El vegetarianismo de Tolstoy. Extracto de “El primer paso”

a1e36cdb7f3b7afb1ce4b6f5d65e8654Visité hace poco los mataderos de Tula. Están construidos según un nuevo modelo perfeccionado, como en las grandes ciudades, de modo que los animales muertos padezcan lo menos posible.

Hace mucho tiempo ya que leyendo el excelente libro «Ethics of Diet», sentía deseos de visitar los mataderos, para asegurarme por mí mismo de la esencia del problema de que se habla cuando se trata del vegetarianismo; pero me ocurría algo parecido a lo que se nota cuando se sabe que se va a experimentar un padecimiento agudo que uno no puede impedir. Aplazaba siempre mi visita.

Pero recientemente hallé en el camino un matarife que iba a Tula. Era un obrero poco hábil y su cometido consistía en dar la puntilla. Yo le pregunté si no le daban lástima las reses.

— ¿Qué sacaría de ello? Así como así, tengo que matarlas.

Pero cuando le dije que no es necesario comer carne, la cual constituye un alimento de lujo, convino conmigo en que verdaderamente era de sentir.

—Pero ¿qué hacerle? Hay que ganarse la vida, Antes, temía matar: mi padre no mató jamás ni una gallina.

En efecto, a la mayoría de los rusos les repugna matar, sienten lástima, y expresan tal sentimiento por la palabra «temor». El también temía, pero dejó de temer, y me explicó que el viernes era el día de más trabajo.

Tuve recientemente una conversación con un soldado, carnicero, que también se admiró al decirle yo que era una lástima matar. Me contestó que es una costumbre necesaria; pero finalmente, convino en que da lástima, y añadió:

—Sobre todo cuando la res se encuentra resignada y mansa, cuando va al degolladero con toda confianza. Sí, inspira mucha piedad.

¡Es horrible! Horribles son, en efecto, no los padecimientos y la muerte de las reses, sino el hecho de que el hombre, sin ninguna necesidad, calle su sentimiento elevado de simpatía hacia seres vivientes como él, y sea cruel venciendo su repugnancia. ¡Cuán profunda es en el corazón del hombre la prohibición de matar a un ser viviente!

Un día que volvíamos de Moscú, unos cosecheros que iban al bosque nos llevaron en sus carros.

Era el jueves santo; yo estaba sentado en la delantera del carro, junto al carretero, que era robusto, sanguíneo, grosero: evidentemente, era un labriego aficionado a la bebida. Entramos en una aldea, y vimos, con perdón sea dicho, un cerdo cebado, blanco rosado, que sacaban de una casa para matarlo. Chillaba de un modo desesperado, con gritos que parecían humanos: en el momento preciso en que pasábamos por allí, empezaban a degollarle. Un hombre le hundió el cuchillo en la garganta. Los gruñidos del cerdo fueron más fuertes y agudos; el animal se escapó chorreando sangre. Soy miope, y no vi todos los detalles de la escena: vi únicamente un cuerpo sonrosado como el de un hombre y oí los gruñidos desesperados. El carretero miraba todo aquello sin apartar la vista. Cogieron de nuevo al cerdo, le derribaron y remataron. Cuando cesaron sus gritos, el carretero lanzó un profundo suspiro:

— ¿Cómo puede Dios permitir esto?

Tal exclamación demuestra el profundo asco que inspira al hombre la matanza. Pero el ejemplo, la costumbre de la voracidad, la afirmación de que Dios admite tales cosas, hacen que los hombres pierdan por completo, ese sentimiento natural.

Era un viernes. Fui a Tula, y encontrando a un amigo mío, hombre bueno y sensible, le rogué que me acompañara al matadero.

—Sí, he oído decir que está muy bien montado y me gustaría verlo; pero si matan no iré.

— ¿Y por qué no? Precisamente eso es lo que quiero ver; ya que se come carne, hay que ver cómo se mata a las reses.

—No, no puedo.

Es de notar que mi amigo es cazador, y que por lo tanto mata también.

Llegamos. Apenas en la puerta, sentíase ya un olor fuerte, repugnante, de putrefacción como el de la cola de carpintero.

Cuanta más adelantamos, más crece tal olor. El edificio es de ladrillo rojo muy grande, con bóvedas y altas chimeneas. Entramos por la puerta cochera. A la derecha hay un gran patio cercado, que tiene una superficie de un cuarto de hectárea. Allí es donde, dos veces a la semana, amontonan el ganado vendido. En el extremo de este patio, está la portería: a la izquierda, dos naves con puertas ojivales; el suelo es de asfalta, formando doble pendiente, y allí hay aparatos especiales para colgar las reses muertas.

Junto a la portería, estaban sentados en un banco seis matarifes, que llevaban los delantales manchados de sangre, con las mangas también sanguinolentas, arremangadas, mostrando sus brazos musculosos. Habían terminado ya su trabajo medía hora antes, de modo que aquel día sólo pudimos ver la nave vacía. A pesar de las puertas abiertas, sentíase un olor nauseabundo de sangre caliente; el suelo era obscuro, reluciente, y en las regueras había sangre coagulada.

Uno de los matarifes nos explicó de qué modo se mata, y nos enseñó el sitio en que se verifica tal operación. No la comprendí del todo, y me formé una idea falsa, pero terrible del degüello; pensaba, como ocurre a menudo, que la realidad me causaría menos impresión que lo imaginado, poro estaba en un error.

Otra vez llegué al matadero a buena hora. Era el viernes anterior a la Pascua de Pentecostés, en un día caluroso de junio; el olor a sangre era aún más fuerte que la otra vez y se trabajaba de firme; el gran patio estaba lleno de ganado y había muchas reses también en los cobertizos contiguos a la nave central.

En la calle había carretas cargadas de bueyes, vacas y terneros.

En otros carros, tirados por buenos caballos, veíanse amontonadas terneras vivas, patas arriba.

Estos carros se acercaban al matadero y se descargaban.

Había aún otros carros con bueyes muertos cuyas patas se movían al compás de las sacudidas que daba al vehículo, mostrando sus cabezas inertes, los pulmones rojos, y el hígado pardusco; todos salían del matadero. Junto a la cerca había caballos de silla, pertenecientes a los ganaderos. Estos, con sus largas blusas y el látigo en la mano, iban y venían por el patio, o marcaban con alquitrán las reses que los pertenecían; regateaban el precio y vigilaban el transporte del ganado desde el patio al cobertizo, y desde éste a la nave.

Toda aquella gente parecía preocupada por sus negocios y nadie se cuidaba de saber si era una buena o una mala acción matar aquellas reses; tanto pensaban en ello, como se cuidaban de la composición química de la sangre que corría por el suelo.

No había ningún matarife en el palio. Todos trabajaban. Aquel día se mataron unos cien bueyes.

Entré en la nave central y me detuve junto a la puerta; me detuve, porque en el interior apenas se cabía, a causa del ganado que allí se amontonaba, y porque la sangre goteaba del techo, salpicando a los matarifes. Si hubiera yo entrado, también me hubiera manchado el traje.

Unos hombres descolgaban a una res, otros hacían deslizar a otra sobre unos carriles y había a un buey muerto, con las patas blancas, al que desollaba un matarife.

Por la puerta opuesta a la que yo estaba hacían pasar al mismo tiempo un buey rojo y gordo. Le arrastraban. Apenas había salvado el umbral, cuando uno de los matarifes, armado con un hacha de largo mango, le hirió en el cuello. Como si a un tiempo le hubieran cortado las cuatro patas, el buey cayó pesadamente al suelo, se volvió de lado y movió convulsivamente las patas y la cola. Entonces un matarife se echó sobre él, le cogió por los cuernos, hizo que la cabeza se bajara hasta el suelo, y otro matarife le degolló. Por la abierta herida, la sangre, de un rojo obscuro, brotaba como de una fuente, y la recogía en un barreño de metal, un niño salpicado de sangre. Entre tanto, el buey no cesaba de mover y sacudir la cabeza y agitar convulsivamente las patas.

