La leyenda del ojo del Jorobado

Alfred Godefroid de Bouillon llegó a mi vida en una hermosa mañana de verano, cerca del mediodía.
El sol abrasaba las calles de Saint Etiènne sur Orgues, mi pueblo natal, y una claridad blanquecina hecha de motas de polvo se difuminaba discretamente en el aire como un ejército de hadas furtivas.
En la calle principal del pueblo se extendía todo un paisaje de tiendecitas, librerías de ocasión y restaurantes de techos bajos, aplastados, con sus terracitas de manteles cuadriculados rojos y blancos sobre las mesas.

En aquellos tiempos yo hacía la calle y las basuras de los cafés y restaurantes. Me había vuelto a quedar sin hogar y sin trabajo y había adquirido el aspecto de una criatura desgarbada con pelo encrespado de rata gris y blanco. Dicen que provengo del cruce de un mapache, un lobo raposo y una mesa de centro. De mi padre he heredado mis hermosos ojos manchados de azabache, del lobo raposo la exuberante cola y el hermoso pelaje, y de mi madre cuatro patas toscas y un carácter ciertamente contemplativo tendente al inmovilismo.
“Marmotte, marmotte, tête de linotte” me cantaban los niños del colegio haciendo referencia a mi presunta pereza. Tales injurias y agravios me resultaban simplemente irrisorios. Reconozco, eso sí, que he carecido de cierta disposición en el desempeño de la función que la vida ha querido encomendarme como perro pastor, pero eso es porque soy único. Las enojosas y triviales minucias del rebaño no están hechas para mi espíritu que es grande. Jamás he podido retener la diferencia entre una oveja y otra y he carecido ciertamente de aptitudes organizativas, capacidades gestoras y atención al detalle. Nunca he sabido cazar un conejo y la jerarquía me resulta fastidiosa en todos los sentidos. No sé dirigir ni ser dirigido. La función intermediaria que debía desempeñar entre el jefe pastor y las ovejas subordinadas me causaba estrés y ansiedad y sólo las fragancias de los rosales, los sublimes perfumes de los heliotropos, los jacintos y el estiércol de vaca conseguían evadirme de mi tediosa rutina laboral.
Poco diré pues de esos años nefastos de aprendizaje al servicio de groseros villanos feudales y estúpidos rebaños de borregos que no dudaron en despedirme y dejarme morir de hambre en cuanto dejé de servir a sus intereses profesionales.

Siempre he pensado que a tales secuencias de infortunios laborales no hay que darles un sentido transcendente de fatalidad metafísica, pero aquella mañana luminosa de verano empezaba a sumirme en un estado de profunda angustia existencial. Durante el curso escolar los niños del colegio compartían conmigo parte de su merienda, pero ahora en pleno verano y con las puertas del colegio cerradas, mi estómago se había convertido en un agujero negro. De vez en cuando los turistas de los restaurantes me lanzaban unas migajas de pan o trocitos de pollo, pero mi apariencia zarrapastrosa, mis garrapatas peludas y mis pulgas saltarinas los mantenían a  buena distancia.

De pronto lo vi.
Al final de una de las terrazas, sentado en una silla con sus dos patas cruzadas una sobre la otra, un caballero de unos seis pies de altura mecía una copa de vino blanco frente a un elegantísimo pico de ave rapaz. Sobre dos orejas simétricas, satinadas y redondeadas, crecía hacia lo alto una gran pelambrera leonina y plateada que revelaba una procedencia de raza superior, probablemente formada desde tiempos remotos por lo mejor de varias ramas. Alrededor del cuello llevaba un foulard de lino azul con elegantes motivos florales que era la misma confirmación de su elevada alcurnia.  En esos momentos el caballero conversaba con el camarero. Al hablar se frotaba las manos una contra la otra, pero no con la avaricia de aquellos para quienes la vida es una cuestión de aritmética, sino con la delicadeza de la dama que se regocija en la suavidad de su piel. De vez en cuando un mechón de su cabellera leonina caía sobre su rostro y él lo rechazaba con un enérgico movimiento de manos y la perspicacia instintiva de un tribuno. Su actitud desprendía fuerza y audacia, y la luz de aquella mañana cabrilleaba sobre su rostro intensificando la nórdica blancura de su piel como destellos estivales sobre una estatua de hielo. Por encima de su hocico aquilino se asentaban unos quevedos perfectamente redondos y por debajo, dos cavidades nasales perfectamente recortadas dejaban penetrar con deleite los olores del vino. Tras el primer sorbo, observé como las aletas de su pico vibraban con fruición al tiempo que su boca se abría ligeramente enseñado dos incisivos blancos tan feroces como afables. Enseguida me reconocí en ese gesto y supe que aquel personaje heráldico, mitad hombre, mitad lobo, se deleitaba con la sublime fragancia de los heliotropos, los jacintos y el estiércol de vaca.

