Oda a Regulus Rex

Ehcúchame bien quillo ¿Veh ese lugar del çielo que te ehtoy señalando? Pueh ahí mihmo, ahí mihmito, hay una estrella muy asul cuyo nombre es Regulus Rex y que además de hidrógeno y helio, contiene en su ehpectro el relato de una peque­­ña hihtoria que he venío a contarte.

***

– Dihculpe señorita, ¿sabe uhté dónde ehtá el ayuntamiento?

Fue así, hijo mío, como conocí al dueño de Regulus Rex, un joven gaditano con sombrero de paja, camisa entreabierta y pelo en el pecho que se paseaba por el pueblo con aires de bandolero del sur.
Nos dirigíamos a la casita de pueblo que yo había alquilado para nosotros aquel año. Era una construcción de piedra con un hermoso balcón por el que trepaban enredaderas, jazmines y geranios. Dos farolas inglesas sobresalían de sus costados como las dos distinguidas y elegantes orejas de un ilustre infanzón y enfrente, la pequeña cascada de una fuente de piedra salpicaba musicalmente sus murmullos de frescor y silencio.
Al indicarle el camino a seguir hacia el ayuntamiento, pude ver en su mirada una luz indecisa y cálida que en una fracción de segundo ondeó entre nuestra casa y tu cochecito. Al posarse en mis ojos supe que habíamos engatusado los suyos y, atraída por una antigua familiaridad, sentí el impulso de invitarle a pasar. Sorprendida de mi propio atrevimiento, contuve enseguida mi ánimo transformando mi invitación en una nueva pregunta.
– ¿Está usted de vacaciones en el pueblo?
Iniciamos de esta manera una conversación que se prolongó durante nuestro paseo a orillas del mar con la misma fluidez de las aguas en aquella mañana de septiembre.

Era un día azul, ligero y transparente. Gorriones, gaviotas y palomas se secaban las alas en las fuentes o revoloteaban en los jardines con las primeras hojas secas del otoño incipiente, y las olas de la bahía arrastraban destellos tan luminosos que parecían estrellas flotando en el océano.
Hablamos de viajes, de jazz, de perros y gatos. Nos contó que era estudiante de veterinaria y aprovechó la coyuntura para mirarle los dientes a un perro ovejero que nos cruzamos por el camino. De vez en cuando miraba tu cochecito desde cuyo interior tú iluminabas su rostro con el reflejo de tu encantadora sonrisa.
Al despedirnos intercambiamos nuestros números y las conversaciones se prolongaron así durante un tiempo impreciso.
Me habló de San Fernando y de la bahía de Cádiz, de bichos y ukeleles y de un hormiguero del que había sido propietario en otros tiempos. Le gustaban los caballos, el fuego y el cielo y tenía varias constelaciones y estrellas a su nombre. Firmamos un contrato para llevar a su tierra nuestra poesía y durante unos días pude imaginarme saboreando salmorejo y deliciosos “bienmesabe” que son los pehcaitos más ricos de la Isla de León que lleva tu nombre.
Tenía una voz de domador de caballos y cuando hablaba sonaba un rumor marítimo al fondo de su garganta como si llevase el océano en los pulmones. Al hablar se comía las eses, alargaba las vocales, decapitaba las sílabas y subía y bajaba el tono de la misma manera que las notas de su guitarra.
Te regaló una de sus estrellas y nos compuso una melodía flamenca que titulamos Oda a Regulus Rex en honor al astro. Me pidió tocarla juntos un día y al decirle que yo no sabía tocar música me dijo que no importaba porque la música sí sabía tocarme a mí, que él lo había visto.
Si un día vuelve a pasar por debajo del balcón de nuestra casa ya no contendré mi impulso. Le abriré la puerta, le invitaré a penetrar su interior y una vez saciada su curiosidad le pediré que no se vaya sin habernos dejado su estrella.

***

Como te iba diciendo quillo, ese universo de ahí arriba eh una caja de música.
Exactamente como el de aquí abajo. Tu madre te dirá que la poesía, la literatura y lah palabrah son el lenguaje supremo del alma, pero yo no ehtoy de acuerdo. Quien conoce el sonido lo conoce todo. Cada persona tiene su propio son y por las venah de todos nosotros corren notah de música. Veráh, yo creo que tú suenas como yo, es por ello que sentí una conexión ehpesial cuando te vi en tu carrito.
¿Veh ese lugar del cielo que te ehtoy señalando? Pues ahí mihmo, ahí mihmito, hay una estrella que se llama Corazón de León y que no es sólo la estrella más poderosa de toa la octava ehfera, sino que además es la estrella alfa de la constelación de Leo que es mi signo y eh tu nombre.
Esa estrella es tuya chiquillo. Eh un regalo que prometí a tu madre cuando la conocí. Fue en el año de tu nacimiento y en el mes de septiembre que es el único mes en el que se puede contemplar a Regulus a primera hora de la noxe. Así que has de prometerme que cuando mireh al çielo y veah tu estrella vas a escuchar bien su sonido porque es ahí, en el centro del corazón del león, donde suenan alegreh las notas de una guitarra ehpa­ñola de la bahía de Cádiz.

El Sacaleches

Poco, muy poco, se ha hablado de esta peculiar criatura bicéfala, mitad embudo, mitad cilindro. Ningún bestiario, ni libro de monstruos, ni una sola instalación de arte conceptual han querido hacer alusión a semejante artilugio, tal vez por prudencia o tal vez, porque se intuye que es doloroso.

Jorge Luis Borges afirmó en cierta ocasión que cualquier libro de seres fantásticos justificaría la inclusión del príncipe Hamlet, del punto, de la línea, de la superficie, del hipercubo, de todas las palabras genéricas, de cada uno de nosotros y de la divinidad. Adhiriéndome a esta teoría, me permito añadir a los manuales de dragones, uroboros, monóculos, centauros, relojes, hidras y otros entes extraños que los hombres han engendrado a lo largo de la Historia, la presencia de este peculiar instrumento, arquetipo verosímil de la amantis religiosa en el universo de los objetos.

Pocos seres humanos son conocedores del verdadero aspecto del Sacaleches.
La mayoría de ellos nunca lo han visto, o si lo han hecho, han preferido olvidarlo. Quiénes han tenido que enfrentarse a estas criaturas, no eran sino víctimas de sus propias circunstancias, y todos, sin excepción, han asegurado que son unos bichos tan insólitos como siniestros. 

Dos tentáculos plastificados, por cuyo interior corren de cuando en cuando unas gotitas blanquecinas, huérfanas y extraviadas, nacen de un cuerpo cilíndrico, amarillento y vibrante como el zumbido de un moscardón. Rematan estos brazos tentaculares en dos cabecitas empequeñecidas y ridiculizadas por unas grandes fauces de bestia famélica que son a la vez orejas y ojos porque todo lo ven, todo lo oyen y todo lo engullen (los pechos, la leche y la identidad). Estos dispositivos parasitarios tienen forma de gramófono, orejas de gremlin, volante de badminton o, en algunos casos (los ejemplares más elegantes), de florecitas de campanilla.

Se le atribuye a un ingeniero neoyorkino, campeón mundial de ajedrez y poseedor de un encéfalo tan brillante como sus tableros, la creación de este engendro desalmado a quien otorgó además la malévola facultad de succionar leche materna emitiendo una respiración de ballena o de culebra de mar según la intensidad de su motor.
¡Oh investigadores de las cosas! ¡Claudicantes de la naturaleza y defensores de la civilización!
Este desgarrador relato sólo puede ser superado por la realidad misma de vuestro propio invento, cuando los senos, convertidos por inercia de la fatalidad en ubres, se someten a los designios de la modernidad y entregan, cabizbajos y afligidos, sus sensibles y sonrosados pezones a la intrincada y estrecha garganta plastificada de la bestia que succiona el alimento como sólo podría hacerlo un cacique barrigón devorador de ostras. 

 

Azul

Esta historia empieza con el plenilunio de enero, un día antes del eclipse de la luna azul.
Debían ser las dos de la madrugada cuando empecé a sentir los primeros signos de su llegada. Al principio, unos espasmos intermitentes me despertaban cada diez minutos pero enseguida se intensificaron convirtiéndose en horrorosas contracciones.

Cuando entré en el blanquísimo infierno de Saint Jean, una luz estrepitosa e incandescente se cernió sin piedad sobre mí. Los blancos uniformes, apenas despegados de la blancura mural, se movían de un lado a otro como siluetas de manos en un teatro de blancas sombras.
Con la lucidez atroz que otorga el dolor pensé en un mundo despejado de pensamientos. Un mundo interior semejante a aquel hospital diáfano, inhóspito y luminiscente.
Cuanto más pensaba en este mundo sin pensamientos menos pensaba en general. Y así, vacía mi mente de los nubarrones del entendimiento pude sobrevolar  el dolor como un faquir sobrevuela las ardientes brasas. No pude mantener este vuelo todo el tiempo, por lo que de vez en cuando caía al suelo como un animal recién herido y me levantaba enseguida con aspavientos de pajarraco desplumado. Volvía entonces a dar tumbos por los enlaberintados pasillos como una demente poseída por los demonios, agarrándome a todo lo que topaba por el camino e implorando clemencia a los dioses.

De pronto, una criatura blanca surgió de entre la blancura reinante como una nube pequeña desprendiéndose de otra superior. Pude distinguirla del resto del decorado por dos ojos verdes y unas pecas rojizas en su blanca piel.
   – Venez madame, dijo rodeando mis hombros con su pecoso e incorpóreo brazo.
La seguí con la obediencia y docilidad de un becario en su primer día de trabajo hasta una habitación llena de cachivaches de plástico y pelotitas de goma.
   – Puede utilizarlas para calmar el dolor, dijo la mujer con una sonrisa cuya blancura no pude distinguir de todo lo demás.

La tecnología uniformizaba todo sin piedad, tornando invisible la esencia de las cosas y silenciando su música interior. Un brillo metálico y violento se cernía sobre mí, sin contraste, sin misterio y sin expresión.
Ahora la enfermera de los ojos verdes empezaba a realizar movimientos circulares con sus caderas sobre una de las pelotas de goma y con la cabeza inclinada hacia atrás, respiraba profundamente.
   – Vers l’avant, vers l’arrière. En haut, en bas. Un, deux, trois decía angélica, blanca y casi vaporosa al perro a cuatro patas en que me había convertido.
Tirada por los suelos medio desnuda aullaba en cada contracción a una luna halógena suspendida del techo raso como un sol solitario.
   – Inspirez, expirez, se atrevió a añadir sin piedad.

