Pongamos que hablo de Bruselas

_25y7zva87sSuele decirse de Bruselas que es una ciudad fea, triste, sucia y gris. Muchos de los turistas que la visitan se quedan decepcionados al no encontrar esa belleza de tarjeta postal, esos grandes monumentos para fotografiar o esa animación nocturna que tienen las ciudades del sur de Europa.

A mí Bruselas me parece una ciudad hecha para unos pocos y en ello radica precisamente su encanto. Bruselas es como una mujer triste, algo desmarañada, sin maquillaje ni artificios, aparentemente fea e inmensamente distante. Una mujer que se pasea solitaria sin llamar la atención y al cruzarla en la calle nadie se gira para mirarla dos veces. Va vestida con ropas oscuras y deja, libre y rebelde, crecer sus cabellos sin ocultar las canas. Qué fea y qué triste es esa mujer, dice la gente. Mirad cómo va, siempre desgreñada y hecha un adefesio, dicen las mujeres con sus bolsos Louis Vuitton .

Y un buen día resulta que pasa por su lado ese hombre extraño con la cabeza llena de nubes y pájaros. Al mirarla percibe ese halo misterioso que tienen aquellos que no son de este mundo e indudablemente quiere saber más sobre ella. Se acerca y la escucha; y al escucharla su voz le guía como por entre las letras de un poema de Émile Verhaeren y entre símbolo y símbolo, acaba por perderse entre sus oscuras calles y viejos recovecos,  aprendiendo así a descifrar cada uno de los innumerables secretos que envuelven sus grisallas.

No es de extrañar que sea la capital de la francmasonería, pues si algo saben los masones es que hay que desconfiar de las apariencias, educarse en el  símbolo y mirar al otro lado  de la materia.

9usd3o99cmLa belleza de Bruselas es democrática, pequeña, cotidiana, impredecible, integrada en la vida diaria de todos los ciudadanos y puede sorprendernos al doblar cualquier esquina. Las “maison de maitre”,  las pequeñas casitas obreras de ladrillos rojos donde se hacinaban los esclavos del carbón o las construcciones Art Nouveau con las que Horta y Cauchie la agasajaron y la vistieron de gala dándole ese inigualable toque de fantasía y sensualidad, revolucionando de paso la historia de la arquitectura contemporánea.

Bruselas es además una mujer sin Dios y sin dueño. Ningún gobierno parece capaz de gobernarla. Ni las administraciones flamencas con su concepto del orden y la disciplina, ni los valones con su romanticismo social. Su naturaleza caótica parece escabullir astutamente el imperativo de la ley. Tampoco el imperio de la mercancía en movimiento puede dominarla por mucho que la golpee con el látigo de sus directivas. Su gente sigue prefiriendo las “petites épiceries”(ultramarinos) de la esquina al centro comercial, los mejillones, las ostras y las patatas fritas al fast food,  el mueble roto y desvencijado de una “brocante”(tienda de anitgüedades) en Les Marolles a la estética concertada de Ikea.

Las instituciones europeas se erigen cerca de su corazón pero no saben conquistarlo. Los funcionarios de traje y corbata  no la seducen y los tecnócratas y expertos la usan como a una mujerzuela de saldo y esquina. Aterrizan el lunes en sus suelos y la abandonan el viernes, pero no la miran, no la aman y apenas saben acaricarla. Bruselas, orgullosa como una reina harapienta, parece despreciarlos. Tal vez sea por ello que el barrio europeo, condenado al desdén de la desgreñada dama,  se encierra en su “bulle” (así se llama en Bruselas al mundo europeo “la burbuja”) pero en vez de irse, se queda a vivir en ella como un amante parásito.

¿No será a causa de este desamor  que la burbuja, ensimismada en sus propias ambiciones, hace y deshace las normas que gobiernan los pueblos sin escuchar a nadie más que a sí misma?  ¿No será esta desunión amorosa un fresco emblemático de este continente fragmentado al que sus instituciones mercantiles pretenden representar?
Cincuenta años después del Tratado de Roma, la Unión Europea flota la deriva como un cadáver en descomposición sin otra identidad que la de sus luctuosas mercancías y su desintegración humana, haciendo de la ciudad que la acoge una víctima más de los malos olores que propagan sus instituciones.

