La casa de los gatos

la casa de los gatosLa Pelirroja y el Negro han vuelto esta mañana.

La Pelirroja se ha sentado frente a la puerta de mi casa y se ha puesto a maullar como si le saliese una jauría de alimañas por la boca.
¡Oh! ¡Espeluznante armonía que parece brotar al unísono de las gargantas de los condenados en sus torturas, de los demonios y de las sirenas de las ambulancias en sus fatídicas carreras hacia el fatídico final! ¡Oh! ¡Espeluznante obra del Maligno!

Mientras entonaba sus infernales cánticos de parturienta endemoniada, el Negro, siempre en la retaguardia, acechaba en la sombra de las hortensias azules de mi jardín, encogido como una oscura rata malvada.

La Pelirroja y el Negro son los gatos de nuestros vecinos, Hölger y Mohamed.

Hölger es mitad alemán, mitad griego y mitad flamenco y todas sus mitades se entremezclan en su rostro como un malogrado collage. Nada en su semblante parece regirse por el determinismo de la naturaleza y tantas cosas contienen cada una de sus facciones que es imposible acordarse del conjunto de su rostro una hora después de haberlo contemplado.  Cada uno de sus ojos parece albergar cientos y miles de millones de ojos y su nariz adquiere formas diferentes y variopintas en función del ángulo y la luz. Cuando sonríe suele ocurrir que todo se estira hacia arriba o hacia abajo o hacia los lados, según se le mire por el lado griego, por el alemán o por el flamenco. Habla exactamente con la misma pasión con la que su gata maúlla, sin dejar hablar a los demás y saltando de un tema a otro sin transición, con la misma ligereza y liviandad de una escafandra acuática. Siempre se las arregla para desviar la conversación más trivial hacia los derroteros de la botánica, la música clásica y los dioses mitológicos, sus temas preferidos.

Hace un par de años, en uno de sus viajes a Etiopía, Hölger se trajo un bonito juego de tazas de jebena, unas piedras preciosas del lago Chamo y un altísimo mursi, bello y esbelto como un baobab, escoltado por sus dos gatos. Ni los gatos ni el mursi tenían nombre por aquel entonces (en Etiopía no existe tal costumbre) y tuvo que pasar mucho tiempo hasta que la sabiduría popular de este nuestro vecindario les diese un nombre a los tres. Así fue como los gatos pasaron de ser anónimos a llevar una identidad digna del color de su pelaje y la misma lógica siguió el mursi a quien bautizamos con el nombre de Mohamed.

Mohamed desconoce el arte del lenguaje oral y la palabra escrita pero maneja con graciocísima maestría el indómito arte  de la sonrisa precivilizada. Ignorante del pudor, el derecho consuetudinario y la moral pública, en los días de calor se pasea envuelto en una toalla blanca a juego con sus dientes que cubre su escultural figura de la cintura a las rodillas. Sus gatos le acompañan a todas partes y se pasean los tres en fila india por la avenida principal de nuestro barrio. La Pelirroja va siempre delante maullando sin parar, con su rabo bien estirado como la cola de un concorde supersónico a punto de despegar. Parece anunciar el pregón real y contornea su cuerpo en permanente estado de lujuria. Detrás va Mohamed envuelto en su toalla, saludando con su blanca y horizontal dentadura al jardinero, al cartero y a todos los vecinos como un orgulloso califa de los reinos de taifas, moviendo la mano de derecha a izquierda en un gesto ciertamente protocolario. Varios metros por detrás el Negro cierra la comitiva, encogido y receloso como una bruja camuflada.

***
Hölger y Mohamed se han ido de vacaciones hace dos semanas dejando los gatos a nuestro cuidado y ahora resulta que todas las mañanas y todas las noches la Pelirroja y el Negro se presentan con sus reclamaciones y exigencias diarias.

La Pelirroja lidera todas las acciones del vecindario y preside cualquier iniciativa de la vida gatuna del barrio. Conoce bien nuestras costumbres y horarios y sabe cuándo  presentarse frente a nuestra puerta y reclamar sus derechos alimentarios. Ya no necesito poner el despertador por las mañanas pues con su aullido infernal penetra en mis sueños hasta convertirlos en nigrománticas pesadillas que culminan con un sobresalto seco a las seis de la mañana.

A esa hora me levanto somnoliento y le abro la puerta a la felina pareja.

La Pelirroja entra con la voz cantante y el rabo enhiesto, dejando atrás al Negro que se queda agazapado tras las hortensias del jardín de la entrada, observándome desde su ojo izquierdo que es el único ojo que suele llevar abierto. Este ojo es como el ojo de una cerradura y desprende un extraño magnetismo. Al otro lado he visto extrañas siluetas moverse como mariposas estriadas o fuegos fatuos bañados por lo rayos amarillos de las amarillas pupilas del negrísimo gato. Alguna vez me he acercado como dejándome arrastrar por una fuerza magnética y he sentido todo mi ser sumirse en un estado parecido al de la muerte. He dejado entonces de utilizar los sentidos y he empezado a percibir con una perspicacia singularmente sutil y a través de un canal misterioso, objetos y formas fuera del alcance de los órganos físicos.
He de señalar que según mis convicciones personales, los órganos físicos no son más que mecanismos primarios a través de los cuales nos relacionamos de forma sensible con ciertas categorías de la materia y que forman parte de nuestra naturaleza científica y rudimentaria.

Ayer mismo entré por el ojo de la cerradura felina envuelto en mi albornoz, somnoliento, despeinado y aletargado, y me he arrodillé ante el jardín de las azules hortensias. He de señalar que las observaciones que he llevado a cabo pasando al otro lado del ojo son muy difíciles de transcribir desde éste, pues allí  todo ocurre simultáneamente. La causa y el efecto, el razonamiento y la conclusión, la pregunta y la respuesta, son todo uno.
No obstante, intentaré transcribir los descubrimientos metafísicos adquiridos en el día de ayer en el universo magnético del ojo del Negro.

Como decía, al arrodillarme ante el seto de las hortensias y acercarme a la pupila amarilla de la bestia, me sentí como transportado por una enorme carga magnética hasta que la cerradura se abrió y al otro lado de la puerta me recibió una mujer tan amarilla como la órbita ocular del gato.

– Mi nombre es Lieve Van Hoof, dijo. Formo parte de la rama flamenca de su vecino Hölger, el dueño de este gato. En otros tiempos fui su madre
– ¿La madre de Hölger o la madre del gato?, pregunté.
– Eso no tiene importancia. En este lado todos formamos parte de la misma entidad, afirmó con cierta altanería al tiempo que me ofrecía un racimo de uvas.
– Pero usted ha dicho que se llama Lieve Van Hoof. En ese caso usted es una identidad individuada, respondí rechazando su oferta con la mano.
– Perdone, pero ¿acaso está usted afirmando que yo soy material?
– No exactamente, como usted sabe existen gradaciones en la materia desde las más espesas hasta las más sutiles – respondí, sorprendido de mi propia locuacidad-, desde el mineral hasta la atmósfera. En el paroxismo de la sutilidad hallamos la inmaterialidad de la materia que no por ser inmaterial deja de ser materia. En realidad, es la materia suprema.
– ¿Habla usted de Dios?
– Dios no es más que una palabra

Como si esta respuesta fuese inoportuna, la puerta se cerró de golpe y sentí un derrape vertiginoso seguido de un vacío magnético y un arañazo en mi ojo derecho. Vi al Negro corriendo tras la Pelirroja que en ese momento salía de nuestra casa con su correspondiente ración de sardinas entre  sus fauces y yo me quedé agazapado y aturdido entre las hortensias del jardín.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que mi amada esposa acudió en mi ayuda, pero si recuerdo las bromas crueles de niños sin alma al verme medio desnudo bajo mi albornoz maullando a cuatro patas como una bestia maléfica. Inga Fedorotova, tal es el nombre de mi mujer, me puso un esparadrapo en el ojo herido y esa noche me cocinó un buen plato de sardinas.

***

La Pelirroja y el Negro han vuelto esta mañana.

Los cánticos infernales, impúdicos y mefistofélicos de este ser endiablado, me han despertado una vez más. Oh! aullido inhumano!
La Pelirroja se ha introducido en mi casa en busca de su ración de sardinas y ha aprovechado para recostarse un poco en nuestro canapé, mientras nuestros propios animales (dos gatos, mi querido perro Polifemo, mis  tres diamantes de Gould y una parejita de amorosas gallinas) huyen atemorizados escaleras abajo o se ocultan en sus respectivos escondites.

No he querido acercarme de nuevo al Negro, así que he lanzado un par de sardinas desde el balcón hacia el seto de las hortensias. He esperado una reacción,  pero nada ha ocurrido. El cielo estaba todavía medioalunado y una ligera brisa matutina ha estremecido los pétalos y las hojas del seto. Eso ha sido todo.
Estaba a punto de retirarme al interior de la casa, cuando una pavorosa sombra negruzca ha saltado súbitamente sobre la barandilla de mi balcón. No me ha dado tiempo a reaccionar pues los efectos fulminantes de su magnetismo ocular han operado  sin demora sobre mi campo energético, sumiéndome de nuevo en un estado sonámbulo.

–  Goedemorgen, ha saludado la señora Van Hoofe, con una voz de sonoridad cobriza.
– Goedemorgen, he respondido muy educadamente (he olvidado señalar que nuestras conversaciones se desarrollan en lengua flamenca, alemana y en griego antiguo, como las tres ramas genealógicas de mi vecino Hölger).
– Llevo mucho tiempo aquí, sin moverme, sabiendo cuán inútil es caminar y caminar cuando siempre se está en el centro de lo contemplado, ha dicho. Luego ha elevado levemente el mentón y toda su figura amarilla ha adquirido un aire de monumento noble, de emblema totémico.
– ¿Es usted el antepasado mítico del hombre?, me he atrevido a preguntar
– Yo soy la perfección de la materia
– Entonces, ¿es usted Dios?
– Debe estar bromeando. Ayer mismo afirmó usted que Dios no es más que una palabra. Usted es un hombre escéptico. Un ateo.
– Soy un ateo, en efecto, pero un ateo profundamente religioso
– Entonces, ¿usted cree en Dios?
– Esa pregunta carece de sentido puesto que la creencia es un acto puramente racional, una acción del pensamiento especulativo y antropomórfico.
–  Y ¿cuál cree usted que sería la pregunta correcta?
– La pregunta correcta sería ¿siente usted a Dios? y en caso de recibir una respuesta afirmativa deberíamos preguntar ¿qué es Dios para usted?
– 
Y bien. ¿Siente usted a Dios?
– Digamos que en mi estado sensorial rudimentario soy un hombre que jamás ha creído intelectualmente- como usted sabe, el intelecto es una barrera al conocimiento- y sentir lo que es sentir, siempre he sentido a medias. Sí, en mi estado sensorial siento a Dios a medias, pero en el estado magnético actual estas dualidades pierden todo su sentido.
– La realidad está más allá de la existencia y de la no existencia, ha dicho Lieve Van Hoofe atusando sus azafranados cabellos  con aire de profunda indiferencia.
– Exacto, he respondido.
– Entonces ¿Qué es para usted Dios?
– La unidad psicofísica del universo, he respondido. La materia indivisible que penetra los seres y los pone en movimiento en sus estados sensoriales rudimentarios. Es la materia suprema. Es todos los seres en uno, y al mismo tiempo es ella misma. Asimismo, todo aquello que los hombres tratan de personificar en la palabra pensamiento, no es otra cosa que la materia en movimiento. En este sentido hay dos dioses. El rudimentario o dogmático en el nivel del pensamiento que no es más que una palabra y el supremo, es decir, la materia sin constitución atómica
– ¿La materia sin constitución atómica?. Quiere usted decir ¿el espíritu?
– Exacto. Es por ello que el hombre despojado de su naturaleza corpórea y sus vestiduras atómicas, es Dios.

Una vez más, como si mi reflexión no fuese oportuna, he sido expulsado del universo magnético del ojo felino y he sido víctima de un nuevo arañazo.