El barreño se llenaba rápidamente, pero el buey vivía aun y continuaba azotando el aire con las pezuñas, lo cual obligaba a los carniceros a apartarse. Tan pronto como el barreño estuvo lleno, el muchacho se lo colocó en la cabeza y lo llevó a la fábrica de albúmina, mientras otro niño traía otro barreño que se llenaba a su vez.

El buey continuaba perneando desesperadamente. Cuando cesó de correr la sangre, el carnicero levantó la cabeza del buey, y empezó a desollarlo; el animal aun se movía. Tenía la cabeza ya desollada, roja, con las venas blancas, y tomaba la posición que le daban los matarifes. Colgaba la piel a ambos lados, y el buey no cesaba de moverse. Otro carnicero cogió entonces al buey por una pata, se la rompió y se la cortó: el vientre y las otras piernas se estremecían aún convulsivamente; después; le cortaron los miembros restantes y los echaron en un montón con las piernas de los otros bueyes del mismo ganadero. Luego arrastraron a la res hacia la polea y la colgaron. Entonces únicamente es cuando el buey no dio señal de vida. De igual manera vi matar desde la puerta tres bueyes más. A todos le hicieron la misma operación; a todos les cortaron la cabeza, cuya lengua pendía entre los dientes; la diferencia consistía en que a veces el matarife no acertaba el golpe; el buey se resistía, mugía y, chorreando sangre, trataba de escapar de manos de los carniceros.

Entonces le arrastraban hasta el centro de la nave, le herían de nuevo y caía.

Di la vuelta, y me acerqué a la puerta opuesta y vi repetir la misma operación, pero más de cerca y con mayor claridad. Vi sobre todo lo que no había podido ver desde la otra puerta: de qué manera se obligaba a los animales a entrar. Cada vez que cogían un buey del cobertizo y le arrastraban por medio de una cuerda atada a los cuernos, el animal, oliendo la sangre, se resistía, mugía y retrocedía; dos hombres no hubieran podido arrastrarle a la fuerza; y he aquí por qué, entonces, uno de los matarifes se le acercaba, cogía al buey por la cola, se la retorcía y le rompía una vértebra; el animal adelantaba temeroso. Cuando hubieron acabado de matar los bueyes de un ganadero, empezaron con los del otro.

El primer animal de esta nueva ganadería era un toro hermoso, robusto, berrendo en negro, y botinero; un animal joven, musculoso, enérgico. Tiraron de la cuerda, bajó la cabeza y se detuvo con decisión; pero el matarife marchaba detrás, y como un herrero que coge el mango de un fuelle, cogió la cola, la retorció; crujieron las vértebras, embistió el toro tirando al suelo a los que sujetaban la cuerda, y se detuvo de nuevo mirando a ambos lados con sus ojos negros llenos de fuego; de nuevo crujió la cola, adelantó el toro, y entonces llegó a donde se quería; el matarife se acercó, apuntó e hirió; el golpe mal dirigido, no hizo caer a las res, que agitó con fuerza la cabeza, mugió, y sangrienta y furiosa se soltó y se echó hacia atrás. Todos los que estaban junto a la puerta huyeron; pero los matarifes, acostumbrados al peligro, se apoderaron rápidamente de la cuerda, de nuevo rompieron la cola y otra vez el toro se encontró en la nave, en el sitio requerido. Ya no pudo escapar. El matarife apuntó rápidamente, halló el punto que quería, hirió, y el hermoso animal, lleno de vida, cayó moviendo la cabeza y las piernas mientras le degollaban y desollaban.

— ¡Maldito diablo! No ha caído donde era preciso—murmuró el matarife, cortándole la piel de la cabeza.

Cinco minutos después, la cabeza negra era roja, y aquellos ojos, que brillaban con tanta fuerza cinco minutos antes, aparecían vidriosos y apagados.

Luego fui al sitio donde matan los carneros. Era una gran nave con el suelo asfaltado, y mesas con respaldos, sobre las cuales se degüella a los carneros y terneras. En aquella cuadra impregnada del olor de la sangre, había acabado el trabajo, y únicamente estaban dos matarifes. Uno de ellos soplaba en la pierna de un carnero muerto y frotaba con la mano el vientre hinchado del animal; el otro, que era mozo y llevaba el delantal lleno de sangre, fumaba un cigarrillo. Me siguió un hombre que parecía un antiguo soldado. Llevaba un corderito de un día, negro, con una mancha en el cuello y las patas atadas, y lo puso sobre una mesa.

El soldado, que se conocía que había ido muchas veces a aquel sitio, dio los buenos días y trabó conversación explicando que tenía que pedir licencia a su amo. El mozo del cigarrillo se acercó empuñando un cuchillo, y contestó que les daban permiso los días de fiesta. El cordero vivo estaba tan inmóvil como el carnero muerto e hinchado con la diferencia de que agitaba vivamente la colita y se le movían los costados más rápidamente que de costumbre. El soldado, sin hacer ningún esfuerzo, apoyó la cabeza del animalito en la mesa, y el matarife, sin cesar de hablar, cogió con la mano izquierda la cabeza del cordero, y le cortó el cuello. Agitóse la víctima, la cola se le puso rígida, y cesó de moverse. El carnicero, mientras brotaba la sangre, encendió de nuevo el cigarrillo.

Cuando acababa de desangrarse, se agitó de nuevo el cordero, y la conversación continuó sin interrumpirse un sólo instante.

¡Y las gallinas, y los pollos, que por millares se sacrifican a diario en las cocinas, y que con las cabezas cortadas, chorreando sangre, se estremecen y baten las alas de una manera tan cómica como terrible!

Y, sin embargo, la Señora de corazón sensible come ese volátil con la completa seguridad de su derecho, afirmando dos opiniones que se contradicen: la primera, que está tan delicada, según le aseguró su médico, que no podría soportar una alimentación exclusivamente vegetal, y que a su débil organismo le hace falta la carne; la segunda, que es tan sensible, que no puede hacer padecer a los animales, ni soportar la vista de sus padecimientos.

En realidad, esta pobre señora está débil, porque la han acostumbrado a nutrirse de alimentos contrarios a la naturaleza humana; y no puedo dejar de hacer padecer a los animales, por la sencilla  razón de que se los come.

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Y el progreso del vegetarianismo es de este tipo. Ese progreso está expresado en la vida real de la humanidad, que por muchas razones está involuntariamente pasando de hábitos carnívoros a comida vegetal, y también está siguiendo el mismo camino en un movimiento que muestra fuerza evidente, y que está creciendo más y más — el vegetarianismo. Ese movimiento durante los últimos diez años ha avanzado más y más rápido. Más y más libros y periódicos sobre este tema aparecen cada año; uno conoce más y más gente que ha dejado la carne; y en otras partes del mundo, especialmente Alemania, Inglaterra y América, el número de hoteles y restaurantes vegetarianos crece año tras año.

Este movimiento debería causar gozo especial a aquellos cuya vida yace en el esfuerzo de traer el Reino de Dios a la tierra , no porque el vegetarianismo en si sea un importante paso para llegar a ese reino (todos los pasos verdaderos son ambas cosas, importantes y no importantes), sino porque es un signo de que la aspiración de la humanidad hacia una perfección moral es seria y sincera, pues ha tomado el inalterable orden de la sucesión natural hacia ella, empezando con el primer paso.

Uno no puede evitar regocijarse por esto, como la gente no podría evitar alegrarse de quien, tras esforzarse por alcanzar el piso superior de una casa intentando en vano trepar al azar por las paredes desde distintos puntos, consigue finalmente subir el primer peldaño de la escalera, convencido de que no puede haber otra forma de subir excepto dando este primer paso por las escaleras.

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Leo Tostoy  “El primer paso”

« Condeno la ignorancia que reina en nuestras democracias »

Marguerite Yourcenar (1903– 1987), humanista, escritora, novelista, dramaturga y poeta, se convirtió en 1980 en la primera mujer que ingresó en la Academia Francesa.
Lo que en estas líneas me dispongo a escribir es la traducción de un extracto del ensayo « Les Yeux Ouverts », un conjunto de entrevistas llevadas a cabo por Matthieu Galey, publicado en 1980 por la editorial “Le Centurion”.

