Capítulo I: Primera parte del orden del día

comision alfaHoy es viernes y como cada viernes hay reunión de unidad en el departamento de estandarización del mercado, acuerdos internacionales de libre comercio y responsabilidad social corporativa de la Comisión Alfa.
Los agentes alfa se encaminan bajo sus trajes oscuros a la sala de reunión al fondo del pasillo. Uno tras otro van cayendo en sus sillas alrededor de la mesa como notas  negras salpicando  un pentagrama musical.
Desde el otro lado de la ventana la sala parece una reunión de cornejas sin alas.

La sala se compone exclusivamente de una mesa alargada con sus correspondientes sillas y sólo un interruptor en la pared decora la estancia. Al activarlo, la luz metálica de los halógenos se cierne como un espectro sobre los agentes formando un aura incandescente que parece congelar el tiempo. Una ventana ofrece como paisaje la fachada de un edificio  herrumbroso como una vieja lata de conserva. Sobre su techo de hojalata se desploma un trozo de cielo pequeño, gris  y despajarado.
Los agentes alfa ocupan sus puestos alrededor de la mesa. Solemnes, anudan sus corbatas al cuello y esperan en posición profesional (hierática y rígida) la llegada del líder alfa: Jean Henri Trautmann.
Trautmann es un hombre grande y sueco de edad indefinida.  Su cuerpo ligeramente encorvado soporta el peso de un busto gigante sobre el que descansa una cabeza rotunda, acartonada como una caja y agujereada por dos ojos ligeramente achinados y una boca muy horizontal. Cuando la abre se adivina al otro lado de la hilera de dientes como estalactitas colgantes, el camino hacia las profundidades de una enorme y oscura caverna donde habría sitio para albergar el escondite de un dragón.
Trautmann es uno de esos líderes que ocupan puestos sensibles en el imperio, designados directamente por una mano invisible. Sus orígenes son aristocráticos y en su despacho, varias fotografías con reyes, presidentes y sátrapas lo atestiguan. En una de ellas, varios líderes  posan con aire publicitario. En otra, los líderes sonríen con aire de cobradores de frac, con intereses personales por detrás de los dientes.

A Míster Trautmann le gustan las cosas claras.
Hoy ha leído la agenda del día y ha repetido en cada renglón la palabra claro.
Trautmann claramente busca objetivos claros. Dice que los retos del plan de trabajo de la unidad de estandarización deben ser precisos y claros. No se debe perder de vista la realidad claramente corporativa de los acuerdos NSA y RSE. Está claro que la precisión de tales acuerdos debe ser clara y transparente y que, unidos, los agentes alfa deben seguir enfocando claramente los objetivos principales del plan de trabajo anual.
Todos están de acuerdo.
Roger Cook, sin embargo, parece dudar. Frunce ligeramente el ceño y con el dedo índice ajusta la montura dorada de sus gafitas redondas sobre su nariz respingona y ligeramente pecosa.
Él no lo tiene claro. Consulta sus notas y opina que los acuerdos RSE no deberían formar parte de las regulaciones de estandarización ni de los ACCA pues la coordinación sectorial de todas las direcciones, incluidas DEFCO, ARCA y VECTA está sometida a normas intracomunitarias recogidas en el articulado de la última Comunicación de la Comisión Alfa y del Consejo Delta en 2008.
Al finalizar su discurso abre y cierra sus ojos dos veces con fuerza como poniendo un par de  puntos finales a su intervención.

