De la ciencia sin consciencia y sus objetos (una reflexión sobre los vientres de alquiler)

Pararse, observar y contemplar lo vivo para comprender y respetar su naturaleza profunda no es algo sencillo para nosotros, acelerados humanos de la era tecnocéntrica.
Sabido es que el lenguaje  separa (inevitablemente) los objetos de su totalidad y lo mismo hace (evitablemente) la ciencia moderna. No obstante, como seres humanos deberíamos ser capaces de sentir el impulso de conocer las formaciones vivientes en cuanto tales, comprender las relaciones secretas entre sus partes externas, tangibles y visibles como indicios de lo que se mueve en su interior y así dominar la totalidad mediante ese grandísimo poder que es la intuición. Esta aspiración científica de la que ya nos habló Goethe (entre otros) se relaciona íntimamente con el impulso artístico y creador del ser humano.
No hay, pues, forma en la naturaleza que no esté en movimiento, en perpetua transformación, en un continuo devenir, conectada con otras formas orgánicas de las que se nutre en una especie de danza de intercambiabilidad universal y correspondencias cósmicas.
Los seres vivos no somos objetos presentes en un momento dado y desconectados de lo demás. Somos, en realidad, un evento; un proceso que se desarrolla en el tiempo y en un contexto preciso: nuestro hábitat.

Nos dice Goethe que al estudiar, el científico, una mariposa que extrae por fuerza de su hábitat natural ocurre lo siguiente: «el pobre animal palpitará dentro de la red y perderá luchando sus más bellos colores y, aun consiguiendo capturarla intacta, la mariposa se verá igualmente acabando su vida en un alfiler, en una forma rígida y sin vida; el cadáver vive […]»(La metamorfosis de las plantas). El cadáver de la mariposa ha dejado de ser una mariposa, en la medida en que ha dejado de formar parte de su proceso vital. El científico podrá analizar la anatomía del cadáver, la composición orgánica del ser muerto (separado de la totalidad) pero su análisis será pobre, fragmentario e insuficiente.
¿Acaso no somos los seres vivos como fragmentos de una melodía musical? ¿Qué científico se atrevería a cercenar una melodía para analizar sus partes? Nos parece obvio que la música solo puede ser percibida al filo del tiempo. Una nota o un conjunto de notas escuchadas en un instante no nos aportan ninguna idea de la melodía.
De la misma manera, el ser humano que viene al mundo forma también parte de su propio proceso vital. El genoma humano funciona de la misma manera que una partitura musical. En un pentagrama encontramos una secuencia de notas, pero existen otros símbolos que nos indican cómo hemos de tocarlas. Podremos hacerlo más rápido o leerlas en clave de sol o de fa. Tampoco sonará igual si le damos vida a esa partitura con un piano, un violín o una guitarra eléctrica. Todas estas variantes se corresponderían con las marcas epigenéticas. La madre natural, a la que el bebé busca instintivamente, también interviene en su expresión genética.
Madre e hijo forman parte de un proceso simbiótico y mágico en el que ambos comparten una misma melodía sensorial de olores y sensaciones.

He sido madre hace un año y he podido escuchar esa fuerza increíble de la naturaleza que agudiza mis sentidos interconectándolos con la vida que se crea en mi vientre. Una vida que responde a mis estímulos, me reconoce cuando por fin se encuentra conmigo y sentimos como el abrazo del otro nos tranquiliza y reconforta. Yo sé que él necesita mi cuerpo, mis brazos y mi olor para sentirse seguro, porque todavía formamos parte del mismo universo; de un universo del que no se separará en un plano psíquico hasta años más tarde, a través de la presencia del padre.
Existe un antigua y hermosa palabra que desafortunadamente anda hoy descarriada y perdida en nuestro lenguaje actual y que designa la unidad entre el plano divino y el material (entre lo extrasensorial y lo sensorial). Me parece importante recuperarla y volverla a llenar de su contenido real: El concepto de lo sagrado.
Valle Inclán definió la belleza como la intuición de unidad del universo. Esa inteligencia invisible que lleva a las raíces de un árbol a buscar el agua bajo tierra, a volverse ácidas a ciertas plantas para protegerse del animal que devora alguna del grupo o a buscar el calor de la madre el bebé que acaba de nacer. Todo ello en una danza universal que es el reflejo de la armonía del cosmos. Cuando un ser humano es capaz de sentir, a través de la intuición, esa unidad, florece inmediatamente en su corazón el vínculo con lo sagrado; y creo que es porque esa unidad universal está íntimamente relacionada con ese gran sentimiento que es el amor.
Al científico que separa a la mariposa de su hábitat para encerrarla en una vasija, lo mueve su deseo de posesión, de la misma manera que las personas que firman un contrato por el cual aceptan destruir el hábitat de su presunto “hijo”, se mueven por ese mismo deseo. Como el científico de la mariposa, estos presuntos padres se sirven de una vasija humana para poseer el objeto deseado.
Si hubiese un mínimo de amor no existirían contratos que permiten escoger el sexo del bebé o que te devuelven el dinero si el niño no nace sano. Una mujer que quiere ser madre y que ha sentido cómo ese niño ha crecido en su interior y que lo ha dado a luz con su propio dolor, no lo repudiaría porque fuera de un sexo u otro, ni permitiría que lo llevaran a un orfanato si nació con alguna anomalía, ni lo dejaría solo en el hospital porque llegó a este mundo gravemente enfermo. Unos padres que son capaces de intuir esa unión sagrada entre hijo y madre, no se atreverían jamás a arrancar una criatura inocente de su hábitat para satisfacer un deseo personal y narcisista que niega un derecho superior y fundamental: el derecho de ese peque­ño a empezar su vida formando parte de su propio hábitat y de la unidad sagrada del universo.

De la misma manera que Goethe pensaba que la mariposa dejaba de ser mariposa al arrancarla de su proceso vital, me pregunto si no le ocurrirá lo mismo al ser humano nacido en un laboratorio bajo los fríos auspicios contractuales del mercado económico y sus desalmados negocios.

Crónicas de la Comisión Alfa

Capítulo I: Primera parte del orden del día

comision alfa

Hoy es viernes y como cada viernes hay reunión de unidad en el departamento de estandarización del mercado, acuerdos internacionales de libre comercio y responsabilidad social corporativa de la Comisión Alfa.
Los agentes alfa se encaminan bajo sus trajes oscuros a la sala de reunión al fondo del pasillo. Uno tras otro van cayendo en sus sillas alrededor de la mesa como notas  negras salpicando  un pentagrama musical.
Desde el otro lado de la ventana la sala parece una reunión de cornejas sin alas.

La sala se compone exclusivamente de una mesa alargada con sus correspondientes sillas y sólo un interruptor en la pared decora la estancia. Al activarlo, la luz metálica de los halógenos se cierne como un espectro sobre los agentes formando un aura incandescente que parece congelar el tiempo. Una ventana ofrece como paisaje la fachada de un edificio  herrumbroso como una vieja lata de conserva. Sobre su techo de hojalata se desploma un trozo de cielo pequeño, gris  y despajarado.
Los agentes alfa ocupan sus puestos alrededor de la mesa. Solemnes, anudan sus corbatas al cuello y esperan en posición profesional (hierática y rígida) la llegada del líder alfa: Jean Henri Trautmann.
Trautmann es un hombre grande y sueco de edad indefinida.  Su cuerpo ligeramente encorvado soporta el peso de un busto gigante sobre el que descansa una cabeza rotunda, acartonada como una caja y agujereada por dos ojos ligeramente achinados y una boca muy horizontal. Cuando la abre se adivina al otro lado de la hilera de dientes como estalactitas colgantes, el camino hacia las profundidades de una enorme y oscura caverna donde habría sitio para albergar el escondite de un dragón.
Trautmann es uno de esos líderes que ocupan puestos sensibles en el imperio, designados directamente por una mano invisible. Sus orígenes son aristocráticos y en su despacho, varias fotografías con reyes, presidentes y sátrapas lo atestiguan. En una de ellas, varios líderes  posan con aire publicitario. En otra, los líderes sonríen con aire de cobradores de frac, con intereses personales por detrás de los dientes.

A Míster Trautmann le gustan las cosas claras.
Hoy ha leído la agenda del día y ha repetido en cada renglón la palabra claro.
Trautmann claramente busca objetivos claros. Dice que los retos del plan de trabajo de la unidad de estandarización deben ser precisos y claros. No se debe perder de vista la realidad claramente corporativa de los acuerdos NSA y RSE. Está claro que la precisión de tales acuerdos debe ser clara y transparente y que, unidos, los agentes alfa deben seguir enfocando claramente los objetivos principales del plan de trabajo anual.
Todos están de acuerdo.
Roger Cook, sin embargo, parece dudar. Frunce ligeramente el ceño y con el dedo índice ajusta la montura dorada de sus gafitas redondas sobre su nariz respingona y ligeramente pecosa.
Él no lo tiene claro. Consulta sus notas y opina que los acuerdos RSE no deberían formar parte de las regulaciones de estandarización ni de los ACCA pues la coordinación sectorial de todas las direcciones, incluidas DEFCO, ARCA y VECTA está sometida a normas intracomunitarias recogidas en el articulado de la última Comunicación de la Comisión Alfa y del Consejo Delta en 2008.
Al finalizar su discurso abre y cierra sus ojos dos veces con fuerza como poniendo un par de  puntos finales a su intervención.

Los ojos de Roger son muy redondos y azules. Parecen dos  inocentes bichitos encerrados tras el cristal de sus espejuelos A veces me miran de una manera que parece como si estuviesen implorando libertad, pero cuando yo empiezo a comunicarme con ellos, llega Roger y vuelve a encerrarlos tras sus párpados con contundencia, exactamente como acaba de hacer ahora, y luego va y se pone a hablar de reglamentos y procedimientos como para despistarnos a los tres, a sus dos ojos y a mí. Los abre y los cierra dos y hasta tres y cuatro veces, como si le pasase el cerrojo para incomunicarlos conmigo.
A Roger le tiemblan las piernas cuando entro en su despacho y sus bichillos azules se ponen nerviosos y empiezan a corretear en todas las direcciones. En esos momentos se pone muy serio, se ajusta la montura de sus gafitas redondas y frota sus pantalones con las manos. Nunca me permite hablar de cosas interesantes, ni del otoño delicioso que se adivina al otro lado del imperio, ni del dulcísimo té que llevo en mi taza ni de las extrañas formas que adquieren los reflejos de la luz sobre el cristal de su ventana. Desvía la conversación hacia su terreno y me corta enseguida con alguna de sus preguntas insidiosas “¿has visto el borrador RTA de la respuesta VEDCO?”, “¿has publicado el EIP en el Alfa-lex?”.
Los ojillos dejan de corretear sin rumbo, se ajustan con firmeza a los cristales de sus jaulas como agarrándose a sus barrotes de hierro y parecen  entonces cambiar de opinión.
Traidores.  
 ***
Hoy Donalda ha llegado tarde a la reunión de unidad.
Donalda Fantasía es agente alfa del grupo de funciones II,  grado I y escalón III, lo que claramente quiere decir que es un agente de orden inferior y que sus opiniones, en caso de existir, no son relevantes a nivel procedimental, lo cual en el mundo alfa significa que son irrelevantes y punto.
– ¡Puré! grita Donalda al entrar en la sala
– ¡Puré! ¡Puré!, repite
Donalda dice a menudo purèe que viene del francés y que en español quiere decir puré y lo utiliza para expresar su desacuerdo hacia los horarios alfa y la carga de trabajo injustamente impuesta a sus agentes, que ella ejecuta siempre con una mezcla de fastidio y abnegación religiosa. También dice puré de manera arbitraria para expresar el fastidio que le producen otros agentes del mismo rango o de rango inferior, como Andrula Mortensen, agente con problemas de adaptación a los avances tecnológicos, a las irregularidades del asfalto y a la vida administrativa que es para ella la vida misma.
Antes de entrar en la sala, Donalda ha pasado por su oficina para calzarse sus pantuflas.  Donalda siempre anda por los pasillos con sus zapatillas rojas de franela pues opina que no hay lugar como el hogar y que uno debe sentirse en la oficina como en su propia casa. Como sus opiniones son de rango II, grado I y escalón III, sus extravagancias suelen ser ignoradas que es lo mismo que ser aceptadas.
– ¡Puré!, ¡puré! repite ocupando su puesto en la mesa de reunión y resoplando como una yegua exhausta tras recibir sin justicia ni piedad sus latigazos diarios.
Los trabajadores de los servicios de transportes públicos han iniciado una nueva huelga en la ciudad donde tiene su sede el imperio Alfa y varias líneas están cortadas, de ahí el retraso de Donalda. «¡Habráse visto! ¡Bande de faineantes!* ¡C’est honteux! A esa gente había que ponerla a trabajar en el sector privado. Pu-uuuuré!» Repite, estirando el sonido u como si lo arrastrase por los suelos tirándole de los pelos.
Los agentes suspiran profundamente y mueven la cabeza de un lado a otro.

