El sistema escolar o la preservación del cosmos.

escolarizar el mundo“Es en nuestra naturaleza salvaje donde se halla la preservación del mundo”, decía el hoy olvidado filósofo y naturista Henry David Thoreau en su obra Walking.
Por su parte, ya en nuestros días, el pensador americano Jack Turner, en su magnífica colección de ensayos The abstract wild (en español: la naturaleza salvaje abstracta) se preguntaba cuántos de nosotros  podemos comprender realmente el sentido de la afirmación de Thoreau.

Turner señala que se suele interpretar la cita de Thoreau erróneamente, entendiendo que los defensores del estado salvaje proponemos como solución la vuelta a la edad de piedra. Pero Thoreau no ha escrito que la vuelta a la edad de piedra sea la solución sino que “la naturaleza salvaje protege el mundo”.

¿Qué quiere decir entonces con esto? Primero, hemos de saber que la palabra inglesa “wild” (salvaje) procede del sustantivo “will” que se traduce por “voluntad”. Por ejemplo,“self-willed” quiere decir  “dotado de voluntad propia” y en consecuencia podemos decir que el salvaje es el hombre dotado de voluntad; el hombre que vive según su propia naturaleza interna y no dejándose llevar por fuerzas externas ajenas a él mismo.

Por otro lado y al igual que  Turner, yo me pregunto qué quiere decir Thoreau exactamente cuando habla de “mundo”.
Pues bien, al final de su libro Walking, escribe que los griegos llamaban al mundo Kosmos – κόσμος- es decir “orden”, por lo que debemos entender la cita de Thoreau como la relación natural que se produce entre el hombre libre, dotado de voluntad propia (autodeterminación) y el orden armonioso del cosmos; del mundo.

“Es en nuestra naturaleza salvaje donde se halla la preservación del mundo”. Thoreau afirma pues, que la autoderminación del ser humano protege (preserva) el orden del mundo.

La escuela pública

escuela prusia

Es a principios del siglo XIX, en la época del despotismo ilustrado, que aparecen por primera vez en Prusia las primeras escuelas públicas y gratuitas.

A falta de soldados para la guerra, el rey Federico I impulsó la creación de centros de enseñanza inspirados en valores militares: sistema de premios y castigos, organización de los alumnos en filas, respeto a la jerarquía, horarios estrictos, sonido de la campana para marcar el ritmo del tiempo y del trabajo, etc.
La idea era en esta época fabricar un ejército de soldados obedientes, sumisos a la autoridad y con un sentido estricto del trabajo y la disciplina, aptos para la guerra.

desescolarizaciónAños más tarde los franceses, bajo el imperio de Napoleón, mejorarían el modelo prusiano convirtiéndolo en lo que hoy conocemos como escolaridad. En la época de la revolución industrial este modelo se adaptaría a las nuevas necesidades de los estados y en pleno siglo XX ya no sería necesario formar soldados para la guerra sino un nuevo ejército de soldados capacitados para el nuevo mercado laboral y orientados directamente hacia la “especialización” que convertiría a cada ser humano en un experto en su compartimento específico y en un ignorante universal. Una inversión en el futuro económico y el desarrollo industrial de las naciones.
“Nuestras escuelas son fábricas donde las materias primas –los niños- se transforman en productos manufacturados y las características de fabricación responden a las exigencias de la civilización del siglo XX”, afirma Thoreau.

Entre los arquitectos de la educación moderna se encuentra William Torrey Harris, diputado de Educación en los Estados Unidos entre 1889 y 1906, para quien “el niño”, “el salvaje” y “la naturaleza” son conceptos equivalentes.

  • “La naturaleza es en sí misma la antítesis de la naturaleza del hombre civilizado. Superado el estado salvaje -totalmente vicioso- añade, el hombre se eleva materializando sus ideas en instituciones y hallando así en esos mundos ideales su verdadero hogar y su verdadera naturaleza”.

Para este ideólogo de la escuela moderna la administración era la verdadera cuna del hombre civilizado.
El objetivo de la escuela es pues el de educar a los niños lejos del estado de naturaleza y conducirlos a ocupar sus puestos en el gran proyecto humano civilizatorio en el que las naciones y los pueblos del mundo serán clasificados, como en la escuela misma, según el grado alcanzado por cada uno en este ideal de humanidad (desarrollados o subdesarrollados).

Las culturas que no veían las cosas de esta manera o no alcanzaban el ideal publicitado de consumo, se verían confrontadas a la siguiente elección: “adoptar nuestra cultura y volverse intelectualmente productivos o desaparecer”, vaticinaba William Torrey Harris.

La mayor parte han ya desaparecido

Los años de confinamiento

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“Escuela industrial indígena de Carlisle », abierta en 1879. Una verdadera fábrica de etnocidio.

Todos nosotros hemos crecido con la escuela como un componente natural de nuestras vidas, sintiendo el colegio como un elemento esencial de la infancia humana y no como un experimento extremadamente reciente de ingeniería social a gran escala.

Estos objetivos originarios de la escuela se han insertado magistral y naturalmente en la estructura de la enseñanza moderna – con todos sus sistemas subyacentes de control, confinamiento, estandarización y evaluación a través de premios y castigos – sin que ya nadie se pregunte ni acerca de sus orígenes ni de la conveniencia ética o moral de tales prácticas.

Cuando se enfrenta a su primer día de colegio lo normal es que el niño se deshaga en llanto. Es entonces cuando la maestra hace su trabajo y nos dice que no nos preocupemos, que en cuanto nos hayamos ido nuestro hijo se irá sintiendo mejor y acabará por adaptarse. Es una cuestión de días. Y así es. El niño acaba por adaptarse a un entorno de paredes verdosas o anaranjadas, lámparas halógenas, inhóspitos pasillos y ventanas que lo separan del mundo exterior, es decir, el mismo entorno al que deberá enfrentarse el día de mañana en el mercado laboral.
Algunos niños se adaptan rápido. Otros, no llegan a adaptarse del todo y pasan su infancia mirando a través la ventana, ignorando las lecciones del maestro y soñando con otros mundos posibles.

Los años de confinamiento llegan a su fin y el niño se convierte en adulto. Las paredes verdosas o anaranjadas, las lámparas halógenas, los sonidos de la campanilla y los inhóspitos pasillos se han convertido en su mundo y una gran parte de  su tiempo de vida ha transcurrido encerrado en una “j-aula”.
Estos niños no conocen los nombres de los árboles al otro lado de la ventana y no saben nombrar los diferentes pájaros que se posan en sus ramas. Tampoco conocen los movimientos de la luna ni de las mareas, no saben orientarse siguiendo los movimientos del sol, no saben trabajar el campo y no se han confrontado a la realidad de la muerte. Nunca han visto un parto y no saben curar heridos. « No saben que ellos existen en el seno del universo, en un planeta donde a lo largo de su vida deberá aprender a cuidar sus recursos, ya que él depende del aire, del agua y del resto de seres vivos y que al mínimo error, a la mínima violencia, podría poner todo en peligro” decía Marguerite Yourcenar, otra gran crítica de la educación moderna.

misioneros etnocidioUn niño libre, en contacto con su mundo exterior y en permanente diálogo con su entorno, aprenderá todas estas cosas naturalmente. Un niño escolarizado, sin embargo, olvidará la mayor parte de las enseñanzas del programa administrativo de turno porque se las imponen coercitivamente, evaluando constantemente si sabe lo suficiente como para estar entre los mejores o debe conformarse con ser un mediocre o un fracasado. Construimos y destruimos de esta manera la autoestima de los seres humanos de acuerdo a un sistema absurdo de puntaciones del uno al diez y el resultado de todo esto es que uno de cada cuatro niños acaba la escuela sin saber que la tierra gira alrededor del sol.

Un niño que sabe dónde encontrar castañas, bayas silvestres o setas comestibles no olvidará jamás esta información. Una persona “no educada” del altiplano de Papúa Nueva Guinea puede reconocer 70 especies diferentes de pájaros en función de sus cantos. Un chamán iletrado de la Amazonia puede identificar cientos de hierbas medicinales. Un aborigen de Australia guarda en su memoria el mapa de un territorio de 1600 kilómetros, codificado en cantos. Tenemos todos los seres humanos la capacidad natural de asimilar una enorme cantidad de información sobre el mundo que nos ha visto nacer y de transmitirla a las generaciones siguientes.

Pero para conocer el mundo, tenemos que vivir en él.

Tras siete generaciones sometidas a esta experiencia planetaria de ingeniería civil llamada escuela, tenemos que preguntar hoy a alguno de los “especialistas” especializados en alguna de las muchas especializaciones que ofrece el mercado educativo qué es lo que está pasando. Numerosos estudios nos revelan así que la desconexión de la naturaleza aumenta las tasas de ansiedad, depresión y estrés, pero parece que todavía no queremos darnos cuenta hasta qué punto esta separación afecta a nuestro aprendizaje.

“Aprender” no debería ser concebido como una actividad particular, sino como el resultado natural de estar vivos en el mundo, afirma la psicóloga Suzanne Gakins.
Son de sumo interés en este sentido sus estudios sobre la “atención abierta”. Los niños escolarizados presentan problemas serios de atención y esto es porque se ven obligados a reducir su atención natural  en favor de la “concentración”, es decir, están obligados a abstraerse de lo que está ocurriendo a su alrededor y renunciar a sus capacidades naturales de observación. Estos niños viven en permanente estado de asfixia (levantarse a las ocho, reaccionar al sonido del timbre, cambios de temas, cambios de aulas, recreos, actividades, ejercicios…)  como si fuese lo más natural del mundo. Si el niño abandona el estado de concentración y deja su mirada vagabundear naturalmente a través de la ventana  se dirá que tiene problemas de atención y deberá acudir a clases de refuerzo. Suzanne Gakins y otros investigadores llaman a este tipo de atención (la atención natural sin concentración, esa mirada que vagabundea) “atención abierta” y se aproxima, según la psicóloga, al concepto budista de “plena conciencia”. Si algo se mueve en el campo de visión de un niño con atención abierta, podrá pasar horas y horas observándolo y asimilará su cultura y construirá su identidad a través de un proceso natural de ósmosis. Los niños forzados a permanecer en estado de concentración acaban por perder su capacidad natural de observación.

Evidentemente una vez que hemos pasado tanto tiempo de nuestra vida aislados y nuestra capacidad de atención abierta ha terminado por agotarse, cuando llegamos a la  edad adulta y nos vemos libres de la época de confinamiento escolar todo nos resulta confuso. Todo nos aburre, estamos desorientados y no tenemos claro el papel que nos corresponde desempeñar en el mundo. Ni siquiera nos han enseñado lo fundamental, esto es, que ocupamos un lugar en el cosmos y que somos responsables de su preservación. Estamos muy lejos del camino del autoconocimiento y la soberanía individual – objetivo clave en la realización personal de un ser humano- pues hemos sido educados para someternos a autoridades ajenas y vivir en un estado de ausencia de nosotros mismos.

Si limitamos demasiado la fuerza de voluntad de un niño se volverá rebelde y no cooperativo. En las culturas no industrializadas los adultos comprenden que el espíritu humano es salvaje en sí mismo (dotado de voluntad propia) y los niños crecen en toda libertad. Son libres de moverse, de preguntar cualquier cosa o responderla, libres de pensar en voz alta.

Para los primeros misioneros de América y África esto supuso una gran fuente de frustración, pues los esfuerzos por educar a niños indígenas se veían obstaculizados por padres que no aceptaban ni la más mínima agresión física sobre sus hijos. “Los salvajes – se quejaba el misionero jesuita Paul le Jeune en 1633- son incapaces de castigar a un niño, incapaces de ver a un ser humano castigado. Esto hace verdaderamente difícil el éxito de nuestra misión educativa entre los jóvenes”.

El aprendizaje debe fundarse sobre el principio ético de no-interferencia con el fin de garantizar el derecho de cada ser humano de llevar a cabo sus propias elecciones vitales siempre y cuando no interfieran en las elecciones de los otros y como explica Leanne Betasamosake Simpson, escritora de origen Anishinaabe, el aprendizaje – como toda relación humana- deber basarse sobre el principio ético de “consentimiento” en aras de garantizar el derecho de todo ser humano a no aceptar sobre sí mismo ni violencia ni coacción. Simpson añade: “Si los niños aprenden a normalizar la dominación y la ausencia de consentimiento en el ámbito de la educación escolar, cuando sean mayores no sabrán establecer límites sobre sí mismos y serán individuos fácilmente manipulables por aquellos que ostentan el poder”

Escolaridad alternativa o desescolarización

 Llegados a este punto, me gustaría hacer una pequeña aclaración personal y es que siempre me ha resultado interesante, desde mi propia experiencia, pero también observando la experiencia ajena, la relación que han tenido la mayor parte de artistas o científicos de nuestras sociedades occidentales con el colegio. Verdi no fue admitido en la Escuela Superior de Música de Milán. Picasso, Leonardo da Vinci o Debussy fueron malísimos estudiantes. Charles Darwin era, según sus maestros, “un chico que se encuentra por debajo de los estándares comunes de la inteligencia. Es una desgracia para su familia”. Stephen Hawking recuerda sus años de la universidad como un periodo de “aburrimiento y con la sensación de que no mereciera la pena esforzarse”. Y todos conocemos la famosa cita de Einsten “La educación es lo que queda después de que uno ha olvidado lo que aprendió en la escuela”.

Los ejemplos son innumerables. Niños distraídos cuyas miradas vagabundeaban a través de la ventana, acusados permanentemente de no escuchar, de estar en la luna. Estas personas creativas fueron niños salvajes que, a pesar de todo, consiguieron preservar su verdadera naturaleza por encima del yugo institucional domesticador y  cuando llegan  a ser personas adultas rescatan a ese niño que no pudo expresarse y lo liberan. Empiezan a ser verdaderamente niños a la edad adulta y es por ello que sus obras sorprenden por su grado de ingenio y libertad. Son hombres y mujeres salvajes. Son hombres y mujeres dotados de voluntad.

Otros, sin embargo, no tienen la misma suerte y llegados a la edad adulta, acaban por sentirse extraviados, incapaces de adaptarse al mundo de la competitividad y la esclavitud laboral que se les ofrece. Sin voluntad son fácilmente conducidos por fuerzas externas, arrojados a la corriente turbulenta de un mundo hostil donde el trabajo y el salario son las únicas razones de existir y el éxito se mide en cifras. Algunos caen en las drogas, el alcohol, el pesimismo y la frustración. Separados de la naturaleza que es lo mismo que separarse del yo interior, la vida es un lugar sin sentido y cargan así con un oculto sentimiento de culpa, ese mismo que les inculcaron en la escuela; la baja autoestima del que ha suspendido o se sabe “insuficiente”.

Y los demás pues se adaptan como los roedores a las jaulas. Muchos de los que ocupaban las primeras filas dirigen hoy bancos y multinacionales y ostentan el poder político y financiero. Nunca se han acercado ni por asomo a su naturaleza salvaje y han vivido en un estado de ausencia de sí mismos, defendiendo cosas que en el fondo- sin saberlo- les son completamente ajenas e identificando su persona con un puesto profesional, un estatus social o una ideología acorde a sus intereses.