Los ojos de Roger son muy redondos y azules. Parecen dos  inocentes bichitos encerrados tras el cristal de sus espejuelos A veces me miran de una manera que parece como si estuviesen implorando libertad, pero cuando yo empiezo a comunicarme con ellos, llega Roger y vuelve a encerrarlos tras sus párpados con contundencia, exactamente como acaba de hacer ahora, y luego va y se pone a hablar de reglamentos y procedimientos como para despistarnos a los tres, a sus dos ojos y a mí. Los abre y los cierra dos y hasta tres y cuatro veces, como si le pasase el cerrojo para incomunicarlos conmigo.
A Roger le tiemblan las piernas cuando entro en su despacho y sus bichillos azules se ponen nerviosos y empiezan a corretear en todas las direcciones. En esos momentos se pone muy serio, se ajusta la montura de sus gafitas redondas y frota sus pantalones con las manos. Nunca me permite hablar de cosas interesantes, ni del otoño delicioso que se adivina al otro lado del imperio, ni del dulcísimo té que llevo en mi taza ni de las extrañas formas que adquieren los reflejos de la luz sobre el cristal de su ventana. Desvía la conversación hacia su terreno y me corta enseguida con alguna de sus preguntas insidiosas “¿has visto el borrador RTA de la respuesta VEDCO?”, “¿has publicado el EIP en el Alfa-lex?”.
Los ojillos dejan de corretear sin rumbo, se ajustan con firmeza a los cristales de sus jaulas como agarrándose a sus barrotes de hierro y parecen  entonces cambiar de opinión.
Traidores.  
 ***
Hoy Donalda ha llegado tarde a la reunión de unidad.
Donalda Fantasía es agente alfa del grupo de funciones II,  grado I y escalón III, lo que claramente quiere decir que es un agente de orden inferior y que sus opiniones, en caso de existir, no son relevantes a nivel procedimental, lo cual en el mundo alfa significa que son irrelevantes y punto.
– ¡Puré! grita Donalda al entrar en la sala
– ¡Puré! ¡Puré!, repite
Donalda dice a menudo “purèe” que viene del francés y que en español quiere decir puré y lo utiliza para expresar su desacuerdo hacia los horarios alfa y la carga de trabajo injustamente impuesta a sus agentes, que ella ejecuta siempre con una mezcla de fastidio y abnegación religiosa. También dice puré de manera arbitraria para expresar el fastidio que le producen otros agentes del mismo rango o de rango inferior, como Andrula Mortensen, agente con problemas de adaptación a los avances tecnológicos, a las irregularidades del asfalto y a la vida administrativa que es para ella la vida misma.
Antes de entrar en la sala, Donalda ha pasado por su oficina para calzarse sus pantuflas.  Donalda siempre anda por los pasillos con sus zapatillas rojas de franela pues opina que no hay lugar como el hogar y que uno debe sentirse en la oficina como en su propia casa. Como sus opiniones son de rango II, grado I y escalón III, sus extravagancias suelen ser ignoradas que es lo mismo que ser aceptadas.
– ¡Puré!, ¡puré! repite ocupando su puesto en la mesa de reunión y resoplando como una yegua exhausta tras recibir sin justicia ni piedad sus latigazos diarios.
Los trabajadores de los servicios de transportes públicos han iniciado una nueva huelga en la ciudad donde tiene su sede el imperio Alfa y varias líneas están cortadas, de ahí el retraso de Donalda. «¡Habráse visto! ¡Bande de faineantes!*¡C’est honteux! A esa gente había que ponerla a trabajar en el sector privado. Pu-uuuuré!» repite, estirando el sonido u como si lo arrastrase por los suelos tirándole de los pelos.
Los agentes suspiran profundamente y mueven la cabeza de un lado a otro.

Los hombres y mujeres alfa son gentes de bien que creen que las cosas pasan porque sí y que las huelgas no tienen remedio pues responden al devenir natural de las cosas al otro lado del imperio. Nunca conversan sobre temas como estos pues son ante todo personas neutrales y no estiman correcto politizar. Tampoco debaten sobre temas de actualidad pues los anhelos de la humanidad no están sujetos a las  regulaciones operativas del libre comercio y  por ende, escapan a su jurisdicción lo cual equivale a escapar también de sus pensamientos.
Sólo a veces, cuando una gran manifestación contra la Comisión Alfa  invade las calles con gritos y pancartas, un agente bien protegido por el aparato de seguridad del imperio, se asoma a la ventana y suspira desolado ante las injusticias universales contra el pueblo llano:
– Poor people
En ese momento parece como si el corazón de la burocracia internacional latiese un poquito, arrítmico y sin compás, como el de un enfermo terminal a las puertas del infierno

– Puré… Repite Donalda, pero esta vez es una pequeña exclamación que preludia un relajamiento muscular y espiritual. Su cuerpo abultado e irregular se estira hacia atrás  contra el respaldo de la silla y relincha una última vez dejando vibrar libremente las carnosidades de su papada que se inflan y desinflan como la de un sapo feliz de recuperar el estanque; su hábitat natural.