00536489_P0004861“Condeno la ignorancia que reina es estos momentos tanto en las democracias como en los regímenes totalitarios. Esta ignorancia es tan fuerte, a veces tan absoluta, que sólo puede obedecer a una voluntad expresa de los poderes dominantes.

Yo he reflexionado a menudo sobre cómo debería ser la educación de un niño.

Creo que en primer lugar haría falta que reciba estudios de base, muy simples, donde primero el niño aprendería que él existe en el seno del universo, en un planeta donde a lo largo de su vida deberá aprender a cuidar sus recursos, ya que él depende del aire, del agua y del resto de seres vivos y que al mínimo error, a la mínima violencia, podría poner todo en peligro.

Aprendería también que los hombres se han aniquilado unos a otros en guerras y que éstas lo único que han conseguido es desatar nuevas guerras y que cada país acomoda la Historia a su manera, de forma engañosa, con el fin de alimentar su orgullo patriótico.

Aprendería también lo suficiente del pasado, de la memoria, para despertar en él ese lazo necesario para con otros hombres que le han precedido, para que les admire cuando así lo merezcan, pero sin caer en la idolatría (se les explicaría la diferencia entra la admiración y la idolatría).

Intentaríamos familiarizarlo a la vez con los libros y con las cosas. Aprendería el nombre de todas las plantas, conocería los animales sin necesidad de pasar por ignominiosas prácticas como la disección o la vivisección bajo el pretexto del conocimiento biológico; aprendería por supuesto cómo curar a los heridos; para su educación sexual se le enseñaría un parto y para su educación mental se le confrontaría a la realidad de la muerte.

Es así como aprendería las nociones básicas de moral sin las cuales la vida en sociedad es imposible. Una instrucción elemental que las escuelas no se atreven a impartir en ningún país.

Se le enseñaría a respetar el trabajo enriquecedor para uno mismo y a no dejarse llevar por imposturas publicitarias, empezando por todas esas chucherías adulteradas que les predisponen a caries y diabetes futuras.

Existe sin duda una manera de hablar a los niños de cosas verdaderamente importantes mucho mejor de lo que lo hacemos”

 

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La traducción es mía pero el artículo apareció publicado en The Dissident le 27 novembre 2015

 

La historia secreta del hombre dormido

Artículo de Jaime Fernández.

No hay placer más satisfactorio que dormir cuando se tienen ganas, incluso en condiciones adversas. Es admirable contemplar a esos viajeros que se duermen en cualquier sitio, como en el vagón del Metro, con el traqueteo del tren de fondo y ajenos al trajín de los que entran y salen en cada estación. Más sorprendente aún es que se despierten en el momento justo en que tienen que apearse. ¿Cómo lo consiguen? Misterios del sueño.

Pero dormir se reduciría a una necesidad física, además de un placer, si no fuese por los sueños, que hacen que cada noche vivamos auténticas aventuras de las que nos suelen despertar sus propios desenlaces, si es que antes no lo hace la alarma fastidiosa del reloj. Lo peculiar de estas aventuras nocturnas es que, pese a su aparatosidad, solemos olvidarlas en cuanto aterrizamos en el mundo real, desprendiéndonos de ellas para siempre, como de las legañas. Menos mal que a la noche siguiente volveremos a experimentar otras nuevas.

"El sueño de Jacob", de José Ribera

“El sueño de Jacob”, de José Ribera

La misma prodigalidad de los sueños y el menosprecio que se les dispensa al tratarse de experiencias virtuales, desprovistas de la carnalidad propia de las reales, hace que se los despache con un adiós definitivo en cuanto se esfuma el vago recuerdo que dejan al despertar. De todos modos, aun siendo susceptibles de ser narrados, hemos de reconocer que, así como nuestros sueños deberían interesarnos, escuchar o leer los sueños de los otros no suele despertar interés.

Tenía razón Heráclito al diferenciar el orden del mundo que rige para los despiertos, que es uno y común, y el que rige para cada uno de los que duermen, que se vuelve hacia el suyo particular, siendo, por tanto, incomunicable. Cada sueño es como una carta que recibimos a nuestro nombre y que sólo a nosotros nos corresponde leer. Noche tras noche, todos ellos van dibujando la historia secreta de nuestra vida en una lengua ciertamente extraña que no siempre logramos descifrar.

Presunto busto de Heráclito

Presunto busto de Heráclito

Sin embargo, desde tiempos remotos los sueños han estado ligados a su interpretación, lo que a su vez requiere contarlos o narrarlos, ya sea para uno mismo o para otros. La primera obra de interpretación onírica que se conoce es de Artemidoro de Daldis (siglo II d. C.). En El libro sobre la interpretación de los sueños recopiló hasta tres mil sueños de quienes acudían a consultarle para que se los descifrase. En 1562 el italiano Gerolamo Cardano, médico de profesión, publicó el Liber somniorum. Fiel a una antigua tradición, de la que abundan los testimonios en la cultura grecolatina y en la Biblia, a Cardano le interesaba el sueño de carácter premonitorio. En su autobiografía refiere numerosos sueños, en los que siempre veía alguna señal anunciadora de su destino.

A partir de los treinta y tres años de edad empezó a ver en sueños lo que iba a ocurrir en breve tiempo. Uno de los que tuvo con más frecuencia -hasta en cien ocasiones- era con un gallo de plumaje rojo y de cresta y sotabarba también rojas, del que temía que se pusiera a hablar con voz de hombre, lo que por fin sucedía. Sus palabras eran casi siempre amenazadoras. Cardano confiesa que de joven sufrió mucho como consecuencia de la impotencia sexual, aunque más tarde se recuperó del todo. ¿No sería ese gallo rojo un recuerdo de aquel sufrimiento y su amenazante voz de hombre, la expresión del temor secreto a un retorno de la impotencia?

Gerolamo Cardano

Gerolamo Cardano

Montaigne pasó de puntillas por los sueños no porque temiera despertarlos sino porque soñaba raramente. En De la experiencia, el último de los Ensayos, dice que son fieles intérpretes de nuestras inclinaciones, pero que organizarlos y entenderlos tiene su arte. También dejó caer una observación portadora de una verdad imbatible: que nuestro velar “está más dormido que el dormir” y que nuestros sueños “valen más que nuestras razones”.

Acorde con su talante racionalista, Descartes aconsejó buscar la verdad más en lo que pensemos estando despiertos que en los pensamientos que tengamos en sueños, a pesar de que las imágenes oníricas sean tan vivas y expresivas y hasta más aún en el sueño que en la vigilia. Curiosamente, él mismo eligió su destino filosófico a raíz de un sueño, prescindiendo de los deseos de su padre para que estudiase leyes o ingresara en la milicia.

Fue en el Romanticismo, sobre todo en Alemania, donde el mundo de los sueños tuvo un despertar por todo lo alto. Siguiendo la tendencia a la introspección que caracterizó al movimiento romántico, Novalis, Jean Paul Richter, Gotthilf Heinrich von Schubert, autor de El simbolismo del sueño (1814), E.T.A. Hoffmann, Moritz y Hamann, entre otros, ahondaron en la naturaleza de los sueños, tal como recuerda Albert Béguin en su legendario ensayo El alma romántica y el sueño (1937).

Albert Béguin

Albert Béguin

En el siglo XIX, autores como Senancour, Nerval, Baudelaire, Rimbaud, Stevenson o Hawthorne se ocuparon también de las fantasías oníricas. Por fin, los surrealistas y artistas de otras vanguardias artísticas del siglo XX convirtieron los sueños en el motivo conductor de sus obras y emblema de la libertad absoluta del ser humano ante las convenciones y coacciones de la sociedad civilizada. Todos ellos estaban persuadidos, como Montaigne, de que la lucidez diurna no es más que una noche profunda y que la verdadera claridad sólo resulta accesible en los aspectos nocturnos de nuestra existencia.