Los hombres y mujeres alfa son gentes de bien que creen que las cosas pasan porque sí y que las huelgas no tienen remedio pues responden al devenir natural de las cosas al otro lado del imperio. Nunca conversan sobre temas como estos pues son ante todo personas neutrales y no estiman correcto politizar. Tampoco debaten sobre temas de actualidad pues los anhelos de la humanidad no están sujetos a las  regulaciones operativas del libre comercio y  por ende, escapan a su jurisdicción lo cual equivale a escapar también de sus pensamientos.
Sólo a veces, cuando una gran manifestación contra la Comisión Alfa  invade las calles con gritos y pancartas, un agente bien protegido por el aparato de seguridad del imperio, se asoma a la ventana y suspira desolado ante las injusticias universales contra el pueblo llano:
– Poor people
En ese momento parece como si el corazón de la burocracia internacional latiese un poquito, arrítmico y sin compás, como el de un enfermo terminal a las puertas del otro mundo.

– Puré… Repite Donalda, pero esta vez es una pequeña exclamación que preludia un relajamiento muscular y espiritual. Su cuerpo abultado e irregular se estira hacia atrás  contra el respaldo de la silla y relincha una última vez dejando vibrar libremente las carnosidades de su papada que se inflan y desinflan como la de un sapo feliz de recuperar el estanque; su hábitat natural.

Capítulo II: Segunda parte del orden del día

Comision Alfa

Jean Henri Trautmann continúa con el orden del día.
El segundo punto tiene que ver con las consultas inter-servicios que se han intensificado desde la llegada de nuestro último comisario, Mister Tagliatteli.
En la última reunión de alto nivel, Tagliatteli ha subrayado su voluntad de mejorar tales consultas. Pide a los agentes alfa que sean más valientes en el borrador de sus respuestas y que se atrevan a pensar «out of the box» , lo que en el lenguaje de un comisario alfa significa añadir una pizca de pasión y locura a los informes de los expertos, los gráficos sobre indicadores de rendimiento y las estadísticas alfastat sobre variaciones de consumo y PIB.
Roger Cook, rebelde y casi insurrecto, se  atreve a dudar de los deseos del líder supremo y ajustando de nuevo las jaulas de cristal de sus azules animalillos, habla así:
– No estoy de acuerdo.
Un nervio contenido se instala en la sala y por un momento todos los agentes parecen haberse estreñido.
– I do not agree, repite, altanero y valeroso, ignorando el estrangulamiento general del contubernio de agentes.
Explica entonces Roger que un hombre alfa no está especializado en el pensamiento “out of the box” y  por lo tanto no entra en la órbita de sus funciones profesionales.
– Lo siento pero no somos políticos, somos agentes, y opino que debemos atenernos a los límites de nuestras funciones.
Y contesta una voz extraña:
-Tus palabras ofenden a la razón, agente alfa, pues todo pensamiento es político a partir del momento en que lo ejerce un hombre libre
Quien así habla, provocando la hilaridad de todos sus congéneres y el murmullo entre dientes de un «puré…» cruel de Fantasía, es nuestro jefe de sector Fabio Pantaleoni.

Pantaleoni es uno de los últimos supervivientes del viejo mundo. Llegó al imperio cuando éste no tenía más de 25 años y comenzaba a abrir las puertas de su gran centro comercial de libertades mercantiles, allá por los años 70.
Cuando Pantaleoni llegó al mundo alfa era un joven revolucionario. Vestía camisetas flojas y pantalones arremangados y calzaba sandalias de cuero. Creía firmemente en el mundo libertario que el imperio de la paz ofrecía en aquellos tiempos. Aún se conservan imágenes de mayo del 68 en las que le vemos junto a Cohn Bendit con las manos alzadas al cielo gritando «laissez faire, laissez passer». Abre la boca a la cámara y  saca la lengua en un gesto insolente y rebelde. Aquel joven revolucionario creía en un mundo libre de dogmas y estados proteccionistas. El imperio Alfa era su lugar y el departamento de estandarización y libre mercado le prometía un futuro prometedor de desregulación y libre armonización de la paz.
Con el tiempo las sandalias se convirtieron en mocasines, los cabellos rebeldes se fueron acomodando al desahogo y tanto se desahogaron que acabaron por caerse, los pantalones se desarremangaron y de su  cuello nacieron dos insignias: una corbata y una acreditación con rango y número de función debidamente indicados.

No perdió sin embargo Pantaleoni el gusto por las revoluciones.
Al fondo del pasillo, nuestro jefe de sector ocupa la oficina contigua al cuarto de la vieja impresora. Este cuarto es el vértice central de la unidad y la corta en dos hileras iguales. Cada hilera contiene el mismo número de cuartos y cada cuarto alberga el mismo escritorio y en cada escritorio se sienta un mismo agente que comparte con su vecino un destino común.
La impresora es la única criatura de la unidad que desprende identidad propia y, a pesar de estar vieja y descacharrada, posee grandes ínfulas vitales. Su cuerpo está revestido de papelitos, todos ellos mensajes filosóficos desde Cicerón a Schopenhauer que Pantaleoni pega con celofán para destilar un poco de sabiduría en este inculto lugar, pero que en realidad sólo sirven de chiste cada mañana. Tal vez sea esta humillación la causante de sus continuos atascos, o tal vez sea una forma de rebelarse contra la absurda obligación impuesta de ejecutar tareas maquinales y repetitivas, disfrazada de libre pensadora. Los escáneres no llegan nunca a su destino, los papeles se atascan en su vientre y las copias salen bañadas en tinta como manchas de sangre. Cuando esto ocurre, aúlla como un animal herido y parece escupir por cada una de sus ranuras todas las  frustraciones ocultas en los corazones de los agentes y en el pecho revolucionario de su vecino que de vez en cuando sale de su oficina para patalearla sin piedad.
– «Ma che cazzo fai, stampante di merda!»
Cuando el jefe de sector se enfada siempre lo hace en su lengua materna.

Pantaleoni mantiene una relación tan conflictiva con el dispositivo periférico como con el resto de la jerarquía y para contrarrestar el llanto de la máquina infeliz, inunda su oficina de melodías de Stravinsky, creando un universo musical en el departamento de estandarización tan incoherente como sus propias regulaciones desreguladoras.
Pantaleoni se atrinchera tras su mesa de trabajo y desde allí urde todo tipo de planes altamente peligrosos y revolucionarios como enviar correos electrónicos al comisario Tagliatteli sin el acuerdo de sus superiores jerárquicos. Este tipo de prácticas altamente subversivas le han costado más de un disgusto y varios cambios de puesto, pero él no ceja en su empeño de ejercer sus derechos de hombre libre.

A Roger parece preocuparle a veces la actitud de Pantaleoni.
– Es un filósofo, pero no es mala persona, me advierte en cierta ocasión.
Al decir esto se saca las gafitas redondas y con ellas parece que se le van también los ojos. Se frota entonces ese terreno que ha quedado baldío como una tierra manchega y durante unos segundos yo me quedo ahí sentada en medio del pedregal, perdida, sin rumbo ni horizonte. Vuelve a ponerse los espejuelos y es como hallar un río azul al final de un páramo.  Lo que Roger quiere decir en el fondo es que la filosofía no es mala en sí misma, pero ¿cómo va a pretender esta ciencia que alguien la tome en serio si ella misma empieza por dudar de su propia existencia? Todo el mundo sabe que la filosofía es en sí misma problemática y, como nuestro compañero Pantaleoni, va por ahí abrazando alegremente su libre destino de pájaro de buen Dios. La filosofía es aventura de otro rango y nada tiene que hacer entre nosotros.

Roger me parece un chico tan bueno y disciplinado que a mí gustaría corromperle con preguntas inútiles.
– ¿Qué distinción haces tú, Roger, entre el principio misterioso del conocimiento y el del amor?
Me gusta imaginármelo desnudo por la dificultad que este ejercicio entraña. A mí los agentes alfa siempre me han parecido ángeles sin sexo y entre todos ellos, Roger resplandece como un querubín renacentista con ribetes de oro entre las piernas. Me atrae como una pintura de Tiziano, como una lluvia de oro. En su despacho varias fotos acreditan su estatus divino. Diplomas de Oxford, títulos de la escuela europea de Brujas, un velero en un mar mediterráneo con una familia translúcida. Niñas y niños de Oxford, vidas de pistas de esquí, de hipotecas pagadas a tiempo, de clases de equitación y cakes recién horneados en la cocina.

Hoy, desde el otro lado de la mesa de reunión, Roger ha vuelto sus ojos azules a ese trozo de cielo vacío y gris que observa con indiferencia, como si no hubiese oído las palabras de Pantaleoni, “Todo pensamiento es político a partir del momento en que lo ejerce un hombre libre”  dando a entender que se pasa su filosofía por la entrepierna.
Mister Trautmann sale en su ayuda y zanja el asunto con una palmada condescendiente en el hombro de nuestro jefe de sector, y haciendo gala de su elocuente y horizontal sonrisa habla así:
«Menos mal que tenemos un líder ideológico en la unidad» suelta entonces una pequeña carcajada y su boca se abre muy de lado a lado como si la estirase con sus dedos índice. A mí me parece ver muy al fondo de la ranura la cola escamada de un dragón. Me digo que tal vez sean así las lenguas de la aristocracia sueca. Tal vez pertenezca a alguno de esos linajes reptilianos.
Acto seguido pasa al siguiente punto del día y da por olvidado tan inoportuno comentario.
***                                                                                               

Capítulo III: Tercera parte del orden del día

comisiónNext point: Ares.
La tecnología todo lo profana y Ares es en el mundo Alfa el nombre que recibe el nuevo sistema informático de registro y clasificación de archivos y documentos.
El imperio se ha modernizado y el viejo Adonis, su predecesor, ha sido sustituido de la noche a la mañana. Tan significativo acontecimiento ha puesto patas arriba la calma que reinaba en el espíritu conforme de nuestros agentes. Folletos, manuales de instrucciones y guías de autoayuda circulan por pasillos reales y telemáticos, haciendo enloquecer a los trabajadores alfa para quienes este tipo de cambios suponen una gran alteración vital que sólo puede ser superada por una restructuración en la organización del personal con su consiguiente cambio de departamento o lo que es peor, de planta.

Durante la última restructuración muchos agentes sufrieron graves depresiones nerviosas seguidas de largas bajas laborales. Donalda Fantasía fue uno de ellos. Gritó puré diez veces y antes de que toda su vida, (cuarenta años en la cuarta planta), fuese metida en cajas y traspasada a la quinta, desapareció 10 meses. No hace mucho que ha vuelto a reincorporarse y para superar el estrés laboral ha vuelto a abrir su boutique en la oficina. Esta vez ha puesto cartelitos por los pasillos y los ascensores con flechas indicativas del camino a seguir hacia su nuevo proyecto profesional.
«Livres, vêtements et dvd d’occasion»*, reza el cartel.

Es así como Donalda vende ilegalmente todos sus desechos domésticos por uno o dos euros. Sus actividades comerciales no tienen muy buena acogida y los agentes desaprueban secretamente tales iniciativas corruptas. Los agentes alfa suelen preferir la confidencialidad y la discreción cualquiera que sea el asunto a tratar y es por ello que al pasar por delante de su mercadillo, Jean Eric Trautmann se limita a apretar los labios y mover su cabezón acartonado de un lado a otro, con aire de censura y derrota.
Al otro lado de la puerta, Donalda, bravucona, despechugada y pintarrajeada como una careta, le observa por el rabillo del ojo, los pies sobre la mesa y sus cacharros extendidos como un top manta en el paseo de las Ramblas.

Al oír pronunciar el nombre de Ares en el orden del día, su semblante se  ha oscurecido, su ceño se ha fruncido y toda su masa irregular ha resbalado en su silla Ha cruzado los brazos sobre las enormes tetas que le suelen servir de apoyo en momentos duros y ha resoplado profundamente dejando vibrar sus belfos de manera tan vigorosa que no hubiera habido en toda la tierra un sismógrafo capaz de medir la frecuencia de su empuje.
– Como todos sabéis, continúa Trautmann, Ares ha llegado a nuestras vidas y es menester habituarse a la exigencia de sus funcionalidades. Es obligatorio inscribirse en una de las formaciones que RHE organiza. Las invitaciones serán enviadas vía SIStog en las próximas semanas.
Paso la palabra a Andrula.
Andrula, please.