Capítulo II: Segunda parte del orden del día

Comision AlfaJean Henri Trautmann continúa con el orden del día.
El segundo punto tiene que ver con las consultas inter-servicios que se han intensificado desde la llegada de nuestro último comisario, Mister Tagliatteli.
En la última reunión de alto nivel, Tagliatteli ha subrayado su voluntad de mejorar tales consultas. Pide a los agentes alfa que sean más valientes en el borrador de sus respuestas y que se atrevan a pensar «out of the box» , lo que en el lenguaje de un comisario alfa significa añadir una pizca de pasión y locura a los informes de los expertos, los gráficos sobre indicadores de rendimiento y las estadísticas alfastat sobre variaciones de consumo y PIB.
Roger Cook, rebelde y casi insurrecto, se  atreve a dudar de los deseos del líder supremo y ajustando de nuevo las jaulas de cristal de sus azules animalillos, habla así:
– No estoy de acuerdo.
Un nervio contenido se instala en la sala y por un momento todos los agentes parecen haberse estreñido.
– I do not agree, repite, altanero y valeroso, ignorando el estrangulamiento general del contubernio de agentes.
Explica entonces Roger que un hombre alfa no está especializado en el pensamiento “out of the box” y  por lo tanto no entra en la órbita de sus funciones profesionales.
– Lo siento pero no somos políticos, somos agentes, y opino que debemos atenernos a los límites de nuestras funciones.
Y contesta una voz extraña:
-Tus palabras ofenden a la razón, agente alfa, pues todo pensamiento es político a partir del momento en que lo ejerce un hombre libre
Quien así habla, provocando la hilaridad de todos sus congéneres y el murmullo entre dientes de un «puré…» cruel de Fantasía, es nuestro jefe de sector Fabio Pantaleoni.

Pantaleoni es uno de los últimos supervivientes del viejo mundo. Llegó al imperio cuando éste no tenía más de 25 años y comenzaba a abrir las puertas de su gran centro comercial de libertades mercantiles, allá por los años 70.
Cuando Pantaleoni llegó al mundo alfa era un joven revolucionario. Vestía camisetas flojas y pantalones arremangados y calzaba sandalias de cuero. Creía firmemente en el mundo libertario que el imperio de la paz ofrecía en aquellos tiempos. Aún se conservan imágenes de mayo del 68 en las que le vemos junto a Cohn Bendit con las manos alzadas al cielo gritando «laissez faire, laissez passer». Abre la boca a la cámara y  saca la lengua en un gesto insolente y rebelde. Aquel joven revolucionario creía en un mundo libre de dogmas y estados proteccionistas. El imperio Alfa era su lugar y el departamento de estandarización y libre mercado le prometía un futuro prometedor de desregulación y libre armonización de la paz.
Con el tiempo las sandalias se convirtieron en mocasines, los cabellos rebeldes se fueron acomodando al desahogo y tanto se desahogaron que acabaron por caerse, los pantalones se desarremangaron y de su  cuello nacieron dos insignias: una corbata y una acreditación con rango y número de función debidamente indicados.

No perdió sin embargo Pantaleoni el gusto por las revoluciones.
Al fondo del pasillo, nuestro jefe de sector ocupa la oficina contigua al cuarto de la vieja impresora. Este cuarto es el vértice central de la unidad y la corta en dos hileras iguales. Cada hilera contiene el mismo número de cuartos y cada cuarto alberga el mismo escritorio y en cada escritorio se sienta un mismo agente que comparte con su vecino un destino común.
La impresora es la única criatura de la unidad que desprende identidad propia y, a pesar de estar vieja y descacharrada, posee grandes ínfulas vitales. Su cuerpo está revestido de papelitos, todos ellos mensajes filosóficos desde Cicerón a Schopenhauer que Pantaleoni pega con celofán para destilar un poco de sabiduría en este inculto lugar, pero que en realidad sólo sirven de chiste cada mañana. Tal vez sea esta humillación la causante de sus continuos atascos, o tal vez sea una forma de rebelarse contra la absurda obligación impuesta de ejecutar tareas maquinales y repetitivas, disfrazada de libre pensadora. Los escáneres no llegan nunca a su destino, los papeles se atascan en su vientre y las copias salen bañadas en tinta como manchas de sangre. Cuando esto ocurre, aúlla como un animal herido y parece escupir por cada una de sus ranuras todas las  frustraciones ocultas en los corazones de los agentes y en el pecho revolucionario de su vecino que de vez en cuando sale de su oficina para patalearla sin piedad.
– «Ma che cazzo fai, stampante di merda!»
Cuando el jefe de sector se enfada siempre lo hace en su lengua materna.

Pantaleoni mantiene una relación tan conflictiva con el dispositivo periférico como con el resto de la jerarquía y para contrarrestar el llanto de la máquina infeliz, inunda su oficina de melodías de Stravinsky, creando un universo musical en el departamento de estandarización tan incoherente como sus propias regulaciones desreguladoras.
Pantaleoni se atrinchera tras su mesa de trabajo y desde allí urde todo tipo de planes altamente peligrosos y revolucionarios como enviar correos electrónicos al comisario Tagliatteli sin el acuerdo de sus superiores jerárquicos. Este tipo de prácticas altamente subversivas le han costado más de un disgusto y varios cambios de puesto, pero él no ceja en su empeño de ejercer sus derechos de hombre libre.

