El espíritu de las lenguas

cristina godefroidLa lengua francesa siempre me ha parecido perfectamente diseñada para expresar mi ser en un sentido absoluto y la lengua española mi estar en un determinado momento.

Con respecto al francés, es como si sus vocablos se acordasen a mi yo interior como las notas de música a un piano bien afinado. También me parece una lengua mucho más atrevida y audaz que la española. No en el sentido de ser clara, abierta y directa, pues en ese sentido el español va desnudo, es brutal y tiene un encanto único, sino en el sentido de expresar sin miedo el mundo interior de las palabras.
El español expresa su mundo interior a través del alarido, el lamento, la cólera o a partir de esa furia flamenca que roza la locura.
A mí siempre me ha parecido que la lengua española enseña su corazón en el arrebato. No es de extrañar que sea la lengua del cante jondo pero también la que contiene más palabrotas cuya ruda sonoridad es fundamental para canalizar su ímpetu y subrayar su vehemencia. En la poesía y la literatura ese impulso de toro bravío está presente desde el medievo hasta nuestros días, y aunque en poesía se habla siempre desde el sosiego, esa cosa agreste y sanguínea es inevitable y consustancial a su idiosincrasia histórica. 

Sin embargo, a pesar de su desnudez, la lengua española se esconde. Tengo la misma impresión con el pueblo español. Tan desnudo como vestido. Tan abierto como impenetrable. Valiente conquistador, sí, pero bajo una armadura bien encorsetada. Supongo que esto es porque cuando el español no se expresa a través del arrebato, adquiere un aire extremadamente formal y rígido, como si pasase de la emoción a la razón sin  término medio. Yo creo que soy española a medias porque la lengua de mi país natal me sirve sólo para expresarme a través de mis arrebatos, ya sean estos reales o creativos, verdaderos o imaginarios. Una vez el arrebato ha pasado todo mi ser se vuelve francés.

Y es que la lengua francesa, a pesar de todos sus arabescos y acicalamientos, enseña su corazón con toda la naturalidad del mundo y en este sentido es la lengua de mi cotidianidad. El francés carece de escondite y va por la vida como si nada, caminando por sus laberintos misteriosos de eufemismos, vericuetos y perífrasis, tan apasionada como tranquila, tan ardiente como apacible. Es una lengua que en cuanto abre la boca parece como si la cerrase, pero no nos engañemos, esto es sólo en apariencia, pura coquetería y nada más. Sus rodeos no son más que los jueguecitos sutiles de un corazón apasionado y permeable.  

***

Yo pienso que la  forma de expresar la realidad determina la identidad de un pueblo y conforma asimismo la evolución de su  Historia.

Por ejemplo, la lengua española habla de la mente para designar el pensamiento, el intelecto, el cerebro, la razón o la inteligencia y dice espíritu para designar el alma. Para el español la mente y el espíritu son opuestos. El francés habla de l’esprit (el espíritu) para designar la inteligencia, el pensamiento, el alma y el entendimiento, pero no la mente ni el cerebro ni la razón. La razón, la mente y el cerebro forman parte de la mentalité o le mental, pero no del espíritu. La inteligencia tiene que ver con el espíritu (alma) y la oposición mente-espíritu no tiene nada que ver para un francés que para un español. La espiritualidad tiene para el español una connotación más religiosa que para el francés.
Para la lengua francesa lo mental es calculador y tiende a separarnos de la realidad. L’esprit, sin embargo, es la verdadera inteligencia. El espíritu de las leyes de Montesquieu no significa el alma de las leyes como podemos entender en español, sino su verdadera inteligencia.
Si yo en español digo que la espiritualidad es importante en una sociedad se va a entender que hablo de algo como la religión. Si digo lo mismo en francés, estoy hablando del entendimiento, del alma y del pensamiento. Los franceses dicen a menudo “il faut sortir du mental”o para acusar a alguien de un comportamiento fastidioso “tu es toujours dans ton mental”.

Me llevó bastante tiempo entender esto al principio, pues para mí lo mental era lo inteligente porque estaba relacionado con el cerebro y por lo tanto con la razón.

  • Y ¿por qué tengo que salir yo de mon mental? – pregunté en cierta ocasión a un amigo francés que me acusaba de algo incomprensible.
  • Parce que ce n’est pas intelligent.
  • ( !!) ??

A partir de ahí experimenté un bouleversement. No la busquéis, ninguna de las palabras que la traducen en los diccionarios es la correcta. Esto es lo fascinante de las lenguas: el poder de abrir nuevas ventanas con sus correspondientes horizontes y por extensión, con sus nuevos sentimientos. Ninguna palabra en español puede describir con precisión este sentimiento, ese sentirse bouleversé. Sólo un francófono puede entenderlo, de la misma manera que sólo un inglés puede entender la enfermedad de no estar en su casa homesick y que también sienten de una manera similar los portugueses con sus saúdades o los gallegos con su morriña. Tan sólo un español puede entender qué significa ser presumido que es una palabra a medio camino entre coqueto y pretencioso que ninguna otra lengua contempla o la chulería, pues a decir verdad no hay chulos propiamente dichos que no sean españoles. Y únicamente un alemán siente la compasión,  mit-gefühl, como un co-sentimiento desprovisto de la connotación de indulgencia que contemplan las otras lenguas. Los japoneses, por su parte, saben bien que somos tan múltiples como contradictorios y el lenguaje se adapta más o menos a esta realidad. El japonés no utiliza el mismo yo cuando hablan del yo niño que cuando hablan del yo adulto; y en función de la manera en la que enfocan un problema o abordan un tema utilizan diferentes formas de decir yo. No es el mismo un yo que se dirige de manera humilde a un público, sessha, que un yo arrogante, entonces ya no soy sessha, sino ore-sama y así hasta sesenta yos diferentes.