Lo que ocurrió después fue inevitable.
La placidez fantasmal de aquella mujer me resultó tan abominable que me lancé contra ella a puñetazos cuan animal asilvestrado. Quise componer insultos soeces seguidos de primorosas excusas pero solo alcancé a emitir un sonido estremecedor de bestia enjaulada. Me veía a mí misma como el grito ahogado de Inocencio X en la obra de Bacon pero sin el privilegio del azul y el negro. Una descomposición humana, frágil, retorcida, medio desnuda, a la que un foco de neón gigantesco enfocaba sin misericordia agudizando los detalles de su desgracia.
Desde la puerta de la habitación y guardando una prudente distancia del animal peligroso en que me había convertido, la mujer me había lanzado una de esas grandes pelotas a la que me agarré como si no hubiese un mañana.
   – Pitié!, alcancé a balbucear abrazada a la pelota mientras me arrancaba los pelos.

Tras veinte horas de doloroso ajetreo, de un entrar y salir de profesionales del tacto y otras prácticas bárbaras, alguien anunció la hora tan esperada. Eran las once y diez cuando una de las criaturas fantasmales pegó un salto malabar sobre mi vientre mientras otra introducía un sacacorchos obstétrico en mis entrañas y mi pobre alma, si algo quedaba de ella, se me escurría por entre las piernas junto a un incontenible torrente de sangre. Mis ojos se pusieron tan blancos como los neones  y cuando ya todo mi ser se había disuelto entre las luminosas tinieblas del luminoso infierno, un nuevo ser vino al mundo rasgando el aire con su lengua de fuego y con el ímpetu propio de los seres que empiezan a ser.
  
   – ¿Quien eres tú, ser que nunca fuiste y ahora vas a ser? Le había preguntado hacía un rato.
  – Azul, había respondido él desde muy lejos y muy cerca (desde la inmortalidad) y fue como si  en una fracción de segundo el océano hubiese subido al cielo para instalarse en él, o como si el ser y la nada hubiesen perdido su dualidad para siempre jamás.

Cuando me lo pusieron encima, Azul era tan azul que era casi negro, como la sangre desoxigenada. Todo su cuerpo estaba cubierto de una oscura y lustrosa pelusa de tarántula. Sus extremidades se prolongaban hasta el infinito y los dedos de manos y pies habían sido configurados para trepar árboles de gran altura. De sus orejas brotaban pelos en punta como antenas parabólicas y en su cabecita una protuberancia oval dejada por el sacacorchos lucía como un majestuoso moño de emperador chino. A decir verdad, no pude reconocer inmediatamente esas moléculas egocéntricas y ambiciosas llamadas genes que aquel lestrigón y yo presuntamente compartíamos.  Me sentía como esos personajes de viñetas que salen a pescar un hermoso pez y cuando creen que ha mordido el anzuelo un bello ejemplar, van y sacan una bota zarrapastrosa.

Cuando la camilla empezó a moverse, sus ojos cesaron de llorar y entonces se encontraron con los míos. En el tiempo de un instante, la luna pareció multiplicarse en el azul de sus pupilas y vi con toda claridad que allá al fondo de la mirada lacrimosa del lestrigón se intuía el prodigio de un plenilunio.
Durante el trayecto del paritorio a la habitación, escruté el fondo azul de los azules ojos de Azul. La luz desmayada de los neones intensificaba suavemente la claridad de sus pupilas y hacía tintinear unas estrellitas que andaban por allí dibujando un esbozo de granujilla en su mirada.
En esos mismos instantes, al otro lado del trazado rectangular de la estancia, más allá de la ventana, la luna se preparaba para penetrar en la sombra de la Tierra. Dentro de unas horas, el sol, la Tierra y la luna se alienarían formando un triángulo perfecto y desde uno de los vértices, nuestro planeta eclipsaría la luz azul de los rayos solares, dejando pasar únicamente la roja.
Fue así como aquella noche, en virtud de un misterioso desdoblamiento, Azul y yo nos convertimos en espectadores y actores del prodigioso espectáculo de una luna de sangre suspendida de un cielo muy azul  casi negro.  Y cuando la luz de la habitación se apagó, vi como los ojos azules de Azul brillaban en la oscuridad.

***

Hoy han pasado seis meses y Azul y yo nos hemos hecho amigos.
Su pelo de tarántula ha desaparecido y en su lugar ha crecido una pelusilla dorada. Con excepción del dedo gordo del pie, el resto de las extremidades ya no se prolongan hasta el infinito y el moño exuberante de emperador chino se ha convertido en una dulce coronilla de huevo de pascua.
Todas las mañanas pasea en un cochecito victoriano con un revestimiento de lunares negros que  provocan en él verdaderas carcajadas (tal vez se ríe de los gustos excéntricos de su madre) y aunque parece mantener conversaciones animadas con los puntos negros, me pregunto si al carecer de lenguaje el pequeño lestrigón, no los confundirá con los cuerpos celestes.

Yo que siempre he pensado que el sistema de la lengua no es la realidad misma y que las palabras como elementos clasificadores impiden la visión directa de las cosas, trato de observar el mundo a través de los ojos mudos de Azul. Suprimida la distancia  que crea el lenguaje entre la percepción y el objeto percibido, el mundo sin verbos, sin colores, sin recursividad, sin números y sin conciencia histórica en el que él habita, me parece un lugar ideal para vivir.  Un concierto de silencio.
Es así que he erigido en el centro de mi maternidad un observatorio espacial desde cuyas oficinas trabajo cada día en mi enmudecimiento personal (de ahí mi largo silencio). Un templo de sacaleches, canciones, ositos, pañales, lavadoras y otras muchas reliquias en cuya bóveda estrellada hay siempre una gran luna azul que es en realidad un pequeño sol que brilla en la oscuridad.

La leyenda del ojo del Jorobado

Alfred Godefroid de Bouillon llegó a mi vida en una hermosa mañana de verano, cerca del mediodía.
El sol abrasaba las calles de Saint Etiènne sur Orgues, mi pueblo natal, y una claridad blanquecina hecha de motas de polvo se difuminaba discretamente en el aire como un ejército de hadas furtivas.
En la calle principal del pueblo se extendía todo un paisaje de tiendecitas, librerías de ocasión y restaurantes de techos bajos, aplastados, con sus terracitas de manteles cuadriculados rojos y blancos sobre las mesas.

En aquellos tiempos yo hacía la calle y las basuras de los cafés y restaurantes. Me había vuelto a quedar sin hogar y sin trabajo y había adquirido el aspecto de una criatura desgarbada con pelo encrespado de rata gris y blanco. Dicen que provengo del cruce de un mapache, un lobo raposo y una mesa de centro. De mi padre he heredado mis hermosos ojos manchados de azabache, del lobo raposo la exuberante cola y el hermoso pelaje, y de mi madre cuatro patas toscas y un carácter ciertamente contemplativo tendente al inmovilismo.
“Marmotte, marmotte, tête de linotte” me cantaban los niños del colegio haciendo referencia a mi presunta pereza. Tales injurias y agravios me resultaban simplemente irrisorios. Reconozco, eso sí, que he carecido de cierta disposición en el desempeño de la función que la vida ha querido encomendarme como perro pastor, pero eso es porque soy único. Las enojosas y triviales minucias del rebaño no están hechas para mi espíritu que es grande. Jamás he podido retener la diferencia entre una oveja y otra y he carecido ciertamente de aptitudes organizativas, capacidades gestoras y atención al detalle. Nunca he sabido cazar un conejo y la jerarquía me resulta fastidiosa en todos los sentidos. No sé dirigir ni ser dirigido. La función intermediaria que debía desempeñar entre el jefe pastor y las ovejas subordinadas me causaba estrés y ansiedad y sólo las fragancias de los rosales, los sublimes perfumes de los heliotropos, los jacintos y el estiércol de vaca conseguían evadirme de mi tediosa rutina laboral.
Poco diré pues de esos años nefastos de aprendizaje al servicio de groseros villanos feudales y estúpidos rebaños de borregos que no dudaron en despedirme y dejarme morir de hambre en cuanto dejé de servir a sus intereses profesionales.

Siempre he pensado que a tales secuencias de infortunios laborales no hay que darles un sentido transcendente de fatalidad metafísica, pero aquella mañana luminosa de verano empezaba a sumirme en un estado de profunda angustia existencial. Durante el curso escolar los niños del colegio compartían conmigo parte de su merienda, pero ahora en pleno verano y con las puertas del colegio cerradas, mi estómago se había convertido en un agujero negro. De vez en cuando los turistas de los restaurantes me lanzaban unas migajas de pan o trocitos de pollo, pero mi apariencia zarrapastrosa, mis garrapatas peludas y mis pulgas saltarinas los mantenían a  buena distancia.

De pronto lo vi.
Al final de una de las terrazas, sentado en una silla con sus dos patas cruzadas una sobre la otra, un caballero de unos seis pies de altura mecía una copa de vino blanco frente a un elegantísimo pico de ave rapaz. Sobre dos orejas simétricas, satinadas y redondeadas, crecía hacia lo alto una gran pelambrera leonina y plateada que revelaba una procedencia de raza superior, probablemente formada desde tiempos remotos por lo mejor de varias ramas. Alrededor del cuello llevaba un foulard de lino azul con elegantes motivos florales que era la misma confirmación de su elevada alcurnia.  En esos momentos el caballero conversaba con el camarero. Al hablar se frotaba las manos una contra la otra, pero no con la avaricia de aquellos para quienes la vida es una cuestión de aritmética, sino con la delicadeza de la dama que se regocija en la suavidad de su piel. De vez en cuando un mechón de su cabellera leonina caía sobre su rostro y él lo rechazaba con un enérgico movimiento de manos y la perspicacia instintiva de un tribuno. Su actitud desprendía fuerza y audacia, y la luz de aquella mañana cabrilleaba sobre su rostro intensificando la nórdica blancura de su piel como destellos estivales sobre una estatua de hielo. Por encima de su hocico aquilino se asentaban unos quevedos perfectamente redondos y por debajo, dos cavidades nasales perfectamente recortadas dejaban penetrar con deleite los olores del vino. Tras el primer sorbo, observé como las aletas de su pico vibraban con fruición al tiempo que su boca se abría ligeramente enseñado dos incisivos blancos tan feroces como afables. Enseguida me reconocí en ese gesto y supe que aquel personaje heráldico, mitad hombre, mitad lobo, se deleitaba con la sublime fragancia de los heliotropos, los jacintos y el estiércol de vaca.