De pronto, un rayo de sol destiñó la calle y los colores estivales se descompusieron como haces de luz refractados en un prisma. El caballero plateado entrecerró los ojos y al abrirlos me halló frente a él. Ajustó entonces sus quevedos y me observó con expresión científica por encima del cristal de sus espejuelos. Su mirada era vidriosa como un cristal de nieve y por un momento me pareció que llevaba estrellas en los ojos. Yo ladeé inmediatamente mi cabecita pulgosa y enseguida hubo en el aire que respirábamos una fragancia parecida al amor. Supe entonces que aquel caballero y yo participábamos de universos y percepciones semejantes pero que las combinábamos con lenguajes diferentes y que aunque él era un hombre y yo era un perro, ambos compartíamos las mismas intuiciones del lobo solitario.  Decidí adoptarle de inmediato pues comprendí que no sólo había encontrado a mi otro yo sino también mi verdadero destino.

***

Permítanme ustedes que me presente.
Mi nombre es César Godefroid, descendiente del noble Godefroid de Bouillon, Marqués de Amberes, Duque de la Baja Lorena, Custodio del Santo Sepulcro y Caballero del Cisne.

Conocí mi noble abolengo el día de mi bautizo cuando, al acariciarme la cabeza, mi amo pasó su mano por mi lóbulo occipital. En esa región sagrada dueña de mis percepciones y pensamientos, se halla el legendario ojo del jorobado; una durísima protuberancia en forma de piedra pómez que todos los miembros de nuestra ilustre estirpe llevamos por encima de la nuca, escondida tras la cabellera.
Cuenta la leyenda que al ser asesinado por una manada de lobos el primer Godefroid, duque de la Basse-Lotharingie, también conocido como Godefroid III El Jorobado, nombró como sucesor al Caballero del Cisne, Godefroid de Bouillon, dejándole por herencia su propia joroba. Bouillon aceptó el obsequio de su tío pero al estimar que la giba no le favorecía decidió esconderla tras sus plateados cabellos en la llamada región occipital, por encima de la nuca. Al ser esta región el centro neurálgico de la percepción, esta protuberancia adquirió enseguida los poderes de un tercer ojo y fue así como todos los sucesores de Godefroid III desde aquel año de gracia de mil setenta y seis hasta nuestros días, hemos sido bendecidos por el sexto sentido que nos otorga el ojo del jorobado y que según la leyenda es el mismo que el de los lobos que mataron al primer Godefroid.

  • ¡Este perro es un Godefroid!, sentenció mi amo aquel día acariciando mi protuberancia
  • ¡Y no es un perro! ¡Es un lobo! ¡Un lobo con el ojo del Jorobado!

Estábamos en la galería de arte que mi amo regentaba por aquel entonces en la rue de la Madelaine, una de las calles principales de Bruselas que nace en la place Royale desde cuyo centro la estatua ecuestre de nuestro tío reina sobre el destino de todos sus herederos.
Alrededor del mostrador de mi amo, varias personas, entre ellas miembros de la familia, asistían a este memorable descubrimiento.

  • ¡César Godefroid! ¡César Godefroid! gritaban todos entusiasmados
  • ¡Soy un Godefroid! ¡Soy un Godefroid! asentía yo orgulloso haciendo resonar mis mejores aullidos de lobo.

Desde entonces he podido ser yo mismo. He pasado de guardián de estúpidos borregos  a custodio y defensor de los cuadros de la galería de mi amo. De vez en cuando algún turista japonés me ha confundido con una obra de arte  y me ha fotografiado desde el otro lado de la vitrina. Yo siempre he posado con esmero, como he visto hacer a las musas de mi amo y he dejado retratar mi porte magnánimo, mostrando siempre mi mejor perfil y mis dos colmillos bien afilados.  He sido fuente de inspiración de muchos artistas y mi carácter distraído, objeto de burlas en aquellos tiempos aldeanos, es reconocido hoy como una virtud de mi alma de poeta.
El parecido con mi amo Alfred es tal que las damas nos confunden y se enamoran de ambos al mismo tiempo. Aparte de esta similitud física, mi amo y yo compartimos el gusto por los placeres refinados, una torpeza al caminar que a pesar de los tropezones y caídas incrementa tanto nuestro poder de seducción como  nuestro encanto, y una especial debilidad por el fromage  roquefort y el parmigiano reggiano.
Suelo dormir a los pies de su cama. Tumbados ambos boca arriba con las patas estiradas hacia lo alto y nuestros incisivos superiores bien a la vista, soñamos con campos de fromage, fragancias florales y mujeres hermosas.