_9bhih9dwhdA pesar de todo, la vida irrumpe en cada esquina, en cada giro y en cada línea recta mezclándose con el lodo y la basura de la decadencia europea.

Su bullicio poco tiene que ver con la juerga o el botellón que conocemos en España, y sus fiestas,  siempre íntimas, prefieren la cerveza o la copa de vino al cubata, la casa a la calle, el murmullo a los gritos, la conversación a la euforia, y el jazz al reggaetón. Los espectáculos no son masivos y el alma solitaria siempre encuentra su sitio. El arte en Bruselas no es institucional y poco tiene que ver con el museo. El arte aquí es una forma de vida y creo que no exagero si lo comparo con el espacio que ocupa el fútbol en España, que es también otra forma de vida. La vida cultural apenas conoce el gran espectáculo financiado con grandes cantidades de dinero público, y en su lugar, abundan los pequeños montajes, las performances, las exposiciones  que no exigen grandes inversiones y permiten que un gran número de artistas se ganen la vida dignamente.

En Bruselas triunfa lo pequeño, lo insignificante, el pantalón de segunda mano, el mercadillo y los ritmos alternativos.  Los sesenta y setentañeros pasean en vèlo,  escuchan a Lou Reed pero también a Wilco y se mezclan naturalmente con los jóvenes en las salas de cine, en las terrazas y en los conciertos de rock. Las grandes firmas nunca consiguen crear modas ni uniformizar los gustos y no existen en este país referentes sociales como Sakira, Casillas o Carbonero y otras estrellas televisivas, o si existen (y yo no me he enterado) desde luego no llegan a tener una gran relevancia ni a crear “tendencias”. Cada persona parece nacida de una viñeta de bande dessinée y transmiten una gran individualidad. Es una ciudad muy inspiradora pues está plagada de personajes reales de cómic y tintes de expresionismo alemán.

_gkcjr6v3sqLos innumerables y caóticos partidos políticos (muy criticable, desde luego, la mala gestión de sus autoridades) y sus representantes suelen ser ignorados por los ciudadanos, poco importa lo que digan o dejen de decir y definitivamente carecen de esa grandilocuencia que tienen en Francia, en Italia o en España y esa deformación futbolística y espectacular que crea el bipartidismo.
Recuerdo una imagen televisiva del antiguo primer ministro, Elio di Rupo, relatando a la prensa su caída por unas escaleras con la frente llena de tiritas y costras. Había en su torpeza y en su aire siempre despistado, esa falta de artificios tan característica de este país. Parecía el mismísimo capitán Haddok contando sus aventuras.
La política aquí es una política de vecindario, de comunidad de propietarios, de andar por casa. No sé si esto es bueno o malo pero tal vez es por ello que todavía consigue apropiarse de los espacios públicos y en medio del caos bruselense y la mala gestión de sus administraciones, el ciudadano busca sus propias soluciones a muchos de los problemas políticos. La primera preocupación hoy es el consumo, la alimentación, los organismos genéticamente modificados,  los pesticidas y la contaminación ambiental. Son numerosas las iniciativas asociativas en Bruselas para crear lugares de consumo alternativos (tiendas “bio”) y de reciclaje.

Su Filmoteca, a pesar de estar tímidamente escondida en una callejuela, es una de las mejores del mundo y destaca por sus magníficos trabajos de restauración de películas antiguas. Ofrece algo que no encontramos en ninguna otra filmoteca del mundo: la proyección diaria de dos películas de cine mudo con acompañamiento de piano en vivo. Sólo en Bruselas se pueden ver las grandes obras de arte de los primeros grandes directores de la historia del séptimo arte (Cecil B. DeMille, Friedrich Murnau, Harold Lloyd, Dreyer…) con el pianista a dos metros de los espectadores y sentir la misma sensación mágica que sintieron nuestros abuelos la primera vez que entraron en una sala oscura para conocer el “cinematógrafo”.

En Bruselas la vida es gris y desgarradora como una pintura de Spilliart o una canción de Jaques Brel, pero entre sus brumas emergen escenas de vida bohemia, recortes coloristas de bande dessinée como las que ilustran este artículo y una riquísima mezcolanza  de lenguas y culturas.