Esta actitud recelosa y desagradecida me resulta ciertamente molesta y absolutamente impropia de un gato domesticado y educado en uno de los mejores barrios de una ciudad europea, así que he decidido cerrarle la puerta en el hocico y privarle de su ración de comida.
Soy un hombre de gran temperamento y una vez que tomo una decisión es imposible convencerme de lo contrario. Ni las súplicas de Inga Fedorotova, ni los irritantes aullidos infernales y lascivos de la Pelirroja, ni los rostros aturdidos de nuestros animalitos domésticos han conseguido desviarme un milímetro de mi implacable decisión.

***

Desafortunadamente no he podido cumplir mis mortíferos planes.

Ahora son las diez de la noche y acaban de llamar a la puerta. Hölger y Mohamed han vuelto de sus vacaciones antes de tiempo y han pasado por nuestra casa a darnos las gracias por la delicada atención que hemos procurado a sus mascotas. Nos han traído algunos regalos de su viaje. Un enorme saco lleno de café etíope, unas tazas de jebena y una estatua del dios Mumba.

La estatua es una preciosidad en cobre negro oxidado y representa la figura del dios Mumba dentro del cuerpo de un gato. La he puesto sobre la chimenea mientras saboreaba el delicioso café etíope. El fuego del hogar quemaba los leños, convirtiéndolos en brasas y transformando el amarillo en azul y el azul en amarillo. La hoguera ha iluminado el rostro del dios y como si le molestase el calor ha entrecerrado el ojo derecho mientras el izquierdo adquiría tonalidades de un intenso ámbar y unas siluetas han empezado a moverse alrededor de la pupila como mariposas estriadas.

– ¿Qué hace el Negro sobre la repisa de la chimenea? Ha preguntado mi dulce esposa volviendo de la cocina. La cafetera ha resbalado de sus manos e inmediatamente he caído arrodillado ante el altar de la chimenea, dejándome morir dócilmente ante las negras patas del negrísimo gato.

– ¿Y qué es para usted Dios?, ha preguntado, al otro lado del ojo del demonio, el mismo Dios en persona.

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La intimidad del agua

Hoy he vuelto a ver a mi hijo.

Me lo he encontrado, como la primera vez, flotando en el centro de una laguna con forma de luna en cuarto creciente o de cuerno o de cuna celestial suspendida en un cosmos de cuerpos lúteos y agujeros negros.

La primera vez que lo vi era un pequeño lagarto de cuatro patas y una tupida borla sobresalía de su parte trasera como la diminuta cola de un gazapo. Esto era así cuando no se movía, ya que al desplazarse adquiría la forma de un extraño y pequeño pajarraco con dos gibas irregulares de dromedario arábigo.

Hoy, dos meses después de nuestro primer encuentro, lo he vuelto a ver flotando en el centro de esa gran laguna nocturna y flotante.

Allá, más arriba de la intimidad del agua, las estrellas dibujan los vértices de las constelaciones que presagian su psiqué y abajo, en la tierra de lo infinito, dentro de la circunferencia que rodea la laguna, se desplazan unas manchas como nubes y mi hijo en el centro de su cuna es nube también. Nada queda ya del lagarto del primer mes. La borla trasera se ha transformado en una cabezota sin contornos, anubarrada y antropomorfa con los orificios nasales formando aberturas oblicuas y la mandíbula superior insinúa separaciones óseas como las teclas blancas y negras de un órgano musical accidentalmente arqueado. Bajo la mandíbula, el agua negra de la laguna separa su cabeza nebulosa de un cuerpo todavía más nebuloso. Un abdomen elevado de algodón y cuatro patas blancas y muy redondas, como la borla inicial del gazapo, ha sido todo cuanto he podido ver.

Su anatomía parecía mostrar todo tipo de adaptaciones a los jardines umbríos, a las profundidades oceánicas y a la vida nocturna en los desiertos, pero antes de que pudiese analizar con calma todos los pormenores de su extraña configuración, el espéculo del ginecólogo penetró con su lucecita blanca en los dominios acuáticos de la negra laguna donde flota la criatura.
Fue entonces como si una farola se hubiese alumbrado en la habitación de los muertos y mi hijo ha demostrado que es indudablemente hijo mío, pues con los agujeros negros que son todavía sus nebulosos ojos ha fruncido magistralmente un ceño que todavía no tiene, en un gesto indiscutible de fastidio y rebeldía que inmediatamente he reconocido como mío y, sin ningún preámbulo, se ha dado bruscamente media vuelta y nos ha dado la espalda. Se ve que no le gusta que enciendan la luz cuando descansa ni que interrumpan sus sueños eternamente nocturnos.  

Ni siquiera las numerosas palmaditas y sacudidas en mi vientre han sido suficientes para convencer al pequeño nubarrón de darse la vuelta. He de decir que por primera vez he sentido orgullo de madre pues ninguna autoridad médica ni de ningún tipo, ha conseguido desviarle ni un milímetro de sus perezosos objetivos vitales.

Así que me he quedado ahí, en la puerta de su habitación galáctica, observándole dormir de espaldas en su vía láctea, tan lejano todavía, fundido con el cosmos en un estado de conciencia mágico.

Si un día me pregunta de dónde vienen los niños pues le diré la verdad. Le diré que vienen de un tiempo en el que el alma no se ha separado del cielo y el verde y el azul todavía no se han distinguido. Le explicaré que en ese tiempo, todos vivimos sin soñar porque somos el sueño mismo y luego le enseñaré las fotos de su primera mutación en la intimidad del agua. Le diré que antes de ser humano fue nube y antes de nube lagarto y antes de lagarto probablemente era un dios y que como todos los dioses, viene del origen; del άρχη, al que un día deberá volver.

***

En este monólogo interior me hallaba, cuando el espéculo apagó sus luces y la noche extendió como un negro manto su convicción de silencio y una nube flotando en el cuerno de una laguna se impuso en mi vida con la solemnidad de una etérea presencia cargada de astros.

***

La primera pintura es mía, la segunda de Leon Spilliart

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Ci-Vil, el A Bao a Qu

dominique_goblet_01G-001Tengo, desde hace años, en la parte derecha de mi abdomen, entre la vesícula biliar y el intestino grueso, un A Bao a Qu al que secretamente he bautizado con el nombre de Ci-Vil .
Este animalito curioso, mitad humano, mitad demonio, es tan siniestro como diminuto. Su rostro es el de una culebra con cara de mujer cuya contemplación ofendería a los mismos astros. Sus ojos no tienen color pero siempre llamean de odio. Del vientre de esta bestia se escapan continuos lamentos y reclamaciones insaciables. Yo le quiero así tal y como es y de verdad que no lo juzgo. Lo llevo, eso sí, encerrado en una jaula pues temo que su visión destruya la Tierra y perturbe los ritmos biólogicos del cosmos. Sus garras de león tienen tonos escarlata y cuando tiene hambre no duda en sacarlas por entre los barrotes de hierro rozándome sin piedad las entrañas. Yo le doy todo lo que me pide y ello me hace verdaderamente feliz. Nunca le he reprochado nada, pues de su tristeza hago yo mi alegría y de sus pesadillas mis sueños. Sus sombras iluminan mi rostro y sus miedos son mis retos. En realidad no sé qué haría sin él y egoístamente lo encierro bajo doscientos candados. No crean ustedes que soy cruel, en realidad siempre le he otorgado la libertad de expresarse (no me atrevería ciertamente a otra cosa) y mantengo un decoroso respeto hacia sus ideas, sus gustos y sus caprichos. Ci-Vil se nutre principalmente de gatos negros, crepúsculos enardecidos y abrasados desiertos de arena. Aunque nunca lo ha confesado, sé que también le fascinan los graznidos de los cuervos envolviendo campos incendiados y estaciones ferroviarias de oxidados aceros.
Nuestros mejores momentos juntos han sido siempre paseando como buenos amigos, mano a mano, entre la niebla.
Durante muchos años convivimos sin presentarnos. Yo temía que preguntarle su nombre hiriese sus sentimientos y revolviese esas vísceras que a veces comparte conmigo. No obstante un día del mes de octubre, en uno de nuestros paseos brumosos, Ci-Vil me habló de esta manera:

– Recuerdo como si fuese ayer aquel día del año de gracia de mil novecientos ochenta y ocho.
Era una mañana gris y lluviosa y un denso enjambre de nubes negras se cernía sobre mi cabeza. A la entrada del nuevo colegio varias criaturas con uniformes de colores apagados se reunían en grupos. A primera vista parecían pertenecer a mi estirpe, así que me acerqué al primero de ellos y como era mi costumbre, les di muy educadamente los buenos días. Me respondieron en un lenguaje extraño, tal vez una lengua vernácula con una prosodia ciertamente espeluznante cuya sola articulación desestabilizaba los vientos. Deletrearon ante mí sus nombres propios. El primero de ellos respondía al nombre de Mejillón y en lugar de ojos, dos pezuñas malévolas me escudriñaron como dos grandes zarpas. El segundo  era moreno, huraño y cejijunto. No se le veían los ojos y se le conocía con el nombre de Buitre pues se nutría de pájaros y su misión consistía en aniquilar las preguntas y responderlas sin palabras. La tercera de las criaturas se llamaba Vituca, la mitad de su rostro era de mujer y la otra mitad de salamandra y su cuerpo parecía envuelto en un duro caparazón de amarillentas escamas. Este animal feral desconocía la palabra escrita y la conjugación de tiempos compuestos. El cuarto, Carrancholo, tenía nombre de erizo de mar y su lomo estaba cubierto de berzas y hierbas silvestres. Tenía púas en la frente y sus ojos eran rojos como la sangre.
Una oscura razón elemental me obligó a registrar todos aquellos nombres, tal vez porque intuí que eran patéticos. Creí entonces reconocerlos: aquellas criaturas pertenecían a la estirpe bestial de los rústicos, criaturas trogloditas que economizan la palabra y devoran pájaros, hierbas silvestres y crustáceos de cuyos nombres se adueñan. El desprecio constituye entre ellos un signo de camaradería y la virtud el mayor de los defectos. Sus ojos malévolos y brillantes me infundieron ciertamente temor.
Les seguí no obstante hacia una de las aulas del colegio de paredes húmedas y ventanas marítimas por entre cuyas viejas rendijas ululaba sibilino un viento atormentado.
Los rústicos ocuparon sus puestos en compacta disciplina bajo la autoridad y el gobierno de una fea institutriz de dimensiones sobrecogedoras. A pesar de que su cuerpo era el de un animal terrestre de configuración más o menos regular, sus dos enormes pechugas se arrastraban a ras de suelo como dos extremidades extenuadas por el fatídico peso de la gravedad. Como buen ejemplar de la estirpe troglodita escondía su verdadera identidad bajo el nombre impío de un artrópodo devorado. Se la conocía en aquellas tierras australes como la Centolla y su misión consistía en proclamar la palabra de Dios no solo en aulas escolares sino también detrás del mostrador de una mercería complejamente insensata. En las vitrinas de su comercio, la Centolla exhibía sin pudor bragas de satén, medias de seda y  una pierna de plástico cubierta de ligueros y finos encajes que compartían espacio con estatuas de vírgenes y santos redentores del pecado de la concupiscencia y la libidinosidad.
La Centolla tenía acceso a los cielos superiores, a las jerarquías angélicas y eran grandes sus conocimientos teocráticos. Señor mío Jesucristo. Dios y hombre verdadero. Enhiesta como el báculo de Dios nos habló aquel día del pecado venial y su diferencia con el pecado mortal que conducía a los hombres a las llamas del infierno y el padecimiento eterno donde expiraría el universo y el tiempo. Creador, padre y redentor nuestro. Sus dientes afilados me parecieron ciertamente expresivos incluso cuando no los mostraba. Por ser vos quien sois, bondad infinita. De esta enseñanza pasó a otras todavía más vertiginosas y desde la oscuridad de mi pupitre descubrí una metáfora hasta entonces ignorada. Descubrí el bautismo.
Amén.