Señores y señoras. Damas y caballeros.
Soy el mismo César Godefroid de Bouillon, sucesor del Marqués de Amberes, Duque de la Baja Lorena, Custodio del Santo Sepulcro y Caballero del Cisne.
Ya no puedo confundirme con el vulgo aunque mi humildad lo quiera. Las veces que he vuelto a Saint Etiènne sur Orgues, mi pueblo natal, lo he hecho mostrando con orgullo mis ojos azabache, mi cola de lobo raposo y mis cuatro patas toscas, con el aire redentor de quienes nos sentimos autorizados por el triunfo.                     

 

Una mirada extra-disciplinaria en el mundo de la hiperespecialización

La  historia de las disciplinas hunde sus raíces en el siglo XIX y se desarrolla a lo largo del XX, cuando con el desarrollo industrial aumenta la necesidad de especialización profesional y las universidades se van adaptando a esta nueva realidad dirigiendo el saber  universal hacia el saber particular. Nace así la figura del especialista, el técnico o el experto.
La disciplina opera siempre dentro de una circunscripción, de un dominio de competencias sin las cuales se presume que el conocimiento se dispersaría y se convertiría en algo vago e improductivo, hasta llegar a proclamar como una virtud la ignorancia de cuanto quede fuera del angosto dominio del especialista (el sabio-ignorante hombre masa del que hablaba Ortega y Gasset).

El especialista desconfía de las competencias del hombre no especializado o de aquel capaz de dedicarse a varias disciplinas a la vez, tildando de dispersión lo que es en realidad curiosidad por el conjunto del saber.
El especialista trata el objeto de la disciplina como un objeto en sí mismo, dejando de lado las relaciones de solidaridad de este objeto con respecto a otros objetos tratados por otras disciplinas. Así, la ciencia navega  sin la poesía y la poesía sin la ciencia. La música ha olvidado las matemáticas y éstas la botánica. Incluso el sexo se ha especializado con la pornografía dejando de lado la mística. El escultor que además de escultor, es abogado, político o músico será visto con desconfianza y deberá adaptar su currículum a una u otra disciplina en caso de dirigir sus intereses profesionales  al mercado de trabajo. Si Leonardo da Vinci tuviese que redactar un currículum hoy en día, veríamos escrito en el campo de su profesión: pintor, anatomista, arquitecto, paleontólogo,​ artista, botánico, científico, escritor, escultor, filósofo, ingeniero, inventor, músico, poeta y urbanista. Por supuesto ya nadie podría tomar en serio a  semejante individuo.

Este espíritu especializado es el mismo que nos lleva  a desarrollar un comportamiento obsesivo con la propiedad  privada prohibiendo cualquier incursión extranjera en “nuestra” pequeña parcela de conocimiento (se me viene a la cabeza la obcecación contemporánea con las patentes, marcas, derechos de autor y el delito de plagio, hasta llegar a niveles que rozan el ridículo. Pongo por ejemplo la apropiación de citas, como si un ser humano ya no pudiese tener la misma idea que su antecesor sin estar delinquiendo).
Etimológicamente, la palabra disciplina quiere decir azote o instrumento para auto flagelarse, por lo que podemos decir que hoy se ha convertido en un modo de flagelar a aquél que ose aventurarse en el dominio de ideas que el especialista considera exclusivamente de su propiedad privada.

Como artista no puedo concebir el estudio y el tratamiento de una sólo disciplina sin sentirme limitada.  Cualquier conocimiento en cualquier campo me resulta esencial para la construcción de una obra; desde la economía hasta la botánica pueden ser importantes a la hora de componer un retrato y ya ni qué decir de un relato. De la misma manera que el poliglotismo enriquece la lengua materna gracias a la transferencia de palabras, la interdisciplinariedad enriquece la obra del creador o del científico gracias a la transferencia de aprendizajes.  Una mente abierta en el estudio de cualquier objeto me parece esencial y esto va de la mano del autodidactismo.  ¿Qué le ha ocurrido a esta maravillosa capacidad humana de aprender por uno mismo, con sus propias manos y su propio cerebro? Vivimos en un mundo de coaches, másters y formadores que nos reducen a un estado casi vegetal en el que ya no somos capaces de emprender nada si un experto no nos lo explica antes. La especialización anula nuestra autonomía y nuestra capacidad innata de aprendizaje. Nos vuelve mediocres y nos infantiliza.

Iré incluso más lejos afirmando que, a mi modo de ver, el desconocimiento a menudo contiene más riqueza creadora que el conocimiento. Por ejemplo suele ocurrir que una mirada naïve de un amateur completamente ajeno a la disciplina sea capaz de resolver un problema cuya solución resultaba invisible a los ojos del científico especializado. Darwin por ejemplo no necesitó una formación universitaria. Ni siquiera poseía una formación específica como biólogo, aparte de su pasión innata por los animales y su afición como coleccionista de coleópteros. En palabras de Lewis Munford “Darwin escapó a esta especialización unilateral que es fatal para una plena comprensión de los fenómenos orgánicos”.