Dos siglos antes que Freud, el ilustrado alemán Georg C. Lichtenberg comentó que si la gente estuviera dispuesta a contar sus sueños con sinceridad, éstos, más que el rostro, permitirían descubrir cosas sobre su carácter. Lamentaba que, siendo uno de los privilegios del ser humano soñar y saber que sueña, no supiese hacer uso de los sueños. Por ello, le resultaba sorprendente que todavía -a mediados del siglo XVIII- no se hubiera escrito la historia del “hombre dormido”, que quizá tuviese tanto interés como las de los despiertos.

Según Lichtenberg, los sueños son útiles “en la medida en que representan el resultado natural de todo nuestro ser, sin la coacción de una reflexión muchas veces artificial”, y están compuestos por las ideas y representaciones que tenemos en la vigilia. Aunque dormidos actuamos menos, “es precisamente ahí cuando el psicólogo despierto tendría muchísimo que hacer”. Confesaba saber por experiencia que los sueños le conducían al conocimiento de sí mismo. De ellos dedujo que las sensaciones que no son interpretadas por la razón son las más vivas.  Sobre todo al final de su vida soñaba que volvía a los paisajes de la infancia, en Renania, a las calles de su ciudad natal, a los sentimientos de piedad infantil.

Lichtenberg

George Christoph Lichtenberg

Algunos escritores y filósofos adoptaron la costumbre de anotar los sueños casi a diario. No querían olvidarlos. Theodor W. Adorno lo hacía inmediatamente después de despertar. Tras su muerte se publicó una amplia selección de los que anotó entre 1934 y 1969. En La cámara oscura Georges Perec escribió ciento veinticuatro relatos-sueños recopilados a lo largo de cuatro años, entre 1968 y 1972,  y en los que están presentes sus obsesiones y fantasmas.

Entre 1965 y 1990, un año antes de su muerte, Graham Greene siguió un diario de sueños de los que daba cuenta en cuanto despertaba. Poco antes de morir preparó una selección de fragmentos con vistas a su publicación. Cada mañana, nada más despertar, Borges recordaba los que había tenido por la noche y los grababa o los escribía. Otros escritores, como Kafka, Jünger, Cheever y Burroughs, plasmaron algunos de sus sueños en cuadernos o diarios.

Georges Perec, autor de "El hombre que duerme"

Georges Perec

A propósito de esta costumbre, Walter Benjamin recomendaba, apelando a una tradición popular, que no se contasen los sueños por la mañana en ayunas, momento en que la persona aún permanece conectada con el mundo onírico. Contarlos en esos momentos significaría  traicionarlos, por lo que quien lo haga deberá atenerse a su venganza, “lo que, dicho en términos modernos, equivale a traicionarse a sí mismo”. Es mejor hacerlo después de desayunar.

“Sólo desde la otra orilla, desde la claridad del día, es lícito apostrofar el sueño con el poder evocador del recuerdo”.

Walter Benjamin

Walter Benjamin

Resulta cuando menos singular la relación del dormir y de los sueños con la memoria. Porque así como necesitamos olvidar para conciliar el sueño, ahuyentando el fantasma del insomnio, y el simple hecho de dormir nos induce a olvidarnos de la vida despierta, los sueños que tenemos dormidos nos la recuerdan, aunque disfrazada con unos ropajes distintos, desde luego mucho más llamativos, y en un lenguaje también diferente. El círculo de la relación ambivalente entre sueño y memoria se cierra cuando al despertar se desvanece el recuerdo de la última visión onírica que tuvimos. Los sueños son escurridizos, no se dejan aprehender con facilidad.

Los únicos que perduran algún tiempo, persiguiéndonos por el día, son aquellos que nos causaron una honda impresión y que, por su poderoso verismo, hasta nos obligaron a contrastarlos con la realidad en cuanto despertamos. Si, por ejemplo, una noche soñamos con que a un ser querido le ocurre una desgracia, a la mañana siguiente intentaremos hablar con él sólo para comprobar que se encuentra bien y espantar el doloroso recuerdo del sueño.

Mientras soñamos la inteligencia razonadora duerme, siendo relevada por ese mundo misterioso de intuiciones sabias, expresadas en imágenes y sensaciones muy vivas, que en la vigilia relegamos seguramente porque nos molestaban y a la espera de que la realidad las desmintiese. Frente a la impotencia de la razón para interpretar y resolver conflictos vitales, los sueños se limitan a traducirlos al lenguaje simbólico, inspirándose para ello en objetos significativos tomados de la realidad, que interpretan a su manera.

"El sueño" (1937), de Salvador Dalí

“El sueño” (1937), de Salvador Dalí

La unicidad con que creemos percibir el mundo real cuando estamos despiertos es suplantada en el universo onírico por una floración  de detalles de una variedad inconmesurable. En lugar de uniformidad, multiplicidad y polimorfismo; caos y confusión en vez de orden. Sucede lo contrario que en la vigilia, donde, pese a la certeza con que percibimos la realidad física, somos incapaces de aprehender el significado de las sensaciones en parte por la confusa rapidez con que se suceden. En cambio, en los sueños la percepción se agudiza hasta lo microscópico.

Es en la clarividencia onírica donde debemos buscar el punto de arranque de la interpretación del sueño. Quizá sea a esto a lo que se refiere El Talmud cuando señala que la interpretación radica en el propio sueño. Si erramos al interpretarlos es porque nos obligan a regresar al lenguaje común de la realidad con el que estamos familiarizados y que por eso mismo nos sume en una nueva confusión.

En contra de la corriente de la época, Elias Canetti discrepaba de la manía racionalista de interpretar los sueños, tachando incluso de loco a aquel que los interpreta inmediatamente porque, además de perderlos, “nunca más los vuelve a tener”, marchitándose antes de haber brotado. En uno de sus apuntes advierte de los daños imprevisibles que pueden causar los sueños interpretados.

"Sueño intenso", de Paul Klee

“Sueño intenso”, de Paul Klee

“Esta destrucción permanece oculta, pero ¡cuán sensible es un sueño! No se ve sangre alguna en el hacha del matarife cuando arremete contra la tela de araña, pero ¡lo que ha destruido!… y jamás vuelve a tejerse lo mismo. Muy pocos sospechan el carácter único e irrepetible de todo sueño”.

Canetti comparó al sueño con un animal, “pero un animal desconocido, y uno no ve la totalidad de sus miembros. La interpretación es una jaula, pero el sueño nunca está allí”. En su opinión, Paul Klee es el único que ha tratado el sueño con el respeto que merece.

Que la interpretación puede ser una jaula para el sueño y que éste goza de la suficiente autonomía como para echarse a volar cuando queramos apresarlo entre unas rejas fue lo que probablemente quiso decir un siglo antes que Canetti, en 1821, el filósofo alemán de origen noruego Heinrich Steffens, al otorgarle entidad propia. Más aún, tachaba de “acto de barbarie” cualquier tentativa de explicar los sueños en términos exclusivamente de la con­ciencia despierta, viendo en ellos imágenes y pensamientos semirreprimidos del día. Por el contrario, alegaba que constituyen un mundo aparte,

“una forma esencial y entrañable de nuestra existencia más auténtica. Somos en nuestros sueños tanto como en nuestra vigilia”.

Heinrich Steffens

Heinrich Steffens

Si no soñáramos, nuestra vida sería demasiado igual a sí misma, pobre en contrastes. Pero los sueños quiebran esa continuidad. Dividen al individuo para volver a soldarlo con más solidez que si no hubiese soñado. Por eso los sueños saben de nosotros más que nuestra razón despierta. La precisión milimétrica con que percibimos en ellos los acontecimientos, los gestos, las expresiones de los rostros, las palabras, no es ajena a la impresión de verdad que nos suscitan. No mienten ni nos engañan. Al contrario, revelan y desenmascaran.Tampoco suelen equivocarse, completando los juicios que esbozamos en la vigilia o, si viene al caso, arrojando una nueva luz sobre ellos. Ven por nosotros. Son el tribunal en el que se dirimen los conflictos que nos atribulan por el día. Heráclito fue todavía más lejos al afirmar que “muerte es cuanto vemos despiertos y cuanto vemos dormidos, visiones reales”.