Los rústicos eran criaturas bautizadas y pude percibir en su extraño lenguaje la constatación de una relación entre sus artrópodos nombres y ese acto bautismal. Desde las tinieblas que envolvían la última fila en la que yo me escondía, ejecuté uno de los actos más valerosos de mi vida. Alcé mi entonces blanca y hermosa manita y formulé ante todos ellos la siguiente pregunta:
– ¿Qué es el bautismo?
Sus rostros levemente sacrílegos y ciertamente atroces se volvieron hacia el mío. Al otro lado de la ventana las nubes habían adquirido formas de serpiente y animales sombríos y se movían en el cielo como demonios alados.
La Centolla me observó como la oruga azul y grosera del país de las maravillas. Se acercó sobre las dos patas delanteras que eran sus enormes tetas y como era propio en la tribu de los rústicos, contestó a su vez con otra pregunta:
– ¿Tú? ¿Quién eres tú?
Temeroso y dubitativo balbuceé mi nombre. Me miró entonces desde los cielos superiores donde compartía su espacio con todas las jerarquías angélicas. Su longitud había adquirido al menos doscientos pies de altura y percibí en su frente un solo ojo que me observaba con esa mezcla de omnipresencia y torpeza propias de un cíclope miope. Por detrás de la Centolla pude observar en un segundo plano un ejército de ojos amarillos que se asomaban desde las filas delanteras como un séquito servicial de hormigas malignas. La clase adquirió contornos administrativos de consejo superior del poder judicial y desde el estrado de su divina magistratura la Centolla dictaminó la siguiente sentencia:
– Tú no tienes nombre
Las hormigas me observaron desde sus rostros disipados como fantasmas diurnos, su palidez contrastaba con el color intenso de sus amarillas pupilas y con sus pezuñas índice acuchillando mi rostro, sentenciaron y corroboraron la sentencia de la institutriz con la fuerza musical de un coro angelical.
– Si no estás bautizado no tienes nombre. No tienes nombre. No tienes nombre. No tienes nombre
Temeroso y desconfiado me atreví  en un primer momento a contradecir tales propósitos. Repetí mi nombre y les aseguré que debía de tratarse de una equivocación. La Centolla pareció extenderse en todas las direcciones y cruzando sus brazos sobre el hueco donde un día estuvieron sus tetas, añadió:
– Tu nombre es civil
Me quedé ahí suspendido en un presente incierto, fantasmal y brumoso exento a partir de entonces de pasado y porvenir. Ci-Vil era pues mi nombre. Desde la primera fila, lejos de las tinieblas que empezaban a envolver mi vida, una criatura dolicocéfala hecha de hilo y esparadrapo, orejas puntiagudas y ojos de espantapájaros abrió una boca de batracio espantosa con una membrana adjunta para guardar el pescado:
– Es el hijo del Diablo, sentenció.

Prisionero de un demonio que no había sido yo, confundido con él y por él suplantado transcurrieron así los días y con los días los años. Años de zozobra, de espanto y desasosiego. Mis ojos se oscurecieron y de sus verdes espectros sólo quedaron siniestras sombras. Mis labios se retorcieron y adquirieron la triste forma de un manubrio oxidado. Al desaparecer mis rasgos elementales y luminosos sólo quedó en el centro de mi rostro una fea nariz de ventanas tan marítimas e indecorosas como las de aquel húmedo colegio. Con el tiempo mis cabellos se encresparon y en su lugar crecieron antenas de alacrán cebollero. El cuerpo fue perdiendo su vigor y en su lugar, la piel de una culebra enjuta llena de pústulas remplazó mi hermosa epidermis. No obstante, la vida proseguía su curso bajo la apariencia de un hermoso espejismo tridimensional, ajena e insensible al plazo conminatorio y feroz de mi desarraigo.

Mediocre universo aquel aplastado por el peso de todas esas criaturas dogmáticas disfrazadas de domingo.
***
Con este lamento finalizó su historia el A Bao a Qu. Acto seguido se retiró cabizbajo, encorvado y retorcido al fondo de su jaula. Yo no dije nada (me pareció ciertamente delicado en aquellos momentos), pero acaricié, eso sí, su cabecita larvaria llena de antenas. Nunca le he llamado Ci-Vil para no herir sus sentimientos y espero que comprendan ustedes que la revelación de su identidad responde únicamente a la necesidad de garantizar el virtuosismo lírico de esta extravagante narración.
Como iba diciendo, ese día de octubre pude comprender la génesis de su naturaleza aberrante en aquella tierra austral madre de demonios, y me vi obligada a añadir cien candados más a su jaula de hierro, pues intuí que aquella confesión aparentemente inocente preludiaba una huida.

la casa azulLos A Baos a Qu*, como todo el mundo sabe, viven en estado más o menos letárgico en función de los casos y su vida transcurre como en una escalera simbólica de baldosas blancas y negras. En el primer escalón los A Baos a Qu carecen de vida consciente y todavía no son, pues su alma no ha nacido. Como mucho pueden vibrar cuando una persona espiritualmente avanzada les infunde vida y una pequeña luz interior se insinúa en sus ojos. En esos momentos,  su  cuerpo  y  su  piel de víbora translúcida empiezan a moverse. La misión del A Bao a Qu, criatura parasitaria por antonomasia, es ir subiendo peldaños a un ritmo acompasado al de su anfitrión. En cada escalón se intensifica su color. Su forma se  perfecciona  y  la  luz  que  irradia  es  cada  vez  más  brillante.  Testimonio  de  su  sensibilidad  es  el  hecho  que  él  sólo  logra  su  forma  perfecta  en  el  último  escalón,  cuando su anfitrión es un ser perfectamente evolucionado, lleno de pureza. No obstante sólo es posible verlo en su estado incompleto, cuando llega a la mitad de  la  escalera,  que es donde se hallaba hasta esta tarde.

Desde hace un tiempo vengo sintiendo sus deseos ocultos de alcanzar el último peldaño y de poco han servido todas mis precauciones y cerrojos.  Sé que su forma se ha ido perfeccionando y estos últimos meses debo confesar que he temido darle a luz. Me sobrecogía la idea que en una de sus manipulaciones descendiese desde mi vesícula biliar hasta mi útero y se convirtiese por error en mi propio hijo. Conozco bien sus artimañas y sé que de haber tenido la oportunidad no lo hubiese dudado un solo instante.

Esta misma tarde a la hora del té el cielo se ha oscurecido. He salido al jardín y me he recostado en la baranda para contemplar el espectáculo de la primavera incipiente. Todo estaba muy verde y del verde salían los capullos rosas de las rosas que empiezan a nacer. De las hojas del cerezo empiezan a nacer  como botones rojos, perfectos, las primeras cerezas que caen al patio y todo ello envuelto en una luz mágica, amarillenta y abrumadora, como si en vez de anochecer estuviese amaneciendo.
No sé cómo ha podido ocurrir pues los hechos se han sucedido vertiginosos y trepidantes. Primero he sentido un dolor agudo, como si me extirpasen un órgano y, sin previo aviso, un ejército desenfrenado de culebras rampantes ha avanzado desde el vientre a mi garganta. He intentado contenerlas en vano. Las escaleras de la balaustrada se han invertido y sus peldaños se han precipitado hacia abajo formando una espiral laberíntica de baldosas blancas y negras. Al cabo de dos o tres giros una bandada de pájaros negros ha emprendido su vuelo.
Indispuesta y aturdida me he dirigido a la sala de baño.
He lavado mi rostro con agua fría y al alzarlo frente al espejo he hallado el suyo.

Desvergonzado e insolente me ha mirado de frente, pero sus ojos hundidos en los pantanos de la pesadumbre me han impedido atisbar su alma. Vestía un traje veraniego de color blanco y una estúpida diadema aplastaba sus antenas, como queriendo disimularlas.  Su atuendo me ha resultado tan ridículo que no he podido evitar el amago de una risa contenida. Se ha dado cuenta de mi desprecio y su rostro se ha ensombrecido. Es tan fácil herirlo y sentir pena por sus desgracias que un sentimiento de piedad ha invadido mi alma.

Lo he mirado una y otra vez con el corazón palpitante y la sangre en ebullición. Una  gota helada de sudor ha erizado mi espalda. Ci-Vil, he dicho. Ci-Vil, Ci-Vil, he repetido. De pronto, una luz verde diminuta ha asomado al otro lado de sus pupilas y he podido ver con claridad mis ojos en el fondo de los suyos. Soy tú, ha dicho, enseñando sus dientes como una serpiente engatusadora y, vencida por su hechizo reptiliano,  he contemplado de pronto a la criatura más endiabladamente hermosa del mundo.
Una luz  cegadora ha irrumpido entonces en nuestra dimensión especular y el vidrio y el metal del espejo han estallado en mil pedazos.

******

*El “A Bao a Qu” ha sido recogido por Borges en su compendio de seres imaginarios.
La descripción de la criatura en este párrafo ha sido parcialmente tomada de la suya.

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El día que conocí a Fidel

regiLa muerte de Fidel Castro esta mañana me ha traído al pensamiento a mi tía Mariluz.

Mariluz era la hermana de mi abuelo y tenía una tienda de muebles en el pueblecito en el que vivíamos. La tienda había sido en otros tiempos una ferretería de la que todavía se conservan fotos muy antiguas y estaba en la plaza Rosalía de Castro que era una de las muchas plazas que había en el pueblo, casi todas con sus fuentes en el centro y sus caños regurgitando agua.
La fuente de la plaza Rosalía estaba gobernada por una mujer de piedra. En su regazo sujetaba un montón de peces cuyas bocas abiertas de par en par escupían los impetuosos chorros de agua. Me parecían siempre aterrorizados esos peces, como si la tarea de irrigación les infligiese un doloroso tormento. La gente decía que la estatua representaba una mariscadora, pero a mí me parecía una sirena sin cola que tenía algo que ver con mi propia tía.
Las tres cuartas partes de la plaza estaban enmarcadas por tres fachadas. Una era la de la vieja casa de piedra con conchas de vieira y musgos rampantes, la otra la regentaba Sindo, el dueño del bar Rosalía, y la tercera era la tienda de mi tía. En el último lado del cuadrilátero, justo enfrente de la  tienda, había unas escaleras de piedra que separaban la plaza de la avenida principal donde el ruido de los coches se mezclaba con las notas musicales que se escapaban por la ventana de Doña Felisa, la profesora de piano.
En los días de calor, Sindo montaba su terraza y los hombres y mujeres del pueblo degustaban mostos y vermús con tapas de aceitunas y cacahuetes, mientras mi tía Mariluz jugaba al tenis contra la vieja fachada, fumando un cigarrillo tras otro e ignorando las presencias ajenas a sus espaldas. De vez en cuando su pelotita amarilla caía sobre la cabeza de alguna viejecita y Mariluz soltaba una de sus estridentes carcajadas con resonancias de tabaco negro al fondo de su garganta.

Mariluz andaba por los cincuenta cuando yo llegué a este mundo y ya debía andar por los sesenta cuando descubrí que mi tía era una mujer. Recuerdo la pregunta que años más tarde formularían también mis hermanos pequeños.
– Pero mamá, ¿la tía Mariluz es una mujer?
No es que hubiese pensado que mi tía fuese un hombre. No, no era eso. En realidad hasta ese día – y sin duda gracias a su existencia- nunca había sido consciente de que existía una ley universal que dividía tajantemente a las personas entre hombres y mujeres; sin embargo, y a pesar de que mi madre ratificó con contundencia su condición femenina, yo seguí intuyendo que mi tía vulneraba naturalmente esa ley y de paso muchas otras.