En palabras de Goethe, cuya capacidad integradora de la ciencia y la mística ha sido ejemplo para muchos pensadores desde Carl Gustave  Jung hasta Einstein “Cuando  reparamos  en  los  objetos  de  la naturaleza,  y  en  particular  en  los  vivientes, deseamos  tener  una  visión  de  conjunto  de  su ser  y  de  su  actuar,  y  creemos  que  podemos lograr   mejor   ese   conocimiento   mediante   la descomposición   de   sus   partes, pero está lógica no está exenta también de desventajas como la imposibilidad de recomponerlo o devolverlo a la vida. Por ello han existido hombres de ciencia en todos los tiempos que se han sentido impulsados a conocer  las  formaciones  vivientes en  cuanto  tales,  a  comprender  en  sus  mutuas relaciones  las  partes  externas  y  tangibles  considerándolas  como  indicaciones  de  su  interior, y  así  dominar  la  totalidad  mediante  la  intuición (La metamorfosis de las plantas).

Por cierto, el caso más dramático de este aislamiento disciplinar me parece el de la filosofía, tratada como una parcela aparte, desconectándola de la ciencia y de las artes, hasta llegar al punto de considerar la posibilidad de suprimirla como objeto de estudio, lo cual por supuesto es un despropósito y un sinsentido , pues no hay nada más transversal que la filosofía. Ella por sí sola reside en el alma humana y sin ella no podemos  abordar ninguna de las otras disciplinas. ¡Disciplinas, digo! En realidad, sin la filosofía ni siquiera podemos abordar nuestra propia vida como seres humanos. Sin ella nos está vedado el mismo autoconocimiento que es la clave de nuestra individuación y plena realización. El pensamiento filosófico reside en el corazón de cualquier obra, teoría o religión. El pensamiento filosófico es la base de nuestra construcción como seres humanos y sin filosofía desaparece todo lo demás. La simple posibilidad de que una idea semejante pueda atravesar  la cabeza de ciertos homínidos (“especialistas” en la necedad y la majadería), ilustra hasta qué punto nuestra sociedad ha enloquecido y vive en un estado de enajenación, ceguera y demencia total.

En palabras de Edgar Morin “toutes choses étant causée et causantes, aidées et aidantes, médiates et immédiates, et toutes s’entretenant par un lien naturel et insensible qui lie les plus éloignées et les plus différentes, je tiens impossible de connaître les parties sans connaître le tout, non plus que de connaître le tout sans connaître particulièrement les parties“.

El retrato de Alice Lake

Estás entrando en tu noveno mes de embarazo y en esa edad que contiene todas tus edades. Dentro de tres años tendrás todos los años. Tendrás diez años y tendrás ochenta. Tendrás un hijo también. Un hijo que en estos momentos se cuelga de tus costillas como un babuino si te acuestas del lado izquierdo o te patalea la sínfisis como un jugador de fútbol si lo haces del lado derecho. Te metes en cama a cuatro patas primero y consigues, no sin esfuerzo, tumbarte boca arriba después. Con las piernas en alto sobre unos grandes almohadones drenas tu circulación sanguínea. Respiras como te ha dicho el fisioterapeuta y cuando ya te has convencido de que ésta es la mejor posición posible, un calambre en la ingle derecha te hace pegar un grito y cambiar de opinión. Escoges el lado izquierdo y dejas al babuino balancearse entre tus costillas mientras contemplas en la pared de enfrente el retrato en acrílico que años atrás te pintó un pintor muy pinturero para el que solías posar desnuda. Recuerdas tu vida de antes que es todavía la vida de ahora pero que pronto será la de después y te vienen a las mientes aquellos días de octubre cuando te paseabas por el mundo despreocupada y desnuda en cuerpo y alma, asistiendo como invitada al espectáculo de tu propia vida. ¡Oh! ¡Alice! Nunca pudiste liberarte de la influencia de todos aquellos libros que parecían narrar tu vida antes siquiera de haberla vivido.