Andrula parece no haber oído la introducción de su superior jerárquico, al menos ni siquiera ha movido la cabeza para mirarle.
Andrula siempre se sienta de manera encorvada con las manos sobre su regazo escondidas bajo la mesa. Ahora nos mira desde unos ojos petrificados, como de pajarillo disecado, sin vida.
Andrula es ósea, ojerosa y cenicienta, de tonos cetrinos y de una vejez incierta que a pesar de la decrepitud se parece bastante a la juventud. Sus huesecillos descalcificados están cubiertos por pliegues de finas arrugas. Algo en ella parece encarnar el principio y el fin de los tiempos. Nadie conoce sus verdaderos orígenes e imaginarla en otro lugar que no sean las oficinas del imperio es tarea imposible.
Parece haber nacido del cruce de una directiva y un dispositivo periférico entre archivos y normas procedimentales.
Parece haber nacido estéril para la vida.
Se la ve como suspendida, anclada en el limbo de la administración. Es como si hubiese dejado de pasar por el tiempo a pesar de que el tiempo ha seguido pasando por ella. La luz de las lámparas halógenas  cae sobre ella acentuando el negro de sus ojeras y el ruido que ahora produce una pequeña avería de la bombilla sobre el techo se cierne sobre ella como el zumbido de un moscardón.
Andrula viste a menudo minifalda con zapatos de charol y calcetines blancos de crochet con volantes fruncidos a la altura del tobillo que contribuyen a aumentar su aire de inmortalidad. Arrastra sus zapatos sin entusiasmo, desganada e impasible, andando de un lado al otro del pasillo de la unidad, con una pena tremenda y con algún portafirmas bajo sus brazos estáticos, inmóviles y pegados al cuerpo.
La semana pasada estrenó un par de zapatos masai y andaba como una mecedora balanceándose de un lado a otro pero sin alegría, con la misma pena de siempre.
En sus rodillas huesudas aparecen y desaparecen heridas más o menos ensangrentadas, rasguños y costras. Hay días que también aparecen tiritas en sus codos o en su frente.
Andrula es propensa a las caídas. Se cae cuando va a coger el tranvía y también cuando entra en su bañera.  A veces se  cae en sitios imposibles como dentro del ascensor y otras se cae como todo el mundo, tropezando en un agujero de la calzada. Cuentan las lenguas viperinas del imperio que en alguna ocasión se cayó al cielo tirándose por la ventana de la oficina y que sobrevivió de milagro. Dicen estas mismas lenguas que esta es la razón por la que hoy en día nuestras ventanas permanecen siempre cerradas.
Andrula Mortensen lleva siempre un spray anti-violadores en su bolso, no vaya a ser.
***                                                                                               
Ahora ha empezado a hablar sobre el funcionamiento de Ares y sus conexiones neurológicas parecen haber sufrido también una caída y todo su pensamiento se ha llenado de puntos suspensivos.
La disertación parece estirarse como una cuerda floja y no tener fin.
Andrula nos cuenta dónde y cómo debemos hacer clic. Hay varias pestañas y funciones nuevas. Las más importantes son las delegaciones y los «bypass». No hay que confundirlos. El sistema te permite delegar una tarea a otra persona. Para ello hay que dirigir el cursor del ratón a la pestaña que dice «delegación», entonces clicas, así, y se abre una ventana que te hace la siguiente pregunta: ¿Desea usted delegar su tarea? Le dices sí al sistema y escribes el nombre del agente. Así.
La función «bypass» debe utilizarse sólo en caso de que una persona no esté presente en la oficina para ejecutar la tarea que le ha sido asignada. Así. Sólo los agentes del grupo de funciones II rango III pueden ejecutar un «bypass» pues a ellos se les otorgará un «manager profile». Así.
Los agentes escuchan atentos y toman notas con gran seriedad. Ceños fruncidos, codos sobre la mesa, manos que sostienen bolígrafos a la altura del mentón, rostros circunspectos. Todos ellos cabezas pensantes. Y es que este tipo de disertaciones técnicas activan los resortes creativos de los agentes y de sus impetuosas mentes salen como volando bandadas de preguntas y cuestionamientos. Se les suelen ocurrir todo tipo de interrogantes, así como potenciales peligros, amenazas y obstrucciones al buen discurrir del procedimiento administrativo. Los agentes alfa son muy buenos inventando problemas y soluciones para esos mismos problemas que ellos mismos han inventado previamente, es decir, son muy profesionales.
Andrula trata en vano de lidiar con tanta incertidumbre. De su media melena lacia surgen dos orejillas que se van enrojeciendo a medida que avanza el interrogatorio.
Ahora ya se han vuelto completamente rojas, como dos brasas ardientes, y este color, que contrasta con el gris de su piel y de la sala de unidad y del imperio en general, aporta un toque de pasión a las disertaciones frígidas e infecundas del mundo Alfa.
  ***                                                                                                                                        

Capítulo IV: Cuarta parte del orden del día

funcionarios

El siguiente punto del orden del día trata de la preparación del seminario TEFTA que tiene como objetivo aprobar la próxima comunicación de la Comisión Alfa para el siguiente período legislativo.

Las comunicaciones de la Comisión generan grandes debates públicos y mediáticos. Las comunicaciones son una serie de palabras pronunciadas por el imperio, así sin más, porque le apetece decir algo que guarda en su corazón y tiene la necesidad visceral de decírselo al mundo, sin ningún ánimo regulador ni normativo. Es como una declaración de sentimientos con la sola particularidad que lo agentes alfa no están especializados en temas sentimentales y por ello necesitan ayuda. Como a menudo estas declaraciones tienen que ver con temas ambientales o de derechos humanos, se convoca a una serie de expertos externos llamados «stakeholders» que en español quiere decir «jugadores de casino», también se conocen coloquialmente con el nombre de «lobistas».

“Los lobos prefieren una guerra psicológica al combate real y el alto rango se basa más en la actitud que en el tamaño o en la fuerza. La especie de los lobos está considerada como superdepredadora. Esto significa que no tiene competencia externa de otros animales que determinen su población.”

Estas personas son muy profesionales y saben mucho de declaraciones y comunicaciones y de muchas cosas importantes pues están siempre especializados en alguna especialización de las muchas que ofrece el mercado educativo del imperio y además, sirven de guía a los agentes cuando éstos no saben muy bien qué decir.
Entre el momento en que el imperio decide decir algo y el momento en que lo que dice sale a la luz en forma de comunicación, transcurre un período medio de tres años. Durante ese tiempo los agentes se reúnen para buscar las palabras adecuadas, intercambian informaciones secretas, se estrechan las manos, se convoca al sector político,  industrial y mediático y se organizan cócteles, talleres y sesiones de fotos en grupo. También se organizan juegos pues los agentes alfa son ante todo gente lúdica y amigos del entretenimiento. Suelen tener un gusto altamente desarrollado por actividades festivas siempre y cuando estén bien organizadas y nunca desaprovechan la ocasión para preparar un buen «brainstorming» con cartulinas de colores, pegatinas,  rotuladores fluorescentes y muñecos de goma que estimulan el proceso creativo de sus cerebros. Es así como el tiempo transcurre, con mucho trabajo y esfuerzo  en búsqueda de las buenas palabras que edificarán la próxima declaración de sentimientos humanos del imperio.

El especialista en la unidad en este tipo de retos sentimentales es el deputy Gert Müller que prepara uno de los últimos seminarios con los lobistas para declarar conjuntamente la declaración TEFTA.
Müller acaba de entrar en los cincuenta por la puerta grande, enfundado en su traje gris de corte americano con bolsillo y pañuelo de lunares en la solapa, camisa planchada y mocasines brillantes. Es lo que se dice un hombre con estilo, un hombre de éxito en su carrera profesional que despierta tanta admiración entre las féminas como temor entre sus competidores. Dicen las entendidas en la materia que no sólo es un agente alfa, que ya es mucho, pues es la prueba irrefutable de una buena cartera, sino que además es un macho, un macho alfa. Un animal dominante de esos que están de moda, de los que usan pañuelos de lunares blancos y fustas de cuero y se depilan el cuerpo como es debido. Así es Müller, agente y macho alfa al mismo tiempo. Alfa al cuadrado. Un hombre de éxito. Un referente social.
Yo que no entiendo de machos, veo en Müller una reproducción de aquel Jean Baptiste Grenouille tan magistralmente retratado por Patrick Suskind. Como Grenouille, Müller no me parece ni alto ni bajo, ni guapo ni feo, ni excesivamente inteligente ni excesivamente tonto. Los ojos de Müller son lo que se dice unos ojos bonitos, pero más allá del azul que baña sus pupilas se puede distinguir con precisión el color febril y sin destellos del miedo. Su piel está siempre bronceada por rayos uva y cremas solares, pero al otro lado de su aparente calidez y su agradable perfume, puedo percibir claramente su materia inodora.
– El borrador AGH ha sido aprobado tras la consulta de EAAE, RRHZ y BBPE y será puesta en circulación en los próximos días y publicado en el RIU. El balance geográfico es OK entre los diferentes EEMM y ACCAS. Se abrirá un plazo para la presentación de propuestas en BYSPER. Fecha límite siete abril 16.00 COB, informa Müller

Cuando habla, un hedor inodoro atraviesa la atmósfera. Como a Jean-Baptise Grenouille, a Gert también parece resultarle difícil la pronunciación de verbos, adverbios y adjetivos. Prefiere los sustantivos y tiene un gusto desarrollado por los acrónimos. Si bien éstos últimos forman parte de la gramática alfa y por lo tanto son de uso común y obligatorio en sus instituciones, el deputy los maneja con una maestría excepcional. Una simetría aséptica del lenguaje que le ha llevado incluso a convertir en siglas todos nuestros nombres propios. Las palabras así destruidas, mutiladas, abortadas y prácticamente moribundas salen por sus labios como cadáveres en descomposición. Como buen macho alfa su voz es áspera y cavernosa y carraspea a menudo aumentando el suplicio de las palabras agonizantes. Cuando sus sensuales e insustanciales labios por fin se cierran, deja escapar desafiante una bocanada de humo que ha guardado en sus pulmones durante toda la disertación. Müller fuma un cigarrillo electrónico con forma de pluma estilográfica, tan  inodoro como él mismo, y cuyo humo guarda como una especie de broche de oro a su colofón final.

Andrula, temerosa ante semejante macho, cabizbaja y temblorosa, los brazos sobre el regazo y las orejotas como brasas, se atreve a dirigirle la palabra.
– He pedido los micrófonos a la unidad IT9. El número máximo de micrófonos en sala que podemos reservar es de 4.
Gert Müller la mira con la expresión de asco que podría producirle una araña peluda correteando  por la mesa. Levanta ligeramente la palma de la mano como para aplastarla y cierra la conversación con un golpe seco sobre la mesa «5 micrófonos. No cuatro». Andrula intenta explicar que es el número máximo (de sus orejas empieza ya a salir humo), pero Müller se muestra inflexible y sentencia de nuevo:
– AM (así llama Gert a Andrula, pronunciando “Eiem”): “F-I-V-E. EF, AI, VI, I”. “Arrange, please” Al pronunciar la palabra “please” curva un poco las comisuras de los labios como ha visto hacer a las personas cuando sonríen.
Los ojillos de pájaro disecado de la pobre Andrula parecen ahora revivir de temor. Sus pupilas se dilatan y se esconden tras los pliegues negros de sus negras ojeras.
***                                                                                                  

Capítulo V: Quinta parte del orden del día

los hombres serios - CopyEl último punto del orden del día es de carácter festivo y nos concierne a todos.
Nuestro director general, el español Arturo Callejero, ha cumplido sus 50 años al servicio del imperio y, como cualquier agente que llegue a tan simbólica efeméride,  será laureado con una medalla de oro con su consiguiente recompensa económica. Míster Callejero subirá al pódium de los agentes victoriosos y es su deseo que sus servidores participen en tan memorable evento.
De la organización de la fiesta se encarga nuestro compañero Karl Ronselman que además de  consejero jurídico de protección de los estándares de armonización del mercado imperial, es también director de nuestra coral.
Los agentes alfa son grandes cantores. Amantes de la armonía en todos los sentidos, legislativo, mercantil y musical, se organizan en grupos polifónicos y orquestas filarmónicas para entonar sus cánticos celestes.
Ronselman que está totalmente cegato, va por los pasillos tanteando las paredes y chocando contra las esquinas. Dirige la orquesta con las partituras pegadas a la nariz y sus ojos aventurándose cada uno hacia un lado, como bailando, solitarios y sin pareja, al ritmo de la música.
Va siempre acompañado de una secretaria lazarillo que guía a Karl a través de su mundo de tinieblas. Olimpia, se llama.
Olimpia Imperiale.
Olimpia es grande como un cíclope. Tiene una nariz puntiaguda y coloreada en estado permanente de resfriado y su oficina está empapelada de fotos de perros y gatos. Cientos y millones de miles de mascotas caninas y gatunas decoran el secretariado de Ronselman que sus invidentes y alocados ojillos nunca han tenido la oportunidad de contemplar. Olimpia es muy religiosa y siempre dice “si notre signeur le veut”. Habla de Dios con una gran familiaridad, como si le conociese en persona y tiene su foto decorando el fondo de la pantalla de su ordenador con una paloma blanca.
Mi primer día de trabajo en la unidad, le pregunté por unos documentos y Olimpia me respondió “Los documentos habrá que escanearlos si Jesús lo quiere”. Yo me puse a buscar al tal Jesús en el departamento informático, pero al ver que no había ningún Jesús, volví a la oficina de Olimpia:
– Olimpia, perdona, ¿a qué Jesús te referías?
Se me quedó mirando con expresión farmacéutica, por encima de sus gafas, y me respondió:
– A Jesús nuestro señor
Por las mañanas Olimpia Imperiale come siempre un kiwi porque dice que le da mucha energía y vitalidad. De pie junto a la papelera lo pela con un gran cuchillo de cocina y luego se inclina hacia adelante y lo succiona con fervor para evitar que gotee. Al hacer esto parece como si sus pechugas y la punta de su nariz se descolgasen un poco. El kiwi roza sus orificios nasales dejando algunas gotitas colgantes que Olimpia retira con el dorso de la mano y un aire satisfecho de misión cumplida.
Imperiale ayuda a Ronselman con los preparativos de la fiesta de  Callejero y nos informa del reglamento a cumplir a fin de garantizar  el carácter  jovial e informal de tan esperado evento. El código vestimentario prohíbe los colores chillones y da preferencia al negro, al rojo y al blanco. La agenda de actividades festivas será publicada en el alfaweek. Nos informa asimismo de la  organización de un baile antes del coctel.
– Yo no voy a poder ir, dice Andrula , como hablando desde el fondo de una cueva, más allá de la oscuridad envolvente de su pesadumbre.
¿Y por qué no vas a poder? Responde Olimpia visiblemente molesta, sus orificios nasales se estiran entonces hacia arriba y la punta nasal hacia abajo, como una bruja monumental.
Andrula se repliga sobre sí misma, las manos bajo la mesa, las rodillas huesudas llenas de costras.
– Porque no sé bailar

Donalda Fantasía pone sus ojos en blanco y resopla con fastidio ante la visible estupidez de su compañera. Vuelve a echarse hacia atrás en el respaldo de su silla y sus rostro queda oculto tras sus enormes tetas que parecen ahora presidir el fin de la reunión de unidad por encima de las palabras finales de Trautmann que recuerda a los agentes las últimas deadlines a incrustar en los calendarios y en los cerebros en el transcurso de la próxima semana.
Una vez anotadas en sus cuadernos, los agentes van levantándose lentamente de sus sillas. Cabizbajos y esquivos, evitándose  los unos a los otros, recogen sus cuadernos y se dirigen de nuevo a sus puestos. Cada tuerca y tornillo se ajusta con precisión en su lugar correspondiente y nadie le da al interruptor de la pared al salir de la sala.

