan insólitos como siniestros. 

Dos tentáculos plastificados, por cuyo interior corren de cuando en cuando unas gotitas blanquecinas, huérfanas y extraviadas, nacen de un cuerpo cilíndrico, amarillento y vibrante como el zumbido de un moscardón. Rematan estos brazos tentaculares en dos cabecitas empequeñecidas y ridiculizadas por unas grandes fauces de bestia famélica que son a la vez orejas y ojos porque todo lo ven, todo lo oyen y todo lo engullen (los pechos, la leche y la identidad). Estos dispositivos parasitarios tienen forma de gramófono, orejas de gremlin, volante de badminton o, en algunos casos (los ejemplares más elegantes), de florecitas de campanilla.

Se le atribuye a un ingeniero neoyorkino, campeón mundial de ajedrez y poseedor de un encéfalo tan brillante como sus tableros, la creación de este engendro desalmado a quien otorgó además la malévola facultad de succionar leche materna emitiendo una respiración de ballena o de culebra de mar según la intensidad de su motor.
¡Oh investigadores de las cosas! ¡Claudicantes de la naturaleza y defensores de la civilización!
Este desgarrador relato sólo puede ser superado por la realidad misma de vuestro propio invento, cuando los senos, convertidos por inercia de la fatalidad en ubres, se someten a los designios de la modernidad y entregan, cabizbajos y afligidos, sus sensibles y sonrosados pezones a la intrincada y estrecha garganta plastificada de la bestia que succiona el alimento como sólo podría hacerlo un cacique barrigón devorador de ostras. 

 

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