Supiste desde muy joven que tu belleza estereotipada te permitiría acceder con facilidad a un mundo al que tu alma solitaria nunca accedería por sí sola, y te dejaste llevar con toda naturalidad por entre sus recovecos.  Liberaste tus sentidos y éstos a su vez liberaron tu alma, ¿o acaso fue al revés? No importa. En cualquier caso nunca supiste separarlos y a tus veintitrés años ya habías comprobado que había tantos universos como seres humanos y que cada uno de ellos vivía en el universo de su propia creación. Decidiste entonces que tu creación sólo podía ser poética y poco después descubriste a Dios en tu coxis y descodificaste la biblia entera con sus ángeles y demonios que eran los mismos que habitaban entre tu clítoris y tu cerebro. El cáliz, el triángulo equilátero, la estrella de cinco puntas. La religión: pura geometría universal. A los veintisiete volviste a encontrar a Dios. Esta vez fue él quien vino en tu búsqueda mientras paseabas tu ombligo por la rúa Felipe Folque y en una fracción de segundo te subió a los anchos y solitarios espacios de las llanuras de todo el planeta, a los mares verdeazules y a las altísimas montañas  espolvoreadas de nieve. Supiste (o más bien sentiste) que el bien y el mal no existen más que en la mente humana, ese minúsculo reducto de química y gramática. Sigue leyendo en la página dos: El retrato de Alice Lake

 

Elogio a Erasmus van Rotterdam

El nueve de junio de mil quinientos ocho, viaja entre Italia e Inglaterra una comitiva de  carruajes y caballos con floridos postillones al frente y varias acémilas, asnos y mozos de carga. Algunos caballeretes con abalorios dorados en las fruncidas mangas de sus aterciopelados sayos y calzas de soleta, cierran los laterales del noble cortejo.

En la ventana de uno de los coches se entrecorta el perfil riguroso de un hombre de unos cuarenta y tantos años de tez pálida y facciones matemáticas. La blancura de su rostro contrasta con la oscuridad de su negro birrete bajo el  cual una nariz de punta demasiado alargada y carnosa sobresale como un triángulo isósceles trazado en el centro de un cuadrado perfecto. Esta ligera imperfección se ve no obstante compensada por un par de huesos malares que como sólidas y vigorosas vigas de sillería sujetasen un majestuoso andamiaje pontifical. El resultado final es un conjunto geométrico y armonioso envuelto en un halo de estatutaria imperturbabilidad.
Los rayos oblicuos del sol mueren entre los dos o tres anillos de gemas verdes y azules que decoran sus blancas y finas manos. Sus vestiduras sobrias y oscuras contrastan con el brillo de sus ensortijados dedos y, envuelto en una vieja capa de sacerdote agustiniano, contempla con avezada indolencia  los rostros de sus tres compañeros de viaje que se hallan en esos momentos en pleno paroxismo de un  diálogo apasionado sobre no se sabe muy bien qué problema existencial. Rostros venerables, barba y labios tensados, ademanes, acciones y palabras todos ellos estudiados y fingidos. Fieles adoradores del método escolástico todavía en boga por aquellos años.

  •  Si autorizan ustedes ilustres viajeros, dice el más joven de entre ellos, a este muy sabio  doctor, a quien estimo y honro, le preguntaré la causa y razón por la cual ciertas personas ignoran por qué los galápagos no tienen bigotes.

A lo cual responde el muy ilustre doctor tras la aquiescencia del resto de la comitiva y siguiendo los buenos usos universitarios de la ciencia escolástica:

  • Señores viajeros; este ilustre joven me pregunta la causa y razón por la cual ciertas personas ignoran que los galápagos no tienen bigotes a lo cual yo respondo: hay personas que saben que los galápagos no tienen bigotes porque creen  en la palabra revelada; y  otras personas saben que los galápagos no tienen bigotes porque racionalmente han demostrado su existencia y hay personas que ignoran esta información porque carecen de fe que es lo mismo que carecer de razón o de razón que es lo mismo que carecer de fe.
  • Oh mi ilustre señoría, ¿Cómo es posible esto?, pregunta el imberbe bachiller.
  • Es posible porque Dios nos ha dado la razón para que la usemos y a través de ella podamos alcanzar la fe, pero no todas las gentes hacen uso de ella. Logica sive sit organo organorum, uti Aristoteli; sive dialéctica, uti scholasticis.
  • Con ello concluyo mi muy ilustre doctor que si Dios nos ha dado la razón para que la usemos, la verdad de la razón nunca debería ser opuesta a la verdad revelada porque la verdad no puede contradecir la verdad.
  • Bien dicho joven, la fe es la regla del recto proceder de la razón y usted demuestra tener fe en la dialéctica, afirma el doctor retocándose las puntas de sus finos bigotes.
  • Oh! Usted me hace enrojecer señor, tantam venerationem non meretur!

Nuestro viajero frunce ligeramente el ceño y vuelve sus negros y apacibles ojillos a los campos del norte de Italia donde el sol distribuye con justicia sus estampados ocres en el ocaso del día y su mirada suspendida sobre la amplitud de las tierras adquiere por momentos esa universalidad que el mundo conocerá más tarde. Bandadas de passeros desgarran un cielo crepuscular y el canto de alguna allodola lejana acompaña el trotinete de los caballos.

– Andaban volando los pájaros… se dice como entre sueños.