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Entre los numerosos críticos de la escuela moderna, se hallan dos pensadores que además de su trabajo intelectual han llevado a cabo sendos proyectos de educación alternativa: Krishnamurti y Rudolph Steiner.

Ambas escuelas exploran la relación del alumno con la naturaleza y abordan cuestiones psicológicas como el miedo, la autoridad, la competencia, el amor y la libertad. Son espacios de discusión y debate donde se presta mucha atención a la calidad del lenguaje que, como sabemos, es el sustento del pensamiento. Un lugar donde explorar las dudas existenciales más profundas en una atmósfera de libertad y responsabilidad.

Krishnamurti escuela alternativa

Las escuelas de Krishnamurti se orientan hacia la educación del espíritu y por ello se edifican en espacios de gran belleza natural. Son espacios de convivencia, austeros pero cómodos, salas espaciosas y atractivas bibliotecas y laboratorios bien equipados. Se promueven las relaciones de mutuo afecto y amistad entre alumnos y maestros, no se separa a los alumnos por edad ni por sexo, ni se organizan las clases en filas. Se ofrece además una dieta vegetariana sencilla y completa.

Por otra parte, las escuelas Waldrof han evolucionado mucho desde la muerte de su fundador Rodolph Steiner, y parece ser que en sus comienzos tenían un componente más místico y espiritual, aunque esto no lo he podido comprobar.

Abordar la obra de este interesantísimo pensador es abrir las puertas a un nuevo mundo donde el pensamiento científico y la imginación se entremezcln sin límites. Fue fundador de la antroposofía, la agricultura biodinámica, la medicina antroposófica y también de la euritmia, que es el arte del transmitir a través del movimiento corporal aquello que en el interior del ser humano transcurre por medio de la palabra y de la música y que se ejercita a través de ejercicios de tipo coreográfico que sirven para expresar los tres aspectos del alma: el pensamiento, el sentimiento y, de nuevo, la voluntad.

Steiner y su proyecto Waldrof

Steiner fue un gran seguidor del pensamiento místico de Goethe y sobre la base de este misticismo fundó su proyecto educativo. Hoy en día son los hijos de los más ricos que acuden a estos centros de enseñanza (hay 160 escuelas Waldrof en Estados Unidos). Entre sus especificidades destaca la prohibición de ordenadores y cualquier tipo de tecnología. Paradójicamente los hijos de los grandes directores de la Silicon Valley, Google, Apple, Yahoo o Hewlett-Packard, envían a sus hijos a estas escuelas. El propio Steve Jobs sabía muy bien que los ordenadores destruyen la creatividad (y que una cosa es crear un concepto y otra alienarse al mismo) y a sus hijos, estudiantes todos ellos de la Waldrof, les prohibía utilizar ipads y videojuegos.

Vemos así que mientras las escuelas tradicionales de todas las naciones compran tecnología a la industria privada recalentando el motor de la economía internacional, las escuelas de los que crean esa tecnología para la plebe, se educan libres de ella.

A parte de estas dos escuelas existen muchísimos otros proyectos de escolaridad alternativa, entre ellos la desescolarización.
Son numerosas las familias en el mundo que asumen la educación de sus hijos al margen del dogma institucional. Quienes optan por este camino suelen ser padres con un alto nivel cultural capaces de asumir la educación de sus hijos integrándola naturalmente en sus vidas sin necesidad de hacer sonar un timbre o una campanilla. Un ejemplo es la familia Zapp, un matrimonio argentino que recorre desde hace quince años el mundo en un viejo Graham-Paige del año 1928 con sus cuatro o cinco hijos. La escuela de estos niños es el mundo mismo, la geografía y los conocimientos lingüísticos los adquieren durante el viaje, la lectura, el dibujo, el canto, la biología, la naturaleza, los nombres de los animales y de las plantas. También reciben clases de matemáticas y física, a veces a través de sus propios padres y otras, de profesores particulares. Estos niños no sienten una línea divisoria entre el trabajo y el ocio, sino que ambos forman parte de ese todo que es la vida.

Y no son los únicos, la escuela en casa es una opción revolucionaria para aquellos capaces de asumirla verdaderamente a nivel formativo.

El pensamiento binario. Verdadero o falso

desescolarizaciónLa visión dualista, el pensamiento binario, está profundamente anclada en nuestro sistema educativo y, por extensión, en nuestras mentes y en nuestras sociedades.

Separamos y contraponemos y enseñamos a separar y a contraponer lo bueno de lo malo, el trabajo del ocio, los profesores de los estudiantes, lo rico de lo pobre, el éxito del fracaso, lo salvaje de lo civilizado y lo verdadero de lo falso. Limitamos de esta manera la percepción múltiple de la realidad que tenemos en nuestro estado salvaje a un pensamiento maquinal, maniqueo y binario.

La realidad es una proyección de nuestra conciencia. Si nuestro pensamiento es binario nuestra realidad también lo será y en este sentido viviremos limitados. No es de extrañar que el ser humano cree hoy robots – hechos a imagen y semejanza de sus propios creadores – con una inteligencia tan artificial como la que se promueve en gran parte desde la enseñanza.

Siempre me han llamado la atención y me han hecho sentir incómoda los ejercicios tipo test “verdadero – falso”. Lo que debería enseñarse al alumno es que nada es verdadero ni falso en sentido absoluto sino que todo es cambiable, modificable y cuestionable. Cualquier axioma puede ser desmontado en un futuro y en este sentido la verdad y la falsedad son conceptos impostores y engañosos que nos conducen a la certitud y al prejuicio, a ser incapaces de escuchar y cuestionar verdaderamente, juzgando por nosotros mismos, todo aquello que nos cuentan los teólogos de las ciencias y las verdades irrefutables.

***

Nos hemos subido al barco de este gigantesco proyecto distópico, hemos izado la bandera del progreso económico surcando, viento en popa a toda vela,  los mares de la usura y la ambición, poniendo a prueba al mismo Cosmos y tratándolo como si fuese una pequeña choza susceptible de algunas chapuzas y reparaciones, acomodándolo a nuestro gusto y conveniencia.

Pero los ingenieros sociales del progreso saben muy bien que, más allá de cualquier plan domesticador, cada ser humano que nace nace en estado salvaje. Todo ser humano nace dotado de voluntad y por lo tanto nace humano. Ningún robot podrá jamás tener tal privilegio y esto es lo que nos diferencia principalmente de ellos; nuestra naturaleza salvaje.

 goran-djurovic-cubiclesLos planes domesticadores funcionan, como funciona la monocultura, las instalaciones petrolíferas que succionan la sangre de la Tierra, la producción y el consumo a gran escala  y la  cultura de masas. Esta educación orientada a un mercado especializado convierte a nuestros hijos en engranajes de una maquinaria de producción a gran escala que destruye nuestras vidas y nuestro planeta a un ritmo que escapa a nuestro control.

Los profesores más rebeldes intentan paliar estos efectos deplorables y transmitir otro tipo de enseñanza. Cierto que algunos incluso consiguen abrir una pequeña ventana a otro mundo. En mi caso particular, durante los trece años de confinamiento estéril por los que tuve que pasar antes de entrar en la universidad y seguir siendo, durante algún tiempo, un no ser, es decir, una entidad desprovista de soberanía e individualidad,  sólo hubo , digo, en esos trece años un profesor capaz de enseñarme algo importante. Tuvo que ser por supuesto un profesor de filosofía del antiguo curso de orientación universitaria (COU) que instaló en el instituto una enseñanza a contracorriente. Se llamaba Niti y tenía a todo el profesorado de los nervios pues se negaba a seguir el programa al pie de la letra. Entre otras infracciones, Niti destruía las filas y las convertía en una U ocupando su puesto en el centro e intercambiándolo con cualquier alumno según el orden de preguntas y respuestas que íbamos planteando. También íbamos a la playa y al campo y siempre no sentábamos en círculo. Supe por primera vez a mis dieciocho años que hacerse preguntas y respuestas acerca de la vida y de la muerte era una actividad natural y propia del hombre, pero yo nunca había oído a nadie hablar en estos términos con la naturalidad de Niti ni utilizar palabras como “humanismo”, “espiritualidad” o “alma”. Supe que contrariamente a lo que me había enseñado el resto del mundo, no había certitudes ni verdades universales y que todo, absolutamente todo, era cuestionable. Supe que hubo un tiempo en que la escuela y el ocio eran todo uno (escuela del griego “skolé” quiere decir “tiempo libre”) y que estudiar no era un trabajo ni un deber, sino uno de los muchos placeres de la existencia, como correr o nadar o hacer el amor.

Niti no nos puntuaba pero sí nos hacía leer y leer y analizar muchos textos. Los resultados de nuestros análisis los comentaba con nosotros individualmente y se aseguraba de que habíamos aprendido lo fundamental, es decir, que habíamos aprendido a dudar.

Estos profesores son excepcionales y hay uno entre un millón. No hay que confundirlos con esos otros que también tratan de mitigar los efectos deplorables de una rígida institucionalización tratando de hacer de la enseñanza un juego ridículo, convirtiendo los absurdos deberes en absurdas diversiones y los ejercicios en entretenimiento. Estos profesores animan como los payasos de un circo a sus invitados (de hecho en Bélgica y en Francia ya existe el cargo profesional de “animateur” de colegio) o como los guardianes de los zoológicos ofreciendo baloncitos y pelotitas de goma a los osos polares en cautiverio.

Pero la naturaleza es demasiado maravillosa como para que un jueguecito de goma pueda remplazar las montañas de nieve y los glaciales del Ártico y los niños más salvajes – esos de las últimas filas, esos de las clases de refuerzo y pedagogía- lo saben bien. Esos niños son como los canarios en las minas de carbón, esos niños no obedecerán a sus maestros, ni a sus dirigentes políticos ni a sus reyes y no ocuparán un puesto en el engranaje de la maquinaria que destruye el planeta. No son ellos quienes tienen un problema. Al contrario. Esos niños llevan en sus corazones la perfección del Cosmos.

La revolución no tendrá lugar en un aula de clase.

Es en nuestra naturaleza salvaje donde se halla la preservación del mundo.


Este texto ha sido tomado en parte del artículo de Carol Black , traducido al francés por Jessica Aubin “La révolution n’aura pas lieu dans une classe”, de la obra “Walking” de Henry David Thoreau,  de mis lecturas de Rodolph Steiner e Ivan Illich, del segumiento del proyecto “Schooling the World” así como de mis vivencias y experiencias personales.  Adjunto sin traducir las referencias históricas tal y como aparecen el artículo de Jessica Aubin.

Les dejo un documental interesantísimo y muy recomedable sobre este tema “Escolarizar el mundo” . Desafortunadamente no he encontrado traducción al español, aquí os dejo el vídeo en inglés y en francés

Inglés

Francés

Note de fin (NdE) : Aussi perturbant que cela puisse paraître aux yeux de beaucoup, habitués à entendre le sempiternel refrain selon lequel l’école (l’éducation nationale, ou étatique) est un progrès merveilleux, une chance inestimable, et autres fadaises, l’école est en effet historiquement et fonctionnellement une institution d’endoctrinement, de colonisation, et, nous pourrions dire, une arme de destruction massive des cultures, des communautés, de la diversité et de la liberté humaines. Quelques exemples, pour l’illustrer, par ordre chronologique :

“Tant qu’on n’apprendra pas dès l’enfance s’il faut être républicain ou monarchique, catholique ou irréligieux etc., l’État ne formera point une nation ; il reposera sur des bases incertaines et vagues ; il sera constamment exposé aux désordres et aux changements”.

“Mon but principal, dans l’établissement d’un corps enseignant, est d’avoir un moyen de diriger les opinions politiques et morales”.

— Napoléon Bonaparte (1806)

La loi Falloux (1850), proclame que “L’enseignement est libre” tout en ajoutant que “La liberté d’enseignement s’exerce selon les conditions de capacité et de moralité déterminées par les lois, et sous la surveillance de l’État. Cette surveillance s’étend à tous les établissements d’éducation et d’enseignement, sans aucune exception.”

“Dieu dans l’éducation, le pape à la tête de l’Église, l’Église à la tête de la civilisation”.

— Comte de Falloux (1856)

“Dans les écoles confessionnelles, les jeunes reçoivent un enseignement dirigé tout entier contre les institutions modernes […] si cet état de choses se perpétue, il est à craindre que d’autres écoles ne se constituent, ouvertes aux fils d’ouvriers et de paysans, où l’on enseignera des principes totalement opposés, inspirés peut-être d’un idéal socialiste ou communiste emprunté à des temps plus récents, par exemple à cette époque violente et sinistre comprise entre le 18 mars et le 24 mai 1871.”

— Discours de Jules Ferry au Conseil général des Vosges en 1879.

“Ce qu’il faut surtout recommander à l’ouvrier, c’est l’ordre, c’est l’économie, par-là, on s’élève, pas tout d’un coup bien entendu. Mon père n’avait rien, j’ai quelque chose ; mes enfants, s’ils font comme moi, doubleront l’argent que je leur laisserai et mes petits-enfants seront des messieurs. C’est ainsi qu’on s’élève dans la société”.

— Pierre Laloi / Ernest Lavisse, “Petites Histoires pour apprendre la vie” (1887)

“D’après l’expérience constante de ceux qui ont consacré leur vie à l’éducation de la race noire, il n’y a presque rien à faire avec les adultes qui n’ont jamais travaillé et qui, à peu d’exceptions près, se donneront bien garde de le faire pour enrichir un autre plus rusé qu’eux, comme ils le disent ingénument eux-mêmes. Il faut donc commencer par les jeunes générations et leur apprendre de bonne heure que le travail est un honneur et non pas un esclavage, il faut pour cela, multiplier ces établissements hospitaliers, où les institutions agricoles ne le cèdent en rien à la culture intellectuelle et morale, c’est seulement en faisant marcher de front ces deux choses, que l’on pourra civiliser l’Afrique et obtenir du Noir ce travail constant, qu’aucun Européen ne pourra fournir sous le climat débilitant de l’équateur africain.”

— La barbarie africaine et l’action civilisatrice des missions catholiques au Congo et dans l’Afrique équatoriale (1889)

“De nombreuses écoles ont été créées ; l’instruction est obligatoire. Une loi impose aux parents, aussitôt que leurs enfants ont atteint l’âge de pouvoir apprendre, de choisir une école et de les y placer. […]

Lorsque l’enfant est entré à l’école, il est interdit de l’en retirer avant qu’il ait acquis une instruction qui d’ailleurs est assez sommaire. […]

L’enseignement comprend la langue malgache et les langues française et anglaise et des études primaires très rapides. […]

Quelques ouvrages d’enseignement ont été traduits en malgache et sont en usage dans les écoles. On a de même traduit des ouvrages de littérature et de science.”

— France civilisatrice (1895)

“Il ne suffît pas, pour assurer le relèvement moral des populations indigènes, de leur donner le goût du travail ; il faut encore leur fournir les moyens, une fois ce premier résultat acquis, de continuer à gravir les différents échelons qui les mèneront, en fin de cause, au maximum de progrès dont elles sont susceptibles. […]

L’enseignement est un des facteurs puissants qui facilitent cette tâche ; aussi l’État du Congo s’y est-il particulièrement intéressé. […]

La part qui revient aux missions dans l’œuvre civilisatrice est considérable : la régénération de la race noire est, en effet, l’objet des préoccupations des missionnaires et leur participation à l’œuvre d’enseignement est un appoint sérieux aux efforts tentés par le Gouvernement dans cet ordre d’idées.”

