De la ciencia sin consciencia y sus objetos (una reflexión sobre los vientres de alquiler)

Pararse, observar y contemplar lo vivo para comprender y respetar su naturaleza profunda no es algo sencillo para nosotros, acelerados humanos de la era tecnocéntrica.
Sabido es que el lenguaje  separa (inevitablemente) los objetos de su totalidad y lo mismo hace (evitablemente) la ciencia moderna. No obstante, como seres humanos deberíamos ser capaces de sentir el impulso de conocer las formaciones vivientes en cuanto tales, comprender las relaciones secretas entre sus partes externas, tangibles y visibles como indicios de lo que se mueve en su interior y así dominar la totalidad mediante ese grandísimo poder que es la intuición. Esta aspiración científica de la que ya nos habló Goethe (entre otros) se relaciona íntimamente con el impulso artístico y creador del ser humano.
No hay, pues, forma en la naturaleza que no esté en movimiento, en perpetua transformación, en un continuo devenir, conectada con otras formas orgánicas de las que se nutre en una especie de danza de intercambiabilidad universal y correspondencias cósmicas.
Los seres vivos no somos objetos presentes en un momento dado y desconectados de lo demás. Somos, en realidad, un evento; un proceso que se desarrolla en el tiempo y en un contexto preciso: nuestro hábitat.

Nos dice Goethe que al estudiar, el científico, una mariposa que extrae por fuerza de su hábitat natural ocurre lo siguiente: «el pobre animal palpitará dentro de la red y perderá luchando sus más bellos colores y, aun consiguiendo capturarla intacta, la mariposa se verá igualmente acabando su vida en un alfiler, en una forma rígida y sin vida; el cadáver vive […]»(La metamorfosis de las plantas). El cadáver de la mariposa ha dejado de ser una mariposa, en la medida en que ha dejado de formar parte de su proceso vital. El científico podrá analizar la anatomía del cadáver, la composición orgánica del ser muerto (separado de la totalidad) pero su análisis será pobre, fragmentario e insuficiente.
¿Acaso no somos los seres vivos como fragmentos de una melodía musical? ¿Qué científico se atrevería a cercenar una melodía para analizar sus partes? Nos parece obvio que la música solo puede ser percibida al filo del tiempo. Una nota o un conjunto de notas escuchadas en un instante no nos aportan ninguna idea de la melodía.
De la misma manera, el ser humano que viene al mundo forma también parte de su propio proceso vital. El genoma humano funciona de la misma manera que una partitura musical. En un pentagrama encontramos una secuencia de notas, pero existen otros símbolos que nos indican cómo hemos de tocarlas. Podremos hacerlo más rápido o leerlas en clave de sol o de fa. Tampoco sonará igual si le damos vida a esa partitura con un piano, un violín o una guitarra eléctrica. Todas estas variantes se corresponderían con las marcas epigenéticas. La madre natural, a la que el bebé busca instintivamente, también interviene en su expresión genética.
Madre e hijo forman parte de un proceso simbiótico y mágico en el que ambos comparten una misma melodía sensorial de olores y sensaciones.

He sido madre hace un año y he podido escuchar esa fuerza increíble de la naturaleza que agudiza mis sentidos interconectándolos con la vida que se crea en mi vientre. Una vida que responde a mis estímulos, me reconoce cuando por fin se encuentra conmigo y sentimos como el abrazo del otro nos tranquiliza y reconforta. Yo sé que él necesita mi cuerpo, mis brazos y mi olor para sentirse seguro, porque todavía formamos parte del mismo universo; de un universo del que no se separará en un plano psíquico hasta años más tarde, a través de la presencia del padre.
Existe un antigua y hermosa palabra que desafortunadamente anda hoy descarriada y perdida en nuestro lenguaje actual y que designa la unidad entre el plano divino y el material (entre lo extrasensorial y lo sensorial). Me parece importante recuperarla y volverla a llenar de su contenido real: El concepto de lo sagrado.
Valle Inclán definió la belleza como la intuición de unidad del universo. Esa inteligencia invisible que lleva a las raíces de un árbol a buscar el agua bajo tierra, a volverse ácidas a ciertas plantas para protegerse del animal que devora alguna del grupo o a buscar el calor de la madre el bebé que acaba de nacer. Todo ello en una danza universal que es el reflejo de la armonía del cosmos. Cuando un ser humano es capaz de sentir, a través de la intuición, esa unidad, florece inmediatamente en su corazón el vínculo con lo sagrado; y creo que es porque esa unidad universal está íntimamente relacionada con ese gran sentimiento que es el amor.
Al científico que separa a la mariposa de su hábitat para encerrarla en una vasija, lo mueve su deseo de posesión, de la misma manera que las personas que firman un contrato por el cual aceptan destruir el hábitat de su presunto “hijo”, se mueven por ese mismo deseo. Como el científico de la mariposa, estos presuntos padres se sirven de una vasija humana para poseer el objeto deseado.
Si hubiese un mínimo de amor no existirían contratos que permiten escoger el sexo del bebé o que te devuelven el dinero si el niño no nace sano. Una mujer que quiere ser madre y que ha sentido cómo ese niño ha crecido en su interior y que lo ha dado a luz con su propio dolor, no lo repudiaría porque fuera de un sexo u otro, ni permitiría que lo llevaran a un orfanato si nació con alguna anomalía, ni lo dejaría solo en el hospital porque llegó a este mundo gravemente enfermo. Unos padres que son capaces de intuir esa unión sagrada entre hijo y madre, no se atreverían jamás a arrancar una criatura inocente de su hábitat para satisfacer un deseo personal y narcisista que niega un derecho superior y fundamental: el derecho de ese peque­ño a empezar su vida formando parte de su propio hábitat y de la unidad sagrada del universo.

De la misma manera que Goethe pensaba que la mariposa dejaba de ser mariposa al arrancarla de su proceso vital, me pregunto si no le ocurrirá lo mismo al ser humano nacido en un laboratorio bajo los fríos auspicios contractuales del mercado económico y sus desalmados negocios.

La historia secreta del hombre dormido

Artículo de Jaime Fernández.

No hay placer más satisfactorio que dormir cuando se tienen ganas, incluso en condiciones adversas. Es admirable contemplar a esos viajeros que se duermen en cualquier sitio, como en el vagón del Metro, con el traqueteo del tren de fondo y ajenos al trajín de los que entran y salen en cada estación. Más sorprendente aún es que se despierten en el momento justo en que tienen que apearse. ¿Cómo lo consiguen? Misterios del sueño.

Pero dormir se reduciría a una necesidad física, además de un placer, si no fuese por los sueños, que hacen que cada noche vivamos auténticas aventuras de las que nos suelen despertar sus propios desenlaces, si es que antes no lo hace la alarma fastidiosa del reloj. Lo peculiar de estas aventuras nocturnas es que, pese a su aparatosidad, solemos olvidarlas en cuanto aterrizamos en el mundo real, desprendiéndonos de ellas para siempre, como de las legañas. Menos mal que a la noche siguiente volveremos a experimentar otras nuevas.

"El sueño de Jacob", de José Ribera

“El sueño de Jacob”, de José Ribera

La misma prodigalidad de los sueños y el menosprecio que se les dispensa al tratarse de experiencias virtuales, desprovistas de la carnalidad propia de las reales, hace que se los despache con un adiós definitivo en cuanto se esfuma el vago recuerdo que dejan al despertar. De todos modos, aun siendo susceptibles de ser narrados, hemos de reconocer que, así como nuestros sueños deberían interesarnos, escuchar o leer los sueños de los otros no suele despertar interés.

Tenía razón Heráclito al diferenciar el orden del mundo que rige para los despiertos, que es uno y común, y el que rige para cada uno de los que duermen, que se vuelve hacia el suyo particular, siendo, por tanto, incomunicable. Cada sueño es como una carta que recibimos a nuestro nombre y que sólo a nosotros nos corresponde leer. Noche tras noche, todos ellos van dibujando la historia secreta de nuestra vida en una lengua ciertamente extraña que no siempre logramos descifrar.

Presunto busto de Heráclito

Presunto busto de Heráclito

Sin embargo, desde tiempos remotos los sueños han estado ligados a su interpretación, lo que a su vez requiere contarlos o narrarlos, ya sea para uno mismo o para otros. La primera obra de interpretación onírica que se conoce es de Artemidoro de Daldis (siglo II d. C.). En El libro sobre la interpretación de los sueños recopiló hasta tres mil sueños de quienes acudían a consultarle para que se los descifrase. En 1562 el italiano Gerolamo Cardano, médico de profesión, publicó el Liber somniorum. Fiel a una antigua tradición, de la que abundan los testimonios en la cultura grecolatina y en la Biblia, a Cardano le interesaba el sueño de carácter premonitorio. En su autobiografía refiere numerosos sueños, en los que siempre veía alguna señal anunciadora de su destino.