Mariluz era alta, delgada y desgarbada. Era tan enclenque como musculosa, tan vieja como joven y su piel estaba tan arrugada como bien curtida por el mar. Cuenta la leyenda que en su juventud saltaba de cabeza desde la punta del muelle y surcaba a brazadas todos los mares del pueblo hasta llegar al mar de la Isla que era el más lejano de todos. Fue de esta manera que mi tía se ganó el apelativo de sirena. Su hábitat era el océano y acudía a él como un borracho a la barra del bar. Salía del agua caminando como un viejo pájaro de mar, sus aletas en la mano y uno de esos gorros de ducha con estampados de flores coronando su atolondrada cabeza.
Su cabello era tan blanco como negro y ella misma se lo cortaba con las tijeras de la cocina sin mirarse al espejo. Lo llevaba siempre corto y el único peine que sus pelos alocados conocían era el de la mano huesuda de su dueña deslizándose de vez en cuando a través del cráneo. Tenía ojos de águila y sus pupilas agudas relucían como puñales de plata. Invierno, otoño o verano se vestía con los mismos pantalones de pana color naranja butano y unas zapatillas de tela por las que se asomaba a menudo un dedo gordo como la pata retorcida de un percebe. Paradójicamente, de cintura para arriba solía lucir suéteres de punto y angora de la mejor calidad e incluso de vez en cuando deslizaba, sutil y elegante, un pañuelo de seda de cachemira por su cuello de garza. Elegía siempre colores oscuros y sobrios que contrastaban con sus pantalones naranjas y sus  zapatillas verdes agujereadas. Solía jactarse de sus gustos refinados y de haber empezado a fumar a los once años de edad.
Conducía una bicicleta holandesa de color verde y un viejo Peugeot cargado siempre de colchones, marcos de pvc, tablas de madera y utensilios de carpintería y de playa; sus dos grandes pasiones. A veces yo la ayudaba con sus cosas y aprovechaba para revolcarme y saltar en los colchones del almacén. Los niños no parecían interesarle ni más ni menos que el resto de los humanos y guardaba una relación distante y socarrona hacia nosotros. Como al viejo Tackleton, el vendedor de juguetes de Dickens, a ella también le divertía hacernos regalos horribles y ver la expresión de espanto en nuestras caras de niños malcriados. Mi tía me trataba con el mismo tono de burla que trataba al mundo entero.
– Cristobalito (así me llamaba), ven aquí puñetera, que te voy a dar un pellizco en el culo
Mi tía era conocida en el pueblo entero por los pellizcos que iba propinando a diestra y siniestra en el culo de la gente y por las estrepitosas carcajadas que tales hazañas le causaban.

La mueblería era un lugar sin orden ni justicia. Cientos de tresillos, armarios y camas pernoctaban a sus anchas en aquel espacio descomunal. Una vieja moqueta roja escondía las irregularidades del viejo parqué creando una llanura de montículos y agujeros en donde mi hermano y yo jugábamos a las arenas movedizas. Si uno de los dos tocaba los agujeros se hundía en los pantanos de la triste moqueta y moría.
En el ala izquierda, en torno a una vieja mesa camilla, Mariluz recibía a sus innumerables amigas. Formaban estas mujeres una especie de comité de representación permanente. La representada en este caso era mi tía que siempre se las arreglaba para escapar y dedicarse a oficios más nobles como la playa o la carpintería.
– Urraca, Agustina, Margarita, atendedme cinco minutos el teléfono
– Toñita, Felisita, Pepita, quedaos ahí cinco minutos que ahora vuelvo, les decía.
Pero nunca volvía, y ellas acabaron por acostumbrarse a guardar la tienda, atender a los clientes y a pasar pedidos. Mi tía se refería a ellas como “las viejas” y nunca la vi sentarse entre ellas ni compartir sus charlas. A veces atravesaba la tienda a grandes zancadas con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo su cigarrillo y al pasar por entre el comité de viejas les gastaba alguna broma o las felicitaba por su infinita paciencia con palmaditas en la espalda, pellizcos y estridentes carcajadas. Luego se encerraba en su oficina, un lugar abarrotado de libros, papeles y botes de cristal que atesoraban sus colecciones de conchas de playa, donde pasaba horas fabricando cuadernos con recortes de periódicos y revistas y escuchando  Wagner a todo volumen.
***
Al lado de mi tía iba a menudo Margot.
Margot fue en otros tiempos el ama de llaves de mi bisabuela.
En la época en que vivía (y vivió hasta mis nueve años), mi bisabuela ocupaba el puesto central del comité de representación de la mesa camilla. Lánguida y serena observaba la plaza al otro lado del escaparate de la mueblería. Se sentaba en un sillón victoriano con estampado de flores y en su mano derecha sostenía un bastón de madera con el que parecía moderar el comité de las viejas y dominar el mundo. A veces hacía sonar una campanilla para llamar al ama de llaves.
–  ¡Margooot!, gritaba mi bisabuela como un pajarito sin fuerza
– ¡Yes, madam! Respondía el ama, complaciente y servicial como le habían enseñado sus precedentes dueños ingleses.
Tres cosas definían el carácter exquisito de mi bisabuela: su gusto por el mosto, el dalky de chocolate y el huevo à la coque que Margot traía en una bandejita especial con huevera y cucharilla de plata.
Cuando mi bisabuela murió, Margot dedicó su vida a mi tía Mariluz, no sin grandes esfuerzos y regañinas, pues allí donde durante un siglo había imperado el orden y la disciplina de los horarios, el sonido de la campanilla y las buenas costumbres, sólo quedó la ley del no sé, del espera y el ya veremos, que dejó en el viejo corazón de Margot un estigma profundo de orfandad e incertidumbre.

Margot era pequeña, achatada y rolliza, con una cabeza muy redonda cubierta por una pelambrera de perfectos tirabuzones negros. Seguía a mi tía esperando sus órdenes y preguntando cosas como si la señorita querría cenar algo aquella noche. Pero la señorita se alimentaba de lo que encontraba en la cocina, pan y queso y de vez en cuando un huevo frito que en realidad nunca supo freír como es debido. Sólo en los momentos especiales con su baraja de cartas y en pleno éxtasis de una partida al solitario, Mariluz atacaba el armario de su habitación donde ella misma escondía sus propios bombones de chocolate.
Ante tal situación de anarquía, Margot se sentía desorientada y sólo en los momentos en que iba a lavar las ropas al río recuperaba su verdadera identidad. En un barreño de estaño que dirigía magistralmente sobre su cabeza, Margot transportaba la colada de la señorita, las cortinas y las alfombras de la casa con un asombroso sentido del equilibrio, del ritmo y la armonía. Ninguna lavadora pudo convencerla jamás de las ventajas de la máquina, la técnica y el progreso.
Recuerdo un día en que las vimos desde el coche de mi padre paseando juntas por el pueblo. Mi tía iba delante encorvada y cabizbaja con su bañador mojado y su gorro de la ducha. Llevaba una toalla alrededor de la cintura y caminaba descalza a grandes zancadas escupiendo humo por la boca. Margot la seguía hierática y majestuosa, digna como una estatua de alabastro con su barreño en la cabeza y su mandilón a cuadros.
– ¡Mirad! Dijo mi hermano ¡Don Quijote y Sancho Panza!
Y todos reímos
***
Un día apareció en la habitación de Mariluz la foto enmarcada de un hombre barbudo.
En su casa había algunas fotos y cuadros de ancestros y tatarabuelos, y alguna más reciente de nuestros días, pero todas habían sido puestas ahí en la época en que mi bisabuela estaba entre nosotros y no me parecía propio de mi tía dedicar su tiempo a decorar las paredes con fotos de seres queridos y sobrinos malcriados, por esa razón aquella foto resultaba doblemente misteriosa. Aquel hombre no sólo no pertenecía a la familia sino que además su foto ocupaba un lugar privilegiado en el mismísimo cuarto de Mariluz.
-¿Quién es este señor de la foto?, pregunté a mi madre en cierta ocasión
– Es Fidel.
– ¿Fidel? ¿Y quién es Fidel?
– Un imbécil hija, un imbécil

A mis diez años lo que deduje de aquello era que mi tía Mariluz tenía un novio que se llamaba Fidel y que mi madre no aprobaba la relación amorosa entre él y mi tía, más aún cuando al hilo de ciertas discusiones airadas entre ella y mi madre, en las que palabras incomprensibles como comunismo, capitalismo, socialismo y marxismo parecían contaminar la atmósfera y enfrentar a mi familia, mi tía gritaba que se iba a Cuba con el tal Fidel.
Así empezaron los viajes anuales de mi tía a la isla. Viajaba siempre en navidades para ahorrarse de paso los aburridos compromisos familiares a los que de todas formas nunca había hecho ningún caso y su colección de conchas de playa aumentó significativamente. Estas son de Cayo Santa María y estas otras vienen de Ancón y estas de Saetía, decía mi tía, como si cada concha hubiese sido adquirida en una tienda diferente. A mí aquellos lugares me sonaban a los viajes de Gulliver y esperaba que me llevase con ella en su próxima expedición. Al principio creí que se escapaba por amor, pero con los años descubrí que aquel Fidel que tanto amaba mi tía era en realidad un horrible dictador que oprimía a su pueblo y perseguía a quienes no pensaban como él.
Eso decían en la tele y en la radio. Eso decía mi familia y los profesores del colegio y todo el mundo y eso mismo acabé diciendo yo también.

Una tarde de mis catorce años, mientras mi tía barajaba sus cartas, me fui a fisgonear al armario secreto donde escondía el chocolate. La caja de bombones estaba enterrada por pilas de libros y papeles entre los cuales encontré un álbum con fotos de hombres barbudos. Era una especie de revista que a modo de historieta iba relatando las andanzas de aquellos hombres y mujeres armados en un lugar llamado Sierra Maestra. Fidel, el amigo de mi tía, sonreía al lado de un tal Ernesto Guevara, una Vilma Espín y un Camilo Cienfuegos. Recuerdo que la historieta contaba algunas bromas del tal Camilo conocidas como “camiladas” y yo, todavía una niña pero casi una mujer, sentí una ligera simpatía hacia  aquellos barbudos. Eran los años noventa y las niñas de mi edad soñábamos con backstreet boys y otros rostros publicitarios del momento, pero la visión de aquellos tres hombres despertó en mí un extraño deseo, todavía tenue y hasta entonces desconocido. Miré de nuevo al tal Ernesto Guevara y de pronto me pareció el hombre más guapo del mundo.  Aparté enseguida tales pensamientos de mi cabeza y cerré la historieta de un golpe. Fui directa al salón y le solté a mi tía una de aquellas frases que ya había oído antes a mi familia: “¿Por qué no sacas la foto de ese barbudo dictador de tu habitación?”
Mariluz  dejó la baraja sobre la mesa. Me miró con un ojo medio cerrado y su cigarrillo entre los labios como si me viese por primera vez en su vida.
– Explícame las razones por las que aseguras con tanta firmeza que Fidel es un dictador, dijo.
Se las enumeré todas. La falta de elecciones, el aislamiento político, su obstinación al no querer ceder a ciertas condiciones de democracia y respeto a los derechos humanos en favor de su pueblo hundido en la pobreza, el hambre y la miseria, el sufrimiento de los homosexuales y de los refugiados en Miami. Yo me sentí orgullosa de mi respuesta, de haber demostrado a mi tía que sabía de qué hablaba, pero ella volvió a sus cartas como si yo ya me hubiese ido.  Empezó a repartirlas sobre la mesa  y sin ni siquiera mirarme, dijo:
Repites como un loro todo lo que oyes. Tu discurso es un discurso plagiado sin ningún elemento propio y sólo se sostiene a través de la reproducción, lo cual demuestra la falta de inteligencia que lo construye. En la escuela os enseñan a ser mediocres papagayos.
Y volviéndose hacia mí  me apuntó de nuevo con sus pupilas agudas como cuchillos de plata:
Las buenas respuestas sólo puedes hallarlas en ti misma. Cuando las encuentres hablamos, entretanto yo no pierdo el tiempo con papagayos mamarrachos.
Estaba acostumbrada a los desplantes de mi tía y agradecí que al menos no me hubiese llamado Cristobalito. Allá ella con su Fidel, sus partidas al solitario y sus extravagancias. En el fondo le perdonábamos sus rarezas precisamente porque era una rara y las personas raras suelen decir cosas raras e incomprensibles.