Este pensamiento poético compuesto al azar le lleva a una visión del pasado; la de los pájaros negros sobrevolando la Torre de Londres como brujas de mal agüero.
– Andaban volando las brujas…
– Andaban volando los cuervos…

Y a su lado andaban los eruditos viajeros tan de sobra como los perros discutiendo el por qué no tienen bigotes los galápagos.
A decir verdad, no era éste el verdadero tema de conversación, pero nuestro viajero, discípulo incondicional del juego y la ironía sustituía así unas palabras por otras para hacer su viaje más ameno y entretenido. Pensaba nuestro amigo que la estructura de tal dialéctica permitía remplazar la pregunta originaria por cualquier otro asunto y la respuesta siempre sería la misma, es decir, binaria.
Verdadera o falsa.
Tales conclusiones maniqueas le hacían bostezar y afloraban entonces a su memoria las aulas escolares en Deventer con su corolario de humillaciones, limitaciones y castigos.  Años de zozobra, de encierro  e imposiciones pedagógicas.

– Desiderius Erasmus! Wakker Worden!

Como siempre le ocurre, cuando su pensamiento alcanza la escuela o el convento agustino, busca desesperadamente el brazo del que pudo ser pero no fue su compañero de clase y sin embargo lo ha sido de la vida: Tomás Moro.
Ahora lo ve muy de cerca a través de la ventana y se ve a él mismo asido de su brazo paseando por entre la bruma londinense e intercambiando metáforas y juegos de palabras bajo el graznido ancestral de los pájaros negros, amos y dueños de la Torre en la que un día, hoy todavía lejano, su queridísimo amigo subirá al cadalso en nombre de la misma razón que invocan ahora en el asiento de enfrente los eruditos de los galápagos.

Verdadero o falso.

Querido Tomás, empieza a trazar con la pluma de sus pensamientos, últimamente, durante, mi viaje de Italia a Inglaterra, para no perder en conversaciones banales o insípidas todo el tiempo que tenía que pasar a caballo, resolví, ya meditar de vez en cuando alguna cosa que tuviera relación con nuestros comunes estudios, ya trasladarme con el pensamiento hacia donde se encontraban los amigos tan doctos y tan amables que iba a volver a ver. Entre éstos, mi querido Moro, tú ocupas el primer lugar. A pesar de la ausencia, tu recuerdo tenía para mí tanto hechizo como si me encontrara a tu lado; y que me muera si he saboreado en mi vida deleite más dulce que el de tu compaña. Queriendo, pues, hacer absolutamente alguna cosa y no pudiendo consagrar mi tiempo a un trabajo, pensé componer el Encomium Moriæ. El Elogio de la locura. 

***

El Encomium Moriæ nacido en el traqueteo de este viaje entre Italia e Inglaterra donde le espera Thomas Morus cuyo apellido (Morus-Moriae) encendería el ingenio de la verdadera Moira, sería escrito a su llegada a Inglaterra y publicado tres años más tarde.
Estamos a principios del siglo XVI, los hombres ya han conquistado el globo y sueñan con navegar los aires y, aunque Erasmo no lo sabe, el renacimiento acaba de cumplir su segundo siglo de vida. Tampoco sabe que él es un humanista en el sentido utilizado hoy en día. Los humanitas de aquel tiempo eran los profesores de latín. Petrarca, Boccacio y Dante en los siglos precedentes, se consideraban ante todo poetas, aunque no por ello dejaron de reivindicar la vuelta a la literatura clásica (Virgilio, Horacio…) en las universidades, desbancada desde hacía siglos por la dialéctica, la metafísica y la teología siguiendo el método de enseñanza escolástico. También reivindican el estudio de los textos sagrados en hebreo y griego pues las traducciones de la Vulgata están plagadas de interpretaciones erróneas que el mismo Erasmo sacaría a la luz años más tarde.

Por otro lado, el latín de la escolástica era considerado por estos hombres un latín bárbaro y mediocre. No en un sentido puramente lingüístico sino en el de su estructura, pues este latín estaba ante todo construido sobre la ilusión de que es posible confeccionar una lengua en la que el criterio de verdad sea absolutamente binario. La gran obsesión de la escolástica era precisamente ésta: distinguir inmediatamente la verdad de la falsedad siguiendo el hilo conductor de tal dialéctica.
A decir verdad, no difiere este pensamiento medieval del que domina nuestras sociedades y universidades hoy en día, en las que la Inquisición de los mercados, la inteligencia artificial y el pensamiento binario han desbancado e incluso ridiculizado el pensamiento humanístico.
Si bien separar a través de la razón el sujeto del objeto observado es propio de la limitación de nuestra mente humana, ciertos poderes como la Iglesia en aquellos años o la ciencia y le tecnología en los nuestros, se han entronizado como valedores, custodios y hasta patrocinadores de tal forma de intelligentia.