A partir de los treinta y tres años de edad empezó a ver en sueños lo que iba a ocurrir en breve tiempo. Uno de los que tuvo con más frecuencia -hasta en cien ocasiones- era con un gallo de plumaje rojo y de cresta y sotabarba también rojas, del que temía que se pusiera a hablar con voz de hombre, lo que por fin sucedía. Sus palabras eran casi siempre amenazadoras. Cardano confiesa que de joven sufrió mucho como consecuencia de la impotencia sexual, aunque más tarde se recuperó del todo. ¿No sería ese gallo rojo un recuerdo de aquel sufrimiento y su amenazante voz de hombre, la expresión del temor secreto a un retorno de la impotencia?

Gerolamo Cardano

Gerolamo Cardano

Montaigne pasó de puntillas por los sueños no porque temiera despertarlos sino porque soñaba raramente. En De la experiencia, el último de los Ensayos, dice que son fieles intérpretes de nuestras inclinaciones, pero que organizarlos y entenderlos tiene su arte. También dejó caer una observación portadora de una verdad imbatible: que nuestro velar “está más dormido que el dormir” y que nuestros sueños “valen más que nuestras razones”.

Acorde con su talante racionalista, Descartes aconsejó buscar la verdad más en lo que pensemos estando despiertos que en los pensamientos que tengamos en sueños, a pesar de que las imágenes oníricas sean tan vivas y expresivas y hasta más aún en el sueño que en la vigilia. Curiosamente, él mismo eligió su destino filosófico a raíz de un sueño, prescindiendo de los deseos de su padre para que estudiase leyes o ingresara en la milicia.

Fue en el Romanticismo, sobre todo en Alemania, donde el mundo de los sueños tuvo un despertar por todo lo alto. Siguiendo la tendencia a la introspección que caracterizó al movimiento romántico, Novalis, Jean Paul Richter, Gotthilf Heinrich von Schubert, autor de El simbolismo del sueño (1814), E.T.A. Hoffmann, Moritz y Hamann, entre otros, ahondaron en la naturaleza de los sueños, tal como recuerda Albert Béguin en su legendario ensayo El alma romántica y el sueño (1937).

Albert Béguin

Albert Béguin

En el siglo XIX, autores como Senancour, Nerval, Baudelaire, Rimbaud, Stevenson o Hawthorne se ocuparon también de las fantasías oníricas. Por fin, los surrealistas y artistas de otras vanguardias artísticas del siglo XX convirtieron los sueños en el motivo conductor de sus obras y emblema de la libertad absoluta del ser humano ante las convenciones y coacciones de la sociedad civilizada. Todos ellos estaban persuadidos, como Montaigne, de que la lucidez diurna no es más que una noche profunda y que la verdadera claridad sólo resulta accesible en los aspectos nocturnos de nuestra existencia.

Dos siglos antes que Freud, el ilustrado alemán Georg C. Lichtenberg comentó que si la gente estuviera dispuesta a contar sus sueños con sinceridad, éstos, más que el rostro, permitirían descubrir cosas sobre su carácter. Lamentaba que, siendo uno de los privilegios del ser humano soñar y saber que sueña, no supiese hacer uso de los sueños. Por ello, le resultaba sorprendente que todavía -a mediados del siglo XVIII- no se hubiera escrito la historia del “hombre dormido”, que quizá tuviese tanto interés como las de los despiertos.

Según Lichtenberg, los sueños son útiles “en la medida en que representan el resultado natural de todo nuestro ser, sin la coacción de una reflexión muchas veces artificial”, y están compuestos por las ideas y representaciones que tenemos en la vigilia. Aunque dormidos actuamos menos, “es precisamente ahí cuando el psicólogo despierto tendría muchísimo que hacer”. Confesaba saber por experiencia que los sueños le conducían al conocimiento de sí mismo. De ellos dedujo que las sensaciones que no son interpretadas por la razón son las más vivas.  Sobre todo al final de su vida soñaba que volvía a los paisajes de la infancia, en Renania, a las calles de su ciudad natal, a los sentimientos de piedad infantil.

Lichtenberg

George Christoph Lichtenberg

Algunos escritores y filósofos adoptaron la costumbre de anotar los sueños casi a diario. No querían olvidarlos. Theodor W. Adorno lo hacía inmediatamente después de despertar. Tras su muerte se publicó una amplia selección de los que anotó entre 1934 y 1969. En La cámara oscura Georges Perec escribió ciento veinticuatro relatos-sueños recopilados a lo largo de cuatro años, entre 1968 y 1972,  y en los que están presentes sus obsesiones y fantasmas.

Entre 1965 y 1990, un año antes de su muerte, Graham Greene siguió un diario de sueños de los que daba cuenta en cuanto despertaba. Poco antes de morir preparó una selección de fragmentos con vistas a su publicación. Cada mañana, nada más despertar, Borges recordaba los que había tenido por la noche y los grababa o los escribía. Otros escritores, como Kafka, Jünger, Cheever y Burroughs, plasmaron algunos de sus sueños en cuadernos o diarios.

Georges Perec, autor de "El hombre que duerme"

Georges Perec

A propósito de esta costumbre, Walter Benjamin recomendaba, apelando a una tradición popular, que no se contasen los sueños por la mañana en ayunas, momento en que la persona aún permanece conectada con el mundo onírico. Contarlos en esos momentos significaría  traicionarlos, por lo que quien lo haga deberá atenerse a su venganza, “lo que, dicho en términos modernos, equivale a traicionarse a sí mismo”. Es mejor hacerlo después de desayunar.

“Sólo desde la otra orilla, desde la claridad del día, es lícito apostrofar el sueño con el poder evocador del recuerdo”.

Walter Benjamin

Walter Benjamin

Resulta cuando menos singular la relación del dormir y de los sueños con la memoria. Porque así como necesitamos olvidar para conciliar el sueño, ahuyentando el fantasma del insomnio, y el simple hecho de dormir nos induce a olvidarnos de la vida despierta, los sueños que tenemos dormidos nos la recuerdan, aunque disfrazada con unos ropajes distintos, desde luego mucho más llamativos, y en un lenguaje también diferente. El círculo de la relación ambivalente entre sueño y memoria se cierra cuando al despertar se desvanece el recuerdo de la última visión onírica que tuvimos. Los sueños son escurridizos, no se dejan aprehender con facilidad.

Los únicos que perduran algún tiempo, persiguiéndonos por el día, son aquellos que nos causaron una honda impresión y que, por su poderoso verismo, hasta nos obligaron a contrastarlos con la realidad en cuanto despertamos. Si, por ejemplo, una noche soñamos con que a un ser querido le ocurre una desgracia, a la mañana siguiente intentaremos hablar con él sólo para comprobar que se encuentra bien y espantar el doloroso recuerdo del sueño.

Mientras soñamos la inteligencia razonadora duerme, siendo relevada por ese mundo misterioso de intuiciones sabias, expresadas en imágenes y sensaciones muy vivas, que en la vigilia relegamos seguramente porque nos molestaban y a la espera de que la realidad las desmintiese. Frente a la impotencia de la razón para interpretar y resolver conflictos vitales, los sueños se limitan a traducirlos al lenguaje simbólico, inspirándose para ello en objetos significativos tomados de la realidad, que interpretan a su manera.

"El sueño" (1937), de Salvador Dalí

“El sueño” (1937), de Salvador Dalí

La unicidad con que creemos percibir el mundo real cuando estamos despiertos es suplantada en el universo onírico por una floración  de detalles de una variedad inconmesurable. En lugar de uniformidad, multiplicidad y polimorfismo; caos y confusión en vez de orden. Sucede lo contrario que en la vigilia, donde, pese a la certeza con que percibimos la realidad física, somos incapaces de aprehender el significado de las sensaciones en parte por la confusa rapidez con que se suceden. En cambio, en los sueños la percepción se agudiza hasta lo microscópico.

Es en la clarividencia onírica donde debemos buscar el punto de arranque de la interpretación del sueño. Quizá sea a esto a lo que se refiere El Talmud cuando señala que la interpretación radica en el propio sueño. Si erramos al interpretarlos es porque nos obligan a regresar al lenguaje común de la realidad con el que estamos familiarizados y que por eso mismo nos sume en una nueva confusión.

En contra de la corriente de la época, Elias Canetti discrepaba de la manía racionalista de interpretar los sueños, tachando incluso de loco a aquel que los interpreta inmediatamente porque, además de perderlos, “nunca más los vuelve a tener”, marchitándose antes de haber brotado. En uno de sus apuntes advierte de los daños imprevisibles que pueden causar los sueños interpretados.