De pronto, un rayo de sol destiñó la calle y los colores estivales se descompusieron como haces de luz refractados en un prisma. El caballero plateado entrecerró los ojos y al abrirlos me halló frente a él. Ajustó entonces sus quevedos y me observó con expresión científica por encima del cristal de sus espejuelos. Su mirada era vidriosa como un cristal de nieve y por un momento me pareció que llevaba estrellas en los ojos. Yo ladeé inmediatamente mi cabecita pulgosa y enseguida hubo en el aire que respirábamos una fragancia parecida al amor. Supe entonces que aquel caballero y yo participábamos de universos y percepciones semejantes pero que las combinábamos con lenguajes diferentes y que aunque él era un hombre y yo era un perro, ambos compartíamos las mismas intuiciones del lobo solitario.  Decidí adoptarle de inmediato pues comprendí que no sólo había encontrado a mi otro yo sino también mi verdadero destino.

***

Permítanme ustedes que me presente.
Mi nombre es César Godefroid, descendiente del noble Godefroid de Bouillon, Marqués de Amberes, Duque de la Baja Lorena, Custodio del Santo Sepulcro y Caballero del Cisne.

Conocí mi noble abolengo el día de mi bautizo cuando, al acariciarme la cabeza, mi amo pasó su mano por mi lóbulo occipital. En esa región sagrada dueña de mis percepciones y pensamientos, se halla el legendario ojo del jorobado; una durísima protuberancia en forma de piedra pómez que todos los miembros de nuestra ilustre estirpe llevamos por encima de la nuca, escondida tras la cabellera.
Cuenta la leyenda que al ser asesinado por una manada de lobos el primer Godefroid, duque de la Basse-Lotharingie, también conocido como Godefroid III El Jorobado, nombró como sucesor al Caballero del Cisne, Godefroid de Bouillon, dejándole por herencia su propia joroba. Bouillon aceptó el obsequio de su tío pero al estimar que la giba no le favorecía decidió esconderla tras sus plateados cabellos en la llamada región occipital, por encima de la nuca. Al ser esta región el centro neurálgico de la percepción, esta protuberancia adquirió enseguida los poderes de un tercer ojo y fue así como todos los sucesores de Godefroid III desde aquel año de gracia de mil setenta y seis hasta nuestros días, hemos sido bendecidos por el sexto sentido que nos otorga el ojo del jorobado y que según la leyenda es el mismo que el de los lobos que mataron al primer Godefroid.

  • ¡Este perro es un Godefroid!, sentenció mi amo aquel día acariciando mi protuberancia
  • ¡Y no es un perro! ¡Es un lobo! ¡Un lobo con el ojo del Jorobado!

Estábamos en la galería de arte que mi amo regentaba por aquel entonces en la rue de la Madelaine, una de las calles principales de Bruselas que nace en la place Royale desde cuyo centro la estatua ecuestre de nuestro tío reina sobre el destino de todos sus herederos.
Alrededor del mostrador de mi amo, varias personas, entre ellas miembros de la familia, asistían a este memorable descubrimiento.

  • ¡César Godefroid! ¡César Godefroid! gritaban todos entusiasmados
  • ¡Soy un Godefroid! ¡Soy un Godefroid! asentía yo orgulloso haciendo resonar mis mejores aullidos de lobo.

Desde entonces he podido ser yo mismo. He pasado de guardián de estúpidos borregos  a custodio y defensor de los cuadros de la galería de mi amo. De vez en cuando algún turista japonés me ha confundido con una obra de arte  y me ha fotografiado desde el otro lado de la vitrina. Yo siempre he posado con esmero, como he visto hacer a las musas de mi amo y he dejado retratar mi porte magnánimo, mostrando siempre mi mejor perfil y mis dos colmillos bien afilados.  He sido fuente de inspiración de muchos artistas y mi carácter distraído, objeto de burlas en aquellos tiempos aldeanos, es reconocido hoy como una virtud de mi alma de poeta.
El parecido con mi amo Alfred es tal que las damas nos confunden y se enamoran de ambos al mismo tiempo. Aparte de esta similitud física, mi amo y yo compartimos el gusto por los placeres refinados, una torpeza al caminar que a pesar de los tropezones y caídas incrementa tanto nuestro poder de seducción como  nuestro encanto, y una especial debilidad por el fromage  roquefort y el parmigiano reggiano.
Suelo dormir a los pies de su cama. Tumbados ambos boca arriba con las patas estiradas hacia lo alto y nuestros incisivos superiores bien a la vista, soñamos con campos de fromage, fragancias florales y mujeres hermosas.

Señores y señoras. Damas y caballeros.
Soy el mismo César Godefroid de Bouillon, sucesor del Marqués de Amberes, Duque de la Baja Lorena, Custodio del Santo Sepulcro y Caballero del Cisne.
Ya no puedo confundirme con el vulgo aunque mi humildad lo quiera. Las veces que he vuelto a Saint Etiènne sur Orgues, mi pueblo natal, lo he hecho mostrando con orgullo mis ojos azabache, mi cola de lobo raposo y mis cuatro patas toscas, con el aire redentor de quienes nos sentimos autorizados por el triunfo.                     

 

Una mirada extra-disciplinaria en el mundo de la hiperespecialización

La  historia de las disciplinas hunde sus raíces en el siglo XIX y se desarrolla a lo largo del XX, cuando con el desarrollo industrial aumenta la necesidad de especialización profesional y las universidades se van adaptando a esta nueva realidad dirigiendo el saber  universal hacia el saber particular. Nace así la figura del especialista, el técnico o el experto.
La disciplina opera siempre dentro de una circunscripción, de un dominio de competencias sin las cuales se presume que el conocimiento se dispersaría y se convertiría en algo vago e improductivo, hasta llegar a proclamar como una virtud la ignorancia de cuanto quede fuera del angosto dominio del especialista (el sabio-ignorante hombre masa del que hablaba Ortega y Gasset).

El especialista desconfía de las competencias del hombre no especializado o de aquel capaz de dedicarse a varias disciplinas a la vez, tildando de dispersión lo que es en realidad curiosidad por el conjunto del saber.
El especialista trata el objeto de la disciplina como un objeto en sí mismo, dejando de lado las relaciones de solidaridad de este objeto con respecto a otros objetos tratados por otras disciplinas. Así, la ciencia navega  sin la poesía y la poesía sin la ciencia. La música ha olvidado las matemáticas y éstas la botánica. Incluso el sexo se ha especializado con la pornografía dejando de lado la mística. El escultor que además de escultor, es abogado, político o músico será visto con desconfianza y deberá adaptar su currículum a una u otra disciplina en caso de dirigir sus intereses profesionales  al mercado de trabajo. Si Leonardo da Vinci tuviese que redactar un currículum hoy en día, veríamos escrito en el campo de su profesión: pintor, anatomista, arquitecto, paleontólogo,​ artista, botánico, científico, escritor, escultor, filósofo, ingeniero, inventor, músico, poeta y urbanista. Por supuesto ya nadie podría tomar en serio a  semejante individuo.

Este espíritu especializado es el mismo que nos lleva  a desarrollar un comportamiento obsesivo con la propiedad  privada prohibiendo cualquier incursión extranjera en “nuestra” pequeña parcela de conocimiento (se me viene a la cabeza la obcecación contemporánea con las patentes, marcas, derechos de autor y el delito de plagio, hasta llegar a niveles que rozan el ridículo. Pongo por ejemplo la apropiación de citas, como si un ser humano ya no pudiese tener la misma idea que su antecesor sin estar delinquiendo).
Etimológicamente, la palabra disciplina quiere decir azote o instrumento para auto flagelarse, por lo que podemos decir que hoy se ha convertido en un modo de flagelar a aquél que ose aventurarse en el dominio de ideas que el especialista considera exclusivamente de su propiedad privada.

Como artista no puedo concebir el estudio y el tratamiento de una sólo disciplina sin sentirme limitada.  Cualquier conocimiento en cualquier campo me resulta esencial para la construcción de una obra; desde la economía hasta la botánica pueden ser importantes a la hora de componer un retrato y ya ni qué decir de un relato. De la misma manera que el poliglotismo enriquece la lengua materna gracias a la transferencia de palabras, la interdisciplinariedad enriquece la obra del creador o del científico gracias a la transferencia de aprendizajes.  Una mente abierta en el estudio de cualquier objeto me parece esencial y esto va de la mano del autodidactismo.  ¿Qué le ha ocurrido a esta maravillosa capacidad humana de aprender por uno mismo, con sus propias manos y su propio cerebro? Vivimos en un mundo de coaches, másters y formadores que nos reducen a un estado casi vegetal en el que ya no somos capaces de emprender nada si un experto no nos lo explica antes. La especialización anula nuestra autonomía y nuestra capacidad innata de aprendizaje. Nos vuelve mediocres y nos infantiliza.

Iré incluso más lejos afirmando que, a mi modo de ver, el desconocimiento a menudo contiene más riqueza creadora que el conocimiento. Por ejemplo suele ocurrir que una mirada naïve de un amateur completamente ajeno a la disciplina sea capaz de resolver un problema cuya solución resultaba invisible a los ojos del científico especializado. Darwin por ejemplo no necesitó una formación universitaria. Ni siquiera poseía una formación específica como biólogo, aparte de su pasión innata por los animales y su afición como coleccionista de coleópteros. En palabras de Lewis Munford “Darwin escapó a esta especialización unilateral que es fatal para una plena comprensión de los fenómenos orgánicos”.

En palabras de Goethe, cuya capacidad integradora de la ciencia y la mística ha sido ejemplo para muchos pensadores desde Carl Gustave  Jung hasta Einstein “Cuando  reparamos  en  los  objetos  de  la naturaleza,  y  en  particular  en  los  vivientes, deseamos  tener  una  visión  de  conjunto  de  su ser  y  de  su  actuar,  y  creemos  que  podemos lograr   mejor   ese   conocimiento   mediante   la descomposición   de   sus   partes, pero está lógica no está exenta también de desventajas como la imposibilidad de recomponerlo o devolverlo a la vida. Por ello han existido hombres de ciencia en todos los tiempos que se han sentido impulsados a conocer  las  formaciones  vivientes en  cuanto  tales,  a  comprender  en  sus  mutuas relaciones  las  partes  externas  y  tangibles  considerándolas  como  indicaciones  de  su  interior, y  así  dominar  la  totalidad  mediante  la  intuición (La metamorfosis de las plantas).