Nadie cuestionaba la Iglesia en aquel tiempo, de la misma manera que nadie cuestiona la ciencia en el nuestro, lo cual no es de extrañar, pues ambas tienen mucho en común. El hombre que afirma a Dios desde la “creencia” es tan racional como el que lo niega desde la ciencia. Ambos están limitados: El primero por la fe. El segundo por los sentidos.  Entendamos aquí la fe en el sentido escolástico, es decir, como la afirmación de que Dios es la explicación (racional puesto que es explicación) ante lo desconocido. A través de un camino mental de preguntas y respuestas, la mente llega a la confirmación racional y razonable de la existencia de Dios, de la misma manera que la ciencia siguiendo el método experimental (sensorial) llega a la confirmación racional y razonable de su inexistencia.

Frente a esta concepción de la realidad, la Stultitiæ (la Locura) va a subirse en el año 1511 al altar de las escuelas catedralicias para pronunciar su propio discurso y frente a la razón y su dialéctica lineal, alzará sus largos y huesudos brazos, sacudirá su desgreñada cabellera grisácea y, como una silueta danzante bajo sus abultadas túnicas, reivindicará una dialéctica compleja inspirada en la poesía, la metáfora, la intuición, la ambigüedad, el doble y el triple sentido, llevándonos por un laberinto de espejos en el que nos es imposible distinguir quien afirma la verdad y quien la falsedad.
Con su larguísima lengua de criatura impúdica, la Stultitiæ no deja títere con cabeza. Entre todas sus incriminaciones, la Locura se atreve a denunciar por ejemplo los vicios de la Iglesia, pero cuidado, porque es la Locura quien habla y como todo el mundo sabe, la Locura no dice la verdad sino la falsedad, luego,  siguiendo la retórica escolástica, si es la Locura quien afirma la verdad lo que dice no puede ser verdad, luego, sus acusaciones son mentirosas. Sin embargo, el lector sabe perfectamente que son verdaderas, luego, ¿de quién se está burlando Erasmo?
No creo que estos jueguecitos de palabras fuesen apreciados por los defensores de la razón,  pero es así como Erasmo introduce una nueva forma de abarcar la realidad al tiempo que separa el cristianismo de lo puramente escolástico poniéndolo en relación con lo universal Humano. Nos lanza el mensaje de que la verdad es divina en todas sus formas, por ello nunca habla de una teología de Cristo o de una doctrina de la fe, sino de una “filosofía de Cristo” y nos propone volver a las fuentes de la verdadera fe, buscarlas en sus orígenes primigenios donde todavía corren con divina pureza y no mezcladas con ningún dogma. La fe, vista de esta manera y separada del dogma, carece de objeto y no necesita explicación. Es simplemente la apertura al misterio de la vida.

La Locura, que había empezado al principio de la obra por confesarse a sí misma como la responsable de todos los disparates humanos, poco a poco, a lo largo de su discurso y a través de este laberinto infinito de espejos con infinitas posibilidades, nos conduce a la conclusión de que tal vez sea ella y sóla ella con toda su irracionalidad, insensatez, incoherencia y contradicciones, la que nos hace humanos y para probarlo, Erasmo nos ilustra con el ejemplo del mismísimo Cristo abrazando la  locura al final de la obra.
Sin embargo, esto no se aprecia en la versión española. El texto que me dispongo a copiar es una fiel traducción del filólogo francés Jean-Christophe Saladin del original en latín. Las versiones digitales que he podido leer en español de El Elogio de la Locura, carecen de fidelidad al texto original y donde Erasmo, por ejemplo, calificó a los apósteles de groseros e ignorantes, aparecen en la versión española bajo el epíteto de “simples”.  Señalaré los elementos diferenciadores poniendo entre paréntesis el texto original en español.  Tal vez siendo el pueblo español un pueblo tan racional en todos los sentidos (en la ciencia y en la religión), sus traductores no pudieron concebir que Erasmo pudiese hablar más allá de la razón e intentaron acomodar el sentido del texto a sus propios criterios “razonables”. Dejando de lado estas especulaciones personales y subjetivas, el texto en español me ha resultado más difícil de interpretar según el pensamiento erásmico que el francés, aunque es muy posible que existan otras ediciones más fieles a la obra original que no he tenido ocasión de conocer.

He aquí una versión española que me he permitido traducir a partir de la versión francesa de Jean-Christophe Saladin cuando el mismo Cristo  dejó la razón de lado y se nos volvió loco.