"Sueño intenso", de Paul Klee

“Sueño intenso”, de Paul Klee

“Esta destrucción permanece oculta, pero ¡cuán sensible es un sueño! No se ve sangre alguna en el hacha del matarife cuando arremete contra la tela de araña, pero ¡lo que ha destruido!… y jamás vuelve a tejerse lo mismo. Muy pocos sospechan el carácter único e irrepetible de todo sueño”.

Canetti comparó al sueño con un animal, “pero un animal desconocido, y uno no ve la totalidad de sus miembros. La interpretación es una jaula, pero el sueño nunca está allí”. En su opinión, Paul Klee es el único que ha tratado el sueño con el respeto que merece.

Que la interpretación puede ser una jaula para el sueño y que éste goza de la suficiente autonomía como para echarse a volar cuando queramos apresarlo entre unas rejas fue lo que probablemente quiso decir un siglo antes que Canetti, en 1821, el filósofo alemán de origen noruego Heinrich Steffens, al otorgarle entidad propia. Más aún, tachaba de “acto de barbarie” cualquier tentativa de explicar los sueños en términos exclusivamente de la con­ciencia despierta, viendo en ellos imágenes y pensamientos semirreprimidos del día. Por el contrario, alegaba que constituyen un mundo aparte,

“una forma esencial y entrañable de nuestra existencia más auténtica. Somos en nuestros sueños tanto como en nuestra vigilia”.

Heinrich Steffens

Heinrich Steffens

Si no soñáramos, nuestra vida sería demasiado igual a sí misma, pobre en contrastes. Pero los sueños quiebran esa continuidad. Dividen al individuo para volver a soldarlo con más solidez que si no hubiese soñado. Por eso los sueños saben de nosotros más que nuestra razón despierta. La precisión milimétrica con que percibimos en ellos los acontecimientos, los gestos, las expresiones de los rostros, las palabras, no es ajena a la impresión de verdad que nos suscitan. No mienten ni nos engañan. Al contrario, revelan y desenmascaran.Tampoco suelen equivocarse, completando los juicios que esbozamos en la vigilia o, si viene al caso, arrojando una nueva luz sobre ellos. Ven por nosotros. Son el tribunal en el que se dirimen los conflictos que nos atribulan por el día. Heráclito fue todavía más lejos al afirmar que “muerte es cuanto vemos despiertos y cuanto vemos dormidos, visiones reales”.

Precisamente el carácter revelador de los sueños justifica la tradición que les atribuye poderes adivinatorios, aunque en realidad nos revelen aquello que en la vigilia nos negamos a reconocer. Así que cuando, por alguna circunstancia, nos vemos forzados a abrir los ojos ante situaciones cuyo reconocimiento hería nuestro amor propio o la elevada idea que tenemos de nosotros, nos viene a la memoria aquel sueño que un tiempo atrás nos reveló la realidad palmaria que ahora tenemos delante de los ojos.

En Anna Karénina, Tolstoi muestra un caso de sueño premonitorio en la pesadilla recurrente que asalta por las noches a Anna Karénina poco tiempo antes de suicidarse. En el sueño ve a un campesino viejo, de barba enmarañada, que masculla en francés palabras sin sentido, mientras se inclina sobre un trozo de hierro, indiferente ante ella. Un domingo por la mañana, el que será último día de su vida, se despierta también con esta pesadilla. En el momento en que se dispone a morir arrollada bajo las ruedas del tren, le viene a la mente la figura del pequeño campesino que estaba trabajando sobre el hierro, como si lo aplastara.

La actriz Mariya Guérmanova en un fotograma de la película de 1914 "Anna Karénina", dirigida por Vladímir Gardin

La actriz Mariya Guérmanova en un fotograma de la película de 1914 “Anna Karénina”, dirigida por Vladímir Gardin

Cuanto más afecte una experiencia a los sentimientos y a los sentidos y escape a nuestro raciocinio, con mayor intensidad también el sueño la traducirá en una metáfora. Las metáforas oníricas son reveladoras de que van mucho más lejos que la razón. Arrojan una luz nueva, a veces incluso cegadora, sobre nuestros temores, deseos, expectativas y angustias.

Para ilustrar la naturaleza metafórica de los sueños, Nietzsche mencionó el caso de un hombre que se queda dormido con dos ligas de calcetín enrolladas en los pies y sueña que dos serpientes los rodean. Y en una de sus greguerías, Ramón Gómez de la Serna, el maestro de la metáfora, anotó que “si hay una miga en la cama, el sueño estará lleno de promontorios y peñascos”.

“La pesadilla” (1781), de Johann Heinrich Füssli

“La pesadilla” (1781), de Johann Heinrich Füssli

Los sueños confirman que la metáfora es la fórmula expresiva más arcaica del ser humano e innata a su condición. Su universalidad la hace asequible a todas las personas, independientemente de su extracción social o formación. Por el mero hecho de soñar dormido, cualquier individuo se convierte en un poeta, aunque no tenga conciencia de ello y en la vigilia no escriba ningún verso. Schubert decía que las almas profundas que aparentemente carecen de medios de expresión en la vigilia, encuentran uno más poderoso y rico en el sueño nocturno, resarciéndolas de las charlas inútiles que mantuvieron por el día. En cambio, Nietzsche pensaba que los sueños absorbían tanta capacidad artística que en la vigilia apenas nos queda un rastro de ella.

La ficción literaria -incluida la poesía, por supuesto-, y el sueño están ligados por un hilo casi imperceptible, como si emanaran de la misma raíz. Borges comentó que la literatura no es más que “un sueño dirigido”, de tal manera que el relato ficticio imprime “un orden al desorden del material onírico”. Buen ejemplo de ello es la obra literaria de Kafka, que recuerda al mundo onírico no sólo por las fantasías que recorren sus novelas y relatos sino por la minuciosidad de las sensaciones que experimentan sus protagonistas. Era como si soñara despierto y escribiese en pleno sueño. Nada más natural que dedicase la noche a la escritura y que fantaseara con la idea de pasarse todas las noches escribiendo en una vasta cueva, con la única compañía de una lámpara.

Gotthilf Heinrich von Schubert

Gotthilf Heinrich von Schubert

Los mitos y los cuentos de hadas hunden sus raíces en el sueño. Las visiones nocturnas de Don Quijote evocan a las fantasías oníricas y la misma locura del caballero no es más que un sueño del que despierta al morir en su lecho. En el teatro de Shakespeare son frecuentes las apariciones, los sueños y las escenas espectrales.

Dos novelas tan dispares en la forma y el fondo como Alicia en el País de las Maravillas y La muerte en Venecia se leen igual que si fuesen sueños, la una como un carnaval bullicioso y la otra como una sarcástica marcha fúnebre; ambas como un descenso al subsuelo del inconsciente. En las novelas de Dostoyevski los episodios de crímenes se desarrollan con el ritmo y la intensidad propios de las pesadillas, en habitaciones tétricas, escenarios dispuestos para la abyección. Los asesinos sufren el desdoblamiento de la personalidad característico de las fantasías oníricas.

Ilustración de John Tenniel para "Alicia en el País de las Maravillas"

Ilustración de John Tenniel para “Alicia en el País de las Maravillas”

En el sueño las leyes de la lógica racional, empezando por las del tiempo y el espacio, dejan de funcionar. En ellos todo se vuelve posible. Ni la imaginación más desbordante sería capaz de inventar las fantasías que nos deparan. Los muertos resucitan y hablamos con ellos. Los vivos mueren. Nos encontramos con personas que no vemos desde hace años. Viajamos al pasado, reviviendo los gozos y las angustias de antaño. ¿Quién no ha soñado con la ansiedad causada ante un examen escolar al que debe presentarse sin haber estudiado la asignatura?

Luis Buñuel soñaba a menudo que a los cincuenta o sesenta años volvía al cuartel de Madrid en el que hizo el servicio militar, enfundado en su viejo uniforme, con miedo a que se le reconociese y avergonzado de ser soldado a su edad, por lo que esperaba hablar con el coronel para explicarle su caso. Uno de los sueños que más se le repetía era que viajaba en un tren, sin destino conocido.

De repente, el convoy entraba en la estación y se detenía. Entonces él se levantaba para estirar las piernas por el andén y tomar una copa en el bar de la estación. Como ya sabía por sueños anteriores, estaba seguro de que el tren arrancaría de golpe en cuanto pusiera el pie en el andén. Alertado por la desconfianza, ponía lentamente un pie en el suelo, mirando a derecha e izquierda. El tren estaba quieto y otros viajeros también bajaban. Pero justo en el instante en que ponía el otro pie en el suelo el tren salía disparado como una bala de cañón, llevándose consigo su equipaje. Enfadado por esta nueva trampa del tren, se quedaba solo en el andén que se había vaciado de pronto, y soltaba un taco. Cuando trabajaba junto con su colaborador y amigo Jean-Claude Carrière, ocupando habitaciones contiguas en algún hotel, éste le oía gritar a través del tabique. “Es el tren que se ha ido”, pensaba.