Por cierto, el caso más dramático de este aislamiento disciplinar me parece el de la filosofía, tratada como una parcela aparte, desconectándola de la ciencia y de las artes, hasta llegar al punto de considerar la posibilidad de suprimirla como objeto de estudio, lo cual por supuesto es un despropósito y un sinsentido , pues no hay nada más transversal que la filosofía. Ella por sí sola reside en el alma humana y sin ella no podemos  abordar ninguna de las otras disciplinas. ¡Disciplinas, digo! En realidad, sin la filosofía ni siquiera podemos abordar nuestra propia vida como seres humanos. Sin ella nos está vedado el mismo autoconocimiento que es la clave de nuestra individuación y plena realización. El pensamiento filosófico reside en el corazón de cualquier obra, teoría o religión. El pensamiento filosófico es la base de nuestra construcción como seres humanos y sin filosofía desaparece todo lo demás. La simple posibilidad de que una idea semejante pueda atravesar  la cabeza de ciertos homínidos (“especialistas” en la necedad y la majadería), ilustra hasta qué punto nuestra sociedad ha enloquecido y vive en un estado de enajenación, ceguera y demencia total.

En palabras de Edgar Morin “toutes choses étant causée et causantes, aidées et aidantes, médiates et immédiates, et toutes s’entretenant par un lien naturel et insensible qui lie les plus éloignées et les plus différentes, je tiens impossible de connaître les parties sans connaître le tout, non plus que de connaître le tout sans connaître particulièrement les parties“.

Elogio a Erasmus van Rotterdam

El nueve de junio de mil quinientos ocho, viaja entre Italia e Inglaterra una comitiva de  carruajes y caballos con floridos postillones al frente y varias acémilas, asnos y mozos de carga. Algunos caballeretes con abalorios dorados en las fruncidas mangas de sus aterciopelados sayos y calzas de soleta, cierran los laterales del noble cortejo.

En la ventana de uno de los coches se entrecorta el perfil riguroso de un hombre de unos cuarenta y tantos años de tez pálida y facciones matemáticas. La blancura de su rostro contrasta con la oscuridad de su negro birrete bajo el  cual una nariz de punta demasiado alargada y carnosa sobresale como un triángulo isósceles trazado en el centro de un cuadrado perfecto. Esta ligera imperfección se ve no obstante compensada por un par de huesos malares que como sólidas y vigorosas vigas de sillería sujetasen un majestuoso andamiaje pontifical. El resultado final es un conjunto geométrico y armonioso envuelto en un halo de estatutaria imperturbabilidad.
Los rayos oblicuos del sol mueren entre los dos o tres anillos de gemas verdes y azules que decoran sus blancas y finas manos. Sus vestiduras sobrias y oscuras contrastan con el brillo de sus ensortijados dedos y, envuelto en una vieja capa de sacerdote agustiniano, contempla con avezada indolencia  los rostros de sus tres compañeros de viaje que se hallan en esos momentos en pleno paroxismo de un  diálogo apasionado sobre no se sabe muy bien qué problema existencial. Rostros venerables, barba y labios tensados, ademanes, acciones y palabras todos ellos estudiados y fingidos. Fieles adoradores del método escolástico todavía en boga por aquellos años.

  •  Si autorizan ustedes ilustres viajeros, dice el más joven de entre ellos, a este muy sabio  doctor, a quien estimo y honro, le preguntaré la causa y razón por la cual ciertas personas ignoran por qué los galápagos no tienen bigotes.

A lo cual responde el muy ilustre doctor tras la aquiescencia del resto de la comitiva y siguiendo los buenos usos universitarios de la ciencia escolástica:

  • Señores viajeros; este ilustre joven me pregunta la causa y razón por la cual ciertas personas ignoran que los galápagos no tienen bigotes a lo cual yo respondo: hay personas que saben que los galápagos no tienen bigotes porque creen  en la palabra revelada; y  otras personas saben que los galápagos no tienen bigotes porque racionalmente han demostrado su existencia y hay personas que ignoran esta información porque carecen de fe que es lo mismo que carecer de razón o de razón que es lo mismo que carecer de fe.
  • Oh mi ilustre señoría, ¿Cómo es posible esto?, pregunta el imberbe bachiller.
  • Es posible porque Dios nos ha dado la razón para que la usemos y a través de ella podamos alcanzar la fe, pero no todas las gentes hacen uso de ella. Logica sive sit organo organorum, uti Aristoteli; sive dialéctica, uti scholasticis.
  • Con ello concluyo mi muy ilustre doctor que si Dios nos ha dado la razón para que la usemos, la verdad de la razón nunca debería ser opuesta a la verdad revelada porque la verdad no puede contradecir la verdad.
  • Bien dicho joven, la fe es la regla del recto proceder de la razón y usted demuestra tener fe en la dialéctica, afirma el doctor retocándose las puntas de sus finos bigotes.
  • Oh! Usted me hace enrojecer señor, tantam venerationem non meretur!

Nuestro viajero frunce ligeramente el ceño y vuelve sus negros y apacibles ojillos a los campos del norte de Italia donde el sol distribuye con justicia sus estampados ocres en el ocaso del día y su mirada suspendida sobre la amplitud de las tierras adquiere por momentos esa universalidad que el mundo conocerá más tarde. Bandadas de passeros desgarran un cielo crepuscular y el canto de alguna allodola lejana acompaña el trotinete de los caballos.

– Andaban volando los pájaros… se dice como entre sueños.

Este pensamiento poético compuesto al azar le lleva a una visión del pasado; la de los pájaros negros sobrevolando la Torre de Londres como brujas de mal agüero.
– Andaban volando las brujas…
– Andaban volando los cuervos…

Y a su lado andaban los eruditos viajeros tan de sobra como los perros discutiendo el por qué no tienen bigotes los galápagos.
A decir verdad, no era éste el verdadero tema de conversación, pero nuestro viajero, discípulo incondicional del juego y la ironía sustituía así unas palabras por otras para hacer su viaje más ameno y entretenido. Pensaba nuestro amigo que la estructura de tal dialéctica permitía remplazar la pregunta originaria por cualquier otro asunto y la respuesta siempre sería la misma, es decir, binaria.
Verdadera o falsa.
Tales conclusiones maniqueas le hacían bostezar y afloraban entonces a su memoria las aulas escolares en Deventer con su corolario de humillaciones, limitaciones y castigos.  Años de zozobra, de encierro  e imposiciones pedagógicas.

– Desiderius Erasmus! Wakker Worden!

Como siempre le ocurre, cuando su pensamiento alcanza la escuela o el convento agustino, busca desesperadamente el brazo del que pudo ser pero no fue su compañero de clase y sin embargo lo ha sido de la vida: Tomás Moro.
Ahora lo ve muy de cerca a través de la ventana y se ve a él mismo asido de su brazo paseando por entre la bruma londinense e intercambiando metáforas y juegos de palabras bajo el graznido ancestral de los pájaros negros, amos y dueños de la Torre en la que un día, hoy todavía lejano, su queridísimo amigo subirá al cadalso en nombre de la misma razón que invocan ahora en el asiento de enfrente los eruditos de los galápagos.

Verdadero o falso.

Querido Tomás, empieza a trazar con la pluma de sus pensamientos, últimamente, durante, mi viaje de Italia a Inglaterra, para no perder en conversaciones banales o insípidas todo el tiempo que tenía que pasar a caballo, resolví, ya meditar de vez en cuando alguna cosa que tuviera relación con nuestros comunes estudios, ya trasladarme con el pensamiento hacia donde se encontraban los amigos tan doctos y tan amables que iba a volver a ver. Entre éstos, mi querido Moro, tú ocupas el primer lugar. A pesar de la ausencia, tu recuerdo tenía para mí tanto hechizo como si me encontrara a tu lado; y que me muera si he saboreado en mi vida deleite más dulce que el de tu compaña. Queriendo, pues, hacer absolutamente alguna cosa y no pudiendo consagrar mi tiempo a un trabajo, pensé componer el Encomium Moriæ. El Elogio de la locura. 

***

El Encomium Moriæ nacido en el traqueteo de este viaje entre Italia e Inglaterra donde le espera Thomas Morus cuyo apellido (Morus-Moriae) encendería el ingenio de la verdadera Moira, sería escrito a su llegada a Inglaterra y publicado tres años más tarde.
Estamos a principios del siglo XVI, los hombres ya han conquistado el globo y sueñan con navegar los aires y, aunque Erasmo no lo sabe, el renacimiento acaba de cumplir su segundo siglo de vida. Tampoco sabe que él es un humanista en el sentido utilizado hoy en día. Los humanitas de aquel tiempo eran los profesores de latín. Petrarca, Boccacio y Dante en los siglos precedentes, se consideraban ante todo poetas, aunque no por ello dejaron de reivindicar la vuelta a la literatura clásica (Virgilio, Horacio…) en las universidades, desbancada desde hacía siglos por la dialéctica, la metafísica y la teología siguiendo el método de enseñanza escolástico. También reivindican el estudio de los textos sagrados en hebreo y griego pues las traducciones de la Vulgata están plagadas de interpretaciones erróneas que el mismo Erasmo sacaría a la luz años más tarde.

Por otro lado, el latín de la escolástica era considerado por estos hombres un latín bárbaro y mediocre. No en un sentido puramente lingüístico sino en el de su estructura, pues este latín estaba ante todo construido sobre la ilusión de que es posible confeccionar una lengua en la que el criterio de verdad sea absolutamente binario. La gran obsesión de la escolástica era precisamente ésta: distinguir inmediatamente la verdad de la falsedad siguiendo el hilo conductor de tal dialéctica.
A decir verdad, no difiere este pensamiento medieval del que domina nuestras sociedades y universidades hoy en día, en las que la Inquisición de los mercados, la inteligencia artificial y el pensamiento binario han desbancado e incluso ridiculizado el pensamiento humanístico.
Si bien separar a través de la razón el sujeto del objeto observado es propio de la limitación de nuestra mente humana, ciertos poderes como la Iglesia en aquellos años o la ciencia y le tecnología en los nuestros, se han entronizado como valedores, custodios y hasta patrocinadores de tal forma de intelligentia.