¿Qué proclama todo esto sino que todos los hombres son estultos, incluso los piadosos? El mismo Cristo, que socorrió a la estulticia (el texto español añade “a la estulcia de los mortales”), y aun siendo «la sabiduría de su Padre», consintió en aceptar la locura cuando se mostró bajo el aspecto de un hombre  (en la versión española “tuvo en cierto modo que hacerse estulto cuando se revistió de carne mortal…”) o cuando  se transformó en el pecado para redimir el pecado. Y quiso hacerlo por medio de la locura de la Cruz, ayudado por Apóstoles ignorantes y groseros (en la versión española” simples apóstoles”) a quienes insiste en recomendar la  locura (en la versión española “la sandez”), apartando la sabiduría, y les da como ejemplo los niños, los lirios, el grano de mostaza y los pajarillos, seres todos ellos sencillos, sin inteligencia, que viven según el instinto, exentos de preocupación y cuidado sin otro guía que la Naturaleza misma (ésta última parte  “sin otro guía que la Naturaleza” no aparece en la versión española). 

Lo verdadero y lo falso representan ayer y hoy, la guerra de los opuestos, la incompatibilidad de los rivales, el eterno juego infantil entre el bien y el mal. La guerra.
El gran sueño humanístico, encabezado por Erasmo, propone precisamente la resolución de tales oposiciones colocando el propio espíritu de la locura (que es también el de la naturaleza, el de la ambigüedad, la ironía, la poesía y la metáfora) por encima del fanatismo que encarnan el blanco y el negro, lanzando a los hombres el mensaje de que el gris es el más plástico de todos los colores y no sólo es el color de los pelos desgreñados de la Moira sino que además es el color de la paz.

***

Gris era también su amadísima Inglaterra bajo cuyos cielos, un día cualquiera de aquel año cuando ya había empezado a escribir la que sería la gran obra de su vida, observaba asido del brazo de su amigo Tomas, aquellas nubes grises que como dioses mitológicos se metamorfoseaban en múltiples, heterogéneas e incontables formas volando una tras otra por entre un laberinto de infinitos espejos.

– Andaban volando los pájaros…

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

El silencio del arte o el arte del silencio

Estaba esta mañana viendo una de esas conferencias TED en las que un personaje público o privado nos transmite una enseñanza o un aprendizaje con moraleja al final sobre un tema concreto.

Suelen ser estas conferencias bastante interesantes y didácticas y la de hoy ha llamado especialmente mi atención.

Una actriz mexicana nos hablaba de ese importante desafío humano cuya importancia ha alcanzado cuotas históricas en la era de la postmodernidad: la conquista del éxito.

Nos cuenta pues su recorrido personal y nos explica cómo y cuánto tuvo que luchar en un primer momento para llegar a ser una importante gimnasta y en un segundo momento para conquistar Hollywood y consagrarse como actriz.

Fracaso tras fracaso. Lucha tras lucha. Esfuerzo, llagas y sudor. Un arduo camino de penurias constantes, de despertadores que suenan a las cinco de la mañana, de dolor, frustración y sacrificio. Sobre todo sacrificio. Mucho, muchísimo sacrificio.

  • No fue gracias a mi talento, dice, fue gracias a mi esfuerzo y mi sudor.

Añade que el talento no es más que el resultado del trabajo y el esfuerzo y que todos aquellos que lograron el éxito lo lograron gracias a las llagas, al dolor, al trabajo constante y al sacrificio.

Bueno, pues resulta que un buen día esta chica que estaba dejando su piel y su vida a cambio de la gloria, va y se queda sin habla. Ningún médico sabe explicar qué le está ocurriendo, pero claramente ha debido sufrir un shock como resultado de tanto esfuerzo y tantísimas lágrimas. No es capaz de pronunciar una sola palabra y durante tres meses se hace el silencio en su vida.

Silencio.

Y es en este inhóspito reinado del silencio que surge de pronto un poema de Sylvia Plath y tras él, una obra de Kerouac y tras sus experiencias vitales en la carretera, van apareciendo otras muchas obras de arte como notas de música emergiendo de un agujero negro. Entonces se encuentra de nuevo con las pinturas de Frida, pero ya no son las mismas que había visto antes, porque ahora desde su enmudecimiento total es capaz de hablar con ellas y entrar en un diálogo verdadero con el arte; ese arte que hasta entonces y, sin ella saberlo, no había sido más que un instrumento para alcanzar la gloria.

Aprende pues, gracias al silencio, el lenguaje del arte. Porque el arte es silencioso y no entiende de agitación, ni aplausos, ni grandilocuencias, ni conquistas sociales, ni éxitos.  El arte no es más que el alma hablando al alma, pero para escucharla la cabeza tiene que estar en paz y calladita, lejos del ajetreo, el bullicio, el deslumbramiento cegador de los focos y los sonidos de los despertadores.
El arte es incompatible con la búsqueda del éxito porque el éxito es ruidoso, estrepitoso y ensordecedor.

La concepción del éxito es una herencia del pensamiento de tradición judeo-cristiana tan bien expresado en la máxima “muchos serán los llamados y pocos los elegidos” y tan