Luis Buñuel

Luis Buñuel

Si, como dice el Talmud, en el sueño radica su interpretación, en este caso parece claro que la fuga del tren expresa la inquietud de Buñuel ante la posibilidad de que, como en ocasiones anteriores, se cumpliese lo que más temía, una sensación que Cesare Pavese plasmó en la última entrada de su diario El oficio de vivir, nueve días antes de suicidarse, en un aforismo inolvidable: “Siempre sucede lo más secretamente temido”.

También soñamos con animales conocidos e inéditos, que incluso hablan. En pleno día el cielo puede ser negro como la pez y la noche luminosa. Paseamos por las calles de ciudades extrañas o nos extraviamos en barrios periféricos y solitarios. Habitamos en casas espléndidas u horribles, llenas de humedad y con goteras, o en apartamentos que jamás hemos visitado. Caemos a precipicios profundos sin rompernos ningún hueso o volamos por los aires, corremos por túneles y desfiladeros.

En muchos sueños la impresión de belleza se alterna con la de fealdad monstruosa. Gritamos, reímos, nos enfadamos, lloramos y hasta cantamos. Hablamos en un idioma que sólo entendemos nosotros y que a los despiertos les parece un trabalenguas: esas palabras sólo tienen entidad real para el soñador, al igual que el mismo sueño. Si las escuchase despierto, tampoco las entendería. Oímos músicas deliciosas y componemos poesías. Algunos incluso se levantan de las camas y pasean sonámbulos por las habitaciones.

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Fotograma de la película “El espejo”, de de Andrei Tarkovski

Hacemos cosas que en la vida real ni se nos habrían pasado por la cabeza, como conducir un coche sin tener idea o tocar el piano sin haber pisado un conservatorio. Deseamos y tememos, sentimos placeres y dolores, angustia y serenidad. Somos desobedientes, infringimos todas las normas. Pensamos, decimos y hacemos aquello que en la vigilia no nos atrevimos por vergüenza o pudor, mostrándonos descaradamente agresivos, impúdicos o malvados. Lichtenberg confesaba que en sueños “somos todos locos y nos falta el cetro: la razón”. Él mismo soñaba a menudo que comía carne humana cocida.

Unas veces nos sentimos perseguidos por personas, animales o monstruos y huimos despavoridos y jadeantes; otras, corremos detrás de alguien o de algo que se nos escapa. A menudo sólo estamos de espectadores. También nos morimos o nos matan. Lichtenberg soñó una vez que iban a quemarlo vivo metiéndolo en una estufa que estaba instalada como una habitación y Adorno que era sumergido en el agua hasta el cuello para ser asado.

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Theodor Wiesengrund Adorno

Cuando soñamos las cosas no son lo que parecen. Las metamorfosis se suceden una detrás de otra. El propio soñador se duplica, percibiéndose como espectador de sus propios actos. Puede ser otro, como otro es el que sueña, y estar en cualquier sitio menos en el que realmente se encuentra. Es posible que en un sueño reconozcamos las voces que escuchamos a nuestra espalda y que, al darnos la media vuelta, la persona de la que provienen se haya transformado en otra; que la voz que escuchemos sea femenina y la persona que vemos sea un hombre.

Otras veces soñamos una escena perturbadora estando acostados en la cama y en el dormitorio en el que realmente estamos acostados. De ahí que al despertar tardemos unos segundos en reaccionar, como si saliéramos de un desvanecimiento momentáneo, y tengan que transcurrir unos segundos para que nos reconozcamos. Ocasionalmente podemos soñar que estamos soñando.

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Fotograma de “Un perro andaluz” (1929), de Buñuel y Dalí

La demencial confusión que sentimos en sueños no es más que un reflejo de la que presentimos en la realidad bajo las formas de miedo, deseos e incertidumbre, pero que en todo momento procuramos sofocar al menos para preservar la aparente unidad de nuestro yo. Si fuéramos conscientes del caos en que transcurre nuestra vida consciente probablemente no lo resistiríamos y terminaríamos por enloquecer. Pero mientras la locura sólo se manifieste en los sueños, estaremos a salvo del peligro de que emerja en la vigilia. La exacerbación de los sentimientos oníricos suaviza los que nos atormentan cuando estamos despiertos, lo que explica el efecto medicinal -el sabor amargo- de muchos sueños.

La novedad con que se revisten nos induce a creer que se basan en experiencias realmente inéditas. En realidad no es así, ya que casi todo cuanto soñamos está tejido de recuerdos de las acciones, pensamientos, impresiones e intuiciones que tuvimos durante la vigilia y que entonces olvidamos o abordamos superficialmente. Como observó Nietzsche, los sueños parafrasean nuestras vivencias, expectativas o circunstancias, resultando de todo ello una chapuza casi siempre, mientras que los sueños perfectos y logrados son una excepción.

Para Emerson los sueños son la secuela del conocimiento diurno. De ahí que las visiones que tenemos por la noche guarden cierta proporción con respecto a las experiencias diurnas. Decía que las pesadillas son exageraciones de los pecados diurnos y nos muestran cómo nuestros peores afectos se encarnan en figuras repugnantes.

Ralph Waldo Emerson

Ralph Waldo Emerson

Los sentimientos, las sensaciones, los deseos, esperanzas y temores que la memoria y la conciencia eluden, coaccionadas por las imperiosas exigencias de la propia realidad, el sueño los recrea a su manera, normalmente en forma de acción pura. Aquí entra en juego la doble cara de las fantasías oníricas: la que muestra en la pesadilla, donde somos brutalmente privados de un goce real, como el amor de una persona, o en la ensoñación gratificante, donde las carencias e insatisfacciones que nos atormentan en la vigilia se transforman en dones gratuitos.

Cuando en un sueño se cumple alguno de nuestros deseos es probable que en la realidad hayamos dado por perdida cualquier posibilidad de satisfacerlo, aunque, pese a todo, el deseo permanezca intacto. Sólo que, ante la certeza racional de que éste jamás se hará efectivo, tiene que refugiarse en un espacio tan irracional como el sueño, lugar mágico en el que se realizan las esperanzas y deseos de imposible satisfacción en la realidad.

Por eso los sueños, al mismo tiempo que nos recuerdan lo poco que nos conocemos, saben de nosotros mucho más que nosotros mismos y desde luego mucho más que nosotros de ellos, al interpretar nuestros recuerdos con mayor libertad que nuestra memoria consciente y ser también más libres que la voluntad, rehén de temores, deseos, prejuicios e inhibiciones. Son la verdadera voz de la conciencia. La otra, la que escuchamos despiertos, está distorsionada por nuestra propia voz. Un pequeño ejemplo: podemos tener un día apacible, sin preocupaciones ni remordimientos, y por la noche sufrir una pesadilla atroz. Eso significa que aquel día vivimos equivocadamente y que, a pesar de las apariencias, fue una jornada fallida.

"Sueño de una Niña que Quiso Entrar en el Carmelo" (1930), de Max Ernest

“Sueño de una Niña que Quiso Entrar en el Carmelo” (1930), de Max Ernst

En este sentido, los sueños constituyen una valiosa fuente de autoconocimiento, sobre todo cuando la conciencia despierta no da más de sí, y, por tanto, una oportunidad para conocernos. Ahondar en ellos, desmenuzarlos, reconstruir los múltiples y abigarrados detalles que los componen, puede ayudarnos a descubrir sensaciones y sentimientos que en la vigilia no queremos o no podemos discernir con la sola ayuda de la razón. Es a la luz de esta propiedad de los sueños como se entiende la cita de El Talmud: “Un sueño que no ha sido comprendido es como una carta que no ha sido abierta”.

En la película Fresas salvajes, Ingmar Bergman muestra un caso de sueño revelador de un estado de ánimo que escapa a la razón de su protagonista. El profesor Isak Borg, un eminente físico ya jubilado y viudo, que se dispone a viajar de Estocolmo a Lund en compañía de su nuera para recibir un homenaje en la Universidad, lleva una existencia anodina, muerta en vitalidad y pensamiento. La noche anterior del viaje sueña que camina por las calles desiertas de una ciudad, bajo una intensa luz solar. Las puertas y ventanas de las casas están tapiadas. Observa con asombro que en el reloj que cuelga de una tienda han desaparecido las agujas, al igual que las de su reloj de bolsillo. Se siente extraviado en el espacio y en el tiempo, como alguien que camina sonámbulo, sin rumbo fijo.