Los halógenos, como soles de cuarzo, nunca se apagan en el Imperio y sus rayos de tungsteno resuenan dulcemente como susurros de lobos blancos.
La luz es siempre blanca entre sus muros y no tiene sombras. Cae del techo como un chubasco de silencio,  inmovilidad y mármol y se propaga de oficina en oficina y de corazón en corazón consumiendo el espacio y el tiempo al son del repiqueteo de los teclados; carcomiendo como un roedor insaciable las cuatro estaciones del hombre.
Este invierno de azul y pura transparencia en que los perros vagabundos ladran al misterio y el aire puede cogerse entre las manos como una gran bola de nieve.
Este invierno que hoy se extiende tan a lo lejos, más allá de las ventanas selladas, del paisaje de fachadas de hojalata  y del ritmo procedimental de nuestros corazones .

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Capítulo I: Primera parte del orden del día

comision alfaHoy es viernes y como cada viernes hay reunión de unidad en el departamento de estandarización del mercado, acuerdos internacionales de libre comercio y responsabilidad social corporativa de la Comisión Alfa.
Los agentes alfa se encaminan bajo sus trajes oscuros a la sala de reunión al fondo del pasillo. Uno tras otro van cayendo en sus sillas alrededor de la mesa como notas  negras salpicando  un pentagrama musical.
Desde el otro lado de la ventana la sala parece una reunión de cornejas sin alas.

La sala se compone exclusivamente de una mesa alargada con sus correspondientes sillas y sólo un interruptor en la pared decora la estancia. Al activarlo, la luz metálica de los halógenos se cierne como un espectro sobre los agentes formando un aura incandescente que parece congelar el tiempo. Una ventana ofrece como paisaje la fachada de un edificio  herrumbroso como una vieja lata de conserva. Sobre su techo de hojalata se desploma un trozo de cielo pequeño, gris  y despajarado.
Los agentes alfa ocupan sus puestos alrededor de la mesa. Solemnes, anudan sus corbatas al cuello y esperan en posición profesional (hierática y rígida) la llegada del líder alfa: Jean Henri Trautmann.
Trautmann es un hombre grande y sueco de edad indefinida.  Su cuerpo ligeramente encorvado soporta el peso de un busto gigante sobre el que descansa una cabeza rotunda, acartonada como una caja y agujereada por dos ojos ligeramente achinados y una boca muy horizontal. Cuando la abre se adivina al otro lado de la hilera de dientes como estalactitas colgantes, el camino hacia las profundidades de una enorme y oscura caverna donde habría sitio para albergar el escondite de un dragón.
Trautmann es uno de esos líderes que ocupan puestos sensibles en el imperio, designados directamente por una mano invisible. Sus orígenes son aristocráticos y en su despacho, varias fotografías con reyes, presidentes y sátrapas lo atestiguan. En una de ellas, varios líderes  posan con aire publicitario. En otra, los líderes sonríen con aire de cobradores de frac, con intereses personales por detrás de los dientes.

A Míster Trautmann le gustan las cosas claras.
Hoy ha leído la agenda del día y ha repetido en cada renglón la palabra claro.
Trautmann claramente busca objetivos claros. Dice que los retos del plan de trabajo de la unidad de estandarización deben ser precisos y claros. No se debe perder de vista la realidad claramente corporativa de los acuerdos NSA y RSE. Está claro que la precisión de tales acuerdos debe ser clara y transparente y que, unidos, los agentes alfa deben seguir enfocando claramente los objetivos principales del plan de trabajo anual.
Todos están de acuerdo.
Roger Cook, sin embargo, parece dudar. Frunce ligeramente el ceño y con el dedo índice ajusta la montura dorada de sus gafitas redondas sobre su nariz respingona y ligeramente pecosa.
Él no lo tiene claro. Consulta sus notas y opina que los acuerdos RSE no deberían formar parte de las regulaciones de estandarización ni de los ACCA pues la coordinación sectorial de todas las direcciones, incluidas DEFCO, ARCA y VECTA está sometida a normas intracomunitarias recogidas en el articulado de la última Comunicación de la Comisión Alfa y del Consejo Delta en 2008.
Al finalizar su discurso abre y cierra sus ojos dos veces con fuerza como poniendo un par de  puntos finales a su intervención.

Los ojos de Roger son muy redondos y azules. Parecen dos  inocentes bichitos encerrados tras el cristal de sus espejuelos A veces me miran de una manera que parece como si estuviesen implorando libertad, pero cuando yo empiezo a comunicarme con ellos, llega Roger y vuelve a encerrarlos tras sus párpados con contundencia, exactamente como acaba de hacer ahora, y luego va y se pone a hablar de reglamentos y procedimientos como para despistarnos a los tres, a sus dos ojos y a mí. Los abre y los cierra dos y hasta tres y cuatro veces, como si le pasase el cerrojo para incomunicarlos conmigo.
A Roger le tiemblan las piernas cuando entro en su despacho y sus bichillos azules se ponen nerviosos y empiezan a corretear en todas las direcciones. En esos momentos se pone muy serio, se ajusta la montura de sus gafitas redondas y frota sus pantalones con las manos. Nunca me permite hablar de cosas interesantes, ni del otoño delicioso que se adivina al otro lado del imperio, ni del dulcísimo té que llevo en mi taza ni de las extrañas formas que adquieren los reflejos de la luz sobre el cristal de su ventana. Desvía la conversación hacia su terreno y me corta enseguida con alguna de sus preguntas insidiosas “¿has visto el borrador RTA de la respuesta VEDCO?”, “¿has publicado el EIP en el Alfa-lex?”.
Los ojillos dejan de corretear sin rumbo, se ajustan con firmeza a los cristales de sus jaulas como agarrándose a sus barrotes de hierro y parecen  entonces cambiar de opinión.
Traidores.  
 ***
Hoy Donalda ha llegado tarde a la reunión de unidad.
Donalda Fantasía es agente alfa del grupo de funciones II,  grado I y escalón III, lo que claramente quiere decir que es un agente de orden inferior y que sus opiniones, en caso de existir, no son relevantes a nivel procedimental, lo cual en el mundo alfa significa que son irrelevantes y punto.
– ¡Puré! grita Donalda al entrar en la sala
– ¡Puré! ¡Puré!, repite
Donalda dice a menudo “purèe” que viene del francés y que en español quiere decir puré y lo utiliza para expresar su desacuerdo hacia los horarios alfa y la carga de trabajo injustamente impuesta a sus agentes, que ella ejecuta siempre con una mezcla de fastidio y abnegación religiosa. También dice puré de manera arbitraria para expresar el fastidio que le producen otros agentes del mismo rango o de rango inferior, como Andrula Mortensen, agente con problemas de adaptación a los avances tecnológicos, a las irregularidades del asfalto y a la vida administrativa que es para ella la vida misma.
Antes de entrar en la sala, Donalda ha pasado por su oficina para calzarse sus pantuflas.  Donalda siempre anda por los pasillos con sus zapatillas rojas de franela pues opina que no hay lugar como el hogar y que uno debe sentirse en la oficina como en su propia casa. Como sus opiniones son de rango II, grado I y escalón III, sus extravagancias suelen ser ignoradas que es lo mismo que ser aceptadas.
– ¡Puré!, ¡puré! repite ocupando su puesto en la mesa de reunión y resoplando como una yegua exhausta tras recibir sin justicia ni piedad sus latigazos diarios.
Los trabajadores de los servicios de transportes públicos han iniciado una nueva huelga en la ciudad donde tiene su sede el imperio Alfa y varias líneas están cortadas, de ahí el retraso de Donalda. «¡Habráse visto! ¡Bande de faineantes!*¡C’est honteux! A esa gente había que ponerla a trabajar en el sector privado. Pu-uuuuré!» repite, estirando el sonido u como si lo arrastrase por los suelos tirándole de los pelos.
Los agentes suspiran profundamente y mueven la cabeza de un lado a otro.

Los hombres y mujeres alfa son gentes de bien que creen que las cosas pasan porque sí y que las huelgas no tienen remedio pues responden al devenir natural de las cosas al otro lado del imperio. Nunca conversan sobre temas como estos pues son ante todo personas neutrales y no estiman correcto politizar. Tampoco debaten sobre temas de actualidad pues los anhelos de la humanidad no están sujetos a las  regulaciones operativas del libre comercio y  por ende, escapan a su jurisdicción lo cual equivale a escapar también de sus pensamientos.
Sólo a veces, cuando una gran manifestación contra la Comisión Alfa  invade las calles con gritos y pancartas, un agente bien protegido por el aparato de seguridad del imperio, se asoma a la ventana y suspira desolado ante las injusticias universales contra el pueblo llano:
– Poor people
En ese momento parece como si el corazón de la burocracia internacional latiese un poquito, arrítmico y sin compás, como el de un enfermo terminal a las puertas del infierno

– Puré… Repite Donalda, pero esta vez es una pequeña exclamación que preludia un relajamiento muscular y espiritual. Su cuerpo abultado e irregular se estira hacia atrás  contra el respaldo de la silla y relincha una última vez dejando vibrar libremente las carnosidades de su papada que se inflan y desinflan como la de un sapo feliz de recuperar el estanque; su hábitat natural.

La historia secreta del hombre dormido

Artículo de Jaime Fernández.

No hay placer más satisfactorio que dormir cuando se tienen ganas, incluso en condiciones adversas. Es admirable contemplar a esos viajeros que se duermen en cualquier sitio, como en el vagón del Metro, con el traqueteo del tren de fondo y ajenos al trajín de los que entran y salen en cada estación. Más sorprendente aún es que se despierten en el momento justo en que tienen que apearse. ¿Cómo lo consiguen? Misterios del sueño.

Pero dormir se reduciría a una necesidad física, además de un placer, si no fuese por los sueños, que hacen que cada noche vivamos auténticas aventuras de las que nos suelen despertar sus propios desenlaces, si es que antes no lo hace la alarma fastidiosa del reloj. Lo peculiar de estas aventuras nocturnas es que, pese a su aparatosidad, solemos olvidarlas en cuanto aterrizamos en el mundo real, desprendiéndonos de ellas para siempre, como de las legañas. Menos mal que a la noche siguiente volveremos a experimentar otras nuevas.

"El sueño de Jacob", de José Ribera

“El sueño de Jacob”, de José Ribera

La misma prodigalidad de los sueños y el menosprecio que se les dispensa al tratarse de experiencias virtuales, desprovistas de la carnalidad propia de las reales, hace que se los despache con un adiós definitivo en cuanto se esfuma el vago recuerdo que dejan al despertar. De todos modos, aun siendo susceptibles de ser narrados, hemos de reconocer que, así como nuestros sueños deberían interesarnos, escuchar o leer los sueños de los otros no suele despertar interés.

Tenía razón Heráclito al diferenciar el orden del mundo que rige para los despiertos, que es uno y común, y el que rige para cada uno de los que duermen, que se vuelve hacia el suyo particular, siendo, por tanto, incomunicable. Cada sueño es como una carta que recibimos a nuestro nombre y que sólo a nosotros nos corresponde leer. Noche tras noche, todos ellos van dibujando la historia secreta de nuestra vida en una lengua ciertamente extraña que no siempre logramos descifrar.