Tuvieron que pasar muchos años y muchas lecturas para llegar a entender las rarezas de mi tía.
Un día cayó en mis manos el contrato social y muchas obras siguieron a aquella.
Supe así que mientras había hombres que consideraban al hombre bueno en su estado de naturaleza, otros aseguraban que en realidad el hombre era un lobo para el hombre y que esta concepción dual era la piedra angular de la segregación ontológica y política del pensamiento humano. Fui profundizando en la historia colonial y en las venas abiertas de los países colonizados, aprendiendo así que la realidad política de un país depende de un pasado histórico que le es propio sin el cual no podemos juzgar su presente. Descubrí los complejos engranajes de la maquinaria de producción capitalista y su sistema bancario y abordé el concepto de lucro y el de plusvalía y, aunque nunca llegué a compartir el enfoque dialéctico-histórico del materialismo ni el materialismo mismo, entendí las razones filosóficas de Marx. Entendí asimismo las devastadoras consecuencias de la acumulación de capital y el significado profundo y abstracto del valor dinero tan bien reflejado en esa imagen del fotógrafo Sebastiao Salgado en la que millones de hombres, por voluntad propia, arriesgan sus vidas como bestias famélicas en busca de un poco de oro en la garganta minera de Sierra Pelada. Entendí que en nombre de la libertad los hombres persiguen quimeras ante las cuales se arrodillan como esclavos y que la verdadera libertad reside en la sobriedad y en la disposición de nuestro tiempo de vida.
Me confronté al concepto de alienación, pero no llegué a comprenderlo realmente hasta que trabajando en un Mc. Donalds a mis veinte años, lo pude sentir en mi propia carne. Entendí muy tarde que ni los periódicos, ni la televisión, ni mis maestros podían enseñarme gran cosa sobre del hilo conductor que teje todas las épocas de la evolución humana y que sólo a través de la conquista de mi propia soberanía y a través de la extensísima historia del pensamiento humano podía llegar al epicentro de la revolución cubana que era a la vez mi propio epicentro y entender así a mi tía loca y a aquel barbudo de la foto.
***
Mariluz dejó este mundo el año en que empecé a hallar mis propias respuestas.
Fue dos meses antes de mi primer viaje a Cuba.
Nunca pude compartir con ella mis hallazgos, pero hoy varias conchas de Cayo Santa María y Ancón decoran los estantes de mi habitación y junto a ellas la foto de un hombre barbudo nos une a través de la Historia.

 

 

 

 

Lo que Borges y Goethe me contaron de Swedenborg

En el libro de los seres imaginarios de Borges existe un pequeño relato sobre los ángeles de Swedenborg.

DSC_0720Cuenta Borges que estos ángeles pueden  mirar al norte, al sur, al este o al oeste que siempre verán a Dios cara a cara. Son ante todo teólogos y su deleite mayor  es la plegaria y la discusión de problemas espirituales. Las cosas de la tierra son  para ellos símbolos de las cosas del cielo y las apariencias de las cosas cambian según sus estados de ánimo.
– Los trajes de los ángeles resplandecen según su inteligencia.
Continúa Borges diciéndonos que en el cielo, los objetos, los muebles y las ciudades son más concretos y complejos que los de nuestra Tierra, y los colores más variados y vívidos. Los ángeles de origen inglés propenden a la política, los judíos al comercio de alhajas y los alemanes llevan libros que consultan antes de contestar.
En todos los casos, su mundo está regido por el amor.
– Cada ángel es un cielo y dos personas que se han amado en la Tierra forman un solo ángel en los cielos de Swedenborg.

Esta última idea me pareció tan extraordinaria que me puse a indagar sobre la posible existencia de estos seres maravillosos. Al principio creí que Swedenborg era el nombre que la imaginación de Borges había dado a estos ángeles, sin embargo pronto descubrí que no eran suyos, sino de Enmanuel Swedenborg, un científico brillante del siglo XVIII de origen sueco que desarrolló su carrera en Inglaterra donde se aplicó al estudio de todo tipo de disciplinas. Fue matemático, ingeniero, óptico, relojero, grabador, astrónomo e inventor de todo tipo de artefactos; un Leonardo da Vinci injustamente olvidado por la Historia. También fue filósofo y teólogo.
Hijo de un obispo luterano, se interesó por las sagradas escrituras y aprendió hebreo y griego para entenderlas mejor. A los 56 años su vida cambió por completo: los ángeles empezaron a visitarle y le convirtieron en su auténtico portavoz en el mundo. Parece que conversaba con ellos en las calles de Londres como con cualquiera de sus vecinos.
Los ángeles lo llevaron a ver el más allá y le informaron de todos los pormenores de la vida espiritual que Swedenborg fue escribiendo en incontables volúmenes.

No es fácil encontrar a Swedenborg hoy en día.
En una librería de viejo, no lejos de la Place des Vosges en París, pregunté por el visionario sueco. La mirada del librero lanzada más allá del mostrador y de sus anteojos decimonónicos me pareció tardar una eternidad en llegar a la mía, como si todos los siglos que han transcurrido desde la existencia de Swedenborg y sus arcanos celestes se hubiesen interpuesto entre el librero y yo.
De pronto el hombre me pareció envejecido por algún escrúpulo de librero parisino polvoriento y desconfiado. Tal vez un secreto milenario hubiese atravesado su pensamiento en aquel instante, pues un rictus extraño contrajo sus cejas por encima de los cristales redondos de sus lunettes y algo parecido a un carraspeo nervioso resonó  en su garganta como la nota  final de un instrumento sin cuerda.
No podía ayudarme. No, no sabía gran cosa del tal Swedenborg. Sabía aquello de los ángeles y también que era un loco que había inspirado alguna obra de Balzac y Paul Valèry.
Nos despedimos del viejo pagando en su cuenta un viejo códice de alquimia que trataba sobre el simbolismo hermético, la incertitud de la medicina, la verdad sobre la Gran Obra, la felicidad temporal del hombre en la Tierra y la naturaleza del alma.
Mis pesquisas a través de estantes polvorientos duraron varios meses antes de someterme una vez más a la tiranía de la mercancía en movimiento en su vertiente de biblioteca electrónica universal, es decir, Amazón.
Gracias al rendimiento de sus recursos, al almacenamiento y procesamiento de libros altamente optimizado y sus servicios de computación en la nube conseguí, a golpe de ratón, hacerme con dos de sus grandes obras en un santiamén: “Del cielo y del Infierno” y “De planetas y ángeles”.

Leí a Swedenborg el invierno pasado durante mi estancia en Frankfurt y acabé su segundo libro el día que decidí visitar a Goethe.
***
Era una de esas mañana de invierno y nieve en Alemania.
En el reino de los bancos donde la vida transcurre entre cristales transparentes de rascacielos y palacios celestes, el río Main me parecía a menudo el único ser con vida.
A veces sacudía ligeramente sus olas y ese gesto lo interpretaba yo como una señal cómplice lanzada desde el sueño de sus aguas para devolverme a la vida tras una ínsipida jornada de oficina.
Elegí uno de esos días donde la vasta y perfecta maqueta que era Frankfurt se hallaba implacablemente vacía. Banqueros y oficinistas ocupaban sus puestos de trabajo con indolente obediencia y, con la eficacia de un mecanismo de precisión, lanzaban un día más los engranajes debidamente engrasados de sus rutinas miserables.
Era un día laboral en el que inventé una excusa cualquiera para no acudir al trabajo y, envuelta en mi larga bufanda de invierno, salí al encuentro de la Historia.

La casa de Goethe estaba perfectamente vacía aquella mañana. Tal y como lo había esperado yo era su única invitada.
Aunque la casa ha sido totalmente reconstruida tras el bombardeo sufrido en la segunda guerra, sus muebles, cuadros, manuscritos e incluso su pequeño teatro de marionetas siguen intactos. Cada uno de estos objetos desprendía un erotismo antiguo que excitaba mis sentidos y erizaba mi piel.
En uno de los cuadros se veía un retrato del joven Goethe. Aparece ligeramente recostado en un taburete victoriano. Lleva una casaca sencilla de paño azul y una camisa entreabierta de volantas en cuello y muñecas. De perfil, con las piernas cruzadas y cubiertas sus pantorrillas por unas medias de la época, sostiene en su mano derecha un oscuro retrato que parece la sombra de una mujer. La mirada despreocupada del poeta encierra antiguos anhelos y ambiciones secretas. Desde el otro lado del cuadro y del abismo de los tiempos traté de penetrar en los deseos ocultos de aquel hombre, pero al dejarme llevar por entre sus recovecos me encontré de pronto haciéndo el amor al fantasma de Goethe entre encajes y brocados de seda, de plata y terciopelo.
Algún ruido de la calle me despertó de tales ensoñaciones y continué mi visita con el fantasma del poeta pegado a mi piel.
Las pequeñas ventanas de la casa enmarcaban el paisaje de copos de nieve con la perfección arquitectónica de una casa de muñecas.
Subí a la primera planta donde había una exposición de sus manuscritos, cartas, libros y viejos bocetos a lápiz.
Me fastidió mi bajo nivel de alemán. Los cuadernos de Goethe hablaban claramente de cosas ocultas. Pirámides, cábalas, símbolos solares y todo tipo de escrituras crípticas poblaban sus cuadernos.
Goethe mencionaba a viejos alquimistas como Paracelso y en uno de ellos pude claramente leer el nombre de Swedenborg.

Nunca he sabido de su relación con el ocultismo, pero ese día observando los copos de nieve que bañaban Frankfurt a través de las pequeñas ventanas de la vieja casa e inspirada en el romanticismo de aquellos manuscritos con el nombre de Swedenborg trazado por la pluma de Goethe y mi piel erizada por fantasías decimonónicas, me dije que sólo un velo muy delgado puede dividir nuestro mundo del mundo real y que sólo los sueños, las experiencias místicas, las visiones y clarividencias de los hombres pueden dar acceso a él.
Goethe lo sabía y consagró su vida a la búsqueda de ese mundo mágico. Fausto es claramente el arquetipo y símbolo del proceso de individuación del hombre moderno. El hombre que trasciende la realidad desencantada por la ciencia y la tecnología y que utiliza el arte (la magia) como antídoto para salvarse de la desmitificación del mundo y reivindicar otros aspectos de la existencia.
Fausto, como Swedenborg, reivindica la magia y halla la luz.
***
Creo que este relato me lo susurraron en sueños Borges y Goethe.
Tal vez ambos se hubiesen amado de alguna manera en la Tierra y hayan formado hoy un solo ángel en los cielos de Swedenborg.

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Una tarde en Varanasi

Todavía no era de noche en la ciudad de los muertos.

Era un día de agosto y las lluvias torrenciales habían convertido las aguas del Ganges en un cementerio de escombros. Cerca del embarcadero varios búfalos emergían entre restos de basura y lodo. De sus pechos relucinetes de inmundicias, se escapaban estruendosos rugidos de león. Parecían dioses contrariados. Al principio creí que combatían las pantanosas aguas o los negros pajarracos que se posaban indiferentes y cantarinos sobre sus cornudas y fornidas cabezas, pero pronto advertí que en realidad rugían de puro placer y se solazaban como niños en la deliciosa suciedad de sus juegos acuáticos.
Una niebla húmeda y sofocante se cernía sobre nosotros y al otro lado del gaht, Varanasi desaparecía entre bailes y graznidos de cuervos.