Nadie cuestionaba la Iglesia en aquel tiempo, de la misma manera que nadie cuestiona la ciencia en el nuestro, lo cual no es de extrañar, pues ambas tienen mucho en común. El hombre que afirma a Dios desde la “creencia” es tan racional como el que lo niega desde la ciencia. Ambos están limitados: El primero por la fe. El segundo por los sentidos.  Entendamos aquí la fe en el sentido escolástico, es decir, como la afirmación de que Dios es la explicación (racional puesto que es explicación) ante lo desconocido. A través de un camino mental de preguntas y respuestas, la mente llega a la confirmación racional y razonable de la existencia de Dios, de la misma manera que la ciencia siguiendo el método experimental (sensorial) llega a la confirmación racional y razonable de su inexistencia.

Frente a esta concepción de la realidad, la Stultitiæ (la Locura) va a subirse en el año 1511 al altar de las escuelas catedralicias para pronunciar su propio discurso y frente a la razón y su dialéctica lineal, alzará sus largos y huesudos brazos, sacudirá su desgreñada cabellera grisácea y, como una silueta danzante bajo sus abultadas túnicas, reivindicará una dialéctica compleja inspirada en la poesía, la metáfora, la intuición, la ambigüedad, el doble y el triple sentido, llevándonos por un laberinto de espejos en el que nos es imposible distinguir quien afirma la verdad y quien la falsedad.
Con su larguísima lengua de criatura impúdica, la Stultitiæ no deja títere con cabeza. Entre todas sus incriminaciones, la Locura se atreve a denunciar por ejemplo los vicios de la Iglesia, pero cuidado, porque es la Locura quien habla y como todo el mundo sabe, la Locura no dice la verdad sino la falsedad, luego,  siguiendo la retórica escolástica, si es la Locura quien afirma la verdad lo que dice no puede ser verdad, luego, sus acusaciones son mentirosas. Sin embargo, el lector sabe perfectamente que son verdaderas, luego, ¿de quién se está burlando Erasmo?
No creo que estos jueguecitos de palabras fuesen apreciados por los defensores de la razón,  pero es así como Erasmo introduce una nueva forma de abarcar la realidad al tiempo que separa el cristianismo de lo puramente escolástico poniéndolo en relación con lo universal Humano. Nos lanza el mensaje de que la verdad es divina en todas sus formas, por ello nunca habla de una teología de Cristo o de una doctrina de la fe, sino de una “filosofía de Cristo” y nos propone volver a las fuentes de la verdadera fe, buscarlas en sus orígenes primigenios donde todavía corren con divina pureza y no mezcladas con ningún dogma. La fe, vista de esta manera y separada del dogma, carece de objeto y no necesita explicación. Es simplemente la apertura al misterio de la vida.

La Locura, que había empezado al principio de la obra por confesarse a sí misma como la responsable de todos los disparates humanos, poco a poco, a lo largo de su discurso y a través de este laberinto infinito de espejos con infinitas posibilidades, nos conduce a la conclusión de que tal vez sea ella y sóla ella con toda su irracionalidad, insensatez, incoherencia y contradicciones, la que nos hace humanos y para probarlo, Erasmo nos ilustra con el ejemplo del mismísimo Cristo abrazando la  locura al final de la obra.
Sin embargo, esto no se aprecia en la versión española. El texto que me dispongo a copiar es una fiel traducción del filólogo francés Jean-Christophe Saladin del original en latín. Las versiones digitales que he podido leer en español de El Elogio de la Locura, carecen de fidelidad al texto original y donde Erasmo, por ejemplo, calificó a los apósteles de groseros e ignorantes, aparecen en la versión española bajo el epíteto de “simples”.  Señalaré los elementos diferenciadores poniendo entre paréntesis el texto original en español.  Tal vez siendo el pueblo español un pueblo tan racional en todos los sentidos (en la ciencia y en la religión), sus traductores no pudieron concebir que Erasmo pudiese hablar más allá de la razón e intentaron acomodar el sentido del texto a sus propios criterios “razonables”. Dejando de lado estas especulaciones personales y subjetivas, el texto en español me ha resultado más difícil de interpretar según el pensamiento erásmico que el francés, aunque es muy posible que existan otras ediciones más fieles a la obra original que no he tenido ocasión de conocer.

He aquí una versión española que me he permitido traducir a partir de la versión francesa de Jean-Christophe Saladin cuando el mismo Cristo  dejó la razón de lado y se nos volvió loco.

¿Qué proclama todo esto sino que todos los hombres son estultos, incluso los piadosos? El mismo Cristo, que socorrió a la estulticia (el texto español añade “a la estulcia de los mortales”), y aun siendo «la sabiduría de su Padre», consintió en aceptar la locura cuando se mostró bajo el aspecto de un hombre  (en la versión española “tuvo en cierto modo que hacerse estulto cuando se revistió de carne mortal…”) o cuando  se transformó en el pecado para redimir el pecado. Y quiso hacerlo por medio de la locura de la Cruz, ayudado por Apóstoles ignorantes y groseros (en la versión española” simples apóstoles”) a quienes insiste en recomendar la  locura (en la versión española “la sandez”), apartando la sabiduría, y les da como ejemplo los niños, los lirios, el grano de mostaza y los pajarillos, seres todos ellos sencillos, sin inteligencia, que viven según el instinto, exentos de preocupación y cuidado sin otro guía que la Naturaleza misma (ésta última parte  “sin otro guía que la Naturaleza” no aparece en la versión española). 

Lo verdadero y lo falso representan ayer y hoy, la guerra de los opuestos, la incompatibilidad de los rivales, el eterno juego infantil entre el bien y el mal. La guerra.
El gran sueño humanístico, encabezado por Erasmo, propone precisamente la resolución de tales oposiciones colocando el propio espíritu de la locura (que es también el de la naturaleza, el de la ambigüedad, la ironía, la poesía y la metáfora) por encima del fanatismo que encarnan el blanco y el negro, lanzando a los hombres el mensaje de que el gris es el más plástico de todos los colores y no sólo es el color de los pelos desgreñados de la Moira sino que además es el color de la paz.

***

Gris era también su amadísima Inglaterra bajo cuyos cielos, un día cualquiera de aquel año cuando ya había empezado a escribir la que sería la gran obra de su vida, observaba asido del brazo de su amigo Tomas, aquellas nubes grises que como dioses mitológicos se metamorfoseaban en múltiples, heterogéneas e incontables formas volando una tras otra por entre un laberinto de infinitos espejos.

– Andaban volando los pájaros…

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El silencio del arte o el arte del silencio

Estaba esta mañana viendo una de esas conferencias TED en las que un personaje público o privado nos transmite una enseñanza o un aprendizaje con moraleja al final sobre un tema concreto.

Suelen ser estas conferencias bastante interesantes y didácticas y la de hoy ha llamado especialmente mi atención.

Una actriz mexicana nos hablaba de ese importante desafío humano cuya importancia ha alcanzado cuotas históricas en la era de la postmodernidad: la conquista del éxito.

Nos cuenta pues su recorrido personal y nos explica cómo y cuánto tuvo que luchar en un primer momento para llegar a ser una importante gimnasta y en un segundo momento para conquistar Hollywood y consagrarse como actriz.

Fracaso tras fracaso. Lucha tras lucha. Esfuerzo, llagas y sudor. Un arduo camino de penurias constantes, de despertadores que suenan a las cinco de la mañana, de dolor, frustración y sacrificio. Sobre todo sacrificio. Mucho, muchísimo sacrificio.

  • No fue gracias a mi talento, dice, fue gracias a mi esfuerzo y mi sudor.

Añade que el talento no es más que el resultado del trabajo y el esfuerzo y que todos aquellos que lograron el éxito lo lograron gracias a las llagas, al dolor, al trabajo constante y al sacrificio.

Bueno, pues resulta que un buen día esta chica que estaba dejando su piel y su vida a cambio de la gloria, va y se queda sin habla. Ningún médico sabe explicar qué le está ocurriendo, pero claramente ha debido sufrir un shock como resultado de tanto esfuerzo y tantísimas lágrimas. No es capaz de pronunciar una sola palabra y durante tres meses se hace el silencio en su vida.

Silencio.

Y es en este inhóspito reinado del silencio que surge de pronto un poema de Sylvia Plath y tras él, una obra de Kerouac y tras sus experiencias vitales en la carretera, van apareciendo otras muchas obras de arte como notas de música emergiendo de un agujero negro. Entonces se encuentra de nuevo con las pinturas de Frida, pero ya no son las mismas que había visto antes, porque ahora desde su enmudecimiento total es capaz de hablar con ellas y entrar en un diálogo verdadero con el arte; ese arte que hasta entonces y, sin ella saberlo, no había sido más que un instrumento para alcanzar la gloria.

Aprende pues, gracias al silencio, el lenguaje del arte. Porque el arte es silencioso y no entiende de agitación, ni aplausos, ni grandilocuencias, ni conquistas sociales, ni éxitos.  El arte no es más que el alma hablando al alma, pero para escucharla la cabeza tiene que estar en paz y calladita, lejos del ajetreo, el bullicio, el deslumbramiento cegador de los focos y los sonidos de los despertadores.
El arte es incompatible con la búsqueda del éxito porque el éxito es ruidoso, estrepitoso y ensordecedor.

La concepción del éxito es una herencia del pensamiento de tradición judeo-cristiana tan bien expresado en la máxima “muchos serán los llamados y pocos los elegidos” y tan bien enraizada en nuestra educación, en nuestro sistema de producción capitalista y en el inconsciente colectivo.
Si uno busca el éxito entendido como una conquista social (dinero, fama y reconocimiento  ajeno), bien es cierto que habrá que trabajar y dejarse la piel para formar parte de los cuatro elegidos en ese trocito de paraíso celestial. No queda otra que levantarse a las cinco de la mañana, trabajar y trabajar y vivir inquieto y agitado, es decir, en un estado de ausencia de ti mismo hasta conseguir el merecido aplauso o el inevitable hundimiento, arriesgándote a perder por el camino la salud, el entendimiento o el habla, como la protagonista de esta historia.

Yo creo que el verdadero éxito de esta actriz no es el de haber llegado a Hollywood ni conseguir buenos papeles, sino el de haber comprendido el lenguaje del arte y poder así, a través de su mutismo, hablarse a sí misma desde lo más profundo de su ser. Lo que era un medio para alcanzar un fin (el arte para alcanzar la gloria) acaba por convertirse en el mismo fin (el arte por el arte).
Desafortunadamente ella no parece haber entendido del todo el mensaje que le ha lanzado la vida, porque al final del vídeo sigue obstinada con la idea de que el talento es el resultado de la fuerza de trabajo y la acumulación de sudor.