Presunto busto de Heráclito

Presunto busto de Heráclito

Sin embargo, desde tiempos remotos los sueños han estado ligados a su interpretación, lo que a su vez requiere contarlos o narrarlos, ya sea para uno mismo o para otros. La primera obra de interpretación onírica que se conoce es de Artemidoro de Daldis (siglo II d. C.). En El libro sobre la interpretación de los sueños recopiló hasta tres mil sueños de quienes acudían a consultarle para que se los descifrase. En 1562 el italiano Gerolamo Cardano, médico de profesión, publicó el Liber somniorum. Fiel a una antigua tradición, de la que abundan los testimonios en la cultura grecolatina y en la Biblia, a Cardano le interesaba el sueño de carácter premonitorio. En su autobiografía refiere numerosos sueños, en los que siempre veía alguna señal anunciadora de su destino.

A partir de los treinta y tres años de edad empezó a ver en sueños lo que iba a ocurrir en breve tiempo. Uno de los que tuvo con más frecuencia -hasta en cien ocasiones- era con un gallo de plumaje rojo y de cresta y sotabarba también rojas, del que temía que se pusiera a hablar con voz de hombre, lo que por fin sucedía. Sus palabras eran casi siempre amenazadoras. Cardano confiesa que de joven sufrió mucho como consecuencia de la impotencia sexual, aunque más tarde se recuperó del todo. ¿No sería ese gallo rojo un recuerdo de aquel sufrimiento y su amenazante voz de hombre, la expresión del temor secreto a un retorno de la impotencia?

Gerolamo Cardano

Gerolamo Cardano

Montaigne pasó de puntillas por los sueños no porque temiera despertarlos sino porque soñaba raramente. En De la experiencia, el último de los Ensayos, dice que son fieles intérpretes de nuestras inclinaciones, pero que organizarlos y entenderlos tiene su arte. También dejó caer una observación portadora de una verdad imbatible: que nuestro velar “está más dormido que el dormir” y que nuestros sueños “valen más que nuestras razones”.

Acorde con su talante racionalista, Descartes aconsejó buscar la verdad más en lo que pensemos estando despiertos que en los pensamientos que tengamos en sueños, a pesar de que las imágenes oníricas sean tan vivas y expresivas y hasta más aún en el sueño que en la vigilia. Curiosamente, él mismo eligió su destino filosófico a raíz de un sueño, prescindiendo de los deseos de su padre para que estudiase leyes o ingresara en la milicia.

Fue en el Romanticismo, sobre todo en Alemania, donde el mundo de los sueños tuvo un despertar por todo lo alto. Siguiendo la tendencia a la introspección que caracterizó al movimiento romántico, Novalis, Jean Paul Richter, Gotthilf Heinrich von Schubert, autor de El simbolismo del sueño (1814), E.T.A. Hoffmann, Moritz y Hamann, entre otros, ahondaron en la naturaleza de los sueños, tal como recuerda Albert Béguin en su legendario ensayo El alma romántica y el sueño (1937).

Albert Béguin

Albert Béguin

En el siglo XIX, autores como Senancour, Nerval, Baudelaire, Rimbaud, Stevenson o Hawthorne se ocuparon también de las fantasías oníricas. Por fin, los surrealistas y artistas de otras vanguardias artísticas del siglo XX convirtieron los sueños en el motivo conductor de sus obras y emblema de la libertad absoluta del ser humano ante las convenciones y coacciones de la sociedad civilizada. Todos ellos estaban persuadidos, como Montaigne, de que la lucidez diurna no es más que una noche profunda y que la verdadera claridad sólo resulta accesible en los aspectos nocturnos de nuestra existencia.

Dos siglos antes que Freud, el ilustrado alemán Georg C. Lichtenberg comentó que si la gente estuviera dispuesta a contar sus sueños con sinceridad, éstos, más que el rostro, permitirían descubrir cosas sobre su carácter. Lamentaba que, siendo uno de los privilegios del ser humano soñar y saber que sueña, no supiese hacer uso de los sueños. Por ello, le resultaba sorprendente que todavía -a mediados del siglo XVIII- no se hubiera escrito la historia del “hombre dormido”, que quizá tuviese tanto interés como las de los despiertos.

Según Lichtenberg, los sueños son útiles “en la medida en que representan el resultado natural de todo nuestro ser, sin la coacción de una reflexión muchas veces artificial”, y están compuestos por las ideas y representaciones que tenemos en la vigilia. Aunque dormidos actuamos menos, “es precisamente ahí cuando el psicólogo despierto tendría muchísimo que hacer”. Confesaba saber por experiencia que los sueños le conducían al conocimiento de sí mismo. De ellos dedujo que las sensaciones que no son interpretadas por la razón son las más vivas.  Sobre todo al final de su vida soñaba que volvía a los paisajes de la infancia, en Renania, a las calles de su ciudad natal, a los sentimientos de piedad infantil.

Lichtenberg

George Christoph Lichtenberg

Algunos escritores y filósofos adoptaron la costumbre de anotar los sueños casi a diario. No querían olvidarlos. Theodor W. Adorno lo hacía inmediatamente después de despertar. Tras su muerte se publicó una amplia selección de los que anotó entre 1934 y 1969. En La cámara oscura Georges Perec escribió ciento veinticuatro relatos-sueños recopilados a lo largo de cuatro años, entre 1968 y 1972,  y en los que están presentes sus obsesiones y fantasmas.

Entre 1965 y 1990, un año antes de su muerte, Graham Greene siguió un diario de sueños de los que daba cuenta en cuanto despertaba. Poco antes de morir preparó una selección de fragmentos con vistas a su publicación. Cada mañana, nada más despertar, Borges recordaba los que había tenido por la noche y los grababa o los escribía. Otros escritores, como Kafka, Jünger, Cheever y Burroughs, plasmaron algunos de sus sueños en cuadernos o diarios.

Georges Perec, autor de "El hombre que duerme"

Georges Perec

A propósito de esta costumbre, Walter Benjamin recomendaba, apelando a una tradición popular, que no se contasen los sueños por la mañana en ayunas, momento en que la persona aún permanece conectada con el mundo onírico. Contarlos en esos momentos significaría  traicionarlos, por lo que quien lo haga deberá atenerse a su venganza, “lo que, dicho en términos modernos, equivale a traicionarse a sí mismo”. Es mejor hacerlo después de desayunar.

“Sólo desde la otra orilla, desde la claridad del día, es lícito apostrofar el sueño con el poder evocador del recuerdo”.

Walter Benjamin

Walter Benjamin

Resulta cuando menos singular la relación del dormir y de los sueños con la memoria. Porque así como necesitamos olvidar para conciliar el sueño, ahuyentando el fantasma del insomnio, y el simple hecho de dormir nos induce a olvidarnos de la vida despierta, los sueños que tenemos dormidos nos la recuerdan, aunque disfrazada con unos ropajes distintos, desde luego mucho más llamativos, y en un lenguaje también diferente. El círculo de la relación ambivalente entre sueño y memoria se cierra cuando al despertar se desvanece el recuerdo de la última visión onírica que tuvimos. Los sueños son escurridizos, no se dejan aprehender con facilidad.

Los únicos que perduran algún tiempo, persiguiéndonos por el día, son aquellos que nos causaron una honda impresión y que, por su poderoso verismo, hasta nos obligaron a contrastarlos con la realidad en cuanto despertamos. Si, por ejemplo, una noche soñamos con que a un ser querido le ocurre una desgracia, a la mañana siguiente intentaremos hablar con él sólo para comprobar que se encuentra bien y espantar el doloroso recuerdo del sueño.

Mientras soñamos la inteligencia razonadora duerme, siendo relevada por ese mundo misterioso de intuiciones sabias, expresadas en imágenes y sensaciones muy vivas, que en la vigilia relegamos seguramente porque nos molestaban y a la espera de que la realidad las desmintiese. Frente a la impotencia de la razón para interpretar y resolver conflictos vitales, los sueños se limitan a traducirlos al lenguaje simbólico, inspirándose para ello en objetos significativos tomados de la realidad, que interpretan a su manera.

"El sueño" (1937), de Salvador Dalí

“El sueño” (1937), de Salvador Dalí

La unicidad con que creemos percibir el mundo real cuando estamos despiertos es suplantada en el universo onírico por una floración  de detalles de una variedad inconmesurable. En lugar de uniformidad, multiplicidad y polimorfismo; caos y confusión en vez de orden. Sucede lo contrario que en la vigilia, donde, pese a la certeza con que percibimos la realidad física, somos incapaces de aprehender el significado de las sensaciones en parte por la confusa rapidez con que se suceden. En cambio, en los sueños la percepción se agudiza hasta lo microscópico.

Es en la clarividencia onírica donde debemos buscar el punto de arranque de la interpretación del sueño. Quizá sea a esto a lo que se refiere El Talmud cuando señala que la interpretación radica en el propio sueño. Si erramos al interpretarlos es porque nos obligan a regresar al lenguaje común de la realidad con el que estamos familiarizados y que por eso mismo nos sume en una nueva confusión.

En contra de la corriente de la época, Elias Canetti discrepaba de la manía racionalista de interpretar los sueños, tachando incluso de loco a aquel que los interpreta inmediatamente porque, además de perderlos, “nunca más los vuelve a tener”, marchitándose antes de haber brotado. En uno de sus apuntes advierte de los daños imprevisibles que pueden causar los sueños interpretados.

"Sueño intenso", de Paul Klee

“Sueño intenso”, de Paul Klee

“Esta destrucción permanece oculta, pero ¡cuán sensible es un sueño! No se ve sangre alguna en el hacha del matarife cuando arremete contra la tela de araña, pero ¡lo que ha destruido!… y jamás vuelve a tejerse lo mismo. Muy pocos sospechan el carácter único e irrepetible de todo sueño”.

Canetti comparó al sueño con un animal, “pero un animal desconocido, y uno no ve la totalidad de sus miembros. La interpretación es una jaula, pero el sueño nunca está allí”. En su opinión, Paul Klee es el único que ha tratado el sueño con el respeto que merece.

Que la interpretación puede ser una jaula para el sueño y que éste goza de la suficiente autonomía como para echarse a volar cuando queramos apresarlo entre unas rejas fue lo que probablemente quiso decir un siglo antes que Canetti, en 1821, el filósofo alemán de origen noruego Heinrich Steffens, al otorgarle entidad propia. Más aún, tachaba de “acto de barbarie” cualquier tentativa de explicar los sueños en términos exclusivamente de la con­ciencia despierta, viendo en ellos imágenes y pensamientos semirreprimidos del día. Por el contrario, alegaba que constituyen un mundo aparte,

“una forma esencial y entrañable de nuestra existencia más auténtica. Somos en nuestros sueños tanto como en nuestra vigilia”.

Heinrich Steffens

Heinrich Steffens

Si no soñáramos, nuestra vida sería demasiado igual a sí misma, pobre en contrastes. Pero los sueños quiebran esa continuidad. Dividen al individuo para volver a soldarlo con más solidez que si no hubiese soñado. Por eso los sueños saben de nosotros más que nuestra razón despierta. La precisión milimétrica con que percibimos en ellos los acontecimientos, los gestos, las expresiones de los rostros, las palabras, no es ajena a la impresión de verdad que nos suscitan. No mienten ni nos engañan. Al contrario, revelan y desenmascaran.Tampoco suelen equivocarse, completando los juicios que esbozamos en la vigilia o, si viene al caso, arrojando una nueva luz sobre ellos. Ven por nosotros. Son el tribunal en el que se dirimen los conflictos que nos atribulan por el día. Heráclito fue todavía más lejos al afirmar que “muerte es cuanto vemos despiertos y cuanto vemos dormidos, visiones reales”.

Precisamente el carácter revelador de los sueños justifica la tradición que les atribuye poderes adivinatorios, aunque en realidad nos revelen aquello que en la vigilia nos negamos a reconocer. Así que cuando, por alguna circunstancia, nos vemos forzados a abrir los ojos ante situaciones cuyo reconocimiento hería nuestro amor propio o la elevada idea que tenemos de nosotros, nos viene a la memoria aquel sueño que un tiempo atrás nos reveló la realidad palmaria que ahora tenemos delante de los ojos.

En Anna Karénina, Tolstoi muestra un caso de sueño premonitorio en la pesadilla recurrente que asalta por las noches a Anna Karénina poco tiempo antes de suicidarse. En el sueño ve a un campesino viejo, de barba enmarañada, que masculla en francés palabras sin sentido, mientras se inclina sobre un trozo de hierro, indiferente ante ella. Un domingo por la mañana, el que será último día de su vida, se despierta también con esta pesadilla. En el momento en que se dispone a morir arrollada bajo las ruedas del tren, le viene a la mente la figura del pequeño campesino que estaba trabajando sobre el hierro, como si lo aplastara.

La actriz Mariya Guérmanova en un fotograma de la película de 1914 "Anna Karénina", dirigida por Vladímir Gardin

La actriz Mariya Guérmanova en un fotograma de la película de 1914 “Anna Karénina”, dirigida por Vladímir Gardin

Cuanto más afecte una experiencia a los sentimientos y a los sentidos y escape a nuestro raciocinio, con mayor intensidad también el sueño la traducirá en una metáfora. Las metáforas oníricas son reveladoras de que van mucho más lejos que la razón. Arrojan una luz nueva, a veces incluso cegadora, sobre nuestros temores, deseos, expectativas y angustias.