— L’œuvre civilisatrice au Congo belge, chapitre “La régénération morale de l’indigène : L’enseignement.” (1912)

L’éducation nationale ou étatique est un projet. Un projet initialement élaboré par les dirigeants des empires et des royaumes, qui deviendront ensuite des pays et des états (démocratiques, cela va sans dire, par quelque tour de passe-passe, monarchie, abracadabra, démocratie), visant à promouvoir amour et loyauté envers l’organisation politique et économique qu’ils souhaitent voir régner sur leur territoire. C’est donc aussi un outil, un outil d’acculturation, d’endoctrinement, de fabrication du consentement, qui cache, sous une prétention philanthropique, une volonté autoritaire, dont l’objet est d’instaurer et de faire respecter un ordre institutionnel élaboré de manière antidémocratique, non pas par le peuple, mais par des minorités au pouvoir.

Comme le résume le professeur de sciences politiques à Yale, James C. Scott :

“Une fois en place, l’État (nation) moderne a entrepris d’homogénéiser sa population et les pratiques vernaculaires du peuple, jugées déviantes. Presque partout, l’État a procédé à la fabrication d’une nation: la France s’est mise à créer des Français, l’Italie des Italiens, etc.

Cette tâche supposait un important projet d’homogénéisation. Une grande diversité de langues et de dialectes, […] a été, principalement par la scolarisation, subordonnée à une langue nationale, qui était la plupart du temps le dialecte de la région dominante. Ceci a mené à la disparition de langues, de littératures locales, orales et écrites, de musiques, de récits épiques et de légendes, d’un grand nombre d’univers porteurs de sens. Une énorme diversité de lois locales et de pratiques a été remplacée par un système national de droit […].

Une grande diversité de pratiques d’utilisation de la terre a été remplacée par un système national de titres, d’enregistrement et de transfert de propriété, afin d’en faciliter l’imposition. Un très grand nombre de pédagogies locales (apprentissage, tutorat auprès de “maîtres” nomades, guérison, éducation religieuse, cours informels, etc.) a généralement été remplacé par un seul et unique système scolaire national, dont un ministre français de l’Éducation s’est un jour vanté en affirmant que, puisqu’il était précisément 10h20, il connaissait le passage précis de Cicéron que tous les étudiants de tel niveau étaient actuellement en train d’étudier partout en France. La vision utopique d’uniformité fut rarement réalisée, mais ces projets ont néanmoins réussi à abolir une multitude de pratiques vernaculaires. […]

Et si nous soumettions l’école au même examen ? Après tout, l’école est une importante institution publique de socialisation pour les jeunes d’une très grande partie du monde. La question est d’autant plus pertinente compte tenu du fait que l’école publique a été inventée à peu près au même moment que la grande usine concentrée sous un seul toit, et que les deux institutions ont clairement un air de famille. L’école était, dans un sens, une usine où l’on offrait une formation de base, soit des compétences minimales en calcul, en lecture et en écriture, afin de répondre aux besoins d’une société en pleine industrialisation. Gradgrind, la caricature du directeur calculateur et impérieux imaginée par Charles Dickens dans Les temps difficiles, sert justement à évoquer l’usine et ses routines de travail, ses horaires disciplinés, son autoritarisme, son ordre visuel enrégimenté et, tout particulièrement, la démoralisation et la résistance de sa main-d’œuvre juvénile.

L’éducation publique universelle est évidemment conçue pour accomplir bien plus que de produire uniquement la force de travail nécessaire à l’industrie. C’est à la fois, et à des degrés comparables, une institution politique et économique. Elle est conçue pour produire un citoyen patriotique dont la loyauté envers la nation surmontera les identités régionales et locales enchâssées dans la langue, l’ethnicité et la religion. La contrepartie de la citoyenneté universelle de la France révolutionnaire était la circonscription universelle. Ces citoyens patriotiques étaient davantage fabriqués, au sein du système scolaire, grâce à la langue d’enseignement, la standardisation, les leçons implicites d’embrigadement, l’autorité et l’ordre que par le programme scolaire officiel.

Le système scolaire primaire et secondaire moderne a été fortement altéré par les théories pédagogiques en constante évolution et, tout particulièrement, par l’abondance et la “culture des jeunes” en tant que telles. Ses origines, qui remontent à l’usine, si ce n’est à la prison, sont toutefois incontestables. L’éducation universelle obligatoire, en dépit de son caractère plus ou moins démocratisant, a également obligé tous les élèves, à quelques exceptions près, à aller à l’école. Le fait que l’assiduité scolaire ne soit pas un choix, c’est-à-dire un acte autonome, signifie que l’école, en tant qu’institution obligatoire, avec toute l’aliénation que cette contrainte entraîne, surtout lorsque les enfants commencent à être grands, se trompe dès le départ.

Toutefois, la grande tragédie du système scolaire public est que, dans l’ensemble, il est une usine à produit unique. Cette tendance a été exacerbée par la volonté, observée au cours des dernières décennies, de standardiser, mesurer, tester et comptabiliser. Ainsi, les motivations proposées aux étudiants, aux professeurs, aux directions d’écoles et aux districts scolaires ont eu pour effet de canaliser l’ensemble des efforts vers la fabrication d’un produit standard qui satisfait les critères établis par des vérificateurs.

Nous pouvons tous, aujourd’hui, constater le résultat de cette entreprise de standardisation du monde :

“Désormais, se trouve partout un modèle vernaculaire unique : l’État-nation de l’Atlantique Nord, tel que codifié au XVIIème siècle et subséquemment déguisé en système universel. En prenant plusieurs centaines de mètres de recul et en ouvrant grand les yeux, il est étonnant de constater à quel point on trouve, partout dans le monde, pratiquement le même ordre institutionnel: un drapeau national, un hymne national, des théâtres nationaux, des orchestres nationaux, des chefs d’État, un parlement (réel ou fictif), une banque centrale, une liste de ministères, tous plus ou moins les mêmes et tous organisés de la même façon, un appareil de sécurité, etc.”

De New-York à Kuala Lumpur, on aperçoit désormais les mêmes Starbucks, les mêmes Mac Donalds, les mêmes Ikea, et ainsi de suite. Partout sur Terre, on ne retrouve plus, à peu de choses près (à quelques détails folkloriques, quelques vestiges traditionnels superficiels près), qu’un seul mode de vie. La jeunesse des villes de Thaïlande, comme celle des villes de France, de Dubaï, de Panama, ou de Buenos Aires, cherche à s’insérer professionnellement dans la même organisation sociale, dans un même système économique et politique mondialisé. La civilisation est parvenue à mondialiser, entre autres joyeusetés, ses destructions environnementales, sa police d’État, sa propagande médiatique, ses dépressions, ses anxiolytiques, ses compagnies pharmaceutiques, ses inégalités économiques, etc. Pour cela, elle a pu et peut encore compter sur la mondialisation de son système éducatif.

“Scolariser le monde” (film documentaire)

Si vous vouliez détruire une culture en une génération, comment feriez-vous ?

Vous changeriez la manière dont les enfants y sont éduqués.

Le gouvernement des USA le savait bien, lorsqu’au 19ème siècle il inscrivait de force les enfants d’Indiens d’Amérique dans des écoles gouvernementales. Aujourd’hui, des bénévoles construisent des écoles dans toutes les sociétés traditionnelles du monde, persuadés que seule l’école est en mesure d’offrir une vie “meilleure” pour les enfants ruraux et indigènes.

Mais est-ce le cas ? Que se passe-t-il vraiment lorsque nous remplaçons l’ensemble des savoirs d’une certaine culture par le nôtre propre ? La vie devient-elle plus belle pour ses membres ?

SCOLARISER LE MONDE (réalisé par Carol Black) porte un regard défiant, parfois amusant, et finalement profondément troublant, sur le rôle joué par l’éducation moderne dans la destruction des dernières cultures soutenables, ancrées dans leur territoire écologique.

Filmé sur place, dans les magnifiques montagnes du Ladakh bouddhiste, dans le nord de l’Himalaya indien, le documentaire transmet les voix de Ladakhis à travers une conversation entre quatre penseurs : l’anthropologue et ethnobotaniste Wade Davis, qui travaille pour National Geographic ; Helena Norberg-Hodge et Vandana Shiva, toutes deux récipiendaires du prix Nobel Alternatif pour leur ouvrage avec les peuples traditionnels d’Inde ; et Manish Jain, un ancien concepteur de programmes éducatifs pour l’UNESCO, USAID et la Banque Mondiale.

Il examine les prétentions cachées de supériorité culturelle derrière les projets d’aide à l’éducation, qui cherchent ouvertement à faire en sorte que les enfants “s’échappent” vers “une vie meilleure”.

Il souligne l’échec de l’éducation institutionnelle à abolir la pauvreté – ici aux USA comme dans le monde soi-disant “en développement”.

Il questionne également nos définitions de la richesse et de la pauvreté – et du savoir et de l’ignorance – tandis qu’il dévoile le rôle joué par les écoles dans la destruction d’une agriculture traditionnelle soutenable et de savoirs écologiques, dans la dislocation de familles étendues et de communautés, et dans la dévaluation d’anciennes traditions spirituelles.

Finalement, SCOLARISER LE MONDE, appelle un “dialogue profond” entre les cultures, suggérant que nous avons au moins autant à apprendre qu’à enseigner, et que ces anciennes sociétés soutenables peuvent abriter des savoirs vitaux pour notre propre survie au cours du prochain millénaire.

Bon visionnage :

https://www.youtube.com/watch?v=D8YCBs8HbR8

 

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El día que conocí a Fidel

regiLa muerte de Fidel Castro esta mañana me ha traído al pensamiento a mi tía Mariluz.

Mariluz era la hermana de mi abuelo y tenía una tienda de muebles en el pueblecito en el que vivíamos. La tienda había sido en otros tiempos una ferretería de la que todavía se conservan fotos muy antiguas y estaba en la plaza Rosalía de Castro que era una de las muchas plazas que había en el pueblo, casi todas con sus fuentes en el centro y sus caños regurgitando agua.
La fuente de la plaza Rosalía estaba gobernada por una mujer de piedra. En su regazo sujetaba un montón de peces cuyas bocas abiertas de par en par escupían los impetuosos chorros de agua. Me parecían siempre aterrorizados esos peces, como si la tarea de irrigación les infligiese un doloroso tormento. La gente decía que la estatua representaba una mariscadora, pero a mí me parecía una sirena sin cola que tenía algo que ver con mi propia tía.
Las tres cuartas partes de la plaza estaban enmarcadas por tres fachadas. Una era la de la vieja casa de piedra con conchas de vieira y musgos rampantes, la otra la regentaba Sindo, el dueño del bar Rosalía, y la tercera era la tienda de mi tía. En el último lado del cuadrilátero, justo enfrente de la  tienda, había unas escaleras de piedra que separaban la plaza de la avenida principal donde el ruido de los coches se mezclaba con las notas musicales que se escapaban por la ventana de Doña Felisa, la profesora de piano.
En los días de calor, Sindo montaba su terraza y los hombres y mujeres del pueblo degustaban mostos y vermús con tapas de aceitunas y cacahuetes, mientras mi tía Mariluz jugaba al tenis contra la vieja fachada, fumando un cigarrillo tras otro e ignorando las presencias ajenas a sus espaldas. De vez en cuando su pelotita amarilla caía sobre la cabeza de alguna viejecita y Mariluz soltaba una de sus estridentes carcajadas con resonancias de tabaco negro al fondo de su garganta.

Mariluz andaba por los cincuenta cuando yo llegué a este mundo y ya debía andar por los sesenta cuando descubrí que mi tía era una mujer. Recuerdo la pregunta que años más tarde formularían también mis hermanos pequeños.
– Pero mamá, ¿la tía Mariluz es una mujer?
No es que hubiese pensado que mi tía fuese un hombre. No, no era eso. En realidad hasta ese día – y sin duda gracias a su existencia- nunca había sido consciente de que existía una ley universal que dividía tajantemente a las personas entre hombres y mujeres; sin embargo, y a pesar de que mi madre ratificó con contundencia su condición femenina, yo seguí intuyendo que mi tía vulneraba naturalmente esa ley y de paso muchas otras.

Mariluz era alta, delgada y desgarbada. Era tan enclenque como musculosa, tan vieja como joven y su piel estaba tan arrugada como bien curtida por el mar. Cuenta la leyenda que en su juventud saltaba de cabeza desde la punta del muelle y surcaba a brazadas todos los mares del pueblo hasta llegar al mar de la Isla que era el más lejano de todos. Fue de esta manera que mi tía se ganó el apelativo de sirena. Su hábitat era el océano y acudía a él como un borracho a la barra del bar. Salía del agua caminando como un viejo pájaro de mar, sus aletas en la mano y uno de esos gorros de ducha con estampados de flores coronando su atolondrada cabeza.
Su cabello era tan blanco como negro y ella misma se lo cortaba con las tijeras de la cocina sin mirarse al espejo. Lo llevaba siempre corto y el único peine que sus pelos alocados conocían era el de la mano huesuda de su dueña deslizándose de vez en cuando a través del cráneo. Tenía ojos de águila y sus pupilas agudas relucían como puñales de plata. Invierno, otoño o verano se vestía con los mismos pantalones de pana color naranja butano y unas zapatillas de tela por las que se asomaba a menudo un dedo gordo como la pata retorcida de un percebe. Paradójicamente, de cintura para arriba solía lucir suéteres de punto y angora de la mejor calidad e incluso de vez en cuando deslizaba, sutil y elegante, un pañuelo de seda de cachemira por su cuello de garza. Elegía siempre colores oscuros y sobrios que contrastaban con sus pantalones naranjas y sus  zapatillas verdes agujereadas. Solía jactarse de sus gustos refinados y de haber empezado a fumar a los once años de edad.
Conducía una bicicleta holandesa de color verde y un viejo Peugeot cargado siempre de colchones, marcos de pvc, tablas de madera y utensilios de carpintería y de playa; sus dos grandes pasiones. A veces yo la ayudaba con sus cosas y aprovechaba para revolcarme y saltar en los colchones del almacén. Los niños no parecían interesarle ni más ni menos que el resto de los humanos y guardaba una relación distante y socarrona hacia nosotros. Como al viejo Tackleton, el vendedor de juguetes de Dickens, a ella también le divertía hacernos regalos horribles y ver la expresión de espanto en nuestras caras de niños malcriados. Mi tía me trataba con el mismo tono de burla que trataba al mundo entero.
– Cristobalito (así me llamaba), ven aquí puñetera, que te voy a dar un pellizco en el culo
Mi tía era conocida en el pueblo entero por los pellizcos que iba propinando a diestra y siniestra en el culo de la gente y por las estrepitosas carcajadas que tales hazañas le causaban.