Personalmente no estoy de acuerdo con esta afirmación.
Yo creo que el talento es la capacidad de expresarse en el lenguaje del arte, que es un lenguaje que se aprende de la misma manera que aprendemos nuestra lengua materna.
No nos ha hecho falta una academia ni una escuela para aprender a hablar, la hemos adquirido naturalmente desde el enmudecimiento previo; desde el silencio. Por supuesto con la práctica la hemos ido puliendo y mejorando y donde empezamos a decir guau-guau acabamos por decir perro y del perro pasamos al dogo, al pastor alemán y en general a una técnica más refinada,  pero ha ido creciendo con nosotros sin necesidad de ponernos el despertador a las cinco de la mañana para aprender una nueva palabra, ni de llenarse la existencia de cursillos, exámenes, competiciones, llagas, penurias y sacrificios.

El talento es igual. Es un lenguaje en el que algunas personas saben expresarse desde niños y crece naturalmente con ellos, porque por alguna razón en vez de seguir el camino del bullicio y la agitación mental, estas personas supieron permanecer en silencio y escuchar.
El talentoso tiene la necesidad de expresarse en esta lengua con la misma necesidad que tenemos de hacerlo en la lengua materna y funciona como un resorte natural. Claro que a base de expresarse y expresare adquiere un dominio magistral de su propia lengua que puede eventualmente llevarle al éxito.
El talentoso a veces no sabe ni siquiera que lo es, a veces triunfa socialmente y otras veces se queda en las sombras hablando consigo mismo con una obsesión enfermiza, pero ya sea en la luz o en las tinieblas su obra nace de una necesidad puramente expresiva y sólo la naturaleza de su propio origen puede juzgarla.
El mundo está lleno de grandes talentos fracasados y de mediocres exitosos y de estos últimos tenemos hoy un poderoso ejército puesto que vivimos en un mundo incuestionablemente mediocre.

Yo creo que el talento es un idioma y ese éxito por el que tanto hay que luchar no es más que un impostor, un ser codicioso, un vendedor de quimeras y un charlatán. Un canalla y un rufián.

El verdadero éxito no sabe de esfuerzo, ni de llagas ni de sudor.
El verdadero éxito es no tener que ponerse el despertador, hacer durante el día lo que verdaderamente nos hace felices, acostarnos sin llagas en las manos ni lágrimas en los ojos y sonreír de satisfacción personal aunque no hayamos recibido ni premios, ni aplausos, ni matrículas de honor y seamos lo más grandes fracasados sociales sobre la Tierra.

 

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La casa de los gatos

la casa de los gatosLa Pelirroja y el Negro han vuelto esta mañana.

La Pelirroja se ha sentado frente a la puerta de mi casa y se ha puesto a maullar como si le saliese una jauría de alimañas por la boca.
¡Oh! ¡Espeluznante armonía que parece brotar al unísono de las gargantas de los condenados en sus torturas, de los demonios y de las sirenas de las ambulancias en sus fatídicas carreras hacia el fatídico final! ¡Oh! ¡Espeluznante obra del Maligno!

Mientras entonaba sus infernales cánticos de parturienta endemoniada, el Negro, siempre en la retaguardia, acechaba en la sombra de las hortensias azules de mi jardín, encogido como una oscura rata malvada.

La Pelirroja y el Negro son los gatos de nuestros vecinos, Hölger y Mohamed.

Hölger es mitad alemán, mitad griego y mitad flamenco y todas sus mitades se entremezclan en su rostro como un malogrado collage. Nada en su semblante parece regirse por el determinismo de la naturaleza y tantas cosas contienen cada una de sus facciones que es imposible acordarse del conjunto de su rostro una hora después de haberlo contemplado.  Cada uno de sus ojos parece albergar cientos y miles de millones de ojos y su nariz adquiere formas diferentes y variopintas en función del ángulo y la luz. Cuando sonríe suele ocurrir que todo se estira hacia arriba o hacia abajo o hacia los lados, según se le mire por el lado griego, por el alemán o por el flamenco. Habla exactamente con la misma pasión con la que su gata maúlla, sin dejar hablar a los demás y saltando de un tema a otro sin transición, con la misma ligereza y liviandad de una escafandra acuática. Siempre se las arregla para desviar la conversación más trivial hacia los derroteros de la botánica, la música clásica y los dioses mitológicos, sus temas preferidos.

Hace un par de años, en uno de sus viajes a Etiopía, Hölger se trajo un bonito juego de tazas de jebena, unas piedras preciosas del lago Chamo y un altísimo mursi, bello y esbelto como un baobab, escoltado por sus dos gatos. Ni los gatos ni el mursi tenían nombre por aquel entonces (en Etiopía no existe tal costumbre) y tuvo que pasar mucho tiempo hasta que la sabiduría popular de este nuestro vecindario les diese un nombre a los tres. Así fue como los gatos pasaron de ser anónimos a llevar una identidad digna del color de su pelaje y la misma lógica siguió el mursi a quien bautizamos con el nombre de Mohamed.

Mohamed desconoce el arte del lenguaje oral y la palabra escrita pero maneja con graciocísima maestría el indómito arte  de la sonrisa precivilizada. Ignorante del pudor, el derecho consuetudinario y la moral pública, en los días de calor se pasea envuelto en una toalla blanca a juego con sus dientes que cubre su escultural figura de la cintura a las rodillas. Sus gatos le acompañan a todas partes y se pasean los tres en fila india por la avenida principal de nuestro barrio. La Pelirroja va siempre delante maullando sin parar, con su rabo bien estirado como la cola de un concorde supersónico a punto de despegar. Parece anunciar el pregón real y contornea su cuerpo en permanente estado de lujuria. Detrás va Mohamed envuelto en su toalla, saludando con su blanca y horizontal dentadura al jardinero, al cartero y a todos los vecinos como un orgulloso califa de los reinos de taifas, moviendo la mano de derecha a izquierda en un gesto ciertamente protocolario. Varios metros por detrás el Negro cierra la comitiva, encogido y receloso como una bruja camuflada.

***
Hölger y Mohamed se han ido de vacaciones hace dos semanas dejando los gatos a nuestro cuidado y ahora resulta que todas las mañanas y todas las noches la Pelirroja y el Negro se presentan con sus reclamaciones y exigencias diarias.

La Pelirroja lidera todas las acciones del vecindario y preside cualquier iniciativa de la vida gatuna del barrio. Conoce bien nuestras costumbres y horarios y sabe cuándo  presentarse frente a nuestra puerta y reclamar sus derechos alimentarios. Ya no necesito poner el despertador por las mañanas pues con su aullido infernal penetra en mis sueños hasta convertirlos en nigrománticas pesadillas que culminan con un sobresalto seco a las seis de la mañana.

A esa hora me levanto somnoliento y le abro la puerta a la felina pareja.

La Pelirroja entra con la voz cantante y el rabo enhiesto, dejando atrás al Negro que se queda agazapado tras las hortensias del jardín de la entrada, observándome desde su ojo izquierdo que es el único ojo que suele llevar abierto. Este ojo es como el ojo de una cerradura y desprende un extraño magnetismo. Al otro lado he visto extrañas siluetas moverse como mariposas estriadas o fuegos fatuos bañados por lo rayos amarillos de las amarillas pupilas del negrísimo gato. Alguna vez me he acercado como dejándome arrastrar por una fuerza magnética y he sentido todo mi ser sumirse en un estado parecido al de la muerte. He dejado entonces de utilizar los sentidos y he empezado a percibir con una perspicacia singularmente sutil y a través de un canal misterioso, objetos y formas fuera del alcance de los órganos físicos.
He de señalar que según mis convicciones personales, los órganos físicos no son más que mecanismos primarios a través de los cuales nos relacionamos de forma sensible con ciertas categorías de la materia y que forman parte de nuestra naturaleza científica y rudimentaria.

Ayer mismo entré por el ojo de la cerradura felina envuelto en mi albornoz, somnoliento, despeinado y aletargado, y me he arrodillé ante el jardín de las azules hortensias. He de señalar que las observaciones que he llevado a cabo pasando al otro lado del ojo son muy difíciles de transcribir desde éste, pues allí  todo ocurre simultáneamente. La causa y el efecto, el razonamiento y la conclusión, la pregunta y la respuesta, son todo uno.
No obstante, intentaré transcribir los descubrimientos metafísicos adquiridos en el día de ayer en el universo magnético del ojo del Negro.

Como decía, al arrodillarme ante el seto de las hortensias y acercarme a la pupila amarilla de la bestia, me sentí como transportado por una enorme carga magnética hasta que la cerradura se abrió y al otro lado de la puerta me recibió una mujer tan amarilla como la órbita ocular del gato.

– Mi nombre es Lieve Van Hoof, dijo. Formo parte de la rama flamenca de su vecino Hölger, el dueño de este gato. En otros tiempos fui su madre
– ¿La madre de Hölger o la madre del gato?, pregunté.
– Eso no tiene importancia. En este lado todos formamos parte de la misma entidad, afirmó con cierta altanería al tiempo que me ofrecía un racimo de uvas.
– Pero usted ha dicho que se llama Lieve Van Hoof. En ese caso usted es una identidad individuada, respondí rechazando su oferta con la mano.
– Perdone, pero ¿acaso está usted afirmando que yo soy material?
– No exactamente, como usted sabe existen gradaciones en la materia desde las más espesas hasta las más sutiles – respondí, sorprendido de mi propia locuacidad-, desde el mineral hasta la atmósfera. En el paroxismo de la sutilidad hallamos la inmaterialidad de la materia que no por ser inmaterial deja de ser materia. En realidad, es la materia suprema.
– ¿Habla usted de Dios?
– Dios no es más que una palabra

Como si esta respuesta fuese inoportuna, la puerta se cerró de golpe y sentí un derrape vertiginoso seguido de un vacío magnético y un arañazo en mi ojo derecho. Vi al Negro corriendo tras la Pelirroja que en ese momento salía de nuestra casa con su correspondiente ración de sardinas entre  sus fauces y yo me quedé agazapado y aturdido entre las hortensias del jardín.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que mi amada esposa acudió en mi ayuda, pero si recuerdo las bromas crueles de niños sin alma al verme medio desnudo bajo mi albornoz maullando a cuatro patas como una bestia maléfica. Inga Fedorotova, tal es el nombre de mi mujer, me puso un esparadrapo en el ojo herido y esa noche me cocinó un buen plato de sardinas.

***

La Pelirroja y el Negro han vuelto esta mañana.