La tristeza no es triste en Bruselas porque aprendemos a quererla. También aprendemos que lo feo puede ser muy hermoso y que lo hermoso necesita de muchas sombras e imperfecciones para llegar a ser verdadero.

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Dibujos del artista Alain Godefroid, un bruselense enamorado de su ciudad.

“Bruxelles ma belle”
http://www.alaingodefroid.book.fr/galeries/bruxelles-ma-belle/

 

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El teatro de marionetas

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Apenas recuerdo cómo llegamos a Erfurt aquel día de invierno. Recuerdo eso sí, el  humor del tiempo. Llovía sin convicción, las aceras estaban aún manchadas por las útlimas nieves y el silencio de las calles parecía un componente metereológico más; una nubosidad inclemente del este.

Debió ser de casualidad. Tal vez nos hubiésemos perdido volviendo de Jena.

Yo quería conocer Jena tantas veces idealizada por alguna de mis manías poéticas.
Por aquellos días yo fantaseaba con espíritus decimonónicos y en Jena habían dejado sus huellas algunos de esos bellos ejemplares y elegantes muertos de la aristocracia romántica. Dandis y bohemios de un tiempo pasado cuyas sombras todavía se pasean por sus calles en levitas de brummel y sombreros de copa y nos miran, altivos y seductores, desde sus estatuas de mármol al otro lado de la delgada línea del tiempo.

Dormimos en casa de mi amiga Yolanda que vivía cerca del Saale por cuyas orillas paseábamos charlando del mundo académico, de los misterios de la botánica y de los días de Karl Marx en esta ciudad provinciana.

Me gustan los ríos alemanes.
Tienen algo de imperturbable que me recuerda al carácter de sus habitantes. Incluso los patos, como contagiados de sus aguas, adquiren ese aire inalterable.
Perfectamente organizados en parejas o en grupos gregarios de cuatro, ocupan sus puestos a orillas de los ríos como obedeciendo a una suerte de instrucción superior, de objetivo profesional.
El año que viví en Frankfurt me hice amiga de una pareja de palmípedos que ocupaba a diario su puesto bajo el mismo árbol a orillas del Main. Tenían la actitud aplomada de sus conciudadanos y un aire luterano en la mirada. Parecían embestidos de ese sentido protestante del orden y la justicia. Me miraban desde abajo de sus alturas con el pecho inflado y el pico altanero, y yo les sonreía amablemente, algo intimidada por ese sentido del deber del que yo siempre he carecido.

Aparcamos el coche en una de las calles cerca del centro medieval de Erfurt. Nuestro gato Jean-Claude nos acompañaba. Era todavía pequeño y lo llevábamos en brazos. De vez en cuando lo soltábamos y nos seguía por la calles adoquinadas como un perro caniche dando brincos. La gente se paraba para hacerle carantoñas y arrumacos. Jean-Claude que todo lo que sabe en este mundo lo ha aprendido de su hermano mayor el perro, se revolcaba por el suelo panza arriba y se dejaba querer.

No sé en que momento Martin se acercó al grupo para contemplar ese gato extraño con ínfulas caninas, pero sí recuerdo que aquel hombre me pareció un querubín renacentista salido de alguna taberna medieval por algún fallo en la compleja maquinaria de un túnel del tiempo. Vestía un sayo de corte medieval con cordones y chaleco de pana. Sus manos se escondían en los bolsillos de un pantalón de bailarín de polka y sorniente, contemplaba la escena con la expresión convincente de un experimentado cuentacuentos.

martin-gobsch_theatrummundi5Pronto descubrí que Martin Golsh era titiritero y fabricante de marionetas y de ahí la explicación de su anacronismo.

Su taller parece salido de las páginas de un cuento de Edgar Allan Poe y sus marionetas del trastero de la ciudad de los goblins. Sus personajes delatan un delicado gusto por el expresionismo  y la artesanía tradicional, pues este Geppetto alemán esculpe y da forma a sus personajes a golpe de martillo y cincel usando las técnicas más antigüas.