La mueblería era un lugar sin orden ni justicia. Cientos de tresillos, armarios y camas pernoctaban a sus anchas en aquel espacio descomunal. Una vieja moqueta roja escondía las irregularidades del viejo parqué creando una llanura de montículos y agujeros en donde mi hermano y yo jugábamos a las arenas movedizas. Si uno de los dos tocaba los agujeros se hundía en los pantanos de la triste moqueta y moría.
En el ala izquierda, en torno a una vieja mesa camilla, Mariluz recibía a sus innumerables amigas. Formaban estas mujeres una especie de comité de representación permanente. La representada en este caso era mi tía que siempre se las arreglaba para escapar y dedicarse a oficios más nobles como la playa o la carpintería.
– Urraca, Agustina, Margarita, atendedme cinco minutos el teléfono
– Toñita, Felisita, Pepita, quedaos ahí cinco minutos que ahora vuelvo, les decía.
Pero nunca volvía, y ellas acabaron por acostumbrarse a guardar la tienda, atender a los clientes y a pasar pedidos. Mi tía se refería a ellas como “las viejas” y nunca la vi sentarse entre ellas ni compartir sus charlas. A veces atravesaba la tienda a grandes zancadas con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo su cigarrillo y al pasar por entre el comité de viejas les gastaba alguna broma o las felicitaba por su infinita paciencia con palmaditas en la espalda, pellizcos y estridentes carcajadas. Luego se encerraba en su oficina, un lugar abarrotado de libros, papeles y botes de cristal que atesoraban sus colecciones de conchas de playa, donde pasaba horas fabricando cuadernos con recortes de periódicos y revistas y escuchando  Wagner a todo volumen.
***
Al lado de mi tía iba a menudo Margot.
Margot fue en otros tiempos el ama de llaves de mi bisabuela.
En la época en que vivía (y vivió hasta mis nueve años), mi bisabuela ocupaba el puesto central del comité de representación de la mesa camilla. Lánguida y serena observaba la plaza al otro lado del escaparate de la mueblería. Se sentaba en un sillón victoriano con estampado de flores y en su mano derecha sostenía un bastón de madera con el que parecía moderar el comité de las viejas y dominar el mundo. A veces hacía sonar una campanilla para llamar al ama de llaves.
–  ¡Margooot!, gritaba mi bisabuela como un pajarito sin fuerza
– ¡Yes, madam! Respondía el ama, complaciente y servicial como le habían enseñado sus precedentes dueños ingleses.
Tres cosas definían el carácter exquisito de mi bisabuela: su gusto por el mosto, el dalky de chocolate y el huevo à la coque que Margot traía en una bandejita especial con huevera y cucharilla de plata.
Cuando mi bisabuela murió, Margot dedicó su vida a mi tía Mariluz, no sin grandes esfuerzos y regañinas, pues allí donde durante un siglo había imperado el orden y la disciplina de los horarios, el sonido de la campanilla y las buenas costumbres, sólo quedó la ley del no sé, del espera y el ya veremos, que dejó en el viejo corazón de Margot un estigma profundo de orfandad e incertidumbre.

Margot era pequeña, achatada y rolliza, con una cabeza muy redonda cubierta por una pelambrera de perfectos tirabuzones negros. Seguía a mi tía esperando sus órdenes y preguntando cosas como si la señorita querría cenar algo aquella noche. Pero la señorita se alimentaba de lo que encontraba en la cocina, pan y queso y de vez en cuando un huevo frito que en realidad nunca supo freír como es debido. Sólo en los momentos especiales con su baraja de cartas y en pleno éxtasis de una partida al solitario, Mariluz atacaba el armario de su habitación donde ella misma escondía sus propios bombones de chocolate.
Ante tal situación de anarquía, Margot se sentía desorientada y sólo en los momentos en que iba a lavar las ropas al río recuperaba su verdadera identidad. En un barreño de estaño que dirigía magistralmente sobre su cabeza, Margot transportaba la colada de la señorita, las cortinas y las alfombras de la casa con un asombroso sentido del equilibrio, del ritmo y la armonía. Ninguna lavadora pudo convencerla jamás de las ventajas de la máquina, la técnica y el progreso.
Recuerdo un día en que las vimos desde el coche de mi padre paseando juntas por el pueblo. Mi tía iba delante encorvada y cabizbaja con su bañador mojado y su gorro de la ducha. Llevaba una toalla alrededor de la cintura y caminaba descalza a grandes zancadas escupiendo humo por la boca. Margot la seguía hierática y majestuosa, digna como una estatua de alabastro con su barreño en la cabeza y su mandilón a cuadros.
– ¡Mirad! Dijo mi hermano ¡Don Quijote y Sancho Panza!
Y todos reímos
***
Un día apareció en la habitación de Mariluz la foto enmarcada de un hombre barbudo.
En su casa había algunas fotos y cuadros de ancestros y tatarabuelos, y alguna más reciente de nuestros días, pero todas habían sido puestas ahí en la época en que mi bisabuela estaba entre nosotros y no me parecía propio de mi tía dedicar su tiempo a decorar las paredes con fotos de seres queridos y sobrinos malcriados, por esa razón aquella foto resultaba doblemente misteriosa. Aquel hombre no sólo no pertenecía a la familia sino que además su foto ocupaba un lugar privilegiado en el mismísimo cuarto de Mariluz.
-¿Quién es este señor de la foto?, pregunté a mi madre en cierta ocasión
– Es Fidel.
– ¿Fidel? ¿Y quién es Fidel?
– Un imbécil hija, un imbécil

A mis diez años lo que deduje de aquello era que mi tía Mariluz tenía un novio que se llamaba Fidel y que mi madre no aprobaba la relación amorosa entre él y mi tía, más aún cuando al hilo de ciertas discusiones airadas entre ella y mi madre, en las que palabras incomprensibles como comunismo, capitalismo, socialismo y marxismo parecían contaminar la atmósfera y enfrentar a mi familia, mi tía gritaba que se iba a Cuba con el tal Fidel.
Así empezaron los viajes anuales de mi tía a la isla. Viajaba siempre en navidades para ahorrarse de paso los aburridos compromisos familiares a los que de todas formas nunca había hecho ningún caso y su colección de conchas de playa aumentó significativamente. Estas son de Cayo Santa María y estas otras vienen de Ancón y estas de Saetía, decía mi tía, como si cada concha hubiese sido adquirida en una tienda diferente. A mí aquellos lugares me sonaban a los viajes de Gulliver y esperaba que me llevase con ella en su próxima expedición. Al principio creí que se escapaba por amor, pero con los años descubrí que aquel Fidel que tanto amaba mi tía era en realidad un horrible dictador que oprimía a su pueblo y perseguía a quienes no pensaban como él.
Eso decían en la tele y en la radio. Eso decía mi familia y los profesores del colegio y todo el mundo y eso mismo acabé diciendo yo también.

Una tarde de mis catorce años, mientras mi tía barajaba sus cartas, me fui a fisgonear al armario secreto donde escondía el chocolate. La caja de bombones estaba enterrada por pilas de libros y papeles entre los cuales encontré un álbum con fotos de hombres barbudos. Era una especie de revista que a modo de historieta iba relatando las andanzas de aquellos hombres y mujeres armados en un lugar llamado Sierra Maestra. Fidel, el amigo de mi tía, sonreía al lado de un tal Ernesto Guevara, una Vilma Espín y un Camilo Cienfuegos. Recuerdo que la historieta contaba algunas bromas del tal Camilo conocidas como “camiladas” y yo, todavía una niña pero casi una mujer, sentí una ligera simpatía hacia  aquellos barbudos. Eran los años noventa y las niñas de mi edad soñábamos con backstreet boys y otros rostros publicitarios del momento, pero la visión de aquellos tres hombres despertó en mí un extraño deseo, todavía tenue y hasta entonces desconocido. Miré de nuevo al tal Ernesto Guevara y de pronto me pareció el hombre más guapo del mundo.  Aparté enseguida tales pensamientos de mi cabeza y cerré la historieta de un golpe. Fui directa al salón y le solté a mi tía una de aquellas frases que ya había oído antes a mi familia: “¿Por qué no sacas la foto de ese barbudo dictador de tu habitación?”
Mariluz  dejó la baraja sobre la mesa. Me miró con un ojo medio cerrado y su cigarrillo entre los labios como si me viese por primera vez en su vida.
– Explícame las razones por las que aseguras con tanta firmeza que Fidel es un dictador, dijo.
Se las enumeré todas. La falta de elecciones, el aislamiento político, su obstinación al no querer ceder a ciertas condiciones de democracia y respeto a los derechos humanos en favor de su pueblo hundido en la pobreza, el hambre y la miseria, el sufrimiento de los homosexuales y de los refugiados en Miami. Yo me sentí orgullosa de mi respuesta, de haber demostrado a mi tía que sabía de qué hablaba, pero ella volvió a sus cartas como si yo ya me hubiese ido.  Empezó a repartirlas sobre la mesa  y sin ni siquiera mirarme, dijo:
Repites como un loro todo lo que oyes. Tu discurso es un discurso plagiado sin ningún elemento propio y sólo se sostiene a través de la reproducción, lo cual demuestra la falta de inteligencia que lo construye. En la escuela os enseñan a ser mediocres papagayos.
Y volviéndose hacia mí  me apuntó de nuevo con sus pupilas agudas como cuchillos de plata:
Las buenas respuestas sólo puedes hallarlas en ti misma. Cuando las encuentres hablamos, entretanto yo no pierdo el tiempo con papagayos mamarrachos.
Estaba acostumbrada a los desplantes de mi tía y agradecí que al menos no me hubiese llamado Cristobalito. Allá ella con su Fidel, sus partidas al solitario y sus extravagancias. En el fondo le perdonábamos sus rarezas precisamente porque era una rara y las personas raras suelen decir cosas raras e incomprensibles.

Tuvieron que pasar muchos años y muchas lecturas para llegar a entender las rarezas de mi tía.
Un día cayó en mis manos el contrato social y muchas obras siguieron a aquella.
Supe así que mientras había hombres que consideraban al hombre bueno en su estado de naturaleza, otros aseguraban que en realidad el hombre era un lobo para el hombre y que esta concepción dual era la piedra angular de la segregación ontológica y política del pensamiento humano. Fui profundizando en la historia colonial y en las venas abiertas de los países colonizados, aprendiendo así que la realidad política de un país depende de un pasado histórico que le es propio sin el cual no podemos juzgar su presente. Descubrí los complejos engranajes de la maquinaria de producción capitalista y su sistema bancario y abordé el concepto de lucro y el de plusvalía y, aunque nunca llegué a compartir el enfoque dialéctico-histórico del materialismo ni el materialismo mismo, entendí las razones filosóficas de Marx. Entendí asimismo las devastadoras consecuencias de la acumulación de capital y el significado profundo y abstracto del valor dinero tan bien reflejado en esa imagen del fotógrafo Sebastiao Salgado en la que millones de hombres, por voluntad propia, arriesgan sus vidas como bestias famélicas en busca de un poco de oro en la garganta minera de Sierra Pelada. Entendí que en nombre de la libertad los hombres persiguen quimeras ante las cuales se arrodillan como esclavos y que la verdadera libertad reside en la sobriedad y en la disposición de nuestro tiempo de vida.
Me confronté al concepto de alienación, pero no llegué a comprenderlo realmente hasta que trabajando en un Mc. Donalds a mis veinte años, lo pude sentir en mi propia carne. Entendí muy tarde que ni los periódicos, ni la televisión, ni mis maestros podían enseñarme gran cosa sobre del hilo conductor que teje todas las épocas de la evolución humana y que sólo a través de la conquista de mi propia soberanía y a través de la extensísima historia del pensamiento humano podía llegar al epicentro de la revolución cubana que era a la vez mi propio epicentro y entender así a mi tía loca y a aquel barbudo de la foto.
***
Mariluz dejó este mundo el año en que empecé a hallar mis propias respuestas.
Fue dos meses antes de mi primer viaje a Cuba.
Nunca pude compartir con ella mis hallazgos, pero hoy varias conchas de Cayo Santa María y Ancón decoran los estantes de mi habitación y junto a ellas la foto de un hombre barbudo nos une a través de la Historia.

 

 

 

 

El vegetarianismo de Tolstoy. Extracto de “El primer paso”

a1e36cdb7f3b7afb1ce4b6f5d65e8654Visité hace poco los mataderos de Tula. Están construidos según un nuevo modelo perfeccionado, como en las grandes ciudades, de modo que los animales muertos padezcan lo menos posible.

Hace mucho tiempo ya que leyendo el excelente libro «Ethics of Diet», sentía deseos de visitar los mataderos, para asegurarme por mí mismo de la esencia del problema de que se habla cuando se trata del vegetarianismo; pero me ocurría algo parecido a lo que se nota cuando se sabe que se va a experimentar un padecimiento agudo que uno no puede impedir. Aplazaba siempre mi visita.

Pero recientemente hallé en el camino un matarife que iba a Tula. Era un obrero poco hábil y su cometido consistía en dar la puntilla. Yo le pregunté si no le daban lástima las reses.

— ¿Qué sacaría de ello? Así como así, tengo que matarlas.

Pero cuando le dije que no es necesario comer carne, la cual constituye un alimento de lujo, convino conmigo en que verdaderamente era de sentir.

—Pero ¿qué hacerle? Hay que ganarse la vida, Antes, temía matar: mi padre no mató jamás ni una gallina.

En efecto, a la mayoría de los rusos les repugna matar, sienten lástima, y expresan tal sentimiento por la palabra «temor». El también temía, pero dejó de temer, y me explicó que el viernes era el día de más trabajo.

Tuve recientemente una conversación con un soldado, carnicero, que también se admiró al decirle yo que era una lástima matar. Me contestó que es una costumbre necesaria; pero finalmente, convino en que da lástima, y añadió:

—Sobre todo cuando la res se encuentra resignada y mansa, cuando va al degolladero con toda confianza. Sí, inspira mucha piedad.

¡Es horrible! Horribles son, en efecto, no los padecimientos y la muerte de las reses, sino el hecho de que el hombre, sin ninguna necesidad, calle su sentimiento elevado de simpatía hacia seres vivientes como él, y sea cruel venciendo su repugnancia. ¡Cuán profunda es en el corazón del hombre la prohibición de matar a un ser viviente!

Un día que volvíamos de Moscú, unos cosecheros que iban al bosque nos llevaron en sus carros.

Era el jueves santo; yo estaba sentado en la delantera del carro, junto al carretero, que era robusto, sanguíneo, grosero: evidentemente, era un labriego aficionado a la bebida. Entramos en una aldea, y vimos, con perdón sea dicho, un cerdo cebado, blanco rosado, que sacaban de una casa para matarlo. Chillaba de un modo desesperado, con gritos que parecían humanos: en el momento preciso en que pasábamos por allí, empezaban a degollarle. Un hombre le hundió el cuchillo en la garganta. Los gruñidos del cerdo fueron más fuertes y agudos; el animal se escapó chorreando sangre. Soy miope, y no vi todos los detalles de la escena: vi únicamente un cuerpo sonrosado como el de un hombre y oí los gruñidos desesperados. El carretero miraba todo aquello sin apartar la vista. Cogieron de nuevo al cerdo, le derribaron y remataron. Cuando cesaron sus gritos, el carretero lanzó un profundo suspiro:

— ¿Cómo puede Dios permitir esto?

Tal exclamación demuestra el profundo asco que inspira al hombre la matanza. Pero el ejemplo, la costumbre de la voracidad, la afirmación de que Dios admite tales cosas, hacen que los hombres pierdan por completo, ese sentimiento natural.