A Roger parece preocuparle a veces la actitud de Pantaleoni.
– Es un filósofo pero no es mala persona, me advierte en cierta ocasión.
Al decir esto se saca las gafitas redondas y con ellas parece que se le van también los ojos. Se frota entonces ese terreno que ha quedado baldío como una tierra manchega y durante unos segundos yo me quedo ahí sentada en medio del pedregal, perdida, sin rumbo ni horizonte. Vuelve a ponerse los espejuelos y es como hallar un río azul al final de un páramo.  Lo que Roger quiere decir en el fondo es que la filosofía no es mala en sí misma, pero ¿cómo va a pretender esta ciencia que alguien la tome en serio si ella misma empieza por dudar de su propia existencia? Todo el mundo sabe que la filosofía es en sí misma problemática y, como nuestro compañero Pantaleoni, va por ahí abrazando alegremente su libre destino de pájaro de buen Dios. La filosofía es aventura de otro rango y nada tiene que hacer entre nosotros.

Roger me parece un chico tan bueno y disciplinado que a mí gustaría corromperle con preguntas inútiles.
– ¿Qué distinción haces tú, Roger, entre el principio misterioso del conocimiento y el del amor?
Me gusta imaginármelo desnudo por la dificultad que este ejercicio entraña. A mí los agentes alfa siempre me han parecido ángeles sin sexo y entre todos ellos, Roger resplandece como un querubín renacentista con ribetes de oro entre las piernas. Me atrae como una pintura de Tiziano, como una lluvia de oro. En su despacho varias fotos acreditan su estatus divino. Diplomas de Oxford, títulos de la escuela europea de Brujas, un velero en un mar mediterráneo con una familia translúcida. Niñas y niños de Oxford, vidas de pistas de esquí, de hipotecas pagadas a tiempo, de clases de equitación y cakes recién horneados en la cocina.

Hoy, desde el otro lado de la mesa de reunión, Roger ha vuelto sus ojos azules a ese trozo de cielo vacío y gris que observa con indiferencia, como si no hubiese oído las palabras de Pantaleoni, “Todo pensamiento es político a partir del momento en que lo ejerce un hombre libre”  dando a entender que se pasa su filosofía por la entrepierna.
Mister Trautmann sale en su ayuda y zanja el asunto con una palmada condescendiente en el hombro de nuestro jefe de sector, y haciendo gala de su elocuente y horizontal sonrisa habla así:
«Menos mal que tenemos un líder ideológico en la unidad» suelta entonces una pequeña carcajada y su boca se abre muy de lado a lado como si la estirase con sus dedos índice. A mí me parece ver muy al fondo de la ranura la cola escamada de un dragón. Me digo que tal vez sean así las lenguas de la aristocracia sueca. Tal vez pertenezca a alguno de esos linajes reptilianos.
Acto seguido pasa al siguiente punto del día y da por olvidado tan inoportuno comentario.
***                                                                                               

Capítulo III: Tercera parte del orden del día

comisiónNext point: Ares.
La tecnología todo lo profana y Ares es en el mundo Alfa el nombre que recibe el nuevo sistema informático de registro y clasificación de archivos y documentos.
El imperio se ha modernizado y el viejo Adonis, su predecesor, ha sido sustituido de la noche a la mañana. Tan significativo acontecimiento ha puesto patas arriba la calma que reinaba en el espíritu conforme de nuestros agentes. Folletos, manuales de instrucciones y guías de autoayuda circulan por pasillos reales y telemáticos, haciendo enloquecer a los trabajadores alfa para quienes este tipo de cambios suponen una gran alteración vital que sólo puede ser superada por una restructuración en la organización del personal con su consiguiente cambio de departamento o lo que es peor, de planta.

Durante la última restructuración muchos agentes sufrieron graves depresiones nerviosas seguidas de largas bajas laborales. Donalda Fantasía fue uno de ellos. Gritó puré diez veces y antes de que toda su vida, (cuarenta años en la cuarta planta), fuese metida en cajas y traspasada a la quinta, desapareció 10 meses. No hace mucho que ha vuelto a reincorporarse y para superar el estrés laboral ha vuelto a abrir su boutique en la oficina. Esta vez ha puesto cartelitos por los pasillos y los ascensores con flechas indicativas del camino a seguir hacia su nuevo proyecto profesional.
«Livres, vêtements et dvd d’occasion»*, reza el cartel.