En la acera se encuentra con un hombre de espaldas, inmóvil, vestido con un abrigo y sombrero, semejante a un maniquí: él mismo. Al tocarle la espalda con la mano, el hombre se da la media vuelta mostrando un rostro como de muñeco, con los ojos cerrados. Inmediatamente cae al suelo por su propio peso y empieza a sangrar. En ese momento se oyen los toques funerarios de una campana. De pronto irrumpe en una esquina de la calle una carroza de pompas fúnebres tirada por dos caballos. Inesperadamente una rueda choca contra una farola y el ataúd que porta en su interior se desliza hacia el suelo. Al volcarse éste, se abre la tapa, apareciendo en su interior el cadáver viviente del propio Isak Borg.

 

 

No resulta extraño que las fantasías oníricas se prodiguen en los periodos de confusión, en los que nos sentimos obnubilados por las pasiones que no conseguimos dominar ni, por tanto, interpretar con la simple ayuda de la razón. En esos periodos de intensas crisis emocionales los sueños transforman el conflicto real con el fin de iluminarlo. Seguro que al despertar de uno de estos sueños lo recordaremos como una deformación caricaturesca de la experiencia real, puesto que sólo lo grotesco y exagerado nos produce una impresión de autenticidad.

La exageración con que los sueños nos muestran un fragmento de la realidad cumple un cometido análogo al de la literatura satírica o hiperrealista: revelarnos lo que estaba escondido bajo las capas de la realidad costumbrista y que, pese al malestar que nos causaba, de otro modo no habríamos podido captar con tanta claridad. Por eso al recordar muchos sueños nos embarga una satisfacción secreta e intangible, aun cuando no podamos interpretarlos.

Esto explica también la tristeza que a menudo sentimos cuando despertamos por la mañana. Regresamos a las tinieblas de la razón, donde todo lo que queremos saber de nosotros mismos hemos de deducirlo de las ciegas sensaciones de las que somos receptores y objetos pasivos, con la conciencia debilitada y dividida por sus absorbentes efectos. En cambio, en la representación onírica de la realidad sensitiva gozamos del privilegio de sentirnos más sujetos que objeto de ellas, lo cual nos hace también más libres que cuando sólo las sentíamos como objetos pasivos.

"El sueño", de Franz Marc (1912)

“El sueño”, de Franz Marc (1912)

Al contrario de lo que ocurre con los recuerdos, no participamos en la elaboración de los sueños ni soñamos lo que queremos, por lo que éstos se hallan exentos de posibles manipulaciones o maniobras de ocultamiento. Se presentan por sorpresa, cuando menos los esperamos, aunque en el subconsciente ya hubiera suficiente materia como para que brotaran.

La libertad para soñar es todavía más secreta e impenetrable que la de pensar, puesto que el pensamiento está sujeto a la voluntad, no como los sueños. Podemos pensar influidos por los pensamientos de otros. Pero los sueños son enteramente nuestros, de cosecha propia. Por eso los tenemos. Esta diferencia hace de los sueños una experiencia individual en el sentido pleno de la palabra. Soñando damos forma a un pensamiento, aunque desprovisto de la cualquier abstracción. Es en el sueño donde la actividad pensante está más lograda, al desarrollarse también con una libertad independiente de influencias externas.

Al soñar lo que necesitamos, esa necesidad se revela más sabia que el pensamiento surgido de un aparente voluntarismo. Eso tampoco significa que sepamos cuándo necesitamos soñar. Se trata de una necesidad inconsciente, que quizá intuyamos vagamente.

El teatro de marionetas

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Apenas recuerdo cómo llegamos a Erfurt aquel día de invierno. Recuerdo eso sí, el  humor del tiempo. Llovía sin convicción, las aceras estaban aún manchadas por las útlimas nieves y el silencio de las calles parecía un componente metereológico más; una nubosidad inclemente del este.

Debió ser de casualidad. Tal vez nos hubiésemos perdido volviendo de Jena.

Yo quería conocer Jena tantas veces idealizada por alguna de mis manías poéticas.
Por aquellos días yo fantaseaba con espíritus decimonónicos y en Jena habían dejado sus huellas algunos de esos bellos ejemplares y elegantes muertos de la aristocracia romántica. Dandis y bohemios de un tiempo pasado cuyas sombras todavía se pasean por sus calles en levitas de brummel y sombreros de copa y nos miran, altivos y seductores, desde sus estatuas de mármol al otro lado de la delgada línea del tiempo.

Dormimos en casa de mi amiga Yolanda que vivía cerca del Saale por cuyas orillas paseábamos charlando del mundo académico, de los misterios de la botánica y de los días de Karl Marx en esta ciudad provinciana.

Me gustan los ríos alemanes.
Tienen algo de imperturbable que me recuerda al carácter de sus habitantes. Incluso los patos, como contagiados de sus aguas, adquiren ese aire inalterable.
Perfectamente organizados en parejas o en grupos gregarios de cuatro, ocupan sus puestos a orillas de los ríos como obedeciendo a una suerte de instrucción superior, de objetivo profesional.
El año que viví en Frankfurt me hice amiga de una pareja de palmípedos que ocupaba a diario su puesto bajo el mismo árbol a orillas del Main. Tenían la actitud aplomada de sus conciudadanos y un aire luterano en la mirada. Parecían embestidos de ese sentido protestante del orden y la justicia. Me miraban desde abajo de sus alturas con el pecho inflado y el pico altanero, y yo les sonreía amablemente, algo intimidada por ese sentido del deber del que yo siempre he carecido.

Aparcamos el coche en una de las calles cerca del centro medieval de Erfurt. Nuestro gato Jean-Claude nos acompañaba. Era todavía pequeño y lo llevábamos en brazos. De vez en cuando lo soltábamos y nos seguía por la calles adoquinadas como un perro caniche dando brincos. La gente se paraba para hacerle carantoñas y arrumacos. Jean-Claude que todo lo que sabe en este mundo lo ha aprendido de su hermano mayor el perro, se revolcaba por el suelo panza arriba y se dejaba querer.

No sé en que momento Martin se acercó al grupo para contemplar ese gato extraño con ínfulas caninas, pero sí recuerdo que aquel hombre me pareció un querubín renacentista salido de alguna taberna medieval por algún fallo en la compleja maquinaria de un túnel del tiempo. Vestía un sayo de corte medieval con cordones y chaleco de pana. Sus manos se escondían en los bolsillos de un pantalón de bailarín de polka y sorniente, contemplaba la escena con la expresión convincente de un experimentado cuentacuentos.

martin-gobsch_theatrummundi5Pronto descubrí que Martin Golsh era titiritero y fabricante de marionetas y de ahí la explicación de su anacronismo.

Su taller parece salido de las páginas de un cuento de Edgar Allan Poe y sus marionetas del trastero de la ciudad de los goblins. Sus personajes delatan un delicado gusto por el expresionismo  y la artesanía tradicional, pues este Geppetto alemán esculpe y da forma a sus personajes a golpe de martillo y cincel usando las técnicas más antigüas.

El resultado es un espectacular despliegue de fantasía . Un desfile mágico de criaturas de madera que se pasean al ritmo de los hilos de Martin por universos barrocos, vestidos rococó, monóculos y quevedos sobre rostros cincelados en perfiles angulosos y miradas hechizantes.

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Si pasáis por Elfurt no olvidéis visitar el teatro mágico de Martin en Krämerbrücke Straße.
El lugar no tiene pérdida y desde la ventana de su taller la reina Grimhilde os tiene preparada una fascinante sorpresa detrás de su espejo mágico…

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Leo, el amigo invisible

high-society-1962(1)Julieta era una chica pizpireta.

Larguirucha, desgarbada y zanquilarga, caminaba arrastrando sus brazos a ras del suelo. De vez en cuando los levantaba para encajar sus espejuelos resbaladizos sobre su naricita respingona llena de pecas. Su cabecita loca estaba coronada por una cabellera rojiza cortada como una taza de té de la que salían dos grandes orejas como dos asas.
Tras sus espejuelos Julieta observaba la vida desde un solo ojo pues el otro estaba oculto tras un parche de esparadrapo. Este ojo verde, hermoso y solitario parecía un bichito luminisciente desorientado que contribuía a aumentar su aire de atolondrada.

Detrás de Julieta iba siempre su amigo Leo.