Los cánticos infernales, impúdicos y mefistofélicos de este ser endiablado, me han despertado una vez más. Oh! aullido inhumano!
La Pelirroja se ha introducido en mi casa en busca de su ración de sardinas y ha aprovechado para recostarse un poco en nuestro canapé, mientras nuestros propios animales (dos gatos, mi querido perro Polifemo, mis  tres diamantes de Gould y una parejita de amorosas gallinas) huyen atemorizados escaleras abajo o se ocultan en sus respectivos escondites.

No he querido acercarme de nuevo al Negro, así que he lanzado un par de sardinas desde el balcón hacia el seto de las hortensias. He esperado una reacción,  pero nada ha ocurrido. El cielo estaba todavía medioalunado y una ligera brisa matutina ha estremecido los pétalos y las hojas del seto. Eso ha sido todo.
Estaba a punto de retirarme al interior de la casa, cuando una pavorosa sombra negruzca ha saltado súbitamente sobre la barandilla de mi balcón. No me ha dado tiempo a reaccionar pues los efectos fulminantes de su magnetismo ocular han operado  sin demora sobre mi campo energético, sumiéndome de nuevo en un estado sonámbulo.

–  Goedemorgen, ha saludado la señora Van Hoofe, con una voz de sonoridad cobriza.
– Goedemorgen, he respondido muy educadamente (he olvidado señalar que nuestras conversaciones se desarrollan en lengua flamenca, alemana y en griego antiguo, como las tres ramas genealógicas de mi vecino Hölger).
– Llevo mucho tiempo aquí, sin moverme, sabiendo cuán inútil es caminar y caminar cuando siempre se está en el centro de lo contemplado, ha dicho. Luego ha elevado levemente el mentón y toda su figura amarilla ha adquirido un aire de monumento noble, de emblema totémico.
– ¿Es usted el antepasado mítico del hombre?, me he atrevido a preguntar
– Yo soy la perfección de la materia
– Entonces, ¿es usted Dios?
– Debe estar bromeando. Ayer mismo afirmó usted que Dios no es más que una palabra. Usted es un hombre escéptico. Un ateo.
– Soy un ateo, en efecto, pero un ateo profundamente religioso
– Entonces, ¿usted cree en Dios?
– Esa pregunta carece de sentido puesto que la creencia es un acto puramente racional, una acción del pensamiento especulativo y antropomórfico.
–  Y ¿cuál cree usted que sería la pregunta correcta?
– La pregunta correcta sería ¿siente usted a Dios? y en caso de recibir una respuesta afirmativa deberíamos preguntar ¿qué es Dios para usted?
– 
Y bien. ¿Siente usted a Dios?
– Digamos que en mi estado sensorial rudimentario soy un hombre que jamás ha creído intelectualmente- como usted sabe, el intelecto es una barrera al conocimiento- y sentir lo que es sentir, siempre he sentido a medias. Sí, en mi estado sensorial siento a Dios a medias, pero en el estado magnético actual estas dualidades pierden todo su sentido.
– La realidad está más allá de la existencia y de la no existencia, ha dicho Lieve Van Hoofe atusando sus azafranados cabellos  con aire de profunda indiferencia.
– Exacto, he respondido.
– Entonces ¿Qué es para usted Dios?
– La unidad psicofísica del universo, he respondido. La materia indivisible que penetra los seres y los pone en movimiento en sus estados sensoriales rudimentarios. Es la materia suprema. Es todos los seres en uno, y al mismo tiempo es ella misma. Asimismo, todo aquello que los hombres tratan de personificar en la palabra pensamiento, no es otra cosa que la materia en movimiento. En este sentido hay dos dioses. El rudimentario o dogmático en el nivel del pensamiento que no es más que una palabra y el supremo, es decir, la materia sin constitución atómica
– ¿La materia sin constitución atómica?. Quiere usted decir ¿el espíritu?
– Exacto. Es por ello que el hombre despojado de su naturaleza corpórea y sus vestiduras atómicas, es Dios.

Una vez más, como si mi reflexión no fuese oportuna, he sido expulsado del universo magnético del ojo felino y he sido víctima de un nuevo arañazo.

Esta actitud recelosa y desagradecida me resulta ciertamente molesta y absolutamente impropia de un gato domesticado y educado en uno de los mejores barrios de una ciudad europea, así que he decidido cerrarle la puerta en el hocico y privarle de su ración de comida.
Soy un hombre de gran temperamento y una vez que tomo una decisión es imposible convencerme de lo contrario. Ni las súplicas de Inga Fedorotova, ni los irritantes aullidos infernales y lascivos de la Pelirroja, ni los rostros aturdidos de nuestros animalitos domésticos han conseguido desviarme un milímetro de mi implacable decisión.

***

Desafortunadamente no he podido cumplir mis mortíferos planes.

Ahora son las diez de la noche y acaban de llamar a la puerta. Hölger y Mohamed han vuelto de sus vacaciones antes de tiempo y han pasado por nuestra casa a darnos las gracias por la delicada atención que hemos procurado a sus mascotas. Nos han traído algunos regalos de su viaje. Un enorme saco lleno de café etíope, unas tazas de jebena y una estatua del dios Mumba.

La estatua es una preciosidad en cobre negro oxidado y representa la figura del dios Mumba dentro del cuerpo de un gato. La he puesto sobre la chimenea mientras saboreaba el delicioso café etíope. El fuego del hogar quemaba los leños, convirtiéndolos en brasas y transformando el amarillo en azul y el azul en amarillo. La hoguera ha iluminado el rostro del dios y como si le molestase el calor ha entrecerrado el ojo derecho mientras el izquierdo adquiría tonalidades de un intenso ámbar y unas siluetas han empezado a moverse alrededor de la pupila como mariposas estriadas.

– ¿Qué hace el Negro sobre la repisa de la chimenea? Ha preguntado mi dulce esposa volviendo de la cocina. La cafetera ha resbalado de sus manos e inmediatamente he caído arrodillado ante el altar de la chimenea, dejándome morir dócilmente ante las negras patas del negrísimo gato.

– ¿Y qué es para usted Dios?, ha preguntado, al otro lado del ojo del demonio, el mismo Dios en persona.

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La intimidad del agua

Hoy he vuelto a ver a mi hijo.

Me lo he encontrado, como la primera vez, flotando en el centro de una laguna con forma de luna en cuarto creciente o de cuerno o de cuna celestial suspendida en un cosmos de cuerpos lúteos y agujeros negros.

La primera vez que lo vi era un pequeño lagarto de cuatro patas y una tupida borla sobresalía de su parte trasera como la diminuta cola de un gazapo. Esto era así cuando no se movía, ya que al desplazarse adquiría la forma de un extraño y pequeño pajarraco con dos gibas irregulares de dromedario arábigo.

Hoy, dos meses después de nuestro primer encuentro, lo he vuelto a ver flotando en el centro de esa gran laguna nocturna y flotante.

Allá, más arriba de la intimidad del agua, las estrellas dibujan los vértices de las constelaciones que presagian su psiqué y abajo, en la tierra de lo infinito, dentro de la circunferencia que rodea la laguna, se desplazan unas manchas como nubes y mi hijo en el centro de su cuna es nube también. Nada queda ya del lagarto del primer mes. La borla trasera se ha transformado en una cabezota sin contornos, anubarrada y antropomorfa con los orificios nasales formando aberturas oblicuas y la mandíbula superior insinúa separaciones óseas como las teclas blancas y negras de un órgano musical accidentalmente arqueado. Bajo la mandíbula, el agua negra de la laguna separa su cabeza nebulosa de un cuerpo todavía más nebuloso. Un abdomen elevado de algodón y cuatro patas blancas y muy redondas, como la borla inicial del gazapo, ha sido todo cuanto he podido ver.

Su anatomía parecía mostrar todo tipo de adaptaciones a los jardines umbríos, a las profundidades oceánicas y a la vida nocturna en los desiertos, pero antes de que pudiese analizar con calma todos los pormenores de su extraña configuración, el espéculo del ginecólogo penetró con su lucecita blanca en los dominios acuáticos de la negra laguna donde flota la criatura.
Fue entonces como si una farola se hubiese alumbrado en la habitación de los muertos y mi hijo ha demostrado que es indudablemente hijo mío, pues con los agujeros negros que son todavía sus nebulosos ojos ha fruncido magistralmente un ceño que todavía no tiene, en un gesto indiscutible de fastidio y rebeldía que inmediatamente he reconocido como mío y, sin ningún preámbulo, se ha dado bruscamente media vuelta y nos ha dado la espalda. Se ve que no le gusta que enciendan la luz cuando descansa ni que interrumpan sus sueños eternamente nocturnos.  

Ni siquiera las numerosas palmaditas y sacudidas en mi vientre han sido suficientes para convencer al pequeño nubarrón de darse la vuelta. He de decir que por primera vez he sentido orgullo de madre pues ninguna autoridad médica ni de ningún tipo, ha conseguido desviarle ni un milímetro de sus perezosos objetivos vitales.

Así que me he quedado ahí, en la puerta de su habitación galáctica, observándole dormir de espaldas en su vía láctea, tan lejano todavía, fundido con el cosmos en un estado de conciencia mágico.

Si un día me pregunta de dónde vienen los niños pues le diré la verdad. Le diré que vienen de un tiempo en el que el alma no se ha separado del cielo y el verde y el azul todavía no se han distinguido. Le explicaré que en ese tiempo, todos vivimos sin soñar porque somos el sueño mismo y luego le enseñaré las fotos de su primera mutación en la intimidad del agua. Le diré que antes de ser humano fue nube y antes de nube lagarto y antes de lagarto probablemente era un dios y que como todos los dioses, viene del origen; del άρχη, al que un día deberá volver.

***

En este monólogo interior me hallaba, cuando el espéculo apagó sus luces y la noche extendió como un negro manto su convicción de silencio y una nube flotando en el cuerno de una laguna se impuso en mi vida con la solemnidad de una etérea presencia cargada de astros.

***

La primera pintura es mía, la segunda de Leon Spilliart

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El espíritu de las lenguas

cristina godefroidLa lengua francesa siempre me ha parecido perfectamente diseñada para expresar mi ser en un sentido absoluto y la lengua española mi estar en un determinado momento.