Es así como Donalda vende ilegalmente todos sus desechos domésticos por uno o dos euros. Sus actividades comerciales no tienen muy buena acogida y los agentes desaprueban secretamente tales iniciativas corruptas. Los agentes alfa suelen preferir la confidencialidad y la discreción cualquiera que sea el asunto a tratar y es por ello que al pasar por delante de su mercadillo, Jean Eric Trautmann se limita a apretar los labios y mover su cabezón acartonado de un lado a otro, con aire de censura y derrota.
Al otro lado de la puerta, Donalda, bravucona, despechugada y pintarrajeada como una careta, le observa por el rabillo del ojo, los pies sobre la mesa y sus cacharros extendidos como un top manta en el paseo de las Ramblas.

Al oír pronunciar el nombre de Ares en el orden del día, su semblante se  ha oscurecido, su ceño se ha fruncido y toda su masa irregular ha resbalado en su silla Ha cruzado los brazos sobre las enormes tetas que le suelen servir de apoyo en momentos duros y ha resoplado profundamente dejando vibrar sus belfos de manera tan vigorosa que no hubiera habido en toda la tierra un sismógrafo capaz de medir la frecuencia de su empuje.
– Como todos sabéis, continúa Trautmann, Ares ha llegado a nuestras vidas y es menester habituarse a la exigencia de sus funcionalidades. Es obligatorio inscribirse en una de las formaciones que RHE organiza. Las invitaciones serán enviadas vía SIStog en las próximas semanas.
Paso la palabra a Andrula.
Andrula, please.

Andrula parece no haber oído la introducción de su superior jerárquico, al menos ni siquiera ha movido la cabeza para mirarle.
Andrula siempre se sienta de manera encorvada con las manos sobre su regazo escondidas bajo la mesa. Ahora nos mira desde unos ojos petrificados, como de pajarillo disecado, sin vida.
Andrula es ósea, ojerosa y cenicienta, de tonos cetrinos y de una vejez incierta que a pesar de la decrepitud se parece bastante a la juventud. Sus huesecillos descalcificados están cubiertos por pliegues de finas arrugas. Algo en ella parece encarnar el principio y el fin de los tiempos. Nadie conoce sus verdaderos orígenes e imaginarla en otro lugar que no sean las oficinas del imperio es tarea imposible.
Parece haber nacido del cruce de una directiva y un dispositivo periférico entre archivos y normas procedimentales.
Parece haber nacido estéril para la vida.
Se la ve como suspendida, anclada en el limbo de la administración. Es como si hubiese dejado de pasar por el tiempo a pesar de que el tiempo ha seguido pasando por ella. La luz de las lámparas halógenas  cae sobre ella acentuando el negro de sus ojeras y el ruido que ahora produce una pequeña avería de la bombilla sobre el techo se cierne sobre ella como el zumbido de un moscardón.
Andrula viste a menudo minifalda con zapatos de charol y calcetines blancos de crochet con volantes fruncidos a la altura del tobillo que contribuyen a aumentar su aire de inmortalidad. Arrastra sus zapatos sin entusiasmo, desganada e impasible, andando de un lado al otro del pasillo de la unidad, con una pena tremenda y con algún portafirmas bajo sus brazos estáticos, inmóviles y pegados al cuerpo.
La semana pasada estrenó un par de zapatos masai y andaba como una mecedora balanceándose de un lado a otro pero sin alegría, con la misma pena de siempre.
En sus rodillas huesudas aparecen y desaparecen heridas más o menos ensangrentadas, rasguños y costras. Hay días que también aparecen tiritas en sus codos o en su frente.
Andrula es propensa a las caídas. Se cae cuando va a coger el tranvía y también cuando entra en su bañera.  A veces se  cae en sitios imposibles como dentro del ascensor y otras se cae como todo el mundo, tropezando en un agujero de la calzada. Cuentan las lenguas viperinas del imperio que en alguna ocasión se cayó al cielo tirándose por la ventana de la oficina y que sobrevivió de milagro. Dicen estas mismas lenguas que esta es la razón por la que hoy en día nuestras ventanas permanecen siempre cerradas.
Andrula Mortensen lleva siempre un spray anti-violadores en su bolso, no vaya a ser.
***                                                                                               
Ahora ha empezado a hablar sobre el funcionamiento de Ares y sus conexiones neurológicas parecen haber sufrido también una caída y todo su pensamiento se ha llenado de puntos suspensivos.
La disertación parece estirarse como una cuerda floja y no tener fin.
Andrula nos cuenta dónde y cómo debemos hacer clic. Hay varias pestañas y funciones nuevas. Las más importantes son las delegaciones y los «bypass». No hay que confundirlos. El sistema te permite delegar una tarea a otra persona. Para ello hay que dirigir el cursor del ratón a la pestaña que dice «delegación», entonces clicas, así, y se abre una ventana que te hace la siguiente pregunta: ¿Desea usted delegar su tarea? Le dices sí al sistema y escribes el nombre del agente. Así.
La función «bypass» debe utilizarse sólo en caso de que una persona no esté presente en la oficina para ejecutar la tarea que le ha sido asignada. Así. Sólo los agentes del grupo de funciones II rango III pueden ejecutar un «bypass» pues a ellos se les otorgará un «manager profile». Así.
Los agentes escuchan atentos y toman notas con gran seriedad. Ceños fruncidos, codos sobre la mesa, manos que sostienen bolígrafos a la altura del mentón, rostros circunspectos. Todos ellos cabezas pensantes. Y es que este tipo de disertaciones técnicas activan los resortes creativos de los agentes y de sus impetuosas mentes salen como volando bandadas de preguntas y cuestionamientos. Se les suelen ocurrir todo tipo de interrogantes, así como potenciales peligros, amenazas y obstrucciones al buen discurrir del procedimiento administrativo. Los agentes alfa son muy buenos inventando problemas y soluciones para esos mismos problemas que ellos mismos han inventado previamente, es decir, son muy profesionales.
Andrula trata en vano de lidiar con tanta incertidumbre. De su media melena lacia surgen dos orejillas que se van enrojeciendo a medida que avanza el interrogatorio.
Ahora ya se han vuelto completamente rojas, como dos brasas ardientes, y este color, que contrasta con el gris de su piel y de la sala de unidad y del imperio en general, aporta un toque de pasión a las disertaciones frígidas e infecundas del mundo Alfa.
  ***                                                                                                                                        