Precisamente el carácter revelador de los sueños justifica la tradición que les atribuye poderes adivinatorios, aunque en realidad nos revelen aquello que en la vigilia nos negamos a reconocer. Así que cuando, por alguna circunstancia, nos vemos forzados a abrir los ojos ante situaciones cuyo reconocimiento hería nuestro amor propio o la elevada idea que tenemos de nosotros, nos viene a la memoria aquel sueño que un tiempo atrás nos reveló la realidad palmaria que ahora tenemos delante de los ojos.

En Anna Karénina, Tolstoi muestra un caso de sueño premonitorio en la pesadilla recurrente que asalta por las noches a Anna Karénina poco tiempo antes de suicidarse. En el sueño ve a un campesino viejo, de barba enmarañada, que masculla en francés palabras sin sentido, mientras se inclina sobre un trozo de hierro, indiferente ante ella. Un domingo por la mañana, el que será último día de su vida, se despierta también con esta pesadilla. En el momento en que se dispone a morir arrollada bajo las ruedas del tren, le viene a la mente la figura del pequeño campesino que estaba trabajando sobre el hierro, como si lo aplastara.

La actriz Mariya Guérmanova en un fotograma de la película de 1914 "Anna Karénina", dirigida por Vladímir Gardin

La actriz Mariya Guérmanova en un fotograma de la película de 1914 “Anna Karénina”, dirigida por Vladímir Gardin

Cuanto más afecte una experiencia a los sentimientos y a los sentidos y escape a nuestro raciocinio, con mayor intensidad también el sueño la traducirá en una metáfora. Las metáforas oníricas son reveladoras de que van mucho más lejos que la razón. Arrojan una luz nueva, a veces incluso cegadora, sobre nuestros temores, deseos, expectativas y angustias.

Para ilustrar la naturaleza metafórica de los sueños, Nietzsche mencionó el caso de un hombre que se queda dormido con dos ligas de calcetín enrolladas en los pies y sueña que dos serpientes los rodean. Y en una de sus greguerías, Ramón Gómez de la Serna, el maestro de la metáfora, anotó que “si hay una miga en la cama, el sueño estará lleno de promontorios y peñascos”.

“La pesadilla” (1781), de Johann Heinrich Füssli

“La pesadilla” (1781), de Johann Heinrich Füssli

Los sueños confirman que la metáfora es la fórmula expresiva más arcaica del ser humano e innata a su condición. Su universalidad la hace asequible a todas las personas, independientemente de su extracción social o formación. Por el mero hecho de soñar dormido, cualquier individuo se convierte en un poeta, aunque no tenga conciencia de ello y en la vigilia no escriba ningún verso. Schubert decía que las almas profundas que aparentemente carecen de medios de expresión en la vigilia, encuentran uno más poderoso y rico en el sueño nocturno, resarciéndolas de las charlas inútiles que mantuvieron por el día. En cambio, Nietzsche pensaba que los sueños absorbían tanta capacidad artística que en la vigilia apenas nos queda un rastro de ella.

La ficción literaria -incluida la poesía, por supuesto-, y el sueño están ligados por un hilo casi imperceptible, como si emanaran de la misma raíz. Borges comentó que la literatura no es más que “un sueño dirigido”, de tal manera que el relato ficticio imprime “un orden al desorden del material onírico”. Buen ejemplo de ello es la obra literaria de Kafka, que recuerda al mundo onírico no sólo por las fantasías que recorren sus novelas y relatos sino por la minuciosidad de las sensaciones que experimentan sus protagonistas. Era como si soñara despierto y escribiese en pleno sueño. Nada más natural que dedicase la noche a la escritura y que fantaseara con la idea de pasarse todas las noches escribiendo en una vasta cueva, con la única compañía de una lámpara.

Gotthilf Heinrich von Schubert

Gotthilf Heinrich von Schubert

Los mitos y los cuentos de hadas hunden sus raíces en el sueño. Las visiones nocturnas de Don Quijote evocan a las fantasías oníricas y la misma locura del caballero no es más que un sueño del que despierta al morir en su lecho. En el teatro de Shakespeare son frecuentes las apariciones, los sueños y las escenas espectrales.

Dos novelas tan dispares en la forma y el fondo como Alicia en el País de las Maravillas y La muerte en Venecia se leen igual que si fuesen sueños, la una como un carnaval bullicioso y la otra como una sarcástica marcha fúnebre; ambas como un descenso al subsuelo del inconsciente. En las novelas de Dostoyevski los episodios de crímenes se desarrollan con el ritmo y la intensidad propios de las pesadillas, en habitaciones tétricas, escenarios dispuestos para la abyección. Los asesinos sufren el desdoblamiento de la personalidad característico de las fantasías oníricas.

Ilustración de John Tenniel para "Alicia en el País de las Maravillas"

Ilustración de John Tenniel para “Alicia en el País de las Maravillas”

En el sueño las leyes de la lógica racional, empezando por las del tiempo y el espacio, dejan de funcionar. En ellos todo se vuelve posible. Ni la imaginación más desbordante sería capaz de inventar las fantasías que nos deparan. Los muertos resucitan y hablamos con ellos. Los vivos mueren. Nos encontramos con personas que no vemos desde hace años. Viajamos al pasado, reviviendo los gozos y las angustias de antaño. ¿Quién no ha soñado con la ansiedad causada ante un examen escolar al que debe presentarse sin haber estudiado la asignatura?

Luis Buñuel soñaba a menudo que a los cincuenta o sesenta años volvía al cuartel de Madrid en el que hizo el servicio militar, enfundado en su viejo uniforme, con miedo a que se le reconociese y avergonzado de ser soldado a su edad, por lo que esperaba hablar con el coronel para explicarle su caso. Uno de los sueños que más se le repetía era que viajaba en un tren, sin destino conocido.

De repente, el convoy entraba en la estación y se detenía. Entonces él se levantaba para estirar las piernas por el andén y tomar una copa en el bar de la estación. Como ya sabía por sueños anteriores, estaba seguro de que el tren arrancaría de golpe en cuanto pusiera el pie en el andén. Alertado por la desconfianza, ponía lentamente un pie en el suelo, mirando a derecha e izquierda. El tren estaba quieto y otros viajeros también bajaban. Pero justo en el instante en que ponía el otro pie en el suelo el tren salía disparado como una bala de cañón, llevándose consigo su equipaje. Enfadado por esta nueva trampa del tren, se quedaba solo en el andén que se había vaciado de pronto, y soltaba un taco. Cuando trabajaba junto con su colaborador y amigo Jean-Claude Carrière, ocupando habitaciones contiguas en algún hotel, éste le oía gritar a través del tabique. “Es el tren que se ha ido”, pensaba.

Luis Buñuel

Luis Buñuel

Si, como dice el Talmud, en el sueño radica su interpretación, en este caso parece claro que la fuga del tren expresa la inquietud de Buñuel ante la posibilidad de que, como en ocasiones anteriores, se cumpliese lo que más temía, una sensación que Cesare Pavese plasmó en la última entrada de su diario El oficio de vivir, nueve días antes de suicidarse, en un aforismo inolvidable: “Siempre sucede lo más secretamente temido”.

También soñamos con animales conocidos e inéditos, que incluso hablan. En pleno día el cielo puede ser negro como la pez y la noche luminosa. Paseamos por las calles de ciudades extrañas o nos extraviamos en barrios periféricos y solitarios. Habitamos en casas espléndidas u horribles, llenas de humedad y con goteras, o en apartamentos que jamás hemos visitado. Caemos a precipicios profundos sin rompernos ningún hueso o volamos por los aires, corremos por túneles y desfiladeros.

En muchos sueños la impresión de belleza se alterna con la de fealdad monstruosa. Gritamos, reímos, nos enfadamos, lloramos y hasta cantamos. Hablamos en un idioma que sólo entendemos nosotros y que a los despiertos les parece un trabalenguas: esas palabras sólo tienen entidad real para el soñador, al igual que el mismo sueño. Si las escuchase despierto, tampoco las entendería. Oímos músicas deliciosas y componemos poesías. Algunos incluso se levantan de las camas y pasean sonámbulos por las habitaciones.