Para ilustrar la naturaleza metafórica de los sueños, Nietzsche mencionó el caso de un hombre que se queda dormido con dos ligas de calcetín enrolladas en los pies y sueña que dos serpientes los rodean. Y en una de sus greguerías, Ramón Gómez de la Serna, el maestro de la metáfora, anotó que “si hay una miga en la cama, el sueño estará lleno de promontorios y peñascos”.

“La pesadilla” (1781), de Johann Heinrich Füssli

“La pesadilla” (1781), de Johann Heinrich Füssli

Los sueños confirman que la metáfora es la fórmula expresiva más arcaica del ser humano e innata a su condición. Su universalidad la hace asequible a todas las personas, independientemente de su extracción social o formación. Por el mero hecho de soñar dormido, cualquier individuo se convierte en un poeta, aunque no tenga conciencia de ello y en la vigilia no escriba ningún verso. Schubert decía que las almas profundas que aparentemente carecen de medios de expresión en la vigilia, encuentran uno más poderoso y rico en el sueño nocturno, resarciéndolas de las charlas inútiles que mantuvieron por el día. En cambio, Nietzsche pensaba que los sueños absorbían tanta capacidad artística que en la vigilia apenas nos queda un rastro de ella.

La ficción literaria -incluida la poesía, por supuesto-, y el sueño están ligados por un hilo casi imperceptible, como si emanaran de la misma raíz. Borges comentó que la literatura no es más que “un sueño dirigido”, de tal manera que el relato ficticio imprime “un orden al desorden del material onírico”. Buen ejemplo de ello es la obra literaria de Kafka, que recuerda al mundo onírico no sólo por las fantasías que recorren sus novelas y relatos sino por la minuciosidad de las sensaciones que experimentan sus protagonistas. Era como si soñara despierto y escribiese en pleno sueño. Nada más natural que dedicase la noche a la escritura y que fantaseara con la idea de pasarse todas las noches escribiendo en una vasta cueva, con la única compañía de una lámpara.

Gotthilf Heinrich von Schubert

Gotthilf Heinrich von Schubert

Los mitos y los cuentos de hadas hunden sus raíces en el sueño. Las visiones nocturnas de Don Quijote evocan a las fantasías oníricas y la misma locura del caballero no es más que un sueño del que despierta al morir en su lecho. En el teatro de Shakespeare son frecuentes las apariciones, los sueños y las escenas espectrales.

Dos novelas tan dispares en la forma y el fondo como Alicia en el País de las Maravillas y La muerte en Venecia se leen igual que si fuesen sueños, la una como un carnaval bullicioso y la otra como una sarcástica marcha fúnebre; ambas como un descenso al subsuelo del inconsciente. En las novelas de Dostoyevski los episodios de crímenes se desarrollan con el ritmo y la intensidad propios de las pesadillas, en habitaciones tétricas, escenarios dispuestos para la abyección. Los asesinos sufren el desdoblamiento de la personalidad característico de las fantasías oníricas.

Ilustración de John Tenniel para "Alicia en el País de las Maravillas"

Ilustración de John Tenniel para “Alicia en el País de las Maravillas”

En el sueño las leyes de la lógica racional, empezando por las del tiempo y el espacio, dejan de funcionar. En ellos todo se vuelve posible. Ni la imaginación más desbordante sería capaz de inventar las fantasías que nos deparan. Los muertos resucitan y hablamos con ellos. Los vivos mueren. Nos encontramos con personas que no vemos desde hace años. Viajamos al pasado, reviviendo los gozos y las angustias de antaño. ¿Quién no ha soñado con la ansiedad causada ante un examen escolar al que debe presentarse sin haber estudiado la asignatura?

Luis Buñuel soñaba a menudo que a los cincuenta o sesenta años volvía al cuartel de Madrid en el que hizo el servicio militar, enfundado en su viejo uniforme, con miedo a que se le reconociese y avergonzado de ser soldado a su edad, por lo que esperaba hablar con el coronel para explicarle su caso. Uno de los sueños que más se le repetía era que viajaba en un tren, sin destino conocido.

De repente, el convoy entraba en la estación y se detenía. Entonces él se levantaba para estirar las piernas por el andén y tomar una copa en el bar de la estación. Como ya sabía por sueños anteriores, estaba seguro de que el tren arrancaría de golpe en cuanto pusiera el pie en el andén. Alertado por la desconfianza, ponía lentamente un pie en el suelo, mirando a derecha e izquierda. El tren estaba quieto y otros viajeros también bajaban. Pero justo en el instante en que ponía el otro pie en el suelo el tren salía disparado como una bala de cañón, llevándose consigo su equipaje. Enfadado por esta nueva trampa del tren, se quedaba solo en el andén que se había vaciado de pronto, y soltaba un taco. Cuando trabajaba junto con su colaborador y amigo Jean-Claude Carrière, ocupando habitaciones contiguas en algún hotel, éste le oía gritar a través del tabique. “Es el tren que se ha ido”, pensaba.

Luis Buñuel

Luis Buñuel

Si, como dice el Talmud, en el sueño radica su interpretación, en este caso parece claro que la fuga del tren expresa la inquietud de Buñuel ante la posibilidad de que, como en ocasiones anteriores, se cumpliese lo que más temía, una sensación que Cesare Pavese plasmó en la última entrada de su diario El oficio de vivir, nueve días antes de suicidarse, en un aforismo inolvidable: “Siempre sucede lo más secretamente temido”.

También soñamos con animales conocidos e inéditos, que incluso hablan. En pleno día el cielo puede ser negro como la pez y la noche luminosa. Paseamos por las calles de ciudades extrañas o nos extraviamos en barrios periféricos y solitarios. Habitamos en casas espléndidas u horribles, llenas de humedad y con goteras, o en apartamentos que jamás hemos visitado. Caemos a precipicios profundos sin rompernos ningún hueso o volamos por los aires, corremos por túneles y desfiladeros.

En muchos sueños la impresión de belleza se alterna con la de fealdad monstruosa. Gritamos, reímos, nos enfadamos, lloramos y hasta cantamos. Hablamos en un idioma que sólo entendemos nosotros y que a los despiertos les parece un trabalenguas: esas palabras sólo tienen entidad real para el soñador, al igual que el mismo sueño. Si las escuchase despierto, tampoco las entendería. Oímos músicas deliciosas y componemos poesías. Algunos incluso se levantan de las camas y pasean sonámbulos por las habitaciones.

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Fotograma de la película “El espejo”, de de Andrei Tarkovski

Hacemos cosas que en la vida real ni se nos habrían pasado por la cabeza, como conducir un coche sin tener idea o tocar el piano sin haber pisado un conservatorio. Deseamos y tememos, sentimos placeres y dolores, angustia y serenidad. Somos desobedientes, infringimos todas las normas. Pensamos, decimos y hacemos aquello que en la vigilia no nos atrevimos por vergüenza o pudor, mostrándonos descaradamente agresivos, impúdicos o malvados. Lichtenberg confesaba que en sueños “somos todos locos y nos falta el cetro: la razón”. Él mismo soñaba a menudo que comía carne humana cocida.

Unas veces nos sentimos perseguidos por personas, animales o monstruos y huimos despavoridos y jadeantes; otras, corremos detrás de alguien o de algo que se nos escapa. A menudo sólo estamos de espectadores. También nos morimos o nos matan. Lichtenberg soñó una vez que iban a quemarlo vivo metiéndolo en una estufa que estaba instalada como una habitación y Adorno que era sumergido en el agua hasta el cuello para ser asado.

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Theodor Wiesengrund Adorno

Cuando soñamos las cosas no son lo que parecen. Las metamorfosis se suceden una detrás de otra. El propio soñador se duplica, percibiéndose como espectador de sus propios actos. Puede ser otro, como otro es el que sueña, y estar en cualquier sitio menos en el que realmente se encuentra. Es posible que en un sueño reconozcamos las voces que escuchamos a nuestra espalda y que, al darnos la media vuelta, la persona de la que provienen se haya transformado en otra; que la voz que escuchemos sea femenina y la persona que vemos sea un hombre.

Otras veces soñamos una escena perturbadora estando acostados en la cama y en el dormitorio en el que realmente estamos acostados. De ahí que al despertar tardemos unos segundos en reaccionar, como si saliéramos de un desvanecimiento momentáneo, y tengan que transcurrir unos segundos para que nos reconozcamos. Ocasionalmente podemos soñar que estamos soñando.

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Fotograma de “Un perro andaluz” (1929), de Buñuel y Dalí

La demencial confusión que sentimos en sueños no es más que un reflejo de la que presentimos en la realidad bajo las formas de miedo, deseos e incertidumbre, pero que en todo momento procuramos sofocar al menos para preservar la aparente unidad de nuestro yo. Si fuéramos conscientes del caos en que transcurre nuestra vida consciente probablemente no lo resistiríamos y terminaríamos por enloquecer. Pero mientras la locura sólo se manifieste en los sueños, estaremos a salvo del peligro de que emerja en la vigilia. La exacerbación de los sentimientos oníricos suaviza los que nos atormentan cuando estamos despiertos, lo que explica el efecto medicinal -el sabor amargo- de muchos sueños.

La novedad con que se revisten nos induce a creer que se basan en experiencias realmente inéditas. En realidad no es así, ya que casi todo cuanto soñamos está tejido de recuerdos de las acciones, pensamientos, impresiones e intuiciones que tuvimos durante la vigilia y que entonces olvidamos o abordamos superficialmente. Como observó Nietzsche, los sueños parafrasean nuestras vivencias, expectativas o circunstancias, resultando de todo ello una chapuza casi siempre, mientras que los sueños perfectos y logrados son una excepción.

Para Emerson los sueños son la secuela del conocimiento diurno. De ahí que las visiones que tenemos por la noche guarden cierta proporción con respecto a las experiencias diurnas. Decía que las pesadillas son exageraciones de los pecados diurnos y nos muestran cómo nuestros peores afectos se encarnan en figuras repugnantes.

Ralph Waldo Emerson

Ralph Waldo Emerson

Los sentimientos, las sensaciones, los deseos, esperanzas y temores que la memoria y la conciencia eluden, coaccionadas por las imperiosas exigencias de la propia realidad, el sueño los recrea a su manera, normalmente en forma de acción pura. Aquí entra en juego la doble cara de las fantasías oníricas: la que muestra en la pesadilla, donde somos brutalmente privados de un goce real, como el amor de una persona, o en la ensoñación gratificante, donde las carencias e insatisfacciones que nos atormentan en la vigilia se transforman en dones gratuitos.

Cuando en un sueño se cumple alguno de nuestros deseos es probable que en la realidad hayamos dado por perdida cualquier posibilidad de satisfacerlo, aunque, pese a todo, el deseo permanezca intacto. Sólo que, ante la certeza racional de que éste jamás se hará efectivo, tiene que refugiarse en un espacio tan irracional como el sueño, lugar mágico en el que se realizan las esperanzas y deseos de imposible satisfacción en la realidad.

Por eso los sueños, al mismo tiempo que nos recuerdan lo poco que nos conocemos, saben de nosotros mucho más que nosotros mismos y desde luego mucho más que nosotros de ellos, al interpretar nuestros recuerdos con mayor libertad que nuestra memoria consciente y ser también más libres que la voluntad, rehén de temores, deseos, prejuicios e inhibiciones. Son la verdadera voz de la conciencia. La otra, la que escuchamos despiertos, está distorsionada por nuestra propia voz. Un pequeño ejemplo: podemos tener un día apacible, sin preocupaciones ni remordimientos, y por la noche sufrir una pesadilla atroz. Eso significa que aquel día vivimos equivocadamente y que, a pesar de las apariencias, fue una jornada fallida.

"Sueño de una Niña que Quiso Entrar en el Carmelo" (1930), de Max Ernest

“Sueño de una Niña que Quiso Entrar en el Carmelo” (1930), de Max Ernst

En este sentido, los sueños constituyen una valiosa fuente de autoconocimiento, sobre todo cuando la conciencia despierta no da más de sí, y, por tanto, una oportunidad para conocernos. Ahondar en ellos, desmenuzarlos, reconstruir los múltiples y abigarrados detalles que los componen, puede ayudarnos a descubrir sensaciones y sentimientos que en la vigilia no queremos o no podemos discernir con la sola ayuda de la razón. Es a la luz de esta propiedad de los sueños como se entiende la cita de El Talmud: “Un sueño que no ha sido comprendido es como una carta que no ha sido abierta”.

En la película Fresas salvajes, Ingmar Bergman muestra un caso de sueño revelador de un estado de ánimo que escapa a la razón de su protagonista. El profesor Isak Borg, un eminente físico ya jubilado y viudo, que se dispone a viajar de Estocolmo a Lund en compañía de su nuera para recibir un homenaje en la Universidad, lleva una existencia anodina, muerta en vitalidad y pensamiento. La noche anterior del viaje sueña que camina por las calles desiertas de una ciudad, bajo una intensa luz solar. Las puertas y ventanas de las casas están tapiadas. Observa con asombro que en el reloj que cuelga de una tienda han desaparecido las agujas, al igual que las de su reloj de bolsillo. Se siente extraviado en el espacio y en el tiempo, como alguien que camina sonámbulo, sin rumbo fijo.