Era un viernes. Fui a Tula, y encontrando a un amigo mío, hombre bueno y sensible, le rogué que me acompañara al matadero.

—Sí, he oído decir que está muy bien montado y me gustaría verlo; pero si matan no iré.

— ¿Y por qué no? Precisamente eso es lo que quiero ver; ya que se come carne, hay que ver cómo se mata a las reses.

—No, no puedo.

Es de notar que mi amigo es cazador, y que por lo tanto mata también.

Llegamos. Apenas en la puerta, sentíase ya un olor fuerte, repugnante, de putrefacción como el de la cola de carpintero.

Cuanta más adelantamos, más crece tal olor. El edificio es de ladrillo rojo muy grande, con bóvedas y altas chimeneas. Entramos por la puerta cochera. A la derecha hay un gran patio cercado, que tiene una superficie de un cuarto de hectárea. Allí es donde, dos veces a la semana, amontonan el ganado vendido. En el extremo de este patio, está la portería: a la izquierda, dos naves con puertas ojivales; el suelo es de asfalta, formando doble pendiente, y allí hay aparatos especiales para colgar las reses muertas.

Junto a la portería, estaban sentados en un banco seis matarifes, que llevaban los delantales manchados de sangre, con las mangas también sanguinolentas, arremangadas, mostrando sus brazos musculosos. Habían terminado ya su trabajo medía hora antes, de modo que aquel día sólo pudimos ver la nave vacía. A pesar de las puertas abiertas, sentíase un olor nauseabundo de sangre caliente; el suelo era obscuro, reluciente, y en las regueras había sangre coagulada.

Uno de los matarifes nos explicó de qué modo se mata, y nos enseñó el sitio en que se verifica tal operación. No la comprendí del todo, y me formé una idea falsa, pero terrible del degüello; pensaba, como ocurre a menudo, que la realidad me causaría menos impresión que lo imaginado, poro estaba en un error.

Otra vez llegué al matadero a buena hora. Era el viernes anterior a la Pascua de Pentecostés, en un día caluroso de junio; el olor a sangre era aún más fuerte que la otra vez y se trabajaba de firme; el gran patio estaba lleno de ganado y había muchas reses también en los cobertizos contiguos a la nave central.

En la calle había carretas cargadas de bueyes, vacas y terneros.

En otros carros, tirados por buenos caballos, veíanse amontonadas terneras vivas, patas arriba.

Estos carros se acercaban al matadero y se descargaban.

Había aún otros carros con bueyes muertos cuyas patas se movían al compás de las sacudidas que daba al vehículo, mostrando sus cabezas inertes, los pulmones rojos, y el hígado pardusco; todos salían del matadero. Junto a la cerca había caballos de silla, pertenecientes a los ganaderos. Estos, con sus largas blusas y el látigo en la mano, iban y venían por el patio, o marcaban con alquitrán las reses que los pertenecían; regateaban el precio y vigilaban el transporte del ganado desde el patio al cobertizo, y desde éste a la nave.

Toda aquella gente parecía preocupada por sus negocios y nadie se cuidaba de saber si era una buena o una mala acción matar aquellas reses; tanto pensaban en ello, como se cuidaban de la composición química de la sangre que corría por el suelo.

No había ningún matarife en el palio. Todos trabajaban. Aquel día se mataron unos cien bueyes.

Entré en la nave central y me detuve junto a la puerta; me detuve, porque en el interior apenas se cabía, a causa del ganado que allí se amontonaba, y porque la sangre goteaba del techo, salpicando a los matarifes. Si hubiera yo entrado, también me hubiera manchado el traje.

Unos hombres descolgaban a una res, otros hacían deslizar a otra sobre unos carriles y había a un buey muerto, con las patas blancas, al que desollaba un matarife.

Por la puerta opuesta a la que yo estaba hacían pasar al mismo tiempo un buey rojo y gordo. Le arrastraban. Apenas había salvado el umbral, cuando uno de los matarifes, armado con un hacha de largo mango, le hirió en el cuello. Como si a un tiempo le hubieran cortado las cuatro patas, el buey cayó pesadamente al suelo, se volvió de lado y movió convulsivamente las patas y la cola. Entonces un matarife se echó sobre él, le cogió por los cuernos, hizo que la cabeza se bajara hasta el suelo, y otro matarife le degolló. Por la abierta herida, la sangre, de un rojo obscuro, brotaba como de una fuente, y la recogía en un barreño de metal, un niño salpicado de sangre. Entre tanto, el buey no cesaba de mover y sacudir la cabeza y agitar convulsivamente las patas.

El barreño se llenaba rápidamente, pero el buey vivía aun y continuaba azotando el aire con las pezuñas, lo cual obligaba a los carniceros a apartarse. Tan pronto como el barreño estuvo lleno, el muchacho se lo colocó en la cabeza y lo llevó a la fábrica de albúmina, mientras otro niño traía otro barreño que se llenaba a su vez.

El buey continuaba perneando desesperadamente. Cuando cesó de correr la sangre, el carnicero levantó la cabeza del buey, y empezó a desollarlo; el animal aun se movía. Tenía la cabeza ya desollada, roja, con las venas blancas, y tomaba la posición que le daban los matarifes. Colgaba la piel a ambos lados, y el buey no cesaba de moverse. Otro carnicero cogió entonces al buey por una pata, se la rompió y se la cortó: el vientre y las otras piernas se estremecían aún convulsivamente; después; le cortaron los miembros restantes y los echaron en un montón con las piernas de los otros bueyes del mismo ganadero. Luego arrastraron a la res hacia la polea y la colgaron. Entonces únicamente es cuando el buey no dio señal de vida. De igual manera vi matar desde la puerta tres bueyes más. A todos le hicieron la misma operación; a todos les cortaron la cabeza, cuya lengua pendía entre los dientes; la diferencia consistía en que a veces el matarife no acertaba el golpe; el buey se resistía, mugía y, chorreando sangre, trataba de escapar de manos de los carniceros.

Entonces le arrastraban hasta el centro de la nave, le herían de nuevo y caía.

Di la vuelta, y me acerqué a la puerta opuesta y vi repetir la misma operación, pero más de cerca y con mayor claridad. Vi sobre todo lo que no había podido ver desde la otra puerta: de qué manera se obligaba a los animales a entrar. Cada vez que cogían un buey del cobertizo y le arrastraban por medio de una cuerda atada a los cuernos, el animal, oliendo la sangre, se resistía, mugía y retrocedía; dos hombres no hubieran podido arrastrarle a la fuerza; y he aquí por qué, entonces, uno de los matarifes se le acercaba, cogía al buey por la cola, se la retorcía y le rompía una vértebra; el animal adelantaba temeroso. Cuando hubieron acabado de matar los bueyes de un ganadero, empezaron con los del otro.

El primer animal de esta nueva ganadería era un toro hermoso, robusto, berrendo en negro, y botinero; un animal joven, musculoso, enérgico. Tiraron de la cuerda, bajó la cabeza y se detuvo con decisión; pero el matarife marchaba detrás, y como un herrero que coge el mango de un fuelle, cogió la cola, la retorció; crujieron las vértebras, embistió el toro tirando al suelo a los que sujetaban la cuerda, y se detuvo de nuevo mirando a ambos lados con sus ojos negros llenos de fuego; de nuevo crujió la cola, adelantó el toro, y entonces llegó a donde se quería; el matarife se acercó, apuntó e hirió; el golpe mal dirigido, no hizo caer a las res, que agitó con fuerza la cabeza, mugió, y sangrienta y furiosa se soltó y se echó hacia atrás. Todos los que estaban junto a la puerta huyeron; pero los matarifes, acostumbrados al peligro, se apoderaron rápidamente de la cuerda, de nuevo rompieron la cola y otra vez el toro se encontró en la nave, en el sitio requerido. Ya no pudo escapar. El matarife apuntó rápidamente, halló el punto que quería, hirió, y el hermoso animal, lleno de vida, cayó moviendo la cabeza y las piernas mientras le degollaban y desollaban.

— ¡Maldito diablo! No ha caído donde era preciso—murmuró el matarife, cortándole la piel de la cabeza.

Cinco minutos después, la cabeza negra era roja, y aquellos ojos, que brillaban con tanta fuerza cinco minutos antes, aparecían vidriosos y apagados.

Luego fui al sitio donde matan los carneros. Era una gran nave con el suelo asfaltado, y mesas con respaldos, sobre las cuales se degüella a los carneros y terneras. En aquella cuadra impregnada del olor de la sangre, había acabado el trabajo, y únicamente estaban dos matarifes. Uno de ellos soplaba en la pierna de un carnero muerto y frotaba con la mano el vientre hinchado del animal; el otro, que era mozo y llevaba el delantal lleno de sangre, fumaba un cigarrillo. Me siguió un hombre que parecía un antiguo soldado. Llevaba un corderito de un día, negro, con una mancha en el cuello y las patas atadas, y lo puso sobre una mesa.

El soldado, que se conocía que había ido muchas veces a aquel sitio, dio los buenos días y trabó conversación explicando que tenía que pedir licencia a su amo. El mozo del cigarrillo se acercó empuñando un cuchillo, y contestó que les daban permiso los días de fiesta. El cordero vivo estaba tan inmóvil como el carnero muerto e hinchado con la diferencia de que agitaba vivamente la colita y se le movían los costados más rápidamente que de costumbre. El soldado, sin hacer ningún esfuerzo, apoyó la cabeza del animalito en la mesa, y el matarife, sin cesar de hablar, cogió con la mano izquierda la cabeza del cordero, y le cortó el cuello. Agitóse la víctima, la cola se le puso rígida, y cesó de moverse. El carnicero, mientras brotaba la sangre, encendió de nuevo el cigarrillo.

Cuando acababa de desangrarse, se agitó de nuevo el cordero, y la conversación continuó sin interrumpirse un sólo instante.

¡Y las gallinas, y los pollos, que por millares se sacrifican a diario en las cocinas, y que con las cabezas cortadas, chorreando sangre, se estremecen y baten las alas de una manera tan cómica como terrible!

Y, sin embargo, la Señora de corazón sensible come ese volátil con la completa seguridad de su derecho, afirmando dos opiniones que se contradicen: la primera, que está tan delicada, según le aseguró su médico, que no podría soportar una alimentación exclusivamente vegetal, y que a su débil organismo le hace falta la carne; la segunda, que es tan sensible, que no puede hacer padecer a los animales, ni soportar la vista de sus padecimientos.

En realidad, esta pobre señora está débil, porque la han acostumbrado a nutrirse de alimentos contrarios a la naturaleza humana; y no puedo dejar de hacer padecer a los animales, por la sencilla  razón de que se los come.

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Y el progreso del vegetarianismo es de este tipo. Ese progreso está expresado en la vida real de la humanidad, que por muchas razones está involuntariamente pasando de hábitos carnívoros a comida vegetal, y también está siguiendo el mismo camino en un movimiento que muestra fuerza evidente, y que está creciendo más y más — el vegetarianismo. Ese movimiento durante los últimos diez años ha avanzado más y más rápido. Más y más libros y periódicos sobre este tema aparecen cada año; uno conoce más y más gente que ha dejado la carne; y en otras partes del mundo, especialmente Alemania, Inglaterra y América, el número de hoteles y restaurantes vegetarianos crece año tras año.

Este movimiento debería causar gozo especial a aquellos cuya vida yace en el esfuerzo de traer el Reino de Dios a la tierra , no porque el vegetarianismo en si sea un importante paso para llegar a ese reino (todos los pasos verdaderos son ambas cosas, importantes y no importantes), sino porque es un signo de que la aspiración de la humanidad hacia una perfección moral es seria y sincera, pues ha tomado el inalterable orden de la sucesión natural hacia ella, empezando con el primer paso.

Uno no puede evitar regocijarse por esto, como la gente no podría evitar alegrarse de quien, tras esforzarse por alcanzar el piso superior de una casa intentando en vano trepar al azar por las paredes desde distintos puntos, consigue finalmente subir el primer peldaño de la escalera, convencido de que no puede haber otra forma de subir excepto dando este primer paso por las escaleras.

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Leo Tostoy  “El primer paso”

El hombre y el axolotl. Neotenía y omnivoracidad.

« No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos »

oxJulio Cortázar escribió un cuento sobre los axolotl.
Creyó Cortázar encontrar algo que le unía a estas especies y observándolas durante días, acabó viéndose en ellas, como en un espejo. Un reflejo de su propia naturaleza.

Existen teorías biológicas, muy poco divulgadas y muy mal aceptadas (de ahí su gran valor), que señalan al ser humano como un “neoteno” (el biólogo Louis Bolk propuso esta teoría en 1926), es decir, una criatura inacabada, una fatalidad y un infortunado retraso de la naturaleza que por su propia incapacidad de adaptación al medio ha tenido que desarrollar todo tipo de argucias y artimañas a las que, haciendo uso de esa abstracción suya que es el lenguaje, ha llamado inteligencia.

El hombre padece un retraso biológico con respecto al resto de los animales que sólo se encuentra en ciertas especies de salamandras y criaturas larvarias entre las cuales se encuentra el axolotl. Comparten estas especies rasgos comunes con el ser humano, por ejemplo el hecho de sufrir un nacimiento prematuro y presentar a lo largo de toda su vida rasgos juveniles. El período de gestación de los seres humanos es de 270 días,  los bebés no consiguen gatear antes de los ocho meses de edad, no consiguen caminar hasta los 14 meses,  no hablan bien hasta los dos años y no abandonan su hogar hasta los 18 (en el mejor de los casos). En contraposición, todas las especies producen crías maduras, capaces de correr con sus semejantes y adaptarse al medio poco después de su nacimiento.

Ni siquiera alcanza el hombre a ser finito. Un león nace león y un cerdo nace cerdo, saben lo que tiene que hacer y están absolutamente presentes en el espacio tiempo. Sin embargo, un hombre no nace hombre, desconoce su función en la Tierra y no sabe estar presente en el espacio tiempo (su existencia está basada en las experiencias pasadas o en las expectativas del futuro). Los demás animales se adaptan fácilmente al medio natural en el que nacen, nosotros no. Ellos saben utilizar su cuerpo para interrelacionarse plenamente con la naturaleza. Nosotros, criaturas larvarias en permanente proceso de metamorfosis,  ramificaciones de simios inacabados, engendros inadaptados, frágiles y vulnerables aberraciones sin garras ni pelaje, no podemos decir lo mismo y esta fatalidad podría ser la causa de la devastación de nuestro medio.

Para el neoteno la noción de naturaleza carece de sentido ya que es incapaz de habitarla y es así como la cultura o civilización aparece inevitablemente como reemplazo a una naturaleza claudicante, hostil y absolutamente invivible.

El neoteno, antropocéntrico por naturaleza (o tal vez debido a tales infortunios y penosas dificultades de adaptación), ha entronizado esta capacidad suya de construír un mundo dentro del mundo, la civilización, la técnica, y le ha dado el nombre de inteligencia.
Lo mismo hizo para justificar sus actos. Se creó un doble y lo llamó Dios, es decir, un macho dominante que organizara racionalmente sus comportamientos gregarios.
Inteligencia, Dios.. El lenguaje es una abstracción y como tal, nos abstrae de la realidad.