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Fotograma de la película “El espejo”, de de Andrei Tarkovski

Hacemos cosas que en la vida real ni se nos habrían pasado por la cabeza, como conducir un coche sin tener idea o tocar el piano sin haber pisado un conservatorio. Deseamos y tememos, sentimos placeres y dolores, angustia y serenidad. Somos desobedientes, infringimos todas las normas. Pensamos, decimos y hacemos aquello que en la vigilia no nos atrevimos por vergüenza o pudor, mostrándonos descaradamente agresivos, impúdicos o malvados. Lichtenberg confesaba que en sueños “somos todos locos y nos falta el cetro: la razón”. Él mismo soñaba a menudo que comía carne humana cocida.

Unas veces nos sentimos perseguidos por personas, animales o monstruos y huimos despavoridos y jadeantes; otras, corremos detrás de alguien o de algo que se nos escapa. A menudo sólo estamos de espectadores. También nos morimos o nos matan. Lichtenberg soñó una vez que iban a quemarlo vivo metiéndolo en una estufa que estaba instalada como una habitación y Adorno que era sumergido en el agua hasta el cuello para ser asado.

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Theodor Wiesengrund Adorno

Cuando soñamos las cosas no son lo que parecen. Las metamorfosis se suceden una detrás de otra. El propio soñador se duplica, percibiéndose como espectador de sus propios actos. Puede ser otro, como otro es el que sueña, y estar en cualquier sitio menos en el que realmente se encuentra. Es posible que en un sueño reconozcamos las voces que escuchamos a nuestra espalda y que, al darnos la media vuelta, la persona de la que provienen se haya transformado en otra; que la voz que escuchemos sea femenina y la persona que vemos sea un hombre.

Otras veces soñamos una escena perturbadora estando acostados en la cama y en el dormitorio en el que realmente estamos acostados. De ahí que al despertar tardemos unos segundos en reaccionar, como si saliéramos de un desvanecimiento momentáneo, y tengan que transcurrir unos segundos para que nos reconozcamos. Ocasionalmente podemos soñar que estamos soñando.

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Fotograma de “Un perro andaluz” (1929), de Buñuel y Dalí

La demencial confusión que sentimos en sueños no es más que un reflejo de la que presentimos en la realidad bajo las formas de miedo, deseos e incertidumbre, pero que en todo momento procuramos sofocar al menos para preservar la aparente unidad de nuestro yo. Si fuéramos conscientes del caos en que transcurre nuestra vida consciente probablemente no lo resistiríamos y terminaríamos por enloquecer. Pero mientras la locura sólo se manifieste en los sueños, estaremos a salvo del peligro de que emerja en la vigilia. La exacerbación de los sentimientos oníricos suaviza los que nos atormentan cuando estamos despiertos, lo que explica el efecto medicinal -el sabor amargo- de muchos sueños.

La novedad con que se revisten nos induce a creer que se basan en experiencias realmente inéditas. En realidad no es así, ya que casi todo cuanto soñamos está tejido de recuerdos de las acciones, pensamientos, impresiones e intuiciones que tuvimos durante la vigilia y que entonces olvidamos o abordamos superficialmente. Como observó Nietzsche, los sueños parafrasean nuestras vivencias, expectativas o circunstancias, resultando de todo ello una chapuza casi siempre, mientras que los sueños perfectos y logrados son una excepción.

Para Emerson los sueños son la secuela del conocimiento diurno. De ahí que las visiones que tenemos por la noche guarden cierta proporción con respecto a las experiencias diurnas. Decía que las pesadillas son exageraciones de los pecados diurnos y nos muestran cómo nuestros peores afectos se encarnan en figuras repugnantes.

Ralph Waldo Emerson

Ralph Waldo Emerson

Los sentimientos, las sensaciones, los deseos, esperanzas y temores que la memoria y la conciencia eluden, coaccionadas por las imperiosas exigencias de la propia realidad, el sueño los recrea a su manera, normalmente en forma de acción pura. Aquí entra en juego la doble cara de las fantasías oníricas: la que muestra en la pesadilla, donde somos brutalmente privados de un goce real, como el amor de una persona, o en la ensoñación gratificante, donde las carencias e insatisfacciones que nos atormentan en la vigilia se transforman en dones gratuitos.

Cuando en un sueño se cumple alguno de nuestros deseos es probable que en la realidad hayamos dado por perdida cualquier posibilidad de satisfacerlo, aunque, pese a todo, el deseo permanezca intacto. Sólo que, ante la certeza racional de que éste jamás se hará efectivo, tiene que refugiarse en un espacio tan irracional como el sueño, lugar mágico en el que se realizan las esperanzas y deseos de imposible satisfacción en la realidad.

Por eso los sueños, al mismo tiempo que nos recuerdan lo poco que nos conocemos, saben de nosotros mucho más que nosotros mismos y desde luego mucho más que nosotros de ellos, al interpretar nuestros recuerdos con mayor libertad que nuestra memoria consciente y ser también más libres que la voluntad, rehén de temores, deseos, prejuicios e inhibiciones. Son la verdadera voz de la conciencia. La otra, la que escuchamos despiertos, está distorsionada por nuestra propia voz. Un pequeño ejemplo: podemos tener un día apacible, sin preocupaciones ni remordimientos, y por la noche sufrir una pesadilla atroz. Eso significa que aquel día vivimos equivocadamente y que, a pesar de las apariencias, fue una jornada fallida.

"Sueño de una Niña que Quiso Entrar en el Carmelo" (1930), de Max Ernest

“Sueño de una Niña que Quiso Entrar en el Carmelo” (1930), de Max Ernst

En este sentido, los sueños constituyen una valiosa fuente de autoconocimiento, sobre todo cuando la conciencia despierta no da más de sí, y, por tanto, una oportunidad para conocernos. Ahondar en ellos, desmenuzarlos, reconstruir los múltiples y abigarrados detalles que los componen, puede ayudarnos a descubrir sensaciones y sentimientos que en la vigilia no queremos o no podemos discernir con la sola ayuda de la razón. Es a la luz de esta propiedad de los sueños como se entiende la cita de El Talmud: “Un sueño que no ha sido comprendido es como una carta que no ha sido abierta”.

En la película Fresas salvajes, Ingmar Bergman muestra un caso de sueño revelador de un estado de ánimo que escapa a la razón de su protagonista. El profesor Isak Borg, un eminente físico ya jubilado y viudo, que se dispone a viajar de Estocolmo a Lund en compañía de su nuera para recibir un homenaje en la Universidad, lleva una existencia anodina, muerta en vitalidad y pensamiento. La noche anterior del viaje sueña que camina por las calles desiertas de una ciudad, bajo una intensa luz solar. Las puertas y ventanas de las casas están tapiadas. Observa con asombro que en el reloj que cuelga de una tienda han desaparecido las agujas, al igual que las de su reloj de bolsillo. Se siente extraviado en el espacio y en el tiempo, como alguien que camina sonámbulo, sin rumbo fijo.

En la acera se encuentra con un hombre de espaldas, inmóvil, vestido con un abrigo y sombrero, semejante a un maniquí: él mismo. Al tocarle la espalda con la mano, el hombre se da la media vuelta mostrando un rostro como de muñeco, con los ojos cerrados. Inmediatamente cae al suelo por su propio peso y empieza a sangrar. En ese momento se oyen los toques funerarios de una campana. De pronto irrumpe en una esquina de la calle una carroza de pompas fúnebres tirada por dos caballos. Inesperadamente una rueda choca contra una farola y el ataúd que porta en su interior se desliza hacia el suelo. Al volcarse éste, se abre la tapa, apareciendo en su interior el cadáver viviente del propio Isak Borg.

 

 

No resulta extraño que las fantasías oníricas se prodiguen en los periodos de confusión, en los que nos sentimos obnubilados por las pasiones que no conseguimos dominar ni, por tanto, interpretar con la simple ayuda de la razón. En esos periodos de intensas crisis emocionales los sueños transforman el conflicto real con el fin de iluminarlo. Seguro que al despertar de uno de estos sueños lo recordaremos como una deformación caricaturesca de la experiencia real, puesto que sólo lo grotesco y exagerado nos produce una impresión de autenticidad.