Capítulo IV: Cuarta parte del orden del día

funcionariosEl siguiente punto del orden del día trata de la preparación del seminario TEFTA que tiene como objetivo aprobar la próxima comunicación de la Comisión Alfa para el siguiente período legislativo.

Las comunicaciones de la Comisión generan grandes debates públicos y mediáticos. Las comunicaciones son una serie de palabras pronunciadas por el imperio, así sin más, porque le apetece decir algo que guarda en su corazón y tiene la necesidad visceral de decírselo al mundo, sin ningún ánimo regulador ni normativo. Es como una declaración de sentimientos con la sola particularidad que lo agentes alfa no están especializados en temas sentimentales y por ello necesitan ayuda. Como a menudo estas declaraciones tienen que ver con temas ambientales o de derechos humanos, se convoca a una serie de expertos externos llamados «stakeholders» que en español quiere decir «jugadores de casino», también se conocen coloquialmente con el nombre de «lobistas».

“Los lobos prefieren una guerra psicológica al combate real y el alto rango se basa más en la actitud que en el tamaño o en la fuerza. La especie de los lobos está considerada como superdepredadora. Esto significa que no tiene competencia externa de otros animales que determinen su población.”

Estas personas son muy profesionales y saben mucho de declaraciones y comunicaciones y de muchas cosas importantes pues están siempre especializados en alguna especialización de las muchas que ofrece el mercado educativo del imperio y además, sirven de guía a los agentes cuando éstos no saben muy bien qué decir.
Entre el momento en que el imperio decide decir algo y el momento en que lo que dice sale a la luz en forma de comunicación, transcurre un período medio de tres años. Durante ese tiempo los agentes se reúnen para buscar las palabras adecuadas, intercambian informaciones secretas, se estrechan las manos, se convoca al sector político,  industrial y mediático y se organizan cócteles, talleres y sesiones de fotos en grupo. También se organizan juegos pues los agentes alfa son ante todo gente lúdica y amigos del entretenimiento. Suelen tener un gusto altamente desarrollado por actividades festivas siempre y cuando estén bien organizadas y nunca desaprovechan la ocasión para preparar un buen «brainstorming» con cartulinas de colores, pegatinas,  rotuladores fluorescentes y muñecos de goma que estimulan el proceso creativo de sus cerebros. Es así como el tiempo transcurre, con mucho trabajo y esfuerzo  en búsqueda de las buenas palabras que edificarán la próxima declaración de sentimientos humanos del imperio.