Con respecto al francés, es como si sus vocablos se acordasen a mi yo interior como las notas de música a un piano bien afinado. También me parece una lengua mucho más atrevida y audaz que la española. No en el sentido de ser clara, abierta y directa, pues en ese sentido el español va desnudo, es brutal y tiene un encanto único, sino en el sentido de expresar sin miedo el mundo interior de las palabras.
El español expresa su mundo interior a través del alarido, el lamento, la cólera o a partir de esa furia flamenca que roza la locura.
A mí siempre me ha parecido que la lengua española enseña su corazón en el arrebato. No es de extrañar que sea la lengua del cante jondo pero también la que contiene más palabrotas cuya ruda sonoridad es fundamental para canalizar su ímpetu y subrayar su vehemencia. En la poesía y la literatura ese impulso de toro bravío está presente desde el medievo hasta nuestros días, y aunque en poesía se habla siempre desde el sosiego, esa cosa agreste y sanguínea es inevitable y consustancial a su idiosincrasia histórica. 

Sin embargo, a pesar de su desnudez, la lengua española se esconde. Tengo la misma impresión con el pueblo español. Tan desnudo como vestido. Tan abierto como impenetrable. Valiente conquistador, sí, pero bajo una armadura bien encorsetada. Supongo que esto es porque cuando el español no se expresa a través del arrebato, adquiere un aire extremadamente formal y rígido, como si pasase de la emoción a la razón sin  término medio. Yo creo que soy española a medias porque la lengua de mi país natal me sirve sólo para expresarme a través de mis arrebatos, ya sean estos reales o creativos, verdaderos o imaginarios. Una vez el arrebato ha pasado todo mi ser se vuelve francés.

Y es que la lengua francesa, a pesar de todos sus arabescos y acicalamientos, enseña su corazón con toda la naturalidad del mundo y en este sentido es la lengua de mi cotidianidad. El francés carece de escondite y va por la vida como si nada, caminando por sus laberintos misteriosos de eufemismos, vericuetos y perífrasis, tan apasionada como tranquila, tan ardiente como apacible. Es una lengua que en cuanto abre la boca parece como si la cerrase, pero no nos engañemos, esto es sólo en apariencia, pura coquetería y nada más. Sus rodeos no son más que los jueguecitos sutiles de un corazón apasionado y permeable.  

***

Yo pienso que la  forma de expresar la realidad determina la identidad de un pueblo y conforma asimismo la evolución de su  Historia.

Por ejemplo, la lengua española habla de la mente para designar el pensamiento, el intelecto, el cerebro, la razón o la inteligencia y dice espíritu para designar el alma. Para el español la mente y el espíritu son opuestos. El francés habla de l’esprit (el espíritu) para designar la inteligencia, el pensamiento, el alma y el entendimiento, pero no la mente ni el cerebro ni la razón. La razón, la mente y el cerebro forman parte de la mentalité o le mental, pero no del espíritu. La inteligencia tiene que ver con el espíritu (alma) y la oposición mente-espíritu no tiene nada que ver para un francés que para un español. La espiritualidad tiene para el español una connotación más religiosa que para el francés.
Para la lengua francesa lo mental es calculador y tiende a separarnos de la realidad. L’esprit, sin embargo, es la verdadera inteligencia. El espíritu de las leyes de Montesquieu no significa el alma de las leyes como podemos entender en español, sino su verdadera inteligencia.
Si yo en español digo que la espiritualidad es importante en una sociedad se va a entender que hablo de algo como la religión. Si digo lo mismo en francés, estoy hablando del entendimiento, del alma y del pensamiento. Los franceses dicen a menudo “il faut sortir du mental”o para acusar a alguien de un comportamiento fastidioso “tu es toujours dans ton mental”.

Me llevó bastante tiempo entender esto al principio, pues para mí lo mental era lo inteligente porque estaba relacionado con el cerebro y por lo tanto con la razón.

  • Y ¿por qué tengo que salir yo de mon mental? – pregunté en cierta ocasión a un amigo francés que me acusaba de algo incomprensible.
  • Parce que ce n’est pas intelligent.
  • ( !!) ??

A partir de ahí experimenté un bouleversement. No la busquéis, ninguna de las palabras que la traducen en los diccionarios es la correcta. Esto es lo fascinante de las lenguas: el poder de abrir nuevas ventanas con sus correspondientes horizontes y por extensión, con sus nuevos sentimientos. Ninguna palabra en español puede describir con precisión este sentimiento, ese sentirse bouleversé. Sólo un francófono puede entenderlo, de la misma manera que sólo un inglés puede entender la enfermedad de no estar en su casa homesick y que también sienten de una manera similar los portugueses con sus saúdades o los gallegos con su morriña. Tan sólo un español puede entender qué significa ser presumido que es una palabra a medio camino entre coqueto y pretencioso que ninguna otra lengua contempla o la chulería, pues a decir verdad no hay chulos propiamente dichos que no sean españoles. Y únicamente un alemán siente la compasión,  mit-gefühl, como un co-sentimiento desprovisto de la connotación de indulgencia que contemplan las otras lenguas. Los japoneses, por su parte, saben bien que somos tan múltiples como contradictorios y el lenguaje se adapta más o menos a esta realidad. El japonés no utiliza el mismo yo cuando hablan del yo niño que cuando hablan del yo adulto; y en función de la manera en la que enfocan un problema o abordan un tema utilizan diferentes formas de decir yo. No es el mismo un yo que se dirige de manera humilde a un público, sessha, que un yo arrogante, entonces ya no soy sessha, sino ore-sama y así hasta sesenta yos diferentes.

Las sutilezas de una lengua sólo pueden entenderse hablándolas y pensándolas, porque cada una de esas palabras tiene un alma que le es propia y es inseparable del territorio que la vio nacer y del corazón de sus hablantes. Los diccionarios no pueden traducir el espíritu de una palabra, sólo su parte mental.
El  lenguaje español parece naturalmente impedir ciertas palabras por parecer cursis o reservarlas únicamente a círculos burgueses, científicos o académicos. Traducidos al español, ciertos escritos pierden todo su encanto y se convierten en textos cursis, lunáticos y absurdos. El vulgarismo francés baiser deberíamos traducirlo literalmente como besar, pero en francés quiere decir también follar, sólo que la sonoridad en la forma vulgar es tan sofisticada como en la forma culta (baiser quiere decir al mismo tiempo besar y follar, pero si utilizamos la palabra follar en la traducción perdemos el alma del texto). A veces hay que manipular mucho un texto para que se pueda apreciar en nuestra lengua. Lo mismo ocurre con el realismo mágico de García Márquez que traducido al francés o a cualquier otra lengua se desmagifica casi por completo y pierde sus raíces. Una película doblada de Almodóvar es para echarse a llorar y yo no puedo evitar leer a los rusos sin sentir que no los estoy leyendo realmente.

Estudiando literatura y siendo lectora de cinco lenguas puedo apreciar también la diferencia entre las distintas críticas literarias, especialmente entre la francesa y la española, mis dos lenguas principales. Un crítico español no puede evitar analizar una obra desde la forma y la estructura. ¡Oh intelecto español! ¡Siempre  en tu armadura!  Y el crítico francés no puede evitar abordar, desde todos los ángulos posibles, el carácter psicológico de la obra. Los libros de crítica francesa me parecen tratados de psicología literaria. Cómo no va a ser así  ¡si para ellos el pensamiento es el espíritu!

Las academias de la lengua

Creo que los académicos de nuestras respectivas instituciones protectoras de la lengua reflejan en cierto sentido el espíritu de cada una.

los inmortales

Los académicos franceses, Les immortels,  conservan desde la creación de la Acadèmie esa galantería, libertad, fantasía y refinamiento tan propios del pueblo francés. Su lema “À l’inmortalité”, heredado del sello de la moneda que el cardenal Richelieu, fundador de la Acadèmie donó a la misma en 1635, es también un reflejo del abolengo de la lengua francesa.

académicos alemanes

Los académicos alemanes son de una sencillez y sobriedad únicas.

Cualquier joven con una trayectoria literaria y un interés demostrado por la defensa de su lengua puede ocupar un puesto en la Gesellschaft für deutsche Sprache, la academia de la lengua alemana creada en 1947.

Los británicos, siempre a contracorriente, carecen de academia y aunque ha habido algún intento de crear una, siempre ha prevalecido el criterio democrático, es decir, aquel por el cual se defiende que la lengua pertenece al pueblo y que no puede otorgarse a ninguna institución el poder de su regulación. En su caso es comprensible pues, en mi humilde opinión, siendo el inglés la lengua depredadora por excelencia, no hay ninguna necesidad de protegerla.

Los académicos españoles encarnan un espíritu extremadamente formal propio de una tradición histórica muy protocolaria desde los Reyes Católicos a la actualidad, así como la oficialidad propia de las artes en España, a menudo encabezadas por la figura de un rey.

RAE

A mí me parecen conquistadores bajo armaduras encorsetadas o funcionarios del registro de la propiedad con un corazón sin duda apasionado al otro lado de sus uniformes y cuyo furor se materializa únicamente en sus respectivos arrebatos literarios, pasando de la libertad emocional a la rigidez de la razón sin intermedio ni remedio (la oposición mente-espíritu de la lengua tal vez tenga algo que ver). Su lema  “limpia, fija y da esplendor” corresponde perfectamente a la escrupulosidad del espíritu de esta academia.

***

Yo he adoptado la lengua francesa (o ella me ha adoptado a mí) como una verdadera patria, porque su manera de ser, se parece mucho a lo más profundo de mí misma. Cierto es que le tengo tanto respeto y admiración que todavía no me he atrevido a instalarme como ciudadana de pleno derecho en su escritura. Temo dañar su sensibilidad con mi franqueza hispánica o perturbar sus floridos campos semánticos con mis hierbas silvestres y mis berzas. Temo no saber acordarme a mí misma y acabar desafinándome.

En mi patria cervantina, como decía mi admirado Goytisolo, todo me está permitido y puedo entrar sin llamar a la puerta, desvestirme sin preámbulos ni temores y enseñar todo lo que llevo dentro como una apasionada cantaora entrando en escena con el pecho bien henchido. Me parece además la más expresionista de todas las lenguas, ideal para hablar desde la locura y la enajenación del espíritu. También desde la ironía, la malicia, el sarcasmo y el esperpento, es decir, desde el ánimo o desde el estar.

***

De todas maneras, tal vez un día consiga sentarme seriamente frente a mi otra patria en cuyo centro hay, desde hace ya mucho tiempo, una insinuante celesta esperándome para hacer sonar mi partitura interior con sus líquidos arpegios y el oleaje de sus arpas prosódicas y los acordes de sus más dulces, serenas y profundas melodías.

 

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