Al fondo del embarcadero un hombre medio desnudo amarraba su barca. Era un anciano flaco y hermoso, cubierto de una epidermis oscura, vieja y tan tersa que parecía haber sido curtida  artesanalmente con cuero de nutria.  Del dobladillo de su taparrabos nacían dos largas piernas como dos ramas de acacia sagrada y en lugar de raíces, unos pies escamosos de animal anfibio  sujetaban con ambigua solidez el conjunto de sus huesos.
– Namaste, saludó el hombre, y con una inclinación de cabeza nos invitó a subir a su barca.
No parecía el día más indicado para navegar. El caudal del río seguía desbordado trás el paso del monzón. Escombros y cascotes flotaban y se hundían en el  cauce cenagoso como apariciones furtivas y, bajo la apariencia de una calma provisoria, algo semejante a una blasfemia se ocultaba en el vaivén de las aguas.
–  Nahin, dhanyavaad, nahin-se excusaba mi marido al tiempo que señalaba las aguas, el cielo y la tierra y todo cuanto nos rodeaba a modo de excusa.
El rugido de uno de los búfalos llegó hasta nosotros. Las nieblas cubrían ya por completo sus juegos acuáticos y sólo una cornamenta sobre la cual gorjeaba un pájaro negro, emergió de entre las tinieblas como la aparición de un minotauro celeste.
– Nahin, repetí yo con la mirada todavía distraída en la blanca cornamenta que desaparecía lentamente engullida por la bruma.
– Nahin, nahin, volví a repetir y, negando con la cabeza, torné mis ojos hacia los del barquero.
Entonces nos vimos por primera vez.
Sus ojos se clavaron en los míos y una luz verde en ellos me transportó al origen de los tiempos, cuando todavía no había nacido el mundo.
En el espacio de un instante, todos los polos de la tierra se concentraron en uno sólo y todas las cosas fueron una y supe que sus ojos verdes y los míos eran un sólo ojo y que formaban un bindi en la frente de una vaca sagrada suspendida de la bóveda celestial. Estaba a punto de caer arrodillada ante sus pies anfibios cuando la mano de mi marido tiró de mí hacia el otro lado del abismo y de los tiempos.
No recuerdo cómo subimos a la barca ni que extraño sortilegio hizo que Alain, un hombre cabal y sensato, aceptase surcar la frontera del universo entre brumas y aguas turbias, con su mujer al lado elevándose como una venada y un hindú en taparrabos tripulando aquella barquichuela carcomida y desvencijada por la erosión de la vida.
– Nom de dieu de nom de dieu, protestaba Alain entre dientes, intimidado sin duda ante el esplendor del infierno.

DSC_0414La ciudad de Varanasi desaparecía en el ocaso del día. Las siluetas de sus viejas casas apiñadas sobre el agua, los templos cónicos, las piras funerarias donde mueren los muertos y las largas escaleras se dejaban morir entre la bruma y sólo de vez en cuando, un minarete aparecía como la punta del tridente de Shiva acuchillando las tinieblas. Un silencio sepulcral nos envolvía y al otro lado de la barca, la imagen del barquero se difuminaba como el rostro de Caronte franqueando el primer círculo del inframundo.
Supimos más tarde que el barquero se llamaba Rajôo y que fue en otros tiempos sacerdote Brahman en el valle de Kulu donde guiaba a sus fieles hacia las reglas de la lógica, la metafísica, la epistemología y el culto a Brahmā, dios de las cuatro caras que ha nacido antes de su nacimiento y morirá después de su muerte.
– Nom de dieu de nom de dieu! repitió Alain
En medio del silencio sepulcral que nos envolvía, sólo perturbado por el murmullo de los remos al chocar contra el eterno discurrir de las aguas, vimos entre la espesa niebla unos niños  escuálidos cubiertos de pústulas al borde de un ghat. Sus risas eran amortiguadas por las bajas y densas nubes y llegaban a nosotros lejanas y arrulladoras como el murmullo de la gente en el sueño de las siestas veraniegas en playas mediterráneas muy azules. Nadaban, buceaban y jugaban como felices y grises espectros en la desolación de la ciénaga.
Un cuerpo humano flotaba distraído en dirección a la zona de juegos. No es cosa extraña en Varanasi, pues las familias pobres que no pueden pagar una cremación, lanzan los cuerpos enteros a las aguas sagradas.
Uno de los chicos, ayudado por la rama de un árbol, devolvió el cádaver descompuesto y putrefacto al curso central de la corriente del río y con un gesto de indiferencia, volvió a sus tiernos juegos de infancia.
– Nom de dieu !, y esta vez lo gritó tan alto que conjuró a los astros.
Como dioses alados bajaron entonces los cuervos del cielo. Desplegaban sus alas azul cobalto  y agitaban su oscuro plumaje en una danza ancestral. Sus perfiles aguileños caían en picado sobre las aguas donde yacía el difunto.
En este banquete solemne, los pájaros, consejeros de todas las providencias, enseñan los caminos del alma después de la muerte del cuerpo: a las almas pequeñas las guían hacia la transmutación y a las grandes, hacia la subida a los infiernos.
– C’est magnifique, dijo esta avez Alain, ceremonioso como un pájaro blanco entre pájaros negros
Observé a mi marido. Su largos y espesos cabellos canos se confundían en la blancura de la niebla y su perfil  sobresalía duro y pétreo como un peñasco rocoso entre los alcantilados de la vieja e imperiosa Albión.
Parecía un hermoso cuervo blanco.
Parecía el mismo Zeus.

Seguimos nuestra travesía con los fantasmas envolviéndonos por completo en sus trajes de niebla y supe entonces que al final de todos los siglos yo volvería a estar allí, en ese mismo lugar, una y otra vez rodeada de lo inmenso.
Miré de soslayo a Rajôo cuyos verdes ojos emergían de las tinieblas como piedras preciosas al otro lado de la barca.
El cielo se desplomaba lentamente sobre nuestras cabezas y las gotas de lluvia formaban destellos de colores y arcoiris bajo los pies anfibios del barquero que parecían ahora dos enormes lagartos de agua.
Levanté la vista del suelo y me topé de nuevo con sus ojos vertiginosos. Entré en ellos descalza como quien entra en un templo. Sus pupilas se prolongaban hacia el más allá formando negros laberintos de infinitas puertas y en las lunas de sus espejos, ví todas  y cada una de las almas del mundo asomarse a ellos y, de la mano de Alain, me dejé morir para siempre en los reinos de Brahmā, creador supremo, dios de las cuatro caras que ha nacido antes de su nacimiento y morirá después de su muerte.
********
tanto el dibujo como la fotografía son míos

Un cuento para Nicolas

Aquella chica flacucha que todavía no era yo acababa de llegar a París.

Aquel día soleado de septiembre paseaba altiva sus huesecillos observando orgullosa la imagen de reflejos trigueños que los cristales de los escaparates le devolvían creando vivos haces de luz. Le sentaban bien las gafas de sol y aquella chaqueta de cuadros escoceses que su prima le había prestado y que iba a juego con el color cereza de sus labios. Se dejaba llevar por entre las calles de Saint-Germain-des-Prés con esa arrogancia inocente que otorga la conciencia de la juventud. Más que pasear por París parecía sobrevolarlo desafiando las leyes de la gravedad y con su mentón bien elevado, se dejaba acariciar por las miradas masculinas y por la brisa todavía cálida del otoño incipiente. Había llegado a París para quedarse y nunca volver y creo que esa idea del no retorno la embellecía. París le sentaba bien y ella lo sabía.

Nada que ver con aquel lugar que había dejado atrás para siempre, aquel lugar donde la resignación de los paisajes entumecidos y lluviosos era bella en su dolor silencioso pero no dentro de las casas, no en el espíritu de las cosas, no en las conversaciones de la gente. En las ciudades provincianas y los pueblos de aquel lugar que hoy era ya pasado, la humedad negruzca se colaba por las paredes agrietando la existencia y el alma y los cubos de agua recogían las gotas de lluvia como lágrimas de los techos. El mundo se volvía a menudo hosco y desconfiado y sólo a veces un disco de jazz deslizándose a través de las ventanas abiertas de su piso de estudiante conseguía sacarla de aquel tedio que no se parecía en nada a la morriña tantas veces dignificada por todos, sino a la profunda desesperación.
Desde el momento en que había tenido aquel sueño revelador se había mostrado inflexible en su decisión de abandonarlo todo. El mensaje había sido claro y no había vacilado ni un segundo ante las súplicas del que había sido su compañero hasta entonces.
Un billete de ida y luego ya se vería.
Y al ya se vería lo vio por primera vez aquella mañana luminosa al otro lado del reflejo oscuro de los cristales de sus gafas de sol.
Era él. Fue rápido y evidente. Todo adquiría un sentido aplastante. Había volado desde los fríos pantanos del valle de la humedad para llegar al centro luminoso de la Tierra, la place de l’Opèra, y encontrar allí mismo, bajo la cúpula celeste de su palacio milenario, a su compañero de viaje. No había duda. Barba espesa, cabellos  revueltos, mochila a la espalda y esa mirada seductora del alma errante y vagabunda destinada por su propia naturaleza al fracaso.
Era perfecto.

Dieron una vuelta por el Boulevard de Cappucines y luego comieron en las terrazas soleadas de los almacenes Lafayette. La chica no podía callarse a pesar de no hablar por aquel entonces ni una sola palabra de francés. Su actitud era infantil y precipitada. Comía sin parar y hablaba casi al mismo tiempo, atropelladamente, con una torpeza que a pesar de todo se parecía bastante a la coquetería. Las gafas de sol le iban un poco grandes a su carita menuda y resbalaban una y otra vez por su nariz puntiaguda. Ella las encajaba con el dedo índice y al hacerlo  el chico se fijaba en sus manos. Eran unas manos muy hermosas, finas y elegantes como largas patitas de rata, pero estaban sometidas al más absoluto abandono y negligencia, uñas carcomidas, restos de lápiz y pellejos desastrosos. La chica sintió una ligera reprobación en los ojos castaños del chico y por un momento escondió sus manos. Malditas uñas. Luego continuó  con su soliloquio. Quería contárselo todo. Abrirle todas sus puertas. Las palabras en inglés salían impacientes de su boca como si se le fuese a escapar el mundo.
– I am twenty four- decía ella- And you?
Él no la escuchaba. Tampoco comía. Recostado en su silla, contemplaba desde la serenidad que le caracterizaba, el movimiento de los labios de la joven sin importarle demasiado lo que por ellos salía. Se perdía más en su boca que en sus palabras y ella se daba cuenta pero no le importaba. Nada le importaba ya. Si quería romper el hechizo de sus rojos labios se inclinaba hacia adelante y subrayaba con ahínco lo que acababa de decir y punto. Y él volvía al mundo de las palabras. Y se reía. Y al reírse unas incipientes arrugas de treintañero aparecían en los pliegues de sus ojos y había dos huecos negros en cada comisura de su sonrisa. Y otra cosa había: al fondo de sus cavidades bucales uno de esos antiguos empastes de amalgama de mercurio brillaba como un diamante de oro en la boca del chico. Al sonreír parecía como si llevase estrellas en la boca.
– Y a qué te dedicas?
– No sé, y tú?
– A vivir, contestó el chico.

Se despidieron a la entrada del metro.
Ella apartó la oscuridad de sus gafas de sol y al decir au revoir sacó los disfraces de cada letra y le dirigió una mirada desnuda de artificios.
– Je t’aime, pensó ella.
– Tu as le regard d’un petit chat, dijo el chico y ella percibió entonces el pálido estremecimiento en la mirada del hombre que se acaba de enamorar.
Triunfante, emprendió el vuelo de vuelta con el vigor del águila que ha cazado su presa. Planeando veloz sobre los tejados azules, las cornisas imperfectas y las chimeneas arqueadas como gatos amenazantes veía Paris a sus pies y el mundo entero y se sentía capaz de cualquier cosa.
Al llegar al apartamento de su prima se desnudó, descorchó una botella de vino y se metió en la bañera. Abrió sus muslos como peces entre el agua y amándose a sí misma celebró aquella tarde de septiembre repitiendo el nombre del chico como una oración voluptuosa llena de dulces peligros.
*******************
El chico vivía en una pequeña buhardilla de Goncourt a dos pasos del canal de Saint Martin.
Al otro lado de la ventana se extendía el paisaje de chimeneas ancianas, antenas y cables y sombras de antiguos gatos errabundos en los tejados. La primera noche que hicieron el amor fue la de su segunda lección de francés. Je l’aime à mourir de Cabrel sonaba en la radio y ella supo que en realidad siempre había sabido francés.
– It’s beautiful, dijo la chica con la mirada clavada en el altavoz, como hablando a la canción.
– C’est beau, se corrigió, como para que la música comprendiese.
Recordó entonces aquel verano paseando por los arenales con Camille de la mano. Ella debía tener once o doce años y Camille la edad que ella tenía ahora. Tres palabras le había enseñado aquella tarde su prima francesa como un presagio.
La mer. L’amour. Le petit-déjeuner.
De niña repetía aquellas palabras de memoria como quien aprende los números del uno al diez, con la certitud de haber adquirido un conocimiento universal.
La mer. L’amour. Le petit-déjeuner.