El especialista en la unidad en este tipo de retos sentimentales es el deputy Gert Müller que prepara uno de los últimos seminarios con los lobistas para declarar conjuntamente la declaración TEFTA.
Müller acaba de entrar en los cincuenta por la puerta grande, enfundado en su traje gris de corte americano con bolsillo y pañuelo de lunares en la solapa, camisa planchada y mocasines brillantes. Es lo que se dice un hombre con estilo, un hombre de éxito en su carrera profesional que despierta tanta admiración entre las féminas como temor entre sus competidores. Dicen las entendidas en la materia que no sólo es un agente alfa, que ya es mucho, pues es la prueba irrefutable de una buena cartera, sino que además es un macho, un macho alfa. Un animal dominante de esos que están de moda, de los que usan pañuelos de lunares blancos y fustas de cuero y se depilan el cuerpo como es debido. Así es Müller, agente y macho alfa al mismo tiempo. Alfa al cuadrado. Un hombre de éxito. Un referente social.
Yo que no entiendo de machos, veo en Müller una reproducción de aquel Jean Baptiste Grenouille tan magistralmente retratado por Patrick Suskind. Como Grenouille, Müller no me parece ni alto ni bajo, ni guapo ni feo, ni excesivamente inteligente ni excesivamente tonto. Los ojos de Müller son lo que se dice unos ojos bonitos, pero más allá del azul que baña sus pupilas se puede distinguir con precisión el color febril y sin destellos del miedo. Su piel está siempre bronceada por rayos uva y cremas solares, pero al otro lado de su aparente calidez y su agradable perfume, puedo percibir claramente su materia inodora.
– El borrador AGH ha sido aprobado tras la consulta de EAAE, RRHZ y BBPE y será puesta en circulación en los próximos días y publicado en el RIU. El balance geográfico es OK entre los diferentes EEMM y ACCAS. Se abrirá un plazo para la presentación de propuestas en BYSPER. Fecha límite siete abril 16.00 COB, informa Müller

Cuando habla, un hedor inodoro atraviesa la atmósfera. Como a Jean-Baptise Grenouille, a Gert también parece resultarle difícil la pronunciación de verbos, adverbios y adjetivos. Prefiere los sustantivos y tiene un gusto desarrollado por los acrónimos. Si bien éstos últimos forman parte de la gramática alfa y por lo tanto son de uso común y obligatorio en sus instituciones, el deputy los maneja con una maestría excepcional. Una simetría aséptica del lenguaje que le ha llevado incluso a convertir en siglas todos nuestros nombres propios. Las palabras así destruidas, mutiladas, abortadas y prácticamente moribundas salen por sus labios como cadáveres en descomposición. Como buen macho alfa su voz es áspera y cavernosa y carraspea a menudo aumentando el suplicio de las palabras agonizantes. Cuando sus sensuales e insustanciales labios por fin se cierran, deja escapar desafiante una bocanada de humo que ha guardado en sus pulmones durante toda la disertación. Müller fuma un cigarrillo electrónico con forma de pluma estilográfica, tan  inodoro como él mismo, y cuyo humo guarda como una especie de broche de oro a su colofón final.

Andrula, temerosa ante semejante macho, cabizbaja y temblorosa, los brazos sobre el regazo y las orejotas como brasas, se atreve a dirigirle la palabra.
– He pedido los micrófonos a la unidad IT9. El número máximo de micrófonos en sala que podemos reservar es de 4.
Gert Müller la mira con la expresión de asco que podría producirle una araña peluda correteando  por la mesa. Levanta ligeramente la palma de la mano como para aplastarla y cierra la conversación con un golpe seco sobre la mesa «5 micrófonos. No cuatro». Andrula intenta explicar que es el número máximo (de sus orejas empieza ya a salir humo), pero Müller se muestra inflexible y sentencia de nuevo:
– AM (así llama Gert a Andrula, pronunciando “Eiem”): “F-I-V-E. EF, AI, VI, I”. “Arrange, please” Al pronunciar la palabra “please” curva un poco las comisuras de los labios como ha visto hacer a las personas cuando sonríen.
Los ojillos de pájaro disecado de la pobre Andrula parecen ahora revivir de temor. Sus pupilas se dilatan y se esconden tras los pliegues negros de sus negras ojeras.
***                                                                                                  