El neoteno y la omnivoracidad

Varios estudios antropocéntricos afirman que gracias a la carne el hombre es “inteligente”.
Primero, habría que delimitar el concepto de inteligencia y su diferencia con “adaptación al medio” ya que no es necesariamente lo mismo, pues como hemos dicho, en esa búsqueda permenente del neoteno de su finitud, desarrolla todo tipo de capacidades para adaptar el medio a sus carencias y retrasos biológicos.

Por otra parte y con relación a la abstracción del lenguaje, debemos tener presente que el que come la cabeza de un cochinillo ve lo que la propia abstracción del lenguaje produce . Cerdo=animal de ganado=comida (significación)
Si en vez de la cabeza de un cerdo ponemos la de un perro, el significante que es simplemente algo cultural, le produce rechazo porque la lengua española ha metido al perro en la categoría de animales de compañía, de “amigo el hombre”.
En el caso de un chino o un indio sus lenguajes les abstraen hacia otras realidades. Perro=comida, vaca=sagrado.
El que come la cabeza del cochinillo no ve al cochinillo como un ser vivo dotado de capacidades y sentimientos y susceptible de sufrimiento, no lo ve como un amigo del hombre porque  su mente está limitada por la abstracción del lenguaje. No ve un ser vivo, ve sólo lo que su lenguaje le dice “comida”.
El lenguaje tiene un poder de abstracción peligrosísimo. Podemos abstraernos de nosotros mismos y cometer atrocidades con un simple concepto “judío” “enemigo” “rebelde” “terrorista” y eliminar toda significación humana para así, justificar nuestros actos inhumanos.
No es lo mismo decir “el terrorista mató a su víctima” que “un hombre mató a otro hombre”.

La realidad se transforma.

El lenguaje puede ser una barrera a la consciencia.

chapeau4536Y superar sus límites es el único camino que existe hacia nuestra plena realización como seres humanos.

Pero supongamos que esa inteligencia es realmente algo superior digno de entronización y que gracias a la carne nuestros cerebros crecieron y desarrollaron sus brillantes neuronas. Si la carne tuvo ese gran poder, entonces el león debería ser hoy el animal más inteligente del mundo puesto que sólo come carne.
No, no, nos dice Bolk, la realidad es otra. “Los neotenos, llegaron a ser omnívoros, como consecuencia de esa búsqueda permanente de completarse, de llegar a ser, de potenciar los rasgos que no tienen.”
” Si fui un gran cazador de jaguares fue entonces para llegar a ser jaguar yo mismo” (“Lettres sur la natura humaine à l’usage des survivants” Dufour, 1999)
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En cualquier caso a mí me parece que en un rasgo de eso que llamamos inteligencia toda la comunidad científica debería estar de acuerdo, pues es ese rasgo supremo que nos diferencia del resto de las especies: La compasión.

Esa capacidad extraordinaria de la especie humana para ponerse en lugar del otro y sentir, como si fuesen propios, los sentimientos ajenos. Me gusta la palabra compasión en alemán que literalmente quiere decir co-sentimiento (Mit-gefühl) y que contrariamente a otros idiomas latinos está exenta de esa connotación negativa de “lástima” o “indulgencia”. Debemos entender la compasión como un sentimiento compartido, lo cual querría decir que si sentimos dolor cuando vemos a un animal de otra especie sufrir, es porque ellos también sienten y en este sentido estamos compartiendo algo que nos une. No lo sentimos cuando matamos una mosca (incluso si muchos son incluso incapaces de esto) pero lo sentimos viendo una vaca o un cordero sufrir o cualquier especie vertebrada con las que compartimos rasgos biológicos comunes como el sistema nervioso.
Milan Kundera decía que en una pareja hay amor cuando uno siente el sentimiento del otro como si fuese propio. El co-sentimiento y el amor son lo mismo.

A esa capacidad del neoteno para inventar instrumentos, argucias y artimañas técnicas que le permitiesen adaptar el medio hostil a sus necesidades, conquistar el espacio y racionalizar su existencia para acomodarla a su lamentable retraso genético yo no la llamaría inteligencia, sino instinto de supervivencia o incluso lo que Edgar Morin ha calificado como « inteligencia ciega », aquella que separa los objetos de sus ambientes y destruye las totalidades.

Sin embargo, en esa capacidad única de compasión o co-sentimiento radica nuestra esencia humana, la « inteligencia consciente ». La consciencia.
Y la capacidad de escucharla es la que lleva al neoteno a convertirse en hombre y por lo tanto, a cumplir su función en la Tierra.

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Por cierto, el día que yo vi mi primer axolotl, creí estar contemplando un dios.
¿Será que Dios está también en estado larvario?

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La primera ilustración es mía y la segunda del gran artista Max Neumann

Pongamos que hablo de Bruselas

_25y7zva87sSuele decirse de Bruselas que es una ciudad fea, triste, sucia y gris. Muchos de los turistas que la visitan se quedan decepcionados al no encontrar esa belleza de tarjeta postal, esos grandes monumentos para fotografiar o esa animación nocturna que tienen las ciudades del sur de Europa.

A mí Bruselas me parece una ciudad hecha para unos pocos y en ello radica precisamente su encanto. Bruselas es como una mujer triste, algo desmarañada, sin maquillaje ni artificios, aparentemente fea e inmensamente distante. Una mujer que se pasea solitaria sin llamar la atención y al cruzarla en la calle nadie se gira para mirarla dos veces. Va vestida con ropas oscuras y deja, libre y rebelde, crecer sus cabellos sin ocultar las canas. Qué fea y qué triste es esa mujer, dice la gente. Mirad cómo va, siempre desgreñada y hecha un adefesio, dicen las mujeres con sus bolsos Louis Vuitton .

Y un buen día resulta que pasa por su lado ese hombre extraño con la cabeza llena de pájaros y al mirarla percibe ese halo misterioso que tienen aquellos que no son de este mundo e indudablemente quiere saber más sobre ella. Se acerca y la escucha; y al escucharla su voz le guía como por entre las letras de un poema de Émile Verhaeren y entre símbolo y símbolo, acaba por perderse entre sus oscuras calles y viejos recovecos,  aprendiendo así a descifrar cada uno de los innumerables secretos que envuelven sus grisallas.

No es de extrañar que sea la capital de la francmasonería, pues si algo saben los masones es que hay que desconfiar de las apariencias, educarse en el  símbolo y mirar al otro lado  de la materia.

9usd3o99cmLa belleza de Bruselas es democrática, pequeña, cotidiana, impredecible, integrada en la vida diaria de todos los ciudadanos y puede sorprendernos al doblar cualquier esquina. Las maison de maitre, esas casas de brujas coronadas por la cúpula invisible que forman los gritos de cuervos y cornejas,  las pequeñas casitas obreras de ladrillos rojos donde se hacinaban los esclavos del carbón o las construcciones Art Nouveau con las que Horta y Cauchie la agasajaron y la vistieron de gala, le otorgan ese inigualable toque de fantasía y sensualidad.

Bruselas es además una mujer sin Dios y sin dueño. Ningún gobierno parece capaz de gobernarla. Ni las administraciones flamencas con su concepto del orden y la disciplina, ni los valones con su romanticismo social. Su naturaleza caótica parece escabullir astutamente el imperativo de la ley. Tampoco el imperio de la mercancía en movimiento puede dominarla por mucho que la golpee con el látigo de sus directivas. Su gente sigue prefiriendo las petites épiceries(ultramarinos) de la esquina al centro comercial, los mejillones, las ostras y las patatas fritas al fast food,  el mueble roto y desvencijado de una brocante (tienda de anitgüedades) en Les Marolles a la estética concertada de Ikea.

Las instituciones europeas se erigen cerca de su corazón pero no saben conquistarlo. Los funcionarios de traje y corbata  no la seducen y los tecnócratas y expertos la usan como a una mujerzuela de saldo y esquina. Aterrizan el lunes en sus suelos y la abandonan el viernes, pero no la miran, no la aman y apenas saben acaricarla. Bruselas, orgullosa como una reina harapienta, parece despreciarlos. Tal vez sea por ello que el barrio europeo, condenado al desdén de la desgreñada dama,  se encierra en su bulle (así se llama en Bruselas al mundo europeo la burbuja) pero en vez de irse, se queda a vivir en ella como un amante parásito.
¿No será a causa de este desamor  que la burbuja, ensimismada en sus propias ambiciones, hace y deshace las normas que gobiernan los pueblos sin escuchar a nadie más que a sí misma?  ¿No será esta desunión amorosa un fresco emblemático de este continente fragmentado al que sus instituciones mercantiles pretenden representar?
Cincuenta años después del Tratado de Roma, la Unión Europea flota la deriva como un cadáver en descomposición sin otra identidad que la de sus luctuosas mercancías y su desintegración humana, haciendo de la ciudad que la acoge una víctima más de los malos olores que propagan sus instituciones neoliberales.

_9bhih9dwhdA pesar de todo, la vida irrumpe en cada esquina, en cada giro y en cada línea recta mezclándose con el lodo y la basura de la decadencia europea.

Su bullicio poco tiene que ver con la juerga o el botellón que conocemos en los países latinos, y sus fiestas,  siempre íntimas, prefieren la cerveza o la copa de vino al cubata, la casa a la calle, el murmullo a los gritos, la conversación a la euforia, y el jazz al reggaetón. Los espectáculos no son masivos y el alma solitaria siempre encuentra su sitio. El arte en Bruselas no es institucional y poco tiene que ver con el museo. El arte aquí es una forma de vida y creo que no exagero si lo comparo con el espacio que ocupa el fútbol en España, que es también otra forma de vida. La vida cultural apenas conoce el gran espectáculo financiado con grandes cantidades de dinero público, y en su lugar, abundan los pequeños montajes, las performances, las exposiciones  que no exigen grandes inversiones y permiten que un gran número de artistas se ganen la vida dignamente.

En Bruselas triunfa lo pequeño, lo insignificante, el pantalón de segunda mano, el mercadillo y los ritmos alternativos.  Los sesenta y setentañeros pasean en vèlo,  escuchan a Lou Reed pero también a Wilco y se mezclan naturalmente con los jóvenes en las salas de cine, en las terrazas y en los conciertos de rock. Las grandes firmas nunca consiguen crear modas ni uniformizar los gustos o crear tendencias. Cada persona parece nacida de una viñeta de bande dessinée y transmiten una gran individualidad. Es una ciudad muy inspiradora pues está plagada de personajes reales de cómic y tintes de expresionismo alemán.

_gkcjr6v3sqLos innumerables y caóticos partidos políticos (muy criticable, desde luego, la mala gestión de sus autoridades) y sus representantes suelen ser ignorados por los ciudadanos, poco importa lo que digan o dejen de decir y definitivamente carecen de esa grandilocuencia que tienen en Francia, en Italia o en España y esa deformación futbolística y espectacular que crea el bipartidismo.
Recuerdo una imagen televisiva del antiguo primer ministro, Elio di Rupo, relatando a la prensa su caída por unas escaleras con la frente llena de tiritas y costras. Había en su torpeza y en su aire siempre despistado, esa falta de artificios tan característica de este país. Parecía el mismísimo capitán Haddok contando sus aventuras.
La política aquí es una política de vecindario, de comunidad de propietarios, de andar por casa. No sé si esto es bueno o malo pero tal vez es por ello que todavía consigue apropiarse de los espacios públicos y en medio del caos bruselense y la mala gestión de sus administraciones, el ciudadano busca sus propias soluciones a muchos de los problemas políticos. La primera preocupación hoy es el consumo, la alimentación, los organismos genéticamente modificados,  los pesticidas y la contaminación ambiental. Son numerosas las iniciativas asociativas en Bruselas para crear lugares de consumo alternativos (tiendas bio) y de reciclaje.
Su Filmoteca, a pesar de estar tímidamente escondida en una callejuela, es una de las mejores del mundo y destaca por sus magníficos trabajos de restauración de películas antiguas. Ofrece algo que no encontramos en ninguna otra filmoteca del mundo: la proyección de películas de cine mudo con acompañamiento de piano en vivo. Sólo en Bruselas se pueden ver las grandes obras de arte de los primeros grandes directores de la historia del séptimo arte (Cecil B. DeMille, Friedrich Murnau, Harold Lloyd, Dreyer…) con el pianista a dos metros de los espectadores y sentir la misma sensación mágica que sintieron nuestros abuelos la primera vez que entraron en una sala oscura para conocer el “cinematógrafo”.

En Bruselas la vida es gris y desgarradora como una pintura de Spilliart o una canción de Jaques Brel, pero entre sus brumas emergen escenas de vida bohemia, recortes coloristas de bande dessinée como las que ilustran este artículo y una riquísima mezcolanza  de lenguas y culturas.

La tristeza no es triste en Bruselas porque aprendemos a quererla. También aprendemos que lo feo puede ser muy bello y que lo bello necesita de muchas sombras e imperfecciones para llegar a ser verdadero.

***

Dibujos del artista Alain Godefroid, un bruselense enamorado de su ciudad.

“Bruxelles ma belle”
http://www.alaingodefroid.book.fr/galeries/bruxelles-ma-belle/

 

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Revolución bio-lógica y huelga general del consumo

consommationFormo parte de esas personas que tras muchos años de activismo político, terminé por darme cuenta que la transformación de la sociedad sólo era posible a través de mi propia transformación.
Antes participaba a menudo en la vida política. Votaba y me manifestaba. Salía a la calle con pancartas y protestaba contra las injusticias del sistema pero luego pasaba por el supermercado y engrasaba sus engranajes esperando el día en que un cambio político lo arreglase todo.

La realidad económica ha cambiado y hoy en día los medios más efectivos de protesta como pudo ser en otra época la huelga general han dejado de tener sentido ya que la mayor parte de los bienes de consumo se producen fuera de Europa (Anne Steiner, leer artículo en francés). Lo mismo ocurre con las manifestaciones que funcionan como una olla a presión canalizando todas las frustraciones de la sociedad civil y así evitar revoluciones como las de otros tiempos capaces de revocar el orden establecido. Hoy protestamos pidiendo permiso previamente a las autoridades y respetando el trazado urbanístico acordado y cercado por los guardianes del orden público. Gritamos furiosos mientras los dirigentes nos miran con displicencia desde sus palacios presidenciales, luego salimos en la prensa llenos de moratones y finalmente volvemos a casa y todo sigue igual.

He tenido una experiencia laboral de varios años en instituciones internacionales y ello me ha enseñado que la lucha desde una lógica nacional carece ya de sentido pues los problemas nacionales son sólo los resultados últimos de toda una maquinaria económica que funciona a escala transnacional. Las reformas laborales de nuestros gobiernos no son más que tareas de ejecución como las que realiza un funcionario de la administración local para cumplir con estándares normativos y planes inversores establecidos por sus superiores jerárquicos (EEUU en el caso de Europa).

Tenemos que entender que desde la lógica de la ideología económica dominante,  los países se han convertido en empresas e incluso los ciudadanos caemos en la trampa de hablar de nuestros países en términos de rendimiento, crecimiento, défit y otros términos de contabilidad empresarial. Cierto que los medios de comunicación llevan años condicionándonos a ello, sin embargo tenemos que entender que la idea de estado como multinacional competitiva dentro del mercado mundial convierte al ciudadano en un simple peón al servicio de la empresa y lo anula radicalmente como ser humano.