Julieta se ocupó desde muy pequeña de la educación de Leo. En un gran bolso de lana blanca Julieta arrastraba libros, enciclopedias y diccionarios que recogía en las estanterías de sus padres.
Julieta le enseñaba muchas cosas a Leo. Cosas que Leo desconocía.
Por ejemplo, Leo no conocía la palabra nube y juntos la pronunciaban sílaba por sílaba a la sombra de un sauce llorón.
Nu-be, decía Julieta.
Nu-be, repetía Leo.
A Leo le gustaban las nubes. También le gustaban los pomelos, los pájaros negros, la arena mojada y las palabras que no existen. En los márgenes de su catecismo y a modo de anotaciones, Julieta conjugaba para él verbos inventados.

Un día, cuando Leo ya estaba hecho casi un hombre, Julieta se dio cuenta de que su amigo era un ser imaginario.
Se lo dijeron sus padres y un médico psiquiatra especializado en trastornos esquizoides y psicopatología en niños, adultos y seres invisibles. Le dijeron que eso no estaba bien, que ya era mayor para tener amigos inexistentes, pero Julieta lo quería ya tanto que no podía dejar de imaginarlo.
Se intentaron todos los métodos posibles para borrar a Leo de su imaginación. Se organizaron terapias, constelaciones familiares y sesiones de meditación e hipnotismo, pero Leo seguía ahí como si nada y tan invisible como siempre.
Desesperados, acudieron finalmente a las técnicas infalibles de la psicomagia e inspirados en las ideas de Jodorowsky, obligaron a la pobre Julieta a encerrar a su amigo en el congelador de la cocina.
Las lágrimas de Julieta se derramaban por su ojo ciclópeo reluciente como un diamante de Dresde, al ver a su querido amigo desaparecer entre pizzas, helados y cubitos de hielo.

El plan no salió como lo hubiesen esperado, pues Leo se volvió tan frío, distante y glacial que Julieta acabó por enamorarse locamente y ya nadie pudo convencerla jamás que era malo seguir imaginándolo.

*********************
pintura de René Magritte

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Decires de Octubre

DSC_0713Todos los días me parecen los mismos.
– Deja de decir eso.
Estoy seguro de que escribes tonterías, dice R., que insiste en que no es verdad, que todos los días no son iguales y me dice que haga un poco de memoria y recuerde al cantante italiano con sus platillos en el zapato o el bar de champagne con las butacas en la plaza o cuando quisimos ir a la place de la Monnaie a comer patatas fritas pero el camarero no quiso servirlas y entonces fuimos al O’Reilly’s y yo dudaba pero él, R., insistió. Llegamos entonces al O’Reilly’s y yo empecé a desear, tú empezaste a desear, dice, como es tu costumbre, la comida del vecino. Total para nada, para acabar comiéndote un fish and chips.

En el O’Reilly’s una mujer muy guapa y elegante llamó tu atención.
Es verdad, me gustaron sus zapatos y su manera de guardar distancia. Su indiferencia la alejaba naturalmente del resto de hombres y mujeres y la dignificaba.
En la mesa de al lado, un musulmán feo de papada caída comía un sándwich y las migas se perdían por entre los pliegues de sus carnes fofas y de su jilaba entreabierta llena de pelos.
Tú dijiste: sacrilegio.
Los pliegues de su papada se movían como la carne viscosa de una babosa y a los lados de su cráneo tenía pegadas dos orejas desiguales, una más arriba y otra más abajo, como dos caracoles trepando cada uno a su ritmo.
La mujer cruzó los brazos y miró al muro de enfrente como si mirase el horizonte y el más allá. Llevaba unas gafas que parecían ventanas abiertas al mundo. Al otro lado de la repisa sus ojos oscuros brillaban como un océano nocturno y abarcaban lo inabarcable.
R. dijo que no era tan guapa, que yo lo era mucho más y que las mujeres así son muy difíciles para hacer excursiones al campo.
– Tú qué sabes
– Eso se ve
R. siempre está convencido de lo que dice, que si las patatas fritas son mejores cuando no les quitan la piel, que si lo bueno de no tener trabajo, ni amigos, ni relaciones sociales es que puede comer ajo cuando le dé la gana, que si hay que ir a ver Mephisto al Teatro Real sin falta. Pero yo no quería ver Mephisto, yo  quería ver la vida de Chaplin y al final no vimos nada.

Por la noche llegamos a casa y una vez más la niña le dio la mejor comida a su perro en detrimento de mi gato.
Luego te violé en la cocina mientras tú preparabas el té, te tiré al suelo y puse tus pechos desnudos contra las baldosas frías, mientras  lloriqueabas. Te hice bajar las escaleras desnuda de cintura para abajo y antes de llegar a la habitación, me vine en tu boca. Luego te até a la cama con los ojos vendados. ¿No te acuerdas?
-Sí, me acuerdo
Te dije:“me encanta hacer el amor contigo” y tú, pretenciosa como siempre, me respondiste “a mí también me encanta hacer el amor conmigo”.
Al final pusimos el viejo proyector de cine y vimos Barry Lindon en la cama.

Al día siguiente tuvimos valor para ir a la playa.
Día soleado y delicioso. Tú estabas contentísima de conducir a pesar del cansancio. Dijiste que te encantaban las vacas belgas.
– Me encantan las vacas belgas
Pensamos en ir a Brujas, pero tú dijiste “en Brujas no hay mar”.
Pensamos en ir a Blankenberge pero al final nos decidimos por New Port.
En la radio anunciaban que era el día mundial de las niñas y tú dijiste que el día mundial de las tonterías era todos los días.
Debería haber un día de las flores.
– ¿Y qué le regalaríamos a las flores por su día?
– Un ramo de mariposas, dijiste.

Tardamos mucho tiempo en encontrar una plaza de parking.
Yo te hablé de la atmósfera extraña que hay siempre en Flandes. Los flamencos hablan como callando, como peces bajo el agua y esas señoras extrañas paseando en cochecito a sus loulou de poméranie. Tú dijiste que no era la culpa de Flandes sino de octubre y entonces dijiste que octubre era como un domingo de treinta días
Yo insistí en que los flamencos hablaban como callando, como peces bajo el agua, y tú dijiste:
– tonterías.
Yo tenía hambre pero tú, en tu caos habitual, querías hacer todo al mismo tiempo, alquilar las bicis, pasear y comer.  Como siempre tuve que poner orden y llevarte a un restaurante para empezar. Yo quería el menu d’enfant, pero tú te burlaste de mí  y al final tuvimos que pedir un croque monsieur y nos olvidamos de decir que sacasen el jamón.
El camarero llevaba la cabeza escondida en el cuello y tenía ojos de pez del norte; redondos y tristes.
En la terraza te miré  y tu me dijiste ‘quoi’ y yo te dije ‘pourquoi quoi? ‘y tu dijiste pourqoi tu dis pourquoi?
Y nos enfadamos.
– Cuando la niña está cansada la vida es dura, dice ahora R.

Alquilamos las bicis y yo negocié un poco el precio final. Estaba orgulloso pero para evitar tus burlas habituales, no te dije nada .
Recorrimos la costa en las bicis y yo iba detrás mirando tus hombros y tu cuello tan fino y femenino. Tan orgullosa en su petit vèlo. Me gustaba ir detrás mirándote.
– C’était beau à regarder.

Llegamos al fin del mundo y fuimos a dormir sobre la arena.
Cuando te despertaste de tu sueño profundo ya eras otra persona. La oruga convertida en mariposa. Te habías vuelto muchísimo más simpática después de tu siesta y yo me sentía más sereno.
Tras devolver la bici, nos sentamos en un café y yo, imitando a las viejecitas, dije “on va dire du mal des gens”*.
Tú ignoraste mi juego y pediste un té lipton; “aux pesticides”, añadiste con malicia, y yo un descafeinado.
Probaste tu primera tarta tatin y te encantó. Yo me puse a cantar y el camarero vino en ese momento y se puso de muy buen humor. Nos reímos los tres.
– En realidad yo me reí a la fuerza
– Tú te reíste con tu cara de linotte, los dientes hacia fuera y los ojos achinados, como un ratón. Así.
– No es verdad

Cuando llegamos a casa te preparé el zumo de zanahoria que tú me habías prometido y nos metimos desnudos entre las sábanas.
Puse una vela en ese tarro agujerado de soles y estrellas que llena la habitación de sombras y espectros y con tu respiración mojando mi cuello octubre se fue yendo lentamente a la nada.
A las puertas del tiempo.

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Fantástico artículo de Antonio Campos Romay

Publicado el 16 noviembre, 2015 por Contraposición.
CUI PRODES? A quién beneficia?…

Erase una vez un país que se llamaba Persia…En 1951, un Primer Ministro acced83bab-antoniocamposromaye al cargo de forma democrática. Se llama Mohammad Mosaddeq. Y tiene la peregrina idea de que los recursos nacionales debían favorecer al pueblo en primer lugar y para ello se lanzó a nacionalizar el petroleo, que estaba en las castas manos de compañías americanas y británicas. Al tiempo se le ocurre democratizar un estado arcaico y encaminar al país por sendas de civilismo y modernidad.