Capítulo V: Quinta parte del orden del día

los hombres serios - CopyEl último punto del orden del día es de carácter festivo y nos concierne a todos.
Nuestro director general, el español Arturo Callejero, ha cumplido sus 50 años al servicio del imperio y, como cualquier agente que llegue a tan simbólica efeméride,  será laureado con una medalla de oro con su consiguiente recompensa económica. Míster Callejero subirá al pódium de los agentes victoriosos y es su deseo que sus servidores participen en tan memorable evento.
De la organización de la fiesta se encarga nuestro compañero Karl Ronselman que además de  consejero jurídico de protección de los estándares de armonización del mercado imperial, es también director de nuestra coral.
Los agentes alfa son grandes cantores. Amantes de la armonía en todos los sentidos, legislativo, mercantil y musical, se organizan en grupos polifónicos y orquestas filarmónicas para entonar sus cánticos celestes.
Ronselman que está totalmente cegato, va por los pasillos tanteando las paredes y chocando contra las esquinas. Dirige la orquesta con las partituras pegadas a la nariz y sus ojos aventurándose cada uno hacia un lado, como bailando, solitarios y sin pareja, al ritmo de la música.
Va siempre acompañado de una secretaria lazarillo que guía a Karl a través de su mundo de tinieblas. Olimpia, se llama.
Olimpia Imperiale.
Olimpia es grande como un cíclope. Tiene una nariz puntiaguda y coloreada en estado permanente de resfriado y su oficina está empapelada de fotos de perros y gatos. Cientos y millones de miles de mascotas caninas y gatunas decoran el secretariado de Ronselman que sus invidentes y alocados ojillos nunca han tenido la oportunidad de contemplar. Olimpia es muy religiosa y siempre dice “si notre signeur le veut”. Habla de Dios con una gran familiaridad, como si le conociese en persona y tiene su foto decorando el fondo de la pantalla de su ordenador con una paloma blanca.
Mi primer día de trabajo en la unidad, le pregunté por unos documentos y Olimpia me respondió “Los documentos habrá que escanearlos si Jesús lo quiere”. Yo me puse a buscar al tal Jesús en el departamento informático, pero al ver que no había ningún Jesús, volví a la oficina de Olimpia:
– Olimpia, perdona, ¿a qué Jesús te referías?
Se me quedó mirando con expresión farmacéutica, por encima de sus gafas, y me respondió:
– A Jesús nuestro señor
Por las mañanas Olimpia Imperiale come siempre un kiwi porque dice que le da mucha energía y vitalidad. De pie junto a la papelera lo pela con un gran cuchillo de cocina y luego se inclina hacia adelante y lo succiona con fervor para evitar que gotee. Al hacer esto parece como si sus pechugas y la punta de su nariz se descolgasen un poco. El kiwi roza sus orificios nasales dejando algunas gotitas colgantes que Olimpia retira con el dorso de la mano y un aire satisfecho de misión cumplida.
Imperiale ayuda a Ronselman con los preparativos de la fiesta de  Callejero y nos informa del reglamento a cumplir a fin de garantizar  el carácter  jovial e informal de tan esperado evento. El código vestimentario prohíbe los colores chillones y da preferencia al negro, al rojo y al blanco. La agenda de actividades festivas será publicada en el alfaweek. Nos informa asimismo de la  organización de un baile antes del coctel.
– Yo no voy a poder ir, dice Andrula , como hablando desde el fondo de una cueva, más allá de la oscuridad envolvente de su pesadumbre.
¿Y por qué no vas a poder? Responde Olimpia visiblemente molesta, sus orificios nasales se estiran entonces hacia arriba y la punta nasal hacia abajo, como una bruja monumental.
Andrula se repliga sobre sí misma, las manos bajo la mesa, las rodillas huesudas llenas de costras.
– Porque no sé bailar

Donalda Fantasía pone sus ojos en blanco y resopla con fastidio ante la visible estupidez de su compañera. Vuelve a echarse hacia atrás en el respaldo de su silla y sus rostro queda oculto tras sus enormes tetas que parecen ahora presidir el fin de la reunión de unidad por encima de las palabras finales de Trautmann que recuerda a los agentes las últimas deadlines a incrustar en los calendarios y en los cerebros en el transcurso de la próxima semana.
Una vez anotadas en sus cuadernos, los agentes van levantándose lentamente de sus sillas. Cabizbajos y esquivos, evitándose  los unos a los otros, recogen sus cuadernos y se dirigen de nuevo a sus puestos. Cada tuerca y tornillo se ajusta con precisión en su lugar correspondiente y nadie le da al interruptor de la pared al salir de la sala.

Los halógenos, como soles de cuarzo, nunca se apagan en el Imperio y sus rayos de tungsteno resuenan dulcemente como susurros de lobos blancos.
La luz es siempre blanca entre sus muros y no tiene sombras. Cae del techo como un chubasco de silencio,  inmovilidad y mármol y se propaga de oficina en oficina y de corazón en corazón consumiendo el espacio y el tiempo al son del repiqueteo de los teclados; carcomiendo como un roedor insaciable las cuatro estaciones del hombre.
Este invierno de azul y pura transparencia en que los perros vagabundos ladran al misterio y el aire puede cogerse entre las manos como una gran bola de nieve.
Este invierno que hoy se extiende tan a lo lejos, más allá de las ventanas selladas, del paisaje de fachadas de hojalata  y del ritmo procedimental de nuestros corazones .