La exageración con que los sueños nos muestran un fragmento de la realidad cumple un cometido análogo al de la literatura satírica o hiperrealista: revelarnos lo que estaba escondido bajo las capas de la realidad costumbrista y que, pese al malestar que nos causaba, de otro modo no habríamos podido captar con tanta claridad. Por eso al recordar muchos sueños nos embarga una satisfacción secreta e intangible, aun cuando no podamos interpretarlos.

Esto explica también la tristeza que a menudo sentimos cuando despertamos por la mañana. Regresamos a las tinieblas de la razón, donde todo lo que queremos saber de nosotros mismos hemos de deducirlo de las ciegas sensaciones de las que somos receptores y objetos pasivos, con la conciencia debilitada y dividida por sus absorbentes efectos. En cambio, en la representación onírica de la realidad sensitiva gozamos del privilegio de sentirnos más sujetos que objeto de ellas, lo cual nos hace también más libres que cuando sólo las sentíamos como objetos pasivos.

"El sueño", de Franz Marc (1912)

“El sueño”, de Franz Marc (1912)

Al contrario de lo que ocurre con los recuerdos, no participamos en la elaboración de los sueños ni soñamos lo que queremos, por lo que éstos se hallan exentos de posibles manipulaciones o maniobras de ocultamiento. Se presentan por sorpresa, cuando menos los esperamos, aunque en el subconsciente ya hubiera suficiente materia como para que brotaran.

La libertad para soñar es todavía más secreta e impenetrable que la de pensar, puesto que el pensamiento está sujeto a la voluntad, no como los sueños. Podemos pensar influidos por los pensamientos de otros. Pero los sueños son enteramente nuestros, de cosecha propia. Por eso los tenemos. Esta diferencia hace de los sueños una experiencia individual en el sentido pleno de la palabra. Soñando damos forma a un pensamiento, aunque desprovisto de la cualquier abstracción. Es en el sueño donde la actividad pensante está más lograda, al desarrollarse también con una libertad independiente de influencias externas.

Al soñar lo que necesitamos, esa necesidad se revela más sabia que el pensamiento surgido de un aparente voluntarismo. Eso tampoco significa que sepamos cuándo necesitamos soñar. Se trata de una necesidad inconsciente, que quizá intuyamos vagamente.

Fantástico artículo de Antonio Campos Romay

Publicado el 16 noviembre, 2015 por Contraposición.
CUI PRODES? A quién beneficia?…

Erase una vez un país que se llamaba Persia…En 1951, un Primer Ministro acced83bab-antoniocamposromaye al cargo de forma democrática. Se llama Mohammad Mosaddeq. Y tiene la peregrina idea de que los recursos nacionales debían favorecer al pueblo en primer lugar y para ello se lanzó a nacionalizar el petroleo, que estaba en las castas manos de compañías americanas y británicas. Al tiempo se le ocurre democratizar un estado arcaico y encaminar al país por sendas de civilismo y modernidad.

 

Unas organizaciones SI gubernamentales, la CIA y el MI 6 (con licencia para matar), interpretando fielmente los intereses de sus jefes políticos arbitraron un golpe de estado que arrojó del poder a tan iluso caballero (Operación Ajax), estableciendo como jefe absoluto al virtuoso Sha Mohamed Reza Palevi, apoyado en la limpieza de subversivos, por su afable policía secreta, la Savak. El bueno de Mohammad Mosaddeq por lo que pudiera ser permaneció, tras pasar varios años en prisión, confinado hasta su muerte…El virtuoso Sha, muy amable en las concesiones de petroleo con sus mentores, a pesar de la eficacia de la Savak tuvo que salir por pies en 1978 dejando tras de si desbarajuste, corrupción y miseria, que dio alas al fundamentalismo mas brutal de la mano de un tal Sr. Jomeini.

 

Afganistán ese país cuasi fallido que hoy vemos hundido en la miseria moral y material, en una ocasión se llamó Ariana. Formó parte del Imperio persa Aqueménida, del reino helenístico de Bactriana, del Imperio Kushān, y del Imperio Persa Sasánida. Tuvo como religiones el budismo, el el zoroastrismo   hasta convertirse al Islam alrededor del año 600 con la llegada de los árabes. En su tierra floreció la erudición de manos de Avicena y Algazel en filosofía. Al-Razi y Al-Nafis avanzaron el conocimiento de la medicina y Al-Khwarizmi y Al-Biruni el de las matemáticas. Omar Khayyam y Firdusi cultivaron la literatura y Al-Jazari la ingeniería. Su territorio tenia zonas muy prosperas que formaban parte de la mítica Ruta de la Seda que iba desde Bagdag hasta Samarcanda.

 

Lo mas próximo al actual estado de Afganistán data de 1747 y desde 1837 hasta que tras la I Guerra Mundial se vieron obligados a marcharse, estuvo bajo dominio ingles. Tras muchos tumbos en una historia tan abrupta como su geografía física, proclamo la República en 1978 tras despedir poco amistosamente al sátrapa reinante. La inclinación de la misma era claramente prosoviética. El 30 de abril de 1978 Nur Mohammad Taraki fue elegido Presidente. Y no tiene mejor ocurrencia que iniciar un programa de reformas… Una campaña de alfabetización que incluye a la mujeres y en la que por primera vez en las escuelas se enseñó en las lenguas nativas de los alumnos. Se tomó en serio la reforma agraria, la laicidad del Estado, eliminar el cultivo del opio, legalizar los sindicatos, y establecer una ley de salario mínimo. No satisfecho el buen hombre, acometió la promoción de igualdad de derechos para las mujeres: permiso de no usar velo, de transitar libremente y conducir automóviles, abolición de la dote, integración de mujeres al trabajo y a estudios universitarios, así como a la vida política, llegando a elegirse las primeras siete diputadas…A comienzos de 1979 en oscuras circunstancias Taraki es derrocado y ejecutado asumiendo el gobierno Jafizulá Amín. Seria efímero, pues informada la KGB, organización SI gubernamental con poco sentido del humor, del contacto de Amín con Pakistán y la CIA impulso a la URSS a intervenir militarmente conforme el Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación entre la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y la República Democrática de Afganistán, concertado entre Brézhnev y Taraki el 5 de diciembre de 1978. Jafizulá Amín apenas estuvo cuatro meses en el poder.

 

En diciembre de 1979 se inicia una larga guerra civil que se prolonga hasta 1989, tiempo en el que se enfrenta el el ejercito gubernamental apoyado por una poderosa presencia militar soviética contra los insurgentes muyahidines, grupos de guerrilleros afganos integristas y ultrareaccionarios, a los que USA a través de su organización SI gubernamental proporcionó ingentes cantidades de armas y dinero. La «Operación Ciclón». Algo concorde a las practicas de la llamada guerra fría. Una vez retirados los soviéticos por orden de Gorvachov en 1989, tras un espectacular fracaso, el gobierno de la República Democrática Afgana se mantuvo en el poder hasta 1992, año en el que fue derrocado por la resistencia integrista…Los talibanes bien armados y pertrechados por por la organización Si gubernamental yanqui campan a sus anchas y comienzan a dinamitar la modernidad y los Budas de Bamiyan…

 

Reagan, la familia Bush, el tolerado burdel político saudí (tan hogareño para la familia Borbón), los oligopolios del petroleo y el armamento….Las guerras del golfo…La destrucción y holocausto de Afganistán primero, luego Iraq, Libia después y finalmente Siria. Las falaces primaveras árabes …baños de sangre y fermento de fundamentalismos…La vomitiva imagen de la foto de la Azores (aun impunes sus protagonistas)…La cínica misión “Libertad Duradera”… reventar zonas mas o menos estabilizadas, erradicando cualquier atisbo de libertad y laicismo abriendo las puertas al mas bárbaro integrismo islamita, hasta entonces ausente en la escena…Y duradera si, para varias generaciones…La miseria absoluta de la población, la destrucción total de sus infraestructuras, la desaparición del concepto de estado en una orgía de sangre y horror… Y desde luego el saqueo con la mayor impunidad de los intereses locales…comenzando por el petroleo…

 

Es terrible e intolerable la muerte de cerca de 140 compatriotas europeos en París…Una barbarie sin paliativos. Y no lo es menos, en otro momento, la de doscientos españoles en unos trenes que amen del horror y la muerte hubieron de sufrir la infamia del mas indigno dirigente de este país, D. José María Aznar López, presidente de honor del Partido Popular y entonces presidente del gobierno que intento manipular todo aquel sufrimiento para ganar con innobles mentiras, las elecciones que estaban a punto de celebrarse. Pero no menos terrible es la destrucción intencionada y sistemática e media docena de países al menos. De mas de medio millón de muertos habidos en ellos, de cientos de miles de personas que huyen en la precariedad mas absoluta de una situación que les fue impuesta, en muchos casos dejando la vida en el camino…Y no es menos dramática, la brutal desastabilización de una región ya de por si compleja, sin el un espacio razonable para la esperanza.