Ahora, sin preámbulo, el chico empezó a nombrar cada parte de su cuerpo antes de someterlo a los deseos del suyo.
L’oreille y su boca se entreabría como un susurro en la oreja de ella.
Le cou y apartaba su pelo.
L’épaule y bajaba los tirantes de su camiseta.
La bouche y sus labios eran apenas un roce.
Le sein, una de las copas del sujetador se deslizaba y un pecho emergía con toda su blanca ternura en las tinieblas del salón.
Le vin y el chico cogía su copa y bebía. Cruzaba sus piernas y miraba a la chica medio desnuda y volvía a beber como si nada, como si el tiempo entero pudiese esperar.
Les seins, y ya los dos pechos entre las dos manos y a ella todo aquello le parecía una receta de cocina y un sabor a laurel atravesaba su boca cuando sus lenguas encontraron el punto de ebullición.
Le sex, dijo el chico al final, antes de entrar en ella.

*******************
rue-saint-maur-001Los días y los meses siguieron, hicieron el amor en muchas calles y rincones de Europa y dos años transcurrieron desde aquella mañana de septiembre. La mer en Lisboa, l’amour entre sábanas sucias en París y los petits dejeuners que solían convertirse en cenas.

Su amor parecía crecer en torno al desayuno.
– Si lo piensas, todo se lo debemos a los petits dejeuners. Tú y yo no somos más que los productos, los suplementos accesorios del café, los croissants y la mantequilla, había escrito ella en una de sus cartas.
– Moi, je t’offrirai des perles de pluie venues de pays où il ne pleut pas, había escrito él cuando la chica todavía no conocía a Jacques Brel y tomaba al chico por un poeta maldito
– “Je suis le gardien du sommeil de ses nuits, je l’aime à mourir…”, seguía cantando Cabrel desde la pieza del fondo de sus vidas.
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Pero el romanticismo auténtico actúa siempre bajo los hilos invisibles que mueve el diablo y en un pequeño hueco cavado en la fachada de enfrente del apartamento de la rue Saint-Maur, un gato negro rezagado entre las cavidades de las paredes de un agujero, les observaba desde la oscuridad de la noche, y su luz verde penetró sin vacilación en la intimidad de nuestras vidas y deshizo con un chubasco de silencio todas las palabras de amor.
– Tu as le regard d’un chat, había dicho él aquella mañana de septiembre.

Una historia romántica que de verdad se precie ha de ser ligeramente cruenta y las historias de amor como esta acaban siempre por sucumbir a desgarros turbios.
Desgarros que sacuden como iguanas en cólera las profundidades del corazón.
Ella sintió ese desgarro diabólico la noche en que sus sueños volvieron y el chico acabó por desplomarse como un boxeador entre cuerdas tras meses de lucha contra los incomprensibles designios del destino. Su paraguas roto a golpes contra una papelera de la Chausée d’Ixelles y su corazón sobre el asfalto mojado aquella tarde en que la vio alejarse para siempre con  su maleta roja por entre las calles de una nueva ciudad.

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Knokke y el reloj de arena

Aquella mañana me desperté con un poco de fiebre en el cuarto que había alquilado en el número veinte de la calle Fincentlaan. Estaba en Knokke, una pequeña ciudad de la costa belga adonde había llegado huyendo la noche anterior.

spilliaert04Había soñado que el doctor Gaillet se paseaba por las calles de Santiago de Compostela.
Buscaba una calle, una dirección determinada, pero se equivocaba y se metía en otra. Se sentía perdido y una herida negra brotaba en su pecho como el estigma implacable del fracaso de sus andanzas. Se ponía a gritar como un loco y decía que iba a matarnos a todos.
Evoqué mi sueño con un vago desasosiego por lo ocurrido la noche del viernes. Sin embargo enseguida me sentí bien, protegida por las mantas cálidas de esa habitación que parecía un escaparate de zara home.
Me preparé un té y leí un poco La Colmena en la cama. Doña Rosa seguía ahí con  sus manos gordezuelas apoyadas sobre el vientre, hinchado como un pellejo de aceite, la imagen misma de la venganza del bien nutrido contra el hambriento. ¡Sinvergüenzas! ¡Perros! De sus dedos como morcillas se reflejan hermosos, casi lujuriosos, los destellos de las lámparas.
La presencia de Doña Rosa emergiendo de las páginas del libro como un náufrago en tierras turbias y desconocidas, me produjo una sensación de bienestar y coherencia.

A las nueve y media me precipité escaleras abajo, ávida de aire fresco.
Los dueños de la casa donde alquilaba el kot me prestaron su bicileta. Era una pareja muy simpatica; él flamenco y ella polaca. Él se llamaba Heens y era profesor de piano y ella, Alexandra, de violonchelo. Tenían dos viejos perros carlinos y como buenos habitantes de Knokke, coleccionaban barcos en botella.
Me sentía bien allí y hubiese querido quedarme mucho más tiempo.

Una vez mis pies entraron en contacto con los pedales del vèlo holandés ya no pude parar. Bajo una llovizna obstinada, pedaleé y pedaleé hasta llegar a Holanda. Fueron ida y vuelta, siete horas sólo interrumpidas por dos pausas de largas caminatas a la orilla de la mer du nord.
Era un día gris de octubre y el agua tenía ese color verde antiguo y agrietado de pared de hospital psiquiátrico.
Una de las estatuas de Jean Michel Folon emergía entre las olas. Es la estatua de un hombre con el cuerpo lleno de agujeros. Tal vez un soldado que se encamina hacia la muerte tras haber sido alcanzado por las balas. El hombre se repliega sobre sí mismo y en un gesto de dolor, se enfrenta a la última ola de su vida.
Esa estatua me parece el arquetipo del hombre belga. Observándola pensé en el doctor Gaillet. Podría ser él replegado sobre sí mismo, agujerado en cuerpo y alma por los sufrimientos y tormentos de un pasado tortuoso.
Desdichadas infancias bajo un cielo tan bajo que se mete en el cuerpo como el espíritu de un muerto.

El doctor Gaillet soñaba a veces que iba andando por una calle y a la vuelta de la esquina se encontraba consigo mismo y entonces se despertaba muerto de miedo.
Aquel verano, como si el doctor me hubiese contagiado de sus sueños como de un mal virus, yo tuve el mismo sueño. Iba andando yo por las calles de un pueblo de la infancia y al doblar la esquina aparecía él. Estaba a punto de gritar cuando un vértigo onírico y seco me despertó de golpe a su lado.

****
Pensaba yo en esos sueños a la ida de mi caminata hacia la costa holandesa.
La espuma verdosa de las olas temblaba en la orilla como el poso descompuesto y mohoso de un milkshake abandonado desde meses en el fondo de la cocina. A la vuelta, sin embargo, esa misma espuma había formado nubes tan perfectas que parecía como si el cielo entero se hubiese desplomado a orillas del mar.
Qué bonitos y tristes paisajes y qué sensación de libertad me envolvía. A lo lejos, un puerto emergía entre sombras y brumas como un pueblo fantasma. Me encantan los paisajes de la costa belga. El silencio en el aire se parece al murmullo del mar. Es un silencio que contiene algo turbio, como un nervio contenido. De vez en cuando el graznido de los austernfischers, pájaros hambrientos de ostras, o el susurro de palabras incomprensibles en neerlandés o las campanas lejanas de una iglesia flamenca, lo rasgan con la delicadeza del filo de una navaja de hoja suiza.
Por el camino me paré a comer en un restaurante unos moules con vino blanco en un rincón privilegiado al lado de una ventana donde podía observar con toda tranquilidad el espectáculo de la vida en un pueblo de mar.
Mis recuerdos por lo ocurrido seguían escociendo aquel sábado a la vuelta de mi paseo por las dunas de Groenplein.

Yvan Gaillet.

Nadie había despertado en mi tanto instinto de protección.
Aquel hombre me amaba con un romanticismo antiguo,  casi decimonónico, que era el mismo con el que también me repudiaba. Un día se ponía de rodillas con sus ojos  marítimos penetrándome desde los suelos como dos charcas de agua salada y al día siguiente le encontraba entre las tinieblas de su salón, la brasa del cigarrillo rutilando en las sombras,  y su cabeza llena de temores y delirios.
Una tarde, mientras paséabamos por el puerto de Dunkerque, Yvan me contó la historia del coronel Boulanger.
Georges Boulanger fue un militar y político francés que tuvo un gran protagonismo durante la tercera república francesa a finales del siglo diecinueve. Se suicidió en el cementerio de Ixelles sobre la tumba de su amante Margaritte Crouzet, dos meses después de la muerte de la joven. En su lápida todavía se puede leer ‘Ai-je pu vraiment vivre deux mois et demi sans toi ?” *
A Yvan le gustaba esta historia y aseguraba que él moriría de la misma manera si yo desapareciese. Al decir esto su mirada azul se nublaba  y de pronto me miraba desde algún lugar que estaba más allá del fondo de sus ojos. Ese era el lugar del que Yvan provenía originariamente. Un pozo insondable, inmensamente profundo, oscuro y tenebroso.
Su zona abisal.
Su hábitat verdadero.
Extraerle de ese mundo y hacerle subir a la superficie del océano supuso tener que hacer frente a una serie de batallas en las que yo siempre era derrotada por viejos demonios, rancios  fantasmas que con distintos lenguajes y artificios pero con la misma malicia escénica, tiraban de mi hacia esos fríos abismos al otro lado de sus caricias.
La noche del viernes cuando salí precipitada escaleras abajo huyendo de sus quimeras, él me alcanzó en el rellano donde estaba su consulta y empujándome contra la puerta, me advirtió que si salía de allí no volvería a entrar nunca más.
Y así fue.
De la misma manera que dejé atrás la casa del doctor, ahora dejaba atrás los hermosos paisajes de las dunas de Groenplein y me decía que en eso precisamente consiste la vida.

Decidí entonces darme una vuelta por el universo postmoderno y deprimente de las galerías de arte del paseo marítimo de Knokke que exhiben en sus vitrinas puras reproducciones de las excreciones comerciales de Jeeff Kuns y Damien Hirst.
Por suerte, en medio de todo ese horror fluorescente, pornográfico y disneyfilíco, fiel espejo de la decadencia postmoderna, se alzaba pequeña y humilde, como en el vientre de un desfile del orgullo orgásmico, una galería de relojes de arena. Una vasta colección de los instrumentos del tiempo dejaba caer sus granos de arena como la premonición del fin inexorable de Kuns y sus discípulos horteras.

« La velocidad de flujo de la arena es independiente de la profundidad en el depósito superior, y el instrumento no se congela si el tiempo es frío », señalaba le etiqueta de un ejemplar.

Entré en la galería y me hice con un hermoso ejemplar en bronce.
Al llegar esa noche a mi habitación de alquiler en Fincenstlaan, puse el reloj sobre la mesa de la cocina y le di la vuelta.
Los granos de arena fueron cayendo uno tras otro y observando mi regalo del tiempo, evoqué aquellos versos de Borges ,

¿Quién no se ha demorado ante el severo
Y tétrico instrumento que acompaña
En la diestra del dios a la guadaña
Y cuyas líneas repitió Durero?