El resultado es un espectacular despliegue de fantasía . Un desfile mágico de criaturas de madera que se pasean al ritmo de los hilos de Martin por universos barrocos, vestidos rococó, monóculos y quevedos sobre rostros cincelados en perfiles angulosos y miradas hechizantes.

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Si pasáis por Elfurt no olvidéis visitar el teatro mágico de Martin en Krämerbrücke Straße.
El lugar no tiene pérdida y desde la ventana de su taller la reina Grimhilde os tiene preparada una fascinante sorpresa detrás de su espejo mágico…

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El rincón de Max

El primer lugar que quisiera mostraros del mundo, la primera escala de este viaje, es la casa de mi vecino y amigo Max.

Un paseo por la Avenue Eugène Demolder y descubrirás un mundo que vale por muchos mundos, pues la vida de Max Morton es todo un viaje alrededor del globo.

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Nacido en Liverpool, hijo de un militar británico, pasó su infancia entre Inglaterra, Portugal, España, Chile, Argentina y Perú.

Max cuenta historias fabulosas de su vida como submarinista, piloto, profesor de filosofía en los jesuítas y desde años como artista que intenta salir a flote en medio de la tempestad económica con su barco y su arte.

El barco es un pequeño velero de madera que  está ahí aparcado como un coche en medio de la ciudad.
Max lo cuida como a su hijo, lo pinta, lo barniza y cada año en diciembre lo decora como un gran árbol de navidad.

Max tiene una mirada tan hermosa, limpia y transparente que a mí me recuerda a la de mi perro César y quienes me conocen, saben que es un verdadero cumplido.  Max es como de algodón y, como Platero, parece que no lleva huesos.
Sus ojos invitan a pasar al otro lado y son tan azules que parecen dos gotas de agua del mar del Caribe.

Las puertas de su garaje están siempre abiertas a todo el mundo y ofrece conciertos, ‘tecitos’ calientes y buena onda a cualquier viandante.

Guajalele!-suele decir. Esta es una palabra que Max ha inventado para transmitir su entusiasmo a los demás.
A mi me encanta también la palabra “entusiasmo” que etimológicamente quiere decir ni más ni menos “los dioses en el cuerpo”. ¡ Los dioses en el cuerpo!
Por lo menos Max tiene a Baco y a Apolo asegurados como un par de órganos en perfecto estado de salud; en su cuerpo y también en su garaje, pues su universo es toda una bacanal de música, alegría y arte.

César en el balcón escuchando la música de MaxNi que contaros de la suerte que tengo de ser su vecina de enfrente y amiga.
Los días de sol en Bruselas, no tengo más que abrir las puertas de mi balcón para dejar que mi casa se inunde de jazz y ritmos latinos que él y otros músicos componen en su garaje.

Un día  tuve incluso la suerte de tener un concierto personal de country rock a los pies de mi balcón; creo que fue un regalo de cumpleaños. También me dedicó una de sus pinturas y luego me la regaló. Está al final de esta entrada  y representa un sol que ilumina la vida al mismo tiempo que llora.

A Max le encantan los girasoles y al año pasado plantó 101 en nuestro barrio. Es muy poco común ver estas enormes flores en Bruselas y la verdad que el barrio estaba fantástico.

Solo me arrepiento a veces (pereza de alma solitaria) de no  pasar más tiempo con él y decirle más a menudo cuánto le quiero.
A veces se lo grito desde mi balcón y él me responde “Yo también te quiero mi amor!”, y me  quedo contenta.

Pues eso, si viajáis a Bruselas, ya sabéis…

Guajalele!

Día de sol y perro disfrutando de la música que entra por la ventana

Día de sol disfrutando de la música que entra por las ventanas de mi balcón y la pintura de Max

* me he tomado la libertad de poner una imagen (la primera de la entrada) de una foto tomada por nuestra vecina y también artista, Dominique Mac Kenna

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Su vida y obra ha inspirado a otros artistas como François Schuiten, también vecino de este barrio , que ha convertido a Max en uno de los héroes de su bande dessinée “Brüsel”. Un fantástico trabajo sobre una misteriosa y oscura ciudad del futuro, como podéis ver en este extracto de una viñeta del cómic donde le ha representado con su indumentaria de siempre: esa camisa legendaria abierta de par en par, como las puertas de su casa.