Las sutilezas de una lengua sólo pueden entenderse hablándolas y pensándolas, porque cada una de esas palabras tiene un alma que le es propia y es inseparable del territorio que la vio nacer y del corazón de sus hablantes. Los diccionarios no pueden traducir el espíritu de una palabra, sólo su parte mental.
El  lenguaje español parece naturalmente impedir ciertas palabras por parecer cursis o reservarlas únicamente a círculos burgueses, científicos o académicos. Traducidos al español, ciertos escritos pierden todo su encanto y se convierten en textos cursis, lunáticos y absurdos. El vulgarismo francés baiser deberíamos traducirlo literalmente como besar, pero en francés quiere decir también follar, sólo que la sonoridad en la forma vulgar es tan sofisticada como en la forma culta (baiser quiere decir al mismo tiempo besar y follar, pero si utilizamos la palabra follar en la traducción perdemos el alma del texto). A veces hay que manipular mucho un texto para que se pueda apreciar en nuestra lengua. Lo mismo ocurre con el realismo mágico de García Márquez que traducido al francés o a cualquier otra lengua se desmagifica casi por completo y pierde sus raíces. Una película doblada de Almodóvar es para echarse a llorar y yo no puedo evitar leer a los rusos sin sentir que no los estoy leyendo realmente.

Estudiando literatura y siendo lectora de cinco lenguas puedo apreciar también la diferencia entre las distintas críticas literarias, especialmente entre la francesa y la española, mis dos lenguas principales. Un crítico español no puede evitar analizar una obra desde la forma y la estructura. ¡Oh intelecto español! ¡Siempre  en tu armadura!  Y el crítico francés no puede evitar abordar, desde todos los ángulos posibles, el carácter psicológico de la obra. Los libros de crítica francesa me parecen tratados de psicología literaria. Cómo no va a ser así  ¡si para ellos el pensamiento es el espíritu!

Las academias de la lengua

Creo que los académicos de nuestras respectivas instituciones protectoras de la lengua reflejan en cierto sentido el espíritu de cada una.

los inmortales

Los académicos franceses, Les immortels,  conservan desde la creación de la Acadèmie esa galantería, libertad, fantasía y refinamiento tan propios del pueblo francés. Su lema “À l’inmortalité”, heredado del sello de la moneda que el cardenal Richelieu, fundador de la Acadèmie donó a la misma en 1635, es también un reflejo del abolengo de la lengua francesa.

académicos alemanes

Los académicos alemanes son de una sencillez y sobriedad únicas.

Cualquier joven con una trayectoria literaria y un interés demostrado por la defensa de su lengua puede ocupar un puesto en la Gesellschaft für deutsche Sprache, la academia de la lengua alemana creada en 1947.

Los británicos, siempre a contracorriente, carecen de academia y aunque ha habido algún intento de crear una, siempre ha prevalecido el criterio democrático, es decir, aquel por el cual se defiende que la lengua pertenece al pueblo y que no puede otorgarse a ninguna institución el poder de su regulación. En su caso es comprensible pues, en mi humilde opinión, siendo el inglés la lengua depredadora por excelencia, no hay ninguna necesidad de protegerla.

Los académicos españoles encarnan un espíritu extremadamente formal propio de una tradición histórica muy protocolaria desde los Reyes Católicos a la actualidad, así como la oficialidad propia de las artes en España, a menudo encabezadas por la figura de un rey.

RAE

A mí me parecen conquistadores bajo armaduras encorsetadas o funcionarios del registro de la propiedad con un corazón sin duda apasionado al otro lado de sus uniformes y cuyo furor se materializa únicamente en sus respectivos arrebatos literarios, pasando de la libertad emocional a la rigidez de la razón sin intermedio ni remedio (la oposición mente-espíritu de la lengua tal vez tenga algo que ver). Su lema  “limpia, fija y da esplendor” corresponde perfectamente a la escrupulosidad del espíritu de esta academia.

***

Yo he adoptado la lengua francesa (o ella me ha adoptado a mí) como una verdadera patria, porque su manera de ser, se parece mucho a lo más profundo de mí misma. Cierto es que le tengo tanto respeto y admiración que todavía no me he atrevido a instalarme como ciudadana de pleno derecho en su escritura. Temo dañar su sensibilidad con mi franqueza hispánica o perturbar sus floridos campos semánticos con mis hierbas silvestres y mis berzas. Temo no saber acordarme a mí misma y acabar desafinándome.

En mi patria cervantina, como decía mi admirado Goytisolo, todo me está permitido y puedo entrar sin llamar a la puerta, desvestirme sin preámbulos ni temores y enseñar todo lo que llevo dentro como una apasionada cantaora entrando en escena con el pecho bien henchido. Me parece además la más expresionista de todas las lenguas, ideal para hablar desde la locura y la enajenación del espíritu. También desde la ironía, la malicia, el sarcasmo y el esperpento, es decir, desde el ánimo o desde el estar.

***

De todas maneras, tal vez un día consiga sentarme seriamente frente a mi otra patria en cuyo centro hay, desde hace ya mucho tiempo, una insinuante celesta esperándome para hacer sonar mi partitura interior con sus líquidos arpegios y el oleaje de sus arpas prosódicas y los acordes de sus más dulces, serenas y profundas melodías.

 

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