« Condeno la ignorancia que reina en nuestras democracias »

Marguerite Yourcenar (1903– 1987), humanista, escritora, novelista, dramaturga y poeta, se convirtió en 1980 en la primera mujer que ingresó en la Academia Francesa.
Lo que en estas líneas me dispongo a escribir es la traducción de un extracto del ensayo « Les Yeux Ouverts », un conjunto de entrevistas llevadas a cabo por Matthieu Galey, publicado en 1980 por la editorial “Le Centurion”.

00536489_P0004861“Condeno la ignorancia que reina es estos momentos tanto en las democracias como en los regímenes totalitarios. Esta ignorancia es tan fuerte, a veces tan absoluta, que sólo puede obedecer a una voluntad expresa de los poderes dominantes.

Yo he reflexionado a menudo sobre cómo debería ser la educación de un niño.

Creo que en primer lugar haría falta que reciba estudios de base, muy simples, donde primero el niño aprendería que él existe en el seno del universo, en un planeta donde a lo largo de su vida deberá aprender a cuidar sus recursos, ya que él depende del aire, del agua y del resto de seres vivos y que al mínimo error, a la mínima violencia, podría poner todo en peligro.

Aprendería también que los hombres se han aniquilado unos a otros en guerras y que éstas lo único que han conseguido es desatar nuevas guerras y que cada país acomoda la Historia a su manera, de forma engañosa, con el fin de alimentar su orgullo patriótico.

Aprendería también lo suficiente del pasado, de la memoria, para despertar en él ese lazo necesario para con otros hombres que le han precedido, para que les admire cuando así lo merezcan, pero sin caer en la idolatría (se les explicaría la diferencia entra la admiración y la idolatría).

Intentaríamos familiarizarlo a la vez con los libros y con las cosas. Aprendería el nombre de todas las plantas, conocería los animales sin necesidad de pasar por ignominiosas prácticas como la disección o la vivisección bajo el pretexto del conocimiento biológico; aprendería por supuesto cómo curar a los heridos; para su educación sexual se le enseñaría un parto y para su educación mental se le confrontaría a la realidad de la muerte.

Es así como aprendería las nociones básicas de moral sin las cuales la vida en sociedad es imposible. Una instrucción elemental que las escuelas no se atreven a impartir en ningún país.

Se le enseñaría a respetar el trabajo enriquecedor para uno mismo y a no dejarse llevar por imposturas publicitarias, empezando por todas esas chucherías adulteradas que les predisponen a caries y diabetes futuras.

Existe sin duda una manera de hablar a los niños de cosas verdaderamente importantes mucho mejor de lo que lo hacemos”

 

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La traducción es mía pero el artículo apareció publicado en The Dissident le 27 novembre 2015

 

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