El Estado tradicional susceptible de velar por el acceso a la educación, la sanidad y la vivienda y garantizar un marco de convivencia digna  está hoy en vías de extinción y el pensamiento único ha llegado incluso a hacernos creer que la felicidad del hombre en la tierra depende unicamente de su acceso al trabajo, como si la vida en la Tierra se redujese a eso. De hecho llegamos a decir a menudo cosas como “Prefiero ir a la oficina porque en casa me aburro”, como si la vida fuese una mediocre dicotomía casa-oficina. Despertemos de   una vez de este pensamiento de esclavos.

imagesCreo que el medio de lucha más eficaz es la “huelga general del consumo”, es decir, reducir de manera drástica el consumo de bienes industriales dándonos de baja voluntariamente de nuestros empresas-estado y alejarnos de sus circuitos comerciales, aprendiendo a producir de otra manera todo aquello que consideramos esencial para nuestro bienestar.

Esta forma de ver las cosas es cada vez menos utópica y la realidad nos muestra como en muchísimas parte del mundo el movimiento altermundista ocupa cada vez más espacios públicos (ver el documental francés “Demain”) y edifica poco a poco una realidad paralela a esta del estado-empresa accionista, jugador de casino, mafioso institucionalizado que divide a los ciudadanos entre aquellos que producen PIB y los que no.

Cualquiera de nosotros puede aportar su pequeño ladrillo a este nuevo mundo que florece y que pugna ante todo por recupera la tierra (humano viene de “humus” que es el sustrato orgánico de la tierra) de la que formamos parte. Hoy cada vez más personas se dan cuenta que la rehumanización de la sociedad pasa por la desmercantilización de uno mismo.

En mi caso muchas cosas han cambiado en mi manera de relacionarme con el mundo así como en mis hábitos de consumo y lo más sorprendente es que la realidad alrededor se ha transformado y todo me parece hoy mucho más positivo. Antes me solía deprimir creyendo que las cosas no cambiaban. ¡Ahora sólo veo como todo cambia a mi alrededor! Tal vez vivir en una ciudad del norte de Europa también ayude.  Ignoro si en España, mi país natal, tendría la misma impresión, pero seguro que sí pues la realidad no deja de ser una proyección de nuestra conciencia.

El número de desertores, de trabajadores que se autodespiden de este sistema, crece cada día.

En mi caso y comparado con muchas otras personas, mi contribución es todavía miníscula, pero varias cosas han cambiado en estos tres últimos años de mi vida.

  • He dejado radicalmente de utilizar cosméticos industriales. Mi cuarto de baño parece hoy una cocina en la que sólo hay aceites naturales (oliva, argán, coco y linaza) que me sirven de cremas, con lo cual todas esas sociedades de productos como L’Oreal y compañía, no se repartirán nunca más sus dividendos gracias a mi contribución y sus laboratorios de experimentación animal no serán financiados con mi bolsillo. También me fabrico yo misma mi pasta de dientes con arcilla, aceite esencial de menta y bicarbonato.Otra cosa que he descubierto es que el cabello no necesita de champús ni cremas y que naturalmente lo tenemos limpio (¿Cómo hacían antes los seres humanos? ¿Creéis que andaban con sus pelos grasientos por el mundo?) y desde hace seis meses formo parte  de esta fantástica tendencia del no-poo que además de sentarle genial a mi pelo, limpia el cuarto de baño de todos esos antiestéticos botes de plástico. Un poco de arcilla y vinagre de manzana y el cabello  está perfecto!
  • He dejado de consumir carne. En mi caso ha sido fácil pues creo que en el fondo mi verdadera naturaleza siempre fue vegetariana. No me opongo al consumo tradicional (el cerdo que se mata en familia) pero me opongo radicalmente al maltrato animal en mataderos industriales de muerte en cadena; realidad hacia la que,  gracias a internet, somos cada vez más conscientes y sensibles. Hoy somos en el mundo 600 millones de vegetarianos, si fuésemos una nación seríamos ya más grande que toda la UE (Philipp Wollen). Además, aunque uno no sea sensible hacia los animales,  todos sabemos que la industria cárnica es una de las principales causas del calentamiento del planeta, la degradación de las tierras, la contaminación atmosférica y del agua, y la pérdida de biodiversidad.
  • Aunque todavía tengo coche (deshacerme de él sea tal vez el próximo paso pues al menos en esta parte de Europa, es cada vez más fácil alquilar un coche eléctrico si lo necesitas) intento limitar su uso al máximo y prefiero caminar o coger la bicicleta (cuando veo una ciudad como Copenhagen donde ya el 80´% de la población la utiliza como medio de transporte no  puedo evitar pensar que pronto será así en todo el mundo y la bicicleta será pronto el primer medio de transporte para todos)
  • He dejado de consumir comida industrial y boicoteo (el BOICOT es el verdadero poder!) todos los productos Monsanto (marcas como Coca-cola y toda la familia están absolutamente erradicadas de mi alimentación) y compro comida sólo en mercados bio. En Bruselas es cada vez más fácil y una vez por semana hago grandes compras a granel en el Marché de Tanneurs donde podemos comprar directamente al productor. Me he comprado además una buena máquina de zumos que se han convertido en la base de mi alimentación.
  • En temas de ropa nunca he sido muy consumista. Una o dos veces al año me compro algunos trapillos o los heredo de mi madre o hermana, así que no he tenido que cambiar gran cosa.
  • Nunca veía la televisión, así que ¿para qué tener una? Televisión a la basura con todo su ruido y agitación
  • En un mundo que va hacia el dinero virtual y el chip bajo la piel, me abstengo de mantener relaciones (ni hipotecaria ni de ninguna clase) con el banco. Sólo una cuenta donde guardo una parte de mi dinero. La otra la he transformado en oro. No como una inversión pues no me gusta pensar en esos términos, sino como un gesto simbólico y de recuperación del valor real. El día que me compre una casa será una pequeña de campo con una huerta y lo básico para vivir en simplicidad voluntaria y en contacto con la naturaleza. Creo que este es el camino y que la mayor parte de nosotros hemos empezado a seguirlo naturalmente.

531818_509864405736312_2001909414_nNo esperes a que  ningún poder tome decisiones por tí. Un mundo de ciudadanos capaces de autogobernarse sería un mundo imposible de manipular por parte de ningún gobierno y estos estados-empresas no podrían sobrevivir a una deserción masiva del consumo industrial. Estarían obligados a reciclar todos sus valores calculadores y empresariales mezquinos (existismo, competición, trabajo, beneficio, consumo, bla, bla, bla) y transformarlos en valores humanos (bienestar, felicidad, espiritualidad, conocimiento, respeto a los animales, cultura)

Sería un mundo de ciudadanos libres y no de trabajadores  sumisos.

« Condeno la ignorancia que reina en nuestras democracias »

Marguerite Yourcenar (1903– 1987), humanista, escritora, novelista, dramaturga y poeta, se convirtió en 1980 en la primera mujer que ingresó en la Academia Francesa.
Lo que en estas líneas me dispongo a escribir es la traducción de un extracto del ensayo « Les Yeux Ouverts », un conjunto de entrevistas llevadas a cabo por Matthieu Galey, publicado en 1980 por la editorial “Le Centurion”.

00536489_P0004861“Condeno la ignorancia que reina es estos momentos tanto en las democracias como en los regímenes totalitarios. Esta ignorancia es tan fuerte, a veces tan absoluta, que sólo puede obedecer a una voluntad expresa de los poderes dominantes.

Yo he reflexionado a menudo sobre cómo debería ser la educación de un niño.

Creo que en primer lugar haría falta que reciba estudios de base, muy simples, donde primero el niño aprendería que él existe en el seno del universo, en un planeta donde a lo largo de su vida deberá aprender a cuidar sus recursos, ya que él depende del aire, del agua y del resto de seres vivos y que al mínimo error, a la mínima violencia, podría poner todo en peligro.

Aprendería también que los hombres se han aniquilado unos a otros en guerras y que éstas lo único que han conseguido es desatar nuevas guerras y que cada país acomoda la Historia a su manera, de forma engañosa, con el fin de alimentar su orgullo patriótico.

Aprendería también lo suficiente del pasado, de la memoria, para despertar en él ese lazo necesario para con otros hombres que le han precedido, para que les admire cuando así lo merezcan, pero sin caer en la idolatría (se les explicaría la diferencia entra la admiración y la idolatría).

Intentaríamos familiarizarlo a la vez con los libros y con las cosas. Aprendería el nombre de todas las plantas, conocería los animales sin necesidad de pasar por ignominiosas prácticas como la disección o la vivisección bajo el pretexto del conocimiento biológico; aprendería por supuesto cómo curar a los heridos; para su educación sexual se le enseñaría un parto y para su educación mental se le confrontaría a la realidad de la muerte.

Es así como aprendería las nociones básicas de moral sin las cuales la vida en sociedad es imposible. Una instrucción elemental que las escuelas no se atreven a impartir en ningún país.

Se le enseñaría a respetar el trabajo enriquecedor para uno mismo y a no dejarse llevar por imposturas publicitarias, empezando por todas esas chucherías adulteradas que les predisponen a caries y diabetes futuras.

Existe sin duda una manera de hablar a los niños de cosas verdaderamente importantes mucho mejor de lo que lo hacemos”

 

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La traducción es mía pero el artículo apareció publicado en The Dissident le 27 novembre 2015

 

Viaje al centro de la televisión

d578710ae96c50b61fdd8718117ce213Vengo de pasar unos días en España donde he tenido la ocasión, después de mucho tiempo, de encender uno de esos artilugios llamado televisión que, por alguna razón, la gente prefiere en formato plano, gigante y lo más alargado posible y cuya función primordial es estimular las ondas alfa de nuestro cerebro que paralizan el pensamiento y la reflexión y activan el estado de hipnosis.

La casita idílica de montaña con vistas al castillo de un pueblo mallorquín, geranios rojos y blancos en las ventanas y cocinita de madera adornada con cortinas fruncidas y retales de cuadraditos rojos y blancos a juego con los geranios, estaba  tomada por uno de esos armatostes planos que violentaba, como un colonizador extranjero, el paisaje bucólico y la decoración casi pastoril de nuestro hogar campestre y vacacional.
El artilugio, situado en una rinconera del salón parecía escudriñar desde su negro silencio el resto de la casa e, imponiendo su presencia con la fuerza cósmica de un Darth Vade, nos invitaba a mirar su rostro oscuro, ciego y plano.
Sabía que activar uno de esos mandos y hacerla hablar era un peligro, pues sin duda perturbaría mi inconsciente y  fastidiaría mis vacaciones y mis sueños nocturnos, pero su semblante vacío, sin órganos y sin vida me atraía como un agujero negro a las profundidades de las entrañas de  la nada, así que cogí el mando  y activé su sistema nervioso.

  • Venga, di lo que tengas que decir y acabemos, pensé, y al apretar el botón verde del mando, una fuerza cósmica y electromagnética me arrastró a ese lado del mundo donde los sueños se compran.

Al principio creí que me mareaba, que perdía el conocimiento. Pensé en hombres de épocas pretelevisivas y en el efecto que un experimento de esta índole podría causar en sus cerebros incorruptos. No distinguía unas imágenes de otras y sólo percibía el amarillo y el naranja chillón como un rayo de fuego solar, pero pronto mi retina se fue habituando y vi una luz al fondo de un túnel de colores fluorescentes como una de esas pinturas de Jeff Koons y su musa pornográfica Chicholina. Vi entonces un grupo de mujeres pintarrajeadas como monigotes de feria, pieles de leopardo y tiburón y labios hinchados de botox que gritaban al otro lado del túnel que Terelu tenía razón y que era injusto juzgarla sin criterio pues sólo había entrado en el baño a hacer pipí. El bando contrario, iluminado por destellos de purpurina, carmín y lentejuelas,  arremetía sin piedad contra la tal Terelu. Abrían sus bocas de colores como picos de gallinas hambrientas por las que se escapaban gusanos de palabras y afirmaban entre serpentinas de colores, que Terelu había claramente manipulado a sus compañeros y exigían explicaciones. La audiencia se posicionaba a favor de un grupo u otro enviando mensajes de texto.    ¿Crees que Terelu ha traicionado al grupo? Envia “sí” o “no” al 303.

De esta pasé a otra dimensión aún más vertiginosa y me adentré en la serie de televisión  “Aida” donde varios personajes chillaban como bestias enjauladas. En esta serie todos los valores aparecen invertidos. El listo es el tonto y el tonto es el listo, lo feo es lo bello y lo bello lo feo.

Oh! España zaragatera!

Toda su vulgaridad, caciquismo, brutalidad e ignorancia aparecen en esta serie en todo su esplendor, enaltecidos y exhibidos como  ejemplo de vida normal. La estupidez y el retraso mental  entrañable que encarna uno de los actores principales aparecen como referente social. La inteligencia, sin embargo, es representada por un chico de gafas no muy atractivo y lleno de rarezas hilarantes como despreciar el fútbol, amar las flores y leer a Spinoza. Una vegetariana menopáusica y medio chiflada “la Hierbas” encarna la locura del mundo espiritual y la sabiduría oriental y una rubia materialista, guapa y consumista, justamente llamada “La Pija” aparece como referente femenino.

Cambio de canal. La cara de una presentadora botoxeada e inexpresiva como un holograma japonés, aparece en un programa dando a los telespectadores lecciones escatológicas. Del borde de su minifalda se escapan dos largas piernas rematadas en sendos tacones de aguja que coloca entre el retrete  y un taburete al tiempo que  su trasero respingón alcanza  la taza del váter y nos explica cómo debemos cagar. Aparece acompañada de dos hombres que formulan teorías divertidas al respecto y el público feliz y exaltado, en pleno éxtasis catártico, aplaude la escena.

Me viene una náusea.
Cambio de canal.

Discusiones políticas en un debate aparentemente serio.

imagesPodemos y Venezuela como centro de debate. Sus discusiones intelectuales se resumen a poner algún ismo en una u otra tendencia. Extremismos, fascismos, terrorismos, comunismos y populismos se pasean como en un desfile carnavalesco por las bocas de la intelectualidad española organizada gregariamente en bandos, deformación sin duda futbolística, y señalando a gritos al otro como el culpable de algún –ismo reprobable. Toda teoría política se sustenta en comparaciones subjetivas y carece de raíces filosóficas. Nunca se ataca la causa de un problema y todo el debate es artificial y colmado de apelativos como chavistas, castristas, kirchneristas. No existen sin embargo ni obamistas, ni  junkeristas, ni merkelistas y cuando se habla de Colombia no se habla de los “santistas” como en el caso de Venezuela, sino que se dice “el presidente Santos…”  Contrariamente a los debates políticos en Francia (criticables, eso sí, pero a otro nivel), no se acude a referentes filosóficos desde una perspectiva académica y didáctica.

Bruselas, después de haber sumido al país en la penuria, aparece a menudo como referente. « Y no lo digo yo, lo dice la Comisión Europea», asegura como argumento irrefutable uno de los tertulianos de la “extrema”izquierda. Y que si Bruselas dice esto y Bruselas dice lo otro, como si Bruselas tuviese a estas alturas legitimidad para decir nada.