 

Todos los muertos tienen el mismo valor. Son victimas, son sujetos pasivos de las canalladas de los que se dan golpes de pecho y pronuncian frases tan campanudas como hipócritas. Ciertamente hay desatada una locura criminal embozada en un fundamentalismo inculto, salvaje, inhumano…En la marginación, la miseria y la desesperación. Pero el primer acto de cinismo es presentar a millones de árabes musulmanes, -tan victimas como los de París o Madrid-, como el enemigo… No. Esa no es la verdad. Una verdad que obligadamente se debe establecer para iniciar un diagnostico correcto…Con preguntas tan ingenuas como quien es realmente esa agrupación asesina llamada, el ISIS?…Quien es Al Qhaeda?…quien era Bin Laden?…quienes compartían negocios con el?…quien los armó? Quien los adiestró? Quien los financia? En que medida, quien los adiestró, los armó, los financia, sigue estando tras ellos manipulándolos en la sombra.…

 

Los asesinos los conocemos…Sus rostros de sicarios infames llegamos a verlos en ocasiones…Pero no son los locos del cinturón de explosivos, el homicida del kalasnikov, los mercenarios del horror y la muerte los autores intelectuales…No. Bajo ningún concepto. Aunque jugando con los sentimientos de la población quieran hacerse quedar ahí las responsabilidades.

 

La solidaridad natural e inmediata con las victimas no solo es obligada sino que mana espontanea de los corazones limpios de la ciudadanía. La denuncia de la monstruosidad habida no puede tener reticencias. Pero esa misma ciudadanía no puede aceptar ser usada como marioneta de la manipulación al servicio de los intereses oscuros que con el crimen y el horror ven incrementada su cuenta de resultados. Se hace necesario saber la verdad…esa que esta tan reñida con las organizaciones SI gubernamentales que son los cipayos indispensables del poder obscuro para mover sus siniestros hilos. Es necesario saber quienes son los autores intelectuales que han promovido, promueven, mantienen y usan el terror y el dolor al servicio de sus sucios intereses. Quienes por siniestros agentes intermediarios, intentan socavar la Democracia, la Libertad, La Igualdad y la Fraternidad. Desenmascararlos y jugarlos por sus crímenes es el primer paso para la Paz.

 

¿Porque han sido asesinados 140 franceses? Porque han sido hace años asesinados 200 y pico de españoles?..¿Porque han sido masacrados centenares de miles de victimas en diversos sitios y lugares?…¿Conque objetivo se aprovecha esta para cada día reducir mas los derechos civiles y ciudadanos y dinamitar la solidaridad?… ¿Por que y para quien es útil esta ordalía de dolor y sangre?…. A partir de ahí quizás podamos empezar a afrontar un drama cuya dimensión aun no se nos alcanza.

 

Surge la vieja pregunta policial …. Cui prodest?, …a quien beneficia…

 

Dejaos de cuentos. El trabajo no es un valor

Diana Filippova trabaja para la comunidad colaborativa OuiShar. Cansada, como muchos, de la moralidad trabajadora incesante, la cual ya no es compatible con la realidad tecnológica ni el contexto económico actual, nos lanza un mensaje en este video que es una carta abierta a dirigentes, filósofos, sindicatos, economistas, etc

« He aqui el tiempo de las contradicciones. Entre los discursos sobre el trabajo que vosotros-dirigentes, sindicatos o candidatos al poder proferís y la realidad objetiva, se ha abierto hoy un gran abismo. Cada vez más actividades son absorbidas por las máquinas, y sin embargo continuáis proclamando el trabajo como garante de todos nuestros derechos -sanidad, vejez, ciudadanía-y de nuestra felicidad

Afirmáis que el trabajo es la vía para la conquista de nuestra libertad e independencia. Nosotros sin embargo constatamos cada día que las condiciones de empleo mejoran únicamente para unos pocos.

Nos decís que el contrato indefinido es la gran conquista del trabajador medio, así como un buen salario y una hipoteca, mientras nosotros buscamos en vano algunos sobrevivientes de aquel paraíso perdido del siglo pasado.

Nos decís que el trabajo es la clave del bienestar y no nosotros no encontramos ni el menor signo de felicidad en nuestro encadenamiento a tareas repetitivas, presiones jerárquicas y la inseguridad psicológica siempre latente.

Dejadme deciros una cosa: parecéis vulgares profesores de ética que esconden la vacuidad de sus ideas apelando a los grandes principios ya formulados del humanismo. No tenéis nada que ofrecer ni a los ciudadanos, ni a los empleados ni al pueblo, más que vuestro pequeño denominador común: el valor trabajo

Si el pueblo ha atribuido un valor ético al trabajo, lo ha hecho sin duda porque sacaba ventajas económicas reales.

Durante los dos últimos siglos, la pequeña empresa  y el trabajo asalariado han sido dos modalidades bastante eficaces para romper barreras sociales. Nosotros éramos conscientes en el fondo que firmando un contrato indefinido, renunciaríamos a una gran parte de los frutos de nuestro trabajo, pero la promesa de más seguridad y protección social nos bastaba.

Las mujeres se quejaban de que el trabajo doméstico no fuese remunerado y la gran mayoría de nosotros estábamos de acuerdo pero no nos quejábamos demasiado.

La asimilicación que hacéis entre trabajo, esfuerzo y empleo asalariado nos parecía algo exagerada, sí, pero mientras hubiese un salario y perspectivas de futuro, pásabamos por alto vuestros errores conceptuales.

Trabajar a todo precio

A día de hoy, vuestros discurso ha perdido la fuerza del pasado siglo y cada día se vuelve menos locuaz y repetitivo con ese tono culpabilizador, moralizante e imperativo cansino. Hay que trabajar como sea, decís, pues el esfuerzo nos lleva al bientestar psycológico y social mientras que la inactividad condena nuestra sociedad a la dependencia de prestaciones sociales.

Vuestro juego es viejo como el mundo, simple y claro: moralizar el trabajo es y siempre ha sido el mejor instrumento de control político, psicológico y social de los seres humanos.

El esfuerzo que glorificáis hunde sus raíces en la tradición judeo-cristiana: el esfuerzo cura la pereza, nos aleja de las tentaciones y enseña la humildad. La idea de empleo pleno como objetivo del milenio os permite racionalizar el desequilibrio de fuerzas entre empleador y empleado y justificar la alienación de los medios de producción.

El concepto trabajo se reduce al trabajo que vemos en las estadísticas nacionales. El resto, desde el trabajo de los artistas a las actividades domésticas, no entra de ninguna manera en vuestras categorías ni las del INSEE (como el INEM), Polo Empleo o la organización Internacional del Trabajo.

Dejaos de cuentos, pues hemos dejado de créer en vuestros discursos y rechazamos toda autoridad moral. Rechazamos el trabajo como norma ética universal. El trabajo asalariado desaparece y gracias a ello contamos con más tiempo para pensar y replantearnos qué significado tiene para nosotros realmente y cómo implantarlo en nuevos modelos sociales que deseamos construir »