Por el ápice abierto el cono inversoretrato_en_sombra_spilliaert
Deja caer la cautelosa arena,
Oro gradual que se desprende y llena
El cóncavo cristal de su universo.

Todo lo arrastra y pierde este incansable
Hilo sutil de arena numerosa.
No he de salvarme yo, fortuita cosa
De tiempo, que es materia deleznable.
****
Al día siguiente, cuando volvía de mi viaje, sonó el teléfono en mi coche.
Era un día luminoso en Bélgica y los tímidos rayos de un sol huraño se entremezclaban alegremente con las notas de la armónica de Bob Dylan creando un prodigio de ritmo y luz.
Una llamada del hospital me comunicaba la inminente muerte del doctor.
Su corazón se había parado en medio de una de sus crisis de angustia y sus expectativas de vida eran escasas.
– Oui, madame, on est vraiment desolés.
****
Camino del hospital pasé por delante de su casa.
Miré hacia las ventanas oscuras sin tiestos en los balcones. La vieja fachada parecía mantenerse en pie exactamente con la misma dificultad que la estatua de Folón en el mar.
Me pareció ver en una de las ventanas la cabeza de su pastor alemán semiescondida entre las sombras. Su inocente silueta trataba de alcanzar el alféizar de la ventana en un gesto atormentado, como si las sombras de aquel lugar se lo estuviesen tragando.
Yo me solía burlar, sarcástica y cariñosa, de aquel lugar. Lo llamaba el castillo del doctor Frankestein y su perro guardián. De vez en cuando una mujer de la limpieza pasaba a limpiar las arañas. Su nombre era Madame Chabaud y parecía haber sido parida por el mísmisimo sótano de aquella casa, donde pasaba la mayor parte del tiempo planchando y mordsiqueando unas hamburguesas secas sin condimentos, que tenían algo de ella misma.
El espejo del retrovisor reflejó una vez más aquel lugar.
El perro había desaparecido , sin duda engullido por las sombras que se desplomaban una tras otra formando un inmenso manto nocturno.

Pensé que la muerte debería pedir permiso antes de presentarse así por las buenas.
Pensé que podría aceptar fácilmente la realidad porque sin duda intuía que nada era real.
Pensé que la muerte es la única verdad de la vida que conocemos.
Pensé  en el reloj de arena que viajaba a mi lado, en el asiento del copiloto.
Doblé la esquina de la calle y lo miré de soslayo como quien mira a su amigo y compañero de viaje.
Fue entonces cuando algo parecido a un prodigio brilló como un destello de luz solar sobre su dura coraza de bronce.

Lo que ocurrió después apenas lo recuerdo, pero sé que llovió.
Llovió, llovió y llovió,
con lentitud vertiginosa.

 

Las pinturas son del artista belga León Spilliart.
*traducción”: “ni siquiera he podido vivir dos meses y medio sin tí”

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Leo, el amigo invisible

high-society-1962(1)Julieta era una chica pizpireta.

Larguirucha, desgarbada y zanquilarga, caminaba arrastrando sus brazos a ras del suelo. De vez en cuando los levantaba para encajar sus espejuelos resbaladizos sobre su naricita respingona llena de pecas. Su cabecita loca estaba coronada por una cabellera rojiza cortada como una taza de té de la que salían dos grandes orejas como dos asas.
Tras sus espejuelos Julieta observaba la vida desde un solo ojo pues el otro estaba oculto tras un parche de esparadrapo. Este ojo verde, hermoso y solitario parecía un bichito luminisciente desorientado que contribuía a aumentar su aire de atolondrada.

Detrás de Julieta iba siempre su amigo Leo.

Julieta se ocupó desde muy pequeña de la educación de Leo. En un gran bolso de lana blanca Julieta arrastraba libros, enciclopedias y diccionarios que recogía en las estanterías de sus padres.
Julieta le enseñaba muchas cosas a Leo. Cosas que Leo desconocía.
Por ejemplo, Leo no conocía la palabra nube y juntos la pronunciaban sílaba por sílaba a la sombra de un sauce llorón.
Nu-be, decía Julieta.
Nu-be, repetía Leo.
A Leo le gustaban las nubes. También le gustaban los pomelos, los pájaros negros, la arena mojada y las palabras que no existen. En los márgenes de su catecismo y a modo de anotaciones, Julieta conjugaba para él verbos inventados.

Un día, cuando Leo ya estaba hecho casi un hombre, Julieta se dio cuenta de que su amigo era un ser imaginario.
Se lo dijeron sus padres y un médico psiquiatra especializado en trastornos esquizoides y psicopatología en niños, adultos y seres invisibles. Le dijeron que eso no estaba bien, que ya era mayor para tener amigos inexistentes, pero Julieta lo quería ya tanto que no podía dejar de imaginarlo.
Se intentaron todos los métodos posibles para borrar a Leo de su imaginación. Se organizaron terapias, constelaciones familiares y sesiones de meditación e hipnotismo, pero Leo seguía ahí como si nada y tan invisible como siempre.
Desesperados, acudieron finalmente a las técnicas infalibles de la psicomagia e inspirados en las ideas de Jodorowsky, obligaron a la pobre Julieta a encerrar a su amigo en el congelador de la cocina.
Las lágrimas de Julieta se derramaban por su ojo ciclópeo reluciente como un diamante de Dresde, al ver a su querido amigo desaparecer entre pizzas, helados y cubitos de hielo.

El plan no salió como lo hubiesen esperado, pues Leo se volvió tan frío, distante y glacial que Julieta acabó por enamorarse locamente y ya nadie pudo convencerla jamás que era malo seguir imaginándolo.

*********************
pintura de René Magritte

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Decires de Octubre

DSC_0713Todos los días me parecen los mismos.
– Deja de decir eso.
Estoy seguro de que escribes tonterías, dice R., que insiste en que no es verdad, que todos los días no son iguales y me dice que haga un poco de memoria y recuerde al cantante italiano con sus platillos en el zapato o el bar de champagne con las butacas en la plaza o cuando quisimos ir a la place de la Monnaie a comer patatas fritas pero el camarero no quiso servirlas y entonces fuimos al O’Reilly’s y yo dudaba pero él, R., insistió. Llegamos entonces al O’Reilly’s y yo empecé a desear, tú empezaste a desear, dice, como es tu costumbre, la comida del vecino. Total para nada, para acabar comiéndote un fish and chips.

En el O’Reilly’s una mujer muy guapa y elegante llamó tu atención.
Es verdad, me gustaron sus zapatos y su manera de guardar distancia. Su indiferencia la alejaba naturalmente del resto de hombres y mujeres y la dignificaba.
En la mesa de al lado, un musulmán feo de papada caída comía un sándwich y las migas se perdían por entre los pliegues de sus carnes fofas y de su jilaba entreabierta llena de pelos.
Tú dijiste: sacrilegio.
Los pliegues de su papada se movían como la carne viscosa de una babosa y a los lados de su cráneo tenía pegadas dos orejas desiguales, una más arriba y otra más abajo, como dos caracoles trepando cada uno a su ritmo.
La mujer cruzó los brazos y miró al muro de enfrente como si mirase el horizonte y el más allá. Llevaba unas gafas que parecían ventanas abiertas al mundo. Al otro lado de la repisa sus ojos oscuros brillaban como un océano nocturno y abarcaban lo inabarcable.
R. dijo que no era tan guapa, que yo lo era mucho más y que las mujeres así son muy difíciles para hacer excursiones al campo.
– Tú qué sabes
– Eso se ve
R. siempre está convencido de lo que dice, que si las patatas fritas son mejores cuando no les quitan la piel, que si lo bueno de no tener trabajo, ni amigos, ni relaciones sociales es que puede comer ajo cuando le dé la gana, que si hay que ir a ver Mephisto al Teatro Real sin falta. Pero yo no quería ver Mephisto, yo  quería ver la vida de Chaplin y al final no vimos nada.

Por la noche llegamos a casa y una vez más la niña le dio la mejor comida a su perro en detrimento de mi gato.
Luego te violé en la cocina mientras tú preparabas el té, te tiré al suelo y puse tus pechos desnudos contra las baldosas frías, mientras  lloriqueabas. Te hice bajar las escaleras desnuda de cintura para abajo y antes de llegar a la habitación, me vine en tu boca. Luego te até a la cama con los ojos vendados. ¿No te acuerdas?
-Sí, me acuerdo
Te dije:“me encanta hacer el amor contigo” y tú, pretenciosa como siempre, me respondiste “a mí también me encanta hacer el amor conmigo”.
Al final pusimos el viejo proyector de cine y vimos Barry Lindon en la cama.

Al día siguiente tuvimos valor para ir a la playa.
Día soleado y delicioso. Tú estabas contentísima de conducir a pesar del cansancio. Dijiste que te encantaban las vacas belgas.
– Me encantan las vacas belgas
Pensamos en ir a Brujas, pero tú dijiste “en Brujas no hay mar”.
Pensamos en ir a Blankenberge pero al final nos decidimos por New Port.
En la radio anunciaban que era el día mundial de las niñas y tú dijiste que el día mundial de las tonterías era todos los días.
Debería haber un día de las flores.
– ¿Y qué le regalaríamos a las flores por su día?
– Un ramo de mariposas, dijiste.

Tardamos mucho tiempo en encontrar una plaza de parking.
Yo te hablé de la atmósfera extraña que hay siempre en Flandes. Los flamencos hablan como callando, como peces bajo el agua y esas señoras extrañas paseando en cochecito a sus loulou de poméranie. Tú dijiste que no era la culpa de Flandes sino de octubre y entonces dijiste que octubre era como un domingo de treinta días
Yo insistí en que los flamencos hablaban como callando, como peces bajo el agua, y tú dijiste:
– tonterías.
Yo tenía hambre pero tú, en tu caos habitual, querías hacer todo al mismo tiempo, alquilar las bicis, pasear y comer.  Como siempre tuve que poner orden y llevarte a un restaurante para empezar. Yo quería el menu d’enfant, pero tú te burlaste de mí  y al final tuvimos que pedir un croque monsieur y nos olvidamos de decir que sacasen el jamón.
El camarero llevaba la cabeza escondida en el cuello y tenía ojos de pez del norte; redondos y tristes.
En la terraza te miré  y tu me dijiste ‘quoi’ y yo te dije ‘pourquoi quoi? ‘y tu dijiste pourqoi tu dis pourquoi?
Y nos enfadamos.
– Cuando la niña está cansada la vida es dura, dice ahora R.

Alquilamos las bicis y yo negocié un poco el precio final. Estaba orgulloso pero para evitar tus burlas habituales, no te dije nada .
Recorrimos la costa en las bicis y yo iba detrás mirando tus hombros y tu cuello tan fino y femenino. Tan orgullosa en su petit vèlo. Me gustaba ir detrás mirándote.
– C’était beau à regarder.

Llegamos al fin del mundo y fuimos a dormir sobre la arena.
Cuando te despertaste de tu sueño profundo ya eras otra persona. La oruga convertida en mariposa. Te habías vuelto muchísimo más simpática después de tu siesta y yo me sentía más sereno.
Tras devolver la bici, nos sentamos en un café y yo, imitando a las viejecitas, dije “on va dire du mal des gens”*.
Tú ignoraste mi juego y pediste un té lipton; “aux pesticides”, añadiste con malicia, y yo un descafeinado.
Probaste tu primera tarta tatin y te encantó. Yo me puse a cantar y el camarero vino en ese momento y se puso de muy buen humor. Nos reímos los tres.
– En realidad yo me reí a la fuerza
– Tú te reíste con tu cara de linotte, los dientes hacia fuera y los ojos achinados, como un ratón. Así.
– No es verdad

Cuando llegamos a casa te preparé el zumo de zanahoria que tú me habías prometido y nos metimos desnudos entre las sábanas.
Puse una vela en ese tarro agujerado de soles y estrellas que llena la habitación de sombras y espectros y con tu respiración mojando mi cuello octubre se fue yendo lentamente a la nada.
A las puertas del tiempo.

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