Me parecen estos debates fiestas de cumpleaños. Lo mismo me ocurre con  la democracia española. La percibo como una fiesta muy colorista, con banderines y piñatas, donde cada candidato funciona como un títere de papel cuya función consiste en entretener a los invitados y dejarse golpear a cambio de algunas chucherías. Tiene algo de romería de San Isidro, de manteo del pelele, muy festivo y popular, como de cine de barrio.
Pedro Sánchez nos vende, como un modelo de telefonía móvil, la UE: « apostar por Europa es apostar por la paz. Es apostar por el cambio » aseguran sus blancos dientes. Su rostro perfectamente anodino y su semblante acartonado de Ken Super Star parecen decir sensualmente “compra Europa” ,”cómprame”.

Los ciudadanos reivindicativos del 15M han sido también invitados a la fiesta y se pasean con serpentinas, matasuegras y gorritos de cartón por el cosmos televisivo  entre Anas Rosas  Quintanas y otros sujetos festivos, convirtiendo sus postulados ideológicos, que pudieron ser admirables en otro contexto y  otros tiempos, en un espectáculo grotesco y hortera.

  • El espectáculo es el capital a un nivel tal de acumulación que se ha convertido en imagen, decía Guy Debord

Los movimientos ciudadanos anticapitalistas sirven al capital y se han convertido en su imagen. La realidad en las calles, en la puerta del Sol, es ahora sometida al imperio de la apariencia.

La imagen de Pablo Iglesias ha sufrido la deformación de los espejos del callejón de gato y su figura esperpentuada e hiperbolizada por los artificios del universo televisivo, se repite como si de una publicidad se tratase. Lo han convertido en un producto de marketing y su pensamiento se confunde con los objetos fetiche del mercado. Un colchón, un desahucio, una tarjeta del corte inglés, una reforma social, un producto de limpieza. Da igual.  « Compra, es gratis » dicen una y otra vez los gurús del marketing.

  • Compra un disco de Shakira y vota a Pablo Iglesias, la nueva vedette, la representación espectacular del hombre vivo.
  • Vota, puedes pagar a plazos, es gratis.

Un anuncio de un programa nos asegura que « todos hemos querido ser alguna vez otra persona » ( ?!) y acompañan tan magnánima afirmación con la imagen del «líder » de Podemos proyectando su coqueta imagen en un espejo (el espejo dentro del espejo) anunciando un programa televisivo en el que tendremos la ocasión de presenciar la vida de la vedette como si fuese la nuestra.

Fascinante.

La alianza con Garzón la venden como un dos por uno de Mercadona y se pierde el sentido real de los movimientos ciudadanos entre una marea de objetos que flotan a la deriva como cadáveres en descomposición.

Ya he perdido el número de canales. ¿Doscientos ? ¿Un millón? Concluyo que cuántos más canales menos elección. Como el sistema electoral mismo con todos sus partidos.

Nueva imagen.
Las hordas neuróticas se abalanzan sobre otra representación espectacular de un hombre vivo. En este caso es Brad Pitt que se ha convertido en el héroe estelar de la semana por salvar a una niña de la histeria homínida. Los periodistas entrevistan a la niña que entre lágrimas y suspiros asegura que nunca olvidará semejante momento.

  • Cómo te sientes después de lo vivido?- pregunta la periodista sedienta de información veraz
  • Siempre fue mi héroe, asegura la afortunada

Cambio de nuevo y entro en el universo norteamericano. Cientos de canales directamente importados de este país se introducen en nuestras vidas y nuestros cráneos privilegiados con toda su pléyade de valores maniqueos.  Concursos televisivos de tradición judeo-cristiana que compiten y juzgan quien tiene la mejor casa o el mejor vestido o la mejor vida y quien ganará por tanto el premio. El paraíso.
Otros programas de televisión españoles se han sumado a las modas del imperio  macdonaliano y hacen exactamente lo mismo, comparan sus casas, sus vestidos y sus vidas de ensueño entre centros comerciales y viajes turísticos en transatlánticos, y entre todos ellos emerge como una reina inmortal: Patricia, oh Patricia! Perla única del cosmos espectacular que ilumina las vidas miserables de millones de hombres y mujeres con su diario de celos y amores prohibidos.

  • España sigue en crisis económica, asegura de pronto un presentador de telediario, al tiempo que presenta las estadísticas del paro, las caídas bursátiles y no sé qué cálculos incomprensibles del ibex que en realidad, sólo interesan a los inversores y a los idiotas.

CULT2_GMM2AECJF.1+FC_DJUROVICTras esta noticia de hecatombe económica pasan a los deportes y los dioses silenciosos del pueblo ibérico, entran en escena conduciendo sus jaguars.
Intocables, los amos del pueblo y la pelota, sonríen al devoto populacho y abren debates televisivos de carácter lúdico-intelectual. Unos opinan que Ronaldo ha jugado bien y otros opinan lo contrario. Nadie habla de que cada segundo uno de estos sujetos, ingresan en su cuenta más de 1000 euros por el simple hecho de existir y que sus cuentas bancarias sólo pueden medirse con los mismos parámetros que el macro universo. En las imágenes de fondo, el bando perdedor llora y derrama lágrimas y el vencedor celebra histérico la presunta victoria del ídolo multimillonario. Visten  camisetas con los nombres de sus dioses en la espalda superando cualquier ideolatría religiosa de la historia de la humanidad. Al día siguiente estas mismas hordas se manifiestan contra lo que suelen llamar “chorizos”.

Las manifestaciones del pueblo francés se resumen en las noticias a simples huelgas contra la ley del trabajo y nada se dice de la magnitud de este movimiento que se ha querido desmarcar de todos los precedentes, de ahí su primer apelativo “40 Marzo” que van cambiando a su antojo (32marzo, 50 abril…), es un movimiento sin fecha, sin tiempo preciso y que está haciendo surgir en este país una nueva corriente de pensamiento a la que no se le puede poner ningún –ismo, ni ninguna etiqueta, pues nace de ese orgullo soberanista que tiene sus raíces en el corazón mismo del pueblo francés y de su propia Historia. Todos los franceses conocen hoy y escuchan a Francis Coussin, Ettiene Chouard, Pierre Rabhi, Michel Onfray, Jean-Claude Micheá, Daniel-Robert Dufour, Frederic Lordon y otros muchos pensadores que están formando una nueva enciclopedia y una nueva forma de repensar nuestra sociedad y que como las mismas ideas de la revolución francesa, llegarán varios siglos después a España. Este movimiento es espontáneo y voluntariamente carece de estructura política. Ponen todo en tela de juicio y no salen a reclamar ni más crecimiento ni más democracia ni más trabajo. No. Salen a repensar estos valores. “El crecimiento económico es el problema y no la solución”. Esta idea tan expandida en Europa hoy, está todavía muy lejos de España y del discurso de cualquier fuerza política.

Tal vez ha llegado el momento de poner todo a cero, como el reset financiero de Christine Lagarde pero con nuestros valores de tradición judeo-cristiana (exitismo, competición, publicidad, marketing, crecimiento,  trabajo, PIB…) y transvalorizarlos. Asesinar a Dios. Y Dios es, en nuestras sociedades capitalistas, el dinero, el trabajo, el mercado, el espectáculo. Nada cambiará hasta que no renunciemos a ellos.

Y yo creo que empieza por desconectar radicalmente nuestros cerebros del espectáculo y deshacernos de  ese elemento colonizador de nuestro pensamiento que  es el televisor.

****************

Cuando acabé mi viaje vertiginoso le di la vuelta a la pantalla, la puse contra la pared como a un niño alborotador y volví a la única realidad que era la mía y la del mundo que me rodeaba.

Había un castillo al otro lado de la ventana y pájaros y grillos diurnos.

Por cierto, el resto de mis vacaciones sirvió como tendedero para mis bikinis de playa.

*************
(todas las pinturas son del artista serbio Goran Djurovic)

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Una reflexión sobre el trabajo

132404TravailmdivalLa esclavitud existe todavía, lo que pasa es que el capitalismo ha tenido la deferencia de poner al trabajo en el mismo pedestal que la libertad y la dignidad.

En la época de Aristóteles el hombre libre era aquel que disponía de tiempo  para dedicarse a las artes nobles: pensamiento, filosofía, enseñanza, medicina, arte… Las artes nobles son autotélicas, pues no se realizan para obtener algo a cambio sino que tienen en sí mismas la justificación de su propio fin.
Algunas de ellas son en nuestros tiempos residuales o clasificadas como “hobbies” o “tiempo libre” (como si el tiempo pudiese ser otra cosa). Otras como el pensamiento han dejado de ser disciplina, las más desafortunadas han pasado a considerarse trabajo, como es el caso de la medicina, y todas y cada una de ellas han dejado de ser autotélicas (incluida la educación, cuando no debería haber nada más autotélico que la educación. El fin mismo de la educación es la educación misma y en ningún caso la inserción en el mercado laboral ni la obtención de una puntuación o un diploma).

El hombre esclavo trabajaba y como consecuencia de ello se le privaba de ese precioso bien que era el tiempo. El trabajo era por definición esclavo (noten ustedes que el origen etimológico de la palabra trabajo viene de tripalium: instrumento de tortura) pues privaba al hombre de su tiempo de vida. Para compensar ese robo, se le daba al trabajador techo y comida. En el la época romana todos los altos funcionarios del imperio eran considerados esclavos independientemente de su buena retribución económica o su buen estatus social.
En la Alta Edad Media el campesino trabajaba las tierras del señor a cambio de tierra propia y sólo los “jornaleros” o “asalariados”, los más pobres de la escala social, tenían que trabajar para subsistir pues carecían de tierra. Exactamente como los asalariados de nuestro tiempo.

El trabajador de la antigüedad, justamente llamado esclavo, si quería liberarse de sus cadenas pedía la libertad.
El trabajador de nuestro tiempo si quiere liberarse de sus cadenas no puede pedir libertad, puesto que la libertad es trabajo. ¿Qué hace entonces? Pues sale a la calle con una pancarta y pide mas trabajo, o sea, más dignidad y más libertad.
No puedo evitar pensar en lo divertido que esto resultaría a los esclavos de antes.

Estoy firmemente convencida de que la gran tragedia de la humanidad es que no hemos liberado al hombre esclavo sino que hemos esclavizado al hombre libre

Sobre el feminismo

0317_rego_greerEntiendo el feminismo como una cuestión más de actitud que de acción o reivindicación colectiva.

Lo entiendo como el reconocimiento de nuestra parte interior masculina y la capacidad de cada mujer de mantenerla en equilibrio con su parte interior femenina.
Es el reconocimiento del yo inalienable y plenamente asentado en sus dos principios constitutivos, el femenino y el masculino.
Cuando un individuo se convierte en grupo o existe una identificación exclusiva con el género (hombre o mujer) se crea un obstáculo para identificarse como individuo diferenciado.

A base de encasillarnos dentro del grupo “las mujeres” la lucha feminista nos ha llevado a parecer más "idénticas" en nuestra condición de "seres oprimidos" que “iguales” a los hombres (Victoria Camps "El gobierno de las emociones").

Creo que el reconocimiento de la igualdad de un sexo con respecto al otro sólo es posible de manera individualizada anteponiendo una identidad completa y propia.
Si bien la identificación con el género es y ha sido  necesaria para la adquisición de derechos y libertades cívicas y todos los grupos desfavorecidos históricamente han debido organizarse y construír una identidad colectiva en aras de la defensa de sus derechos, creo que tras años de lucha feminista esta identidad ha llegado a ocupar hoy demasiado espacio en el inconsciente colectivo  y en este sentido,  el peso del grupo  ejerce un poder inmenso e inconsciente sobre la mujer en tanto que individuo. Cualquier individuo fundido en un grupo asume las reivindicaciones comunes como propias y deja de actuar en tanto que individuo plenamente responsable, ya que cualquier tipo de organización humana nos libera en cierta medida de nuestra responsabilidad individual. Los postulados y reivindicaciones colectivas pasan a ser asumidas como propias y el contradecir o cuestionar tales reivindicaciones o la manera de llevarlas a cabo, suele ser interpretado como un ataque al grupo en su totalidad (o estás con el grupo o estás contra el grupo).

Decía Jung que cuánto más grande es una organización más se anula al individuo y así se daña la única fuente posible de progreso ético, moral y espiritual de una sociedad, ya que sólo prosperará en la sociedad todo lo que hay de colectivo en el individuo.
El desarrollo moral de una sociedad, tomada en su totalidad, es inversamente proporcional a su masa. Cuanto más grande es el número de hombres o mujeres unidos frente a una causa, mayor es el número de individuos exterminados con todas sus capacidades, y en este sentido el feminismo organizado podría, a mi entender, anular como ningún otro movimiento la libertad individual de la mujer, es decir, su propio fundamento y su razón de ser.
***
El día de la mujer trabajadora

El trágico incendio de la fábrica Triangle Waist en New York causó la muerte de 123 mujeres y 23 hombres y esto ha pasado a la historia como la conmemoración del día de la mujer trabajadora y trágicamente deformado por la sociedad como el día de la mujer y, en ocasiones todavía más delirantes, celebrado como  el día del orgullo de ser mujer, como si esto tuviese algún sentido.  En realidad este hecho histórico no tiene nada que ver ni con la mujer ni con el hombre sino únicamente con la alienación, la explotación y el trabajo indigno. Personalmente pienso que debería haber pasado a la historia como una condena global al trabajo alienado y a la explotación del ser humano a favor de la industria, la máquina y el desarrollo económico y empresarial.                     
***
Sólo puedo entender el feminismo como entiendo el anarquismo y éste lo entiendo asimismo desde una perspectiva individualista, pues el anarquismo organizado anula asimismo la soberanía individual. Entiendo el feminismo como un camino interior que conduce a la negación de la autoridad dominante. Ni Dieu, ni Maitre. Esto incluye por lo tanto, la negación del patriarcado o del  matriarcado y de cualquier relación de poder o sumisión, de ahí que la lucha por jerarquías sociales o laborales carezca, a mi entender, de sentido, pues la libertad del hombre o la mujer está en otro plano, siempre por encima del sometimiento  del individuo a los engranajes del sistema económico (ya sea como dirigente de una gran empresa o como obrero asalariado, es decir, como sometedor o sometido).
Entiendo el feminismo como  el reconocimiento de la soberanía, del gobierno de sí mismo, desde dentro  y no desde fuera. Y este gobierno, a mi entender, sólo puede alcanzarse individualmente, desde uno mismo, fuera de ese  grupo organizado de “mujeres” y no dentro.

***
Siempe me ha gustado mucho este cuadro de la artista Paula Rego. Esta mujer de rojo que sentada sobre sus piernas derrocha toda la sensualidad del poder masculino  y del poder femenino. Su mirada inteligente y serena ilustra a la perfección ese equilibrio interno ideal entre el hombre y la mujer que cada uno somos.

No nacemos mujeres ni hombres. Nos hacemos. Para ser una mujer hay que ser primero un hombre y para ser hombre hay que ser ante todo  mujer.
Alcanzando y reconociendo nuestra verdadera naturaleza interior  hermafrodita, la confrontación entre sexos sería imposible.
***

 

 

 

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