 

Unas organizaciones SI gubernamentales, la CIA y el MI 6 (con licencia para matar), interpretando fielmente los intereses de sus jefes políticos arbitraron un golpe de estado que arrojó del poder a tan iluso caballero (Operación Ajax), estableciendo como jefe absoluto al virtuoso Sha Mohamed Reza Palevi, apoyado en la limpieza de subversivos, por su afable policía secreta, la Savak. El bueno de Mohammad Mosaddeq por lo que pudiera ser permaneció, tras pasar varios años en prisión, confinado hasta su muerte…El virtuoso Sha, muy amable en las concesiones de petroleo con sus mentores, a pesar de la eficacia de la Savak tuvo que salir por pies en 1978 dejando tras de si desbarajuste, corrupción y miseria, que dio alas al fundamentalismo mas brutal de la mano de un tal Sr. Jomeini.

 

Afganistán ese país cuasi fallido que hoy vemos hundido en la miseria moral y material, en una ocasión se llamó Ariana. Formó parte del Imperio persa Aqueménida, del reino helenístico de Bactriana, del Imperio Kushān, y del Imperio Persa Sasánida. Tuvo como religiones el budismo, el el zoroastrismo   hasta convertirse al Islam alrededor del año 600 con la llegada de los árabes. En su tierra floreció la erudición de manos de Avicena y Algazel en filosofía. Al-Razi y Al-Nafis avanzaron el conocimiento de la medicina y Al-Khwarizmi y Al-Biruni el de las matemáticas. Omar Khayyam y Firdusi cultivaron la literatura y Al-Jazari la ingeniería. Su territorio tenia zonas muy prosperas que formaban parte de la mítica Ruta de la Seda que iba desde Bagdag hasta Samarcanda.

 

Lo mas próximo al actual estado de Afganistán data de 1747 y desde 1837 hasta que tras la I Guerra Mundial se vieron obligados a marcharse, estuvo bajo dominio ingles. Tras muchos tumbos en una historia tan abrupta como su geografía física, proclamo la República en 1978 tras despedir poco amistosamente al sátrapa reinante. La inclinación de la misma era claramente prosoviética. El 30 de abril de 1978 Nur Mohammad Taraki fue elegido Presidente. Y no tiene mejor ocurrencia que iniciar un programa de reformas… Una campaña de alfabetización que incluye a la mujeres y en la que por primera vez en las escuelas se enseñó en las lenguas nativas de los alumnos. Se tomó en serio la reforma agraria, la laicidad del Estado, eliminar el cultivo del opio, legalizar los sindicatos, y establecer una ley de salario mínimo. No satisfecho el buen hombre, acometió la promoción de igualdad de derechos para las mujeres: permiso de no usar velo, de transitar libremente y conducir automóviles, abolición de la dote, integración de mujeres al trabajo y a estudios universitarios, así como a la vida política, llegando a elegirse las primeras siete diputadas…A comienzos de 1979 en oscuras circunstancias Taraki es derrocado y ejecutado asumiendo el gobierno Jafizulá Amín. Seria efímero, pues informada la KGB, organización SI gubernamental con poco sentido del humor, del contacto de Amín con Pakistán y la CIA impulso a la URSS a intervenir militarmente conforme el Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación entre la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y la República Democrática de Afganistán, concertado entre Brézhnev y Taraki el 5 de diciembre de 1978. Jafizulá Amín apenas estuvo cuatro meses en el poder.

 

En diciembre de 1979 se inicia una larga guerra civil que se prolonga hasta 1989, tiempo en el que se enfrenta el el ejercito gubernamental apoyado por una poderosa presencia militar soviética contra los insurgentes muyahidines, grupos de guerrilleros afganos integristas y ultrareaccionarios, a los que USA a través de su organización SI gubernamental proporcionó ingentes cantidades de armas y dinero. La «Operación Ciclón». Algo concorde a las practicas de la llamada guerra fría. Una vez retirados los soviéticos por orden de Gorvachov en 1989, tras un espectacular fracaso, el gobierno de la República Democrática Afgana se mantuvo en el poder hasta 1992, año en el que fue derrocado por la resistencia integrista…Los talibanes bien armados y pertrechados por por la organización Si gubernamental yanqui campan a sus anchas y comienzan a dinamitar la modernidad y los Budas de Bamiyan…

 

Reagan, la familia Bush, el tolerado burdel político saudí (tan hogareño para la familia Borbón), los oligopolios del petroleo y el armamento….Las guerras del golfo…La destrucción y holocausto de Afganistán primero, luego Iraq, Libia después y finalmente Siria. Las falaces primaveras árabes …baños de sangre y fermento de fundamentalismos…La vomitiva imagen de la foto de la Azores (aun impunes sus protagonistas)…La cínica misión “Libertad Duradera”… reventar zonas mas o menos estabilizadas, erradicando cualquier atisbo de libertad y laicismo abriendo las puertas al mas bárbaro integrismo islamita, hasta entonces ausente en la escena…Y duradera si, para varias generaciones…La miseria absoluta de la población, la destrucción total de sus infraestructuras, la desaparición del concepto de estado en una orgía de sangre y horror… Y desde luego el saqueo con la mayor impunidad de los intereses locales…comenzando por el petroleo…

 

Es terrible e intolerable la muerte de cerca de 140 compatriotas europeos en París…Una barbarie sin paliativos. Y no lo es menos, en otro momento, la de doscientos españoles en unos trenes que amen del horror y la muerte hubieron de sufrir la infamia del mas indigno dirigente de este país, D. José María Aznar López, presidente de honor del Partido Popular y entonces presidente del gobierno que intento manipular todo aquel sufrimiento para ganar con innobles mentiras, las elecciones que estaban a punto de celebrarse. Pero no menos terrible es la destrucción intencionada y sistemática e media docena de países al menos. De mas de medio millón de muertos habidos en ellos, de cientos de miles de personas que huyen en la precariedad mas absoluta de una situación que les fue impuesta, en muchos casos dejando la vida en el camino…Y no es menos dramática, la brutal desastabilización de una región ya de por si compleja, sin el un espacio razonable para la esperanza.

 

Todos los muertos tienen el mismo valor. Son victimas, son sujetos pasivos de las canalladas de los que se dan golpes de pecho y pronuncian frases tan campanudas como hipócritas. Ciertamente hay desatada una locura criminal embozada en un fundamentalismo inculto, salvaje, inhumano…En la marginación, la miseria y la desesperación. Pero el primer acto de cinismo es presentar a millones de árabes musulmanes, -tan victimas como los de París o Madrid-, como el enemigo… No. Esa no es la verdad. Una verdad que obligadamente se debe establecer para iniciar un diagnostico correcto…Con preguntas tan ingenuas como quien es realmente esa agrupación asesina llamada, el ISIS?…Quien es Al Qhaeda?…quien era Bin Laden?…quienes compartían negocios con el?…quien los armó? Quien los adiestró? Quien los financia? En que medida, quien los adiestró, los armó, los financia, sigue estando tras ellos manipulándolos en la sombra.…

 

Los asesinos los conocemos…Sus rostros de sicarios infames llegamos a verlos en ocasiones…Pero no son los locos del cinturón de explosivos, el homicida del kalasnikov, los mercenarios del horror y la muerte los autores intelectuales…No. Bajo ningún concepto. Aunque jugando con los sentimientos de la población quieran hacerse quedar ahí las responsabilidades.

 

La solidaridad natural e inmediata con las victimas no solo es obligada sino que mana espontanea de los corazones limpios de la ciudadanía. La denuncia de la monstruosidad habida no puede tener reticencias. Pero esa misma ciudadanía no puede aceptar ser usada como marioneta de la manipulación al servicio de los intereses oscuros que con el crimen y el horror ven incrementada su cuenta de resultados. Se hace necesario saber la verdad…esa que esta tan reñida con las organizaciones SI gubernamentales que son los cipayos indispensables del poder obscuro para mover sus siniestros hilos. Es necesario saber quienes son los autores intelectuales que han promovido, promueven, mantienen y usan el terror y el dolor al servicio de sus sucios intereses. Quienes por siniestros agentes intermediarios, intentan socavar la Democracia, la Libertad, La Igualdad y la Fraternidad. Desenmascararlos y jugarlos por sus crímenes es el primer paso para la Paz.