En la acera se encuentra con un hombre de espaldas, inmóvil, vestido con un abrigo y sombrero, semejante a un maniquí: él mismo. Al tocarle la espalda con la mano, el hombre se da la media vuelta mostrando un rostro como de muñeco, con los ojos cerrados. Inmediatamente cae al suelo por su propio peso y empieza a sangrar. En ese momento se oyen los toques funerarios de una campana. De pronto irrumpe en una esquina de la calle una carroza de pompas fúnebres tirada por dos caballos. Inesperadamente una rueda choca contra una farola y el ataúd que porta en su interior se desliza hacia el suelo. Al volcarse éste, se abre la tapa, apareciendo en su interior el cadáver viviente del propio Isak Borg.

 

 

No resulta extraño que las fantasías oníricas se prodiguen en los periodos de confusión, en los que nos sentimos obnubilados por las pasiones que no conseguimos dominar ni, por tanto, interpretar con la simple ayuda de la razón. En esos periodos de intensas crisis emocionales los sueños transforman el conflicto real con el fin de iluminarlo. Seguro que al despertar de uno de estos sueños lo recordaremos como una deformación caricaturesca de la experiencia real, puesto que sólo lo grotesco y exagerado nos produce una impresión de autenticidad.

La exageración con que los sueños nos muestran un fragmento de la realidad cumple un cometido análogo al de la literatura satírica o hiperrealista: revelarnos lo que estaba escondido bajo las capas de la realidad costumbrista y que, pese al malestar que nos causaba, de otro modo no habríamos podido captar con tanta claridad. Por eso al recordar muchos sueños nos embarga una satisfacción secreta e intangible, aun cuando no podamos interpretarlos.

Esto explica también la tristeza que a menudo sentimos cuando despertamos por la mañana. Regresamos a las tinieblas de la razón, donde todo lo que queremos saber de nosotros mismos hemos de deducirlo de las ciegas sensaciones de las que somos receptores y objetos pasivos, con la conciencia debilitada y dividida por sus absorbentes efectos. En cambio, en la representación onírica de la realidad sensitiva gozamos del privilegio de sentirnos más sujetos que objeto de ellas, lo cual nos hace también más libres que cuando sólo las sentíamos como objetos pasivos.

"El sueño", de Franz Marc (1912)

“El sueño”, de Franz Marc (1912)

Al contrario de lo que ocurre con los recuerdos, no participamos en la elaboración de los sueños ni soñamos lo que queremos, por lo que éstos se hallan exentos de posibles manipulaciones o maniobras de ocultamiento. Se presentan por sorpresa, cuando menos los esperamos, aunque en el subconsciente ya hubiera suficiente materia como para que brotaran.

La libertad para soñar es todavía más secreta e impenetrable que la de pensar, puesto que el pensamiento está sujeto a la voluntad, no como los sueños. Podemos pensar influidos por los pensamientos de otros. Pero los sueños son enteramente nuestros, de cosecha propia. Por eso los tenemos. Esta diferencia hace de los sueños una experiencia individual en el sentido pleno de la palabra. Soñando damos forma a un pensamiento, aunque desprovisto de la cualquier abstracción. Es en el sueño donde la actividad pensante está más lograda, al desarrollarse también con una libertad independiente de influencias externas.

Al soñar lo que necesitamos, esa necesidad se revela más sabia que el pensamiento surgido de un aparente voluntarismo. Eso tampoco significa que sepamos cuándo necesitamos soñar. Se trata de una necesidad inconsciente, que quizá intuyamos vagamente.

El teatro de marionetas

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Apenas recuerdo cómo llegamos a Erfurt aquel día de invierno. Recuerdo eso sí, el  humor del tiempo. Llovía sin convicción, las aceras estaban aún manchadas por las útlimas nieves y el silencio de las calles parecía un componente metereológico más; una nubosidad inclemente del este.

Debió ser de casualidad. Tal vez nos hubiésemos perdido volviendo de Jena.

Yo quería conocer Jena tantas veces idealizada por alguna de mis manías poéticas.
Por aquellos días yo fantaseaba con espíritus decimonónicos y en Jena habían dejado sus huellas algunos de esos bellos ejemplares y elegantes muertos de la aristocracia romántica. Dandis y bohemios de un tiempo pasado cuyas sombras todavía se pasean por sus calles en levitas de brummel y sombreros de copa y nos miran, altivos y seductores, desde sus estatuas de mármol al otro lado de la delgada línea del tiempo.

Dormimos en casa de mi amiga Yolanda que vivía cerca del Saale por cuyas orillas paseábamos charlando del mundo académico, de los misterios de la botánica y de los días de Karl Marx en esta ciudad provinciana.

Me gustan los ríos alemanes.
Tienen algo de imperturbable que me recuerda al carácter de sus habitantes. Incluso los patos, como contagiados de sus aguas, adquiren ese aire inalterable.
Perfectamente organizados en parejas o en grupos gregarios de cuatro, ocupan sus puestos a orillas de los ríos como obedeciendo a una suerte de instrucción superior, de objetivo profesional.
El año que viví en Frankfurt me hice amiga de una pareja de palmípedos que ocupaba a diario su puesto bajo el mismo árbol a orillas del Main. Tenían la actitud aplomada de sus conciudadanos y un aire luterano en la mirada. Parecían embestidos de ese sentido protestante del orden y la justicia. Me miraban desde abajo de sus alturas con el pecho inflado y el pico altanero, y yo les sonreía amablemente, algo intimidada por ese sentido del deber del que yo siempre he carecido.

Aparcamos el coche en una de las calles cerca del centro medieval de Erfurt. Nuestro gato Jean-Claude nos acompañaba. Era todavía pequeño y lo llevábamos en brazos. De vez en cuando lo soltábamos y nos seguía por la calles adoquinadas como un perro caniche dando brincos. La gente se paraba para hacerle carantoñas y arrumacos. Jean-Claude que todo lo que sabe en este mundo lo ha aprendido de su hermano mayor el perro, se revolcaba por el suelo panza arriba y se dejaba querer.

No sé en que momento Martin se acercó al grupo para contemplar ese gato extraño con ínfulas caninas, pero sí recuerdo que aquel hombre me pareció un querubín renacentista salido de alguna taberna medieval por algún fallo en la compleja maquinaria de un túnel del tiempo. Vestía un sayo de corte medieval con cordones y chaleco de pana. Sus manos se escondían en los bolsillos de un pantalón de bailarín de polka y sorniente, contemplaba la escena con la expresión convincente de un experimentado cuentacuentos.

martin-gobsch_theatrummundi5Pronto descubrí que Martin Golsh era titiritero y fabricante de marionetas y de ahí la explicación de su anacronismo.

Su taller parece salido de las páginas de un cuento de Edgar Allan Poe y sus marionetas del trastero de la ciudad de los goblins. Sus personajes delatan un delicado gusto por el expresionismo  y la artesanía tradicional, pues este Geppetto alemán esculpe y da forma a sus personajes a golpe de martillo y cincel usando las técnicas más antigüas.

El resultado es un espectacular despliegue de fantasía . Un desfile mágico de criaturas de madera que se pasean al ritmo de los hilos de Martin por universos barrocos, vestidos rococó, monóculos y quevedos sobre rostros cincelados en perfiles angulosos y miradas hechizantes.

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Si pasáis por Elfurt no olvidéis visitar el teatro mágico de Martin en Krämerbrücke Straße.
El lugar no tiene pérdida y desde la ventana de su taller la reina Grimhilde os tiene preparada una fascinante sorpresa detrás de su espejo mágico…

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Leo, el amigo invisible

high-society-1962(1)Julieta era una chica pizpireta.

Larguirucha, desgarbada y zanquilarga, caminaba arrastrando sus brazos a ras del suelo. De vez en cuando los levantaba para encajar sus espejuelos resbaladizos sobre su naricita respingona llena de pecas. Su cabecita loca estaba coronada por una cabellera rojiza cortada como una taza de té de la que salían dos grandes orejas como dos asas.
Tras sus espejuelos Julieta observaba la vida desde un solo ojo pues el otro estaba oculto tras un parche de esparadrapo. Este ojo verde, hermoso y solitario parecía un bichito luminisciente desorientado que contribuía a aumentar su aire de atolondrada.

Detrás de Julieta iba siempre su amigo Leo.

Julieta se ocupó desde muy pequeña de la educación de Leo. En un gran bolso de lana blanca Julieta arrastraba libros, enciclopedias y diccionarios que recogía en las estanterías de sus padres.
Julieta le enseñaba muchas cosas a Leo. Cosas que Leo desconocía.
Por ejemplo, Leo no conocía la palabra nube y juntos la pronunciaban sílaba por sílaba a la sombra de un sauce llorón.
Nu-be, decía Julieta.
Nu-be, repetía Leo.
A Leo le gustaban las nubes. También le gustaban los pomelos, los pájaros negros, la arena mojada y las palabras que no existen. En los márgenes de su catecismo y a modo de anotaciones, Julieta conjugaba para él verbos inventados.

Un día, cuando Leo ya estaba hecho casi un hombre, Julieta se dio cuenta de que su amigo era un ser imaginario.
Se lo dijeron sus padres y un médico psiquiatra especializado en trastornos esquizoides y psicopatología en niños, adultos y seres invisibles. Le dijeron que eso no estaba bien, que ya era mayor para tener amigos inexistentes, pero Julieta lo quería ya tanto que no podía dejar de imaginarlo.
Se intentaron todos los métodos posibles para borrar a Leo de su imaginación. Se organizaron terapias, constelaciones familiares y sesiones de meditación e hipnotismo, pero Leo seguía ahí como si nada y tan invisible como siempre.
Desesperados, acudieron finalmente a las técnicas infalibles de la psicomagia e inspirados en las ideas de Jodorowsky, obligaron a la pobre Julieta a encerrar a su amigo en el congelador de la cocina.
Las lágrimas de Julieta se derramaban por su ojo ciclópeo reluciente como un diamante de Dresde, al ver a su querido amigo desaparecer entre pizzas, helados y cubitos de hielo.

El plan no salió como lo hubiesen esperado, pues Leo se volvió tan frío, distante y glacial que Julieta acabó por enamorarse locamente y ya nadie pudo convencerla jamás que era malo seguir imaginándolo.

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pintura de René Magritte

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Decires de Octubre

DSC_0713Todos los días me parecen los mismos.
– Deja de decir eso.
Estoy seguro de que escribes tonterías, dice R., que insiste en que no es verdad, que todos los días no son iguales y me dice que haga un poco de memoria y recuerde al cantante italiano con sus platillos en el zapato o el bar de champagne con las butacas en la plaza o cuando quisimos ir a la place de la Monnaie a comer patatas fritas pero el camarero no quiso servirlas y entonces fuimos al O’Reilly’s y yo dudaba pero él, R., insistió. Llegamos entonces al O’Reilly’s y yo empecé a desear, tú empezaste a desear, dice, como es tu costumbre, la comida del vecino. Total para nada, para acabar comiéndote un fish and chips.

En el O’Reilly’s una mujer muy guapa y elegante llamó tu atención.
Es verdad, me gustaron sus zapatos y su manera de guardar distancia. Su indiferencia la alejaba naturalmente del resto de hombres y mujeres y la dignificaba.
En la mesa de al lado, un musulmán feo de papada caída comía un sándwich y las migas se perdían por entre los pliegues de sus carnes fofas y de su jilaba entreabierta llena de pelos.
Tú dijiste: sacrilegio.
Los pliegues de su papada se movían como la carne viscosa de una babosa y a los lados de su cráneo tenía pegadas dos orejas desiguales, una más arriba y otra más abajo, como dos caracoles trepando cada uno a su ritmo.
La mujer cruzó los brazos y miró al muro de enfrente como si mirase el horizonte y el más allá. Llevaba unas gafas que parecían ventanas abiertas al mundo. Al otro lado de la repisa sus ojos oscuros brillaban como un océano nocturno y abarcaban lo inabarcable.
R. dijo que no era tan guapa, que yo lo era mucho más y que las mujeres así son muy difíciles para hacer excursiones al campo.
– Tú qué sabes
– Eso se ve
R. siempre está convencido de lo que dice, que si las patatas fritas son mejores cuando no les quitan la piel, que si lo bueno de no tener trabajo, ni amigos, ni relaciones sociales es que puede comer ajo cuando le dé la gana, que si hay que ir a ver Mephisto al Teatro Real sin falta. Pero yo no quería ver Mephisto, yo  quería ver la vida de Chaplin y al final no vimos nada.

Por la noche llegamos a casa y una vez más la niña le dio la mejor comida a su perro en detrimento de mi gato.
Luego te violé en la cocina mientras tú preparabas el té, te tiré al suelo y puse tus pechos desnudos contra las baldosas frías, mientras  lloriqueabas. Te hice bajar las escaleras desnuda de cintura para abajo y antes de llegar a la habitación, me vine en tu boca. Luego te até a la cama con los ojos vendados. ¿No te acuerdas?
-Sí, me acuerdo
Te dije:“me encanta hacer el amor contigo” y tú, pretenciosa como siempre, me respondiste “a mí también me encanta hacer el amor conmigo”.
Al final pusimos el viejo proyector de cine y vimos Barry Lindon en la cama.