 

¿Porque han sido asesinados 140 franceses? Porque han sido hace años asesinados 200 y pico de españoles?..¿Porque han sido masacrados centenares de miles de victimas en diversos sitios y lugares?…¿Conque objetivo se aprovecha esta para cada día reducir mas los derechos civiles y ciudadanos y dinamitar la solidaridad?… ¿Por que y para quien es útil esta ordalía de dolor y sangre?…. A partir de ahí quizás podamos empezar a afrontar un drama cuya dimensión aun no se nos alcanza.

 

Surge la vieja pregunta policial …. Cui prodest?, …a quien beneficia…

 

El crepúsculo del Estado-Nación y la mano invisible del terrorismo

                                                                                                                                                                                   15-02-2015

Primero entendamos el neoliberalismo.

El neoliberalismo es una doctrina económica basada en el fundamentalismo de mercado? fundamentalismo religoso asegura Danny Robert Doufour en su libro Le divin marché y que remplaza a Dios en el mundo occidental, según la cual las actividades económicas son más eficientes si no encuentran trabas a su realización, lo que supone: liberalizar sin controles ni condiciones el comercio mundial y los flujos de capital permitiendo a las empresas operar libremente en terceros paises. Operar libremente en terceros paises no es fácil cuando una empresa se encuentra ante un estado soberano donde el poder político tiene capacidad para decidir sobre el económico. Este era el caso en Libia y en Siria, ambos paises con gobiernos relativamente fuertes. Había que derribar la barrera política y lo han conseguido.

El terreno ideal para que una multinacional pueda desarrollar sus actividades económicas es un terreno devastado y carente de tejido político o social. Este es el caso de Afganisthan que guarda el tesoro minero más grande del mundo (grandes reservas de litio con las que se fabrican nuestros ordenadores y artilugios electrónicos). Provocar un conflicto político, étnico o religioso es el arma con la que cuenta el poder económico para eliminar las fronteras de un estado y así poder operar sin trabas ni barreras en terceros paises. El problema del “terrorismo islámico”, llevando a cabo una guerra preventiva en todo el mundo   se utiliza para justificar una agenda militar y corporativa. Hoy todos sabemos que el Estado Islámico de Irak y Siria es una creación de la inteligencia de Estados Unidos para justificar sus intervenciones militares primero, y empresariales después.

El terrorismo es un método de acción política destinado a sembrar el miedo en un grupo social, a desestabilizar al Estado y promover una crisis o revolución: Una desestructuración del poder político. El terrorismo, gran aliado del poder económico,  lo han practicado siempre los Estados como estrategia y mecanismo de control social  (Chomsky “La cultura del terrorismo”).

Hoy en día el terrorismo es un gran negocio: El negocio de armas es el primero del mundo, seguido de la ponorgrafía y la industria farmacéutica.

El terrorismo se genera siempre desde el Poder, no desde los pueblos. Un acto terrorista produce un estado de shock social y de ese estado de shock se sirven los gobiernos para decretar leyes, favorecer operaciones comerciales, restringir derechos y libertades civiles o instaurar régimines policiales que de otra forma los ciudadanos nunca hubiesen aceptado.

Hoy sabemos que los mercados financieros son interdependientes e interactúan de forma global. Los movimientos especulativos del capital tienen la vía despejada para entrar y salir de los mercados, generando una gran inestabilidad global de la que solo unos pocos se benefician. El mundo financiero se ha independizado de la economía real y los estados ya no pueden controlar ni lo esencial de sus economías: la política monetaria y fiscal y los tipos de interés. La globalización se desarrolla bajo la hegemonía del capital financiero.
Esta ideología económica, impulsada por los mandatarios de los países más desarrollados y por los organismos económicos internacionales, ha terminado por imponerse en la mentalidad de los gobernantes de la mayoría de los países, incluso en grupos políticos de carácter pseudo-revolucionarios, incluyendo los de izquierda.

El pensamiento único.
Ese pensamiento que viene con toda su pléyade de valores postmodernos: crecimiento económico, competitividad, progreso técnico, racionalización de recursos naturales, trabajo, etc.

Los ciudadanos occidentales viven hoy con una sensación creciente de que sus gobiernos no responden a sus demandas pero no acaban de entender la lógica geopolítica que se esconde detrás: los gobiernos nacionales han perdido la autoridad económica que ejercían sobre sus territorios y están perdiendo  el poder político y social.
La política nacional en Europa forma parta hoy del arte de entretenimiento de masas.

En Europa el poder económico pertenece, desde el Tratado Maastrich, a la Comisión Europea que a su vez está gobernada por el lobby empresarial. Lo hemos visto con Grecia. Nuestras democracias no son representativas porque los mismos tratados de la UE impiden tal representación. La lógica económica ha secuestrado la lógica política. No tiene importancia hoy en día en manos de quien esté el gobierno, pues todos se verán obligados a obedecer a la lógica de la Comisión Europea y sus directrices neoliberales, de la misma manera que lo hizo Tzchipras. Luchar contra esto desde una lógica nacional carece ya de sentido pues los problemas nacionales son sólo los resultados últimos de toda una maquinaria económica que funciona a escala transnacional.

La UE es un proyecto de eliminación de fronteras y destrucción de nuestra soberanía nacional. Es un proyecto claramente al servicio de grandes multinacionales y no al servicio de los ciudadanos ni de la paz. Nada tiene que ver hoy esta Europa de la moneda y el capital financiero, de la explotación industrial y el sometimiento del hombre a la lógica del mercado y del trabajo, con aquella Europa humanista que soñó Stefan Zweig.

Por otra parte, vemos como cada vez más las empresas producen sus propios espacios, los de las redes globales e incluso se habla cada vez más de la gobernanza corporativa. Este concepto, usado tan a la ligera por los actores políticos, supone claramente un traslado del poder público al poder privado. Del gobierno (gobierno público, gobierno del pueblo) a la gobernanza (gobierno privado, poder empresarial).
La economía ha irrumpido también de lleno en la cultura,  transformándola y  haciéndola objeto de su actividad. Hoy caminamos hacia la homogenización cultural gracias al poder de los medios de comunicación globales  (execreciones intestinales del poder financiero como los llama el pensador francés Francis Coussin), y en virtud de lo que hoy conocemos como el pensamiento único como resultado de una revolución ideológica de gran calado, que desde hace dos décadas viene acondicionando las mentes al proceso de globalización.

El contexto cultural en el que se está produciendo este proceso es el del relativismo de los grandes ideales, el post-modernismo, que acusa a éstos facilmente de  “radicalismo”, “xenofobia”, “populismo” y que ve las actitudes patrióticas o soberanistas como un germen de la violencia que impide la libertad “le laisser faire-laisser passer”. Este postmodernismo se alimenta de ideales menores: competitividad, exitismo, ambición personal, etc. Esta simplificación de metas ha derivado en el individualismo y en un incremento de las actitudes consumistas. La publicidad, uno de los instrumentos más peligrosos para el control de los idividuos, consigue que éstos se identifiquen con un estilo de vida que en el fondo no produce más que ansiedad, una insatisfacción constante y ciertas adicciones sociales.

El sector del ocio y del entretenimiento (la televisión, el cine, los deportes de masas, videojuegos…),  fuertemente intervenido por grandes empresas mundiales, es crucial en el promoción y el mantenimiento de estas tendencias culturales transmitiendo valores prácticos excesivamente simples, infantiles y maniqueístas (división entre valores occidentales e islamistas. Buenos y malos).
El cosmopolitismo tan promovido desde el poder económico ayuda a integrar en el inconsicente colectivo “lo global” en detrimento de la identificación nacional o local.

La UE se construyó tras la guerra con la ayuda del Plan Marshall. En estos 50 años sus instituciones han conseguido crear el territorio desestructurado políticamente y debilidado socialmente por la caída progresiva del estado social y el crecimiento claramente programado de flujos migratorios (mano de obra barata) y la pérdida de soberanía política. El terreno estará pronto jugosamente preparado para que el último capítulo de la agenda estadounidense entre en acción: El Tratado Transatlántico, que se negocia hoy en los pasillos de oficinas de funcionarios y tecnócratas europeos que toman más decisiones políticas que los propios políticos. La entrada de este acuerdo supondrá la colonización definitiva de Europa, el establecimiento de Tribunales arbitrales privados para imponer decisiones sobre los estados y el fin definitivo del Estado Nación y por lo tanto de la soberanía de todos los pueblos de Europa.

Por último señalar que hoy en día  el poder del ciudadano no radica en el voto, sino en el consumo.

Os dejo una entrevista sobre el tema con Lucien Cerise  de cuyo pensamiento me he insipirado para escribir esta entrada (así como Francis Cousin y Chomsky, ambos citados en el texto). Ingeniería social y globalización (desafortunadamente no tiene traducción al español y no conozco en España filósofos serios que mantengan este discurso)