Al día siguiente tuvimos valor para ir a la playa.
Día soleado y delicioso. Tú estabas contentísima de conducir a pesar del cansancio. Dijiste que te encantaban las vacas belgas.
– Me encantan las vacas belgas
Pensamos en ir a Brujas, pero tú dijiste “en Brujas no hay mar”.
Pensamos en ir a Blankenberge pero al final nos decidimos por New Port.
En la radio anunciaban que era el día mundial de las niñas y tú dijiste que el día mundial de las tonterías era todos los días.
Debería haber un día de las flores.
– ¿Y qué le regalaríamos a las flores por su día?
– Un ramo de mariposas, dijiste.

Tardamos mucho tiempo en encontrar una plaza de parking.
Yo te hablé de la atmósfera extraña que hay siempre en Flandes. Los flamencos hablan como callando, como peces bajo el agua y esas señoras extrañas paseando en cochecito a sus loulou de poméranie. Tú dijiste que no era la culpa de Flandes sino de octubre y entonces dijiste que octubre era como un domingo de treinta días
Yo insistí en que los flamencos hablaban como callando, como peces bajo el agua, y tú dijiste:
– tonterías.
Yo tenía hambre pero tú, en tu caos habitual, querías hacer todo al mismo tiempo, alquilar las bicis, pasear y comer.  Como siempre tuve que poner orden y llevarte a un restaurante para empezar. Yo quería el menu d’enfant, pero tú te burlaste de mí  y al final tuvimos que pedir un croque monsieur y nos olvidamos de decir que sacasen el jamón.
El camarero llevaba la cabeza escondida en el cuello y tenía ojos de pez del norte; redondos y tristes.
En la terraza te miré  y tu me dijiste ‘quoi’ y yo te dije ‘pourquoi quoi? ‘y tu dijiste pourqoi tu dis pourquoi?
Y nos enfadamos.
– Cuando la niña está cansada la vida es dura, dice ahora R.

Alquilamos las bicis y yo negocié un poco el precio final. Estaba orgulloso pero para evitar tus burlas habituales, no te dije nada .
Recorrimos la costa en las bicis y yo iba detrás mirando tus hombros y tu cuello tan fino y femenino. Tan orgullosa en su petit vèlo. Me gustaba ir detrás mirándote.
– C’était beau à regarder.

Llegamos al fin del mundo y fuimos a dormir sobre la arena.
Cuando te despertaste de tu sueño profundo ya eras otra persona. La oruga convertida en mariposa. Te habías vuelto muchísimo más simpática después de tu siesta y yo me sentía más sereno.
Tras devolver la bici, nos sentamos en un café y yo, imitando a las viejecitas, dije “on va dire du mal des gens”*.
Tú ignoraste mi juego y pediste un té lipton; “aux pesticides”, añadiste con malicia, y yo un descafeinado.
Probaste tu primera tarta tatin y te encantó. Yo me puse a cantar y el camarero vino en ese momento y se puso de muy buen humor. Nos reímos los tres.
– En realidad yo me reí a la fuerza
– Tú te reíste con tu cara de linotte, los dientes hacia fuera y los ojos achinados, como un ratón. Así.
– No es verdad

Cuando llegamos a casa te preparé el zumo de zanahoria que tú me habías prometido y nos metimos desnudos entre las sábanas.
Puse una vela en ese tarro agujerado de soles y estrellas que llena la habitación de sombras y espectros y con tu respiración mojando mi cuello octubre se fue yendo lentamente a la nada.
A las puertas del tiempo.

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Fantástico artículo de Antonio Campos Romay

Publicado el 16 noviembre, 2015 por Contraposición.
CUI PRODES? A quién beneficia?…

Erase una vez un país que se llamaba Persia…En 1951, un Primer Ministro acced83bab-antoniocamposromaye al cargo de forma democrática. Se llama Mohammad Mosaddeq. Y tiene la peregrina idea de que los recursos nacionales debían favorecer al pueblo en primer lugar y para ello se lanzó a nacionalizar el petroleo, que estaba en las castas manos de compañías americanas y británicas. Al tiempo se le ocurre democratizar un estado arcaico y encaminar al país por sendas de civilismo y modernidad.

 

Unas organizaciones SI gubernamentales, la CIA y el MI 6 (con licencia para matar), interpretando fielmente los intereses de sus jefes políticos arbitraron un golpe de estado que arrojó del poder a tan iluso caballero (Operación Ajax), estableciendo como jefe absoluto al virtuoso Sha Mohamed Reza Palevi, apoyado en la limpieza de subversivos, por su afable policía secreta, la Savak. El bueno de Mohammad Mosaddeq por lo que pudiera ser permaneció, tras pasar varios años en prisión, confinado hasta su muerte…El virtuoso Sha, muy amable en las concesiones de petroleo con sus mentores, a pesar de la eficacia de la Savak tuvo que salir por pies en 1978 dejando tras de si desbarajuste, corrupción y miseria, que dio alas al fundamentalismo mas brutal de la mano de un tal Sr. Jomeini.

 

Afganistán ese país cuasi fallido que hoy vemos hundido en la miseria moral y material, en una ocasión se llamó Ariana. Formó parte del Imperio persa Aqueménida, del reino helenístico de Bactriana, del Imperio Kushān, y del Imperio Persa Sasánida. Tuvo como religiones el budismo, el el zoroastrismo   hasta convertirse al Islam alrededor del año 600 con la llegada de los árabes. En su tierra floreció la erudición de manos de Avicena y Algazel en filosofía. Al-Razi y Al-Nafis avanzaron el conocimiento de la medicina y Al-Khwarizmi y Al-Biruni el de las matemáticas. Omar Khayyam y Firdusi cultivaron la literatura y Al-Jazari la ingeniería. Su territorio tenia zonas muy prosperas que formaban parte de la mítica Ruta de la Seda que iba desde Bagdag hasta Samarcanda.

 

Lo mas próximo al actual estado de Afganistán data de 1747 y desde 1837 hasta que tras la I Guerra Mundial se vieron obligados a marcharse, estuvo bajo dominio ingles. Tras muchos tumbos en una historia tan abrupta como su geografía física, proclamo la República en 1978 tras despedir poco amistosamente al sátrapa reinante. La inclinación de la misma era claramente prosoviética. El 30 de abril de 1978 Nur Mohammad Taraki fue elegido Presidente. Y no tiene mejor ocurrencia que iniciar un programa de reformas… Una campaña de alfabetización que incluye a la mujeres y en la que por primera vez en las escuelas se enseñó en las lenguas nativas de los alumnos. Se tomó en serio la reforma agraria, la laicidad del Estado, eliminar el cultivo del opio, legalizar los sindicatos, y establecer una ley de salario mínimo. No satisfecho el buen hombre, acometió la promoción de igualdad de derechos para las mujeres: permiso de no usar velo, de transitar libremente y conducir automóviles, abolición de la dote, integración de mujeres al trabajo y a estudios universitarios, así como a la vida política, llegando a elegirse las primeras siete diputadas…A comienzos de 1979 en oscuras circunstancias Taraki es derrocado y ejecutado asumiendo el gobierno Jafizulá Amín. Seria efímero, pues informada la KGB, organización SI gubernamental con poco sentido del humor, del contacto de Amín con Pakistán y la CIA impulso a la URSS a intervenir militarmente conforme el Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación entre la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y la República Democrática de Afganistán, concertado entre Brézhnev y Taraki el 5 de diciembre de 1978. Jafizulá Amín apenas estuvo cuatro meses en el poder.

 

En diciembre de 1979 se inicia una larga guerra civil que se prolonga hasta 1989, tiempo en el que se enfrenta el el ejercito gubernamental apoyado por una poderosa presencia militar soviética contra los insurgentes muyahidines, grupos de guerrilleros afganos integristas y ultrareaccionarios, a los que USA a través de su organización SI gubernamental proporcionó ingentes cantidades de armas y dinero. La «Operación Ciclón». Algo concorde a las practicas de la llamada guerra fría. Una vez retirados los soviéticos por orden de Gorvachov en 1989, tras un espectacular fracaso, el gobierno de la República Democrática Afgana se mantuvo en el poder hasta 1992, año en el que fue derrocado por la resistencia integrista…Los talibanes bien armados y pertrechados por por la organización Si gubernamental yanqui campan a sus anchas y comienzan a dinamitar la modernidad y los Budas de Bamiyan…

 

Reagan, la familia Bush, el tolerado burdel político saudí (tan hogareño para la familia Borbón), los oligopolios del petroleo y el armamento….Las guerras del golfo…La destrucción y holocausto de Afganistán primero, luego Iraq, Libia después y finalmente Siria. Las falaces primaveras árabes …baños de sangre y fermento de fundamentalismos…La vomitiva imagen de la foto de la Azores (aun impunes sus protagonistas)…La cínica misión “Libertad Duradera”… reventar zonas mas o menos estabilizadas, erradicando cualquier atisbo de libertad y laicismo abriendo las puertas al mas bárbaro integrismo islamita, hasta entonces ausente en la escena…Y duradera si, para varias generaciones…La miseria absoluta de la población, la destrucción total de sus infraestructuras, la desaparición del concepto de estado en una orgía de sangre y horror… Y desde luego el saqueo con la mayor impunidad de los intereses locales…comenzando por el petroleo…

 

Es terrible e intolerable la muerte de cerca de 140 compatriotas europeos en París…Una barbarie sin paliativos. Y no lo es menos, en otro momento, la de doscientos españoles en unos trenes que amen del horror y la muerte hubieron de sufrir la infamia del mas indigno dirigente de este país, D. José María Aznar López, presidente de honor del Partido Popular y entonces presidente del gobierno que intento manipular todo aquel sufrimiento para ganar con innobles mentiras, las elecciones que estaban a punto de celebrarse. Pero no menos terrible es la destrucción intencionada y sistemática e media docena de países al menos. De mas de medio millón de muertos habidos en ellos, de cientos de miles de personas que huyen en la precariedad mas absoluta de una situación que les fue impuesta, en muchos casos dejando la vida en el camino…Y no es menos dramática, la brutal desastabilización de una región ya de por si compleja, sin el un espacio razonable para la esperanza.

 

Todos los muertos tienen el mismo valor. Son victimas, son sujetos pasivos de las canalladas de los que se dan golpes de pecho y pronuncian frases tan campanudas como hipócritas. Ciertamente hay desatada una locura criminal embozada en un fundamentalismo inculto, salvaje, inhumano…En la marginación, la miseria y la desesperación. Pero el primer acto de cinismo es presentar a millones de árabes musulmanes, -tan victimas como los de París o Madrid-, como el enemigo… No. Esa no es la verdad. Una verdad que obligadamente se debe establecer para iniciar un diagnostico correcto…Con preguntas tan ingenuas como quien es realmente esa agrupación asesina llamada, el ISIS?…Quien es Al Qhaeda?…quien era Bin Laden?…quienes compartían negocios con el?…quien los armó? Quien los adiestró? Quien los financia? En que medida, quien los adiestró, los armó, los financia, sigue estando tras ellos manipulándolos en la sombra.…

 

Los asesinos los conocemos…Sus rostros de sicarios infames llegamos a verlos en ocasiones…Pero no son los locos del cinturón de explosivos, el homicida del kalasnikov, los mercenarios del horror y la muerte los autores intelectuales…No. Bajo ningún concepto. Aunque jugando con los sentimientos de la población quieran hacerse quedar ahí las responsabilidades.

 

La solidaridad natural e inmediata con las victimas no solo es obligada sino que mana espontanea de los corazones limpios de la ciudadanía. La denuncia de la monstruosidad habida no puede tener reticencias. Pero esa misma ciudadanía no puede aceptar ser usada como marioneta de la manipulación al servicio de los intereses oscuros que con el crimen y el horror ven incrementada su cuenta de resultados. Se hace necesario saber la verdad…esa que esta tan reñida con las organizaciones SI gubernamentales que son los cipayos indispensables del poder obscuro para mover sus siniestros hilos. Es necesario saber quienes son los autores intelectuales que han promovido, promueven, mantienen y usan el terror y el dolor al servicio de sus sucios intereses. Quienes por siniestros agentes intermediarios, intentan socavar la Democracia, la Libertad, La Igualdad y la Fraternidad. Desenmascararlos y jugarlos por sus crímenes es el primer paso para la Paz.

 

¿Porque han sido asesinados 140 franceses? Porque han sido hace años asesinados 200 y pico de españoles?..¿Porque han sido masacrados centenares de miles de victimas en diversos sitios y lugares?…¿Conque objetivo se aprovecha esta para cada día reducir mas los derechos civiles y ciudadanos y dinamitar la solidaridad?… ¿Por que y para quien es útil esta ordalía de dolor y sangre?…. A partir de ahí quizás podamos empezar a afrontar un drama cuya dimensión aun no se nos alcanza.

 

Surge la vieja pregunta policial …. Cui prodest?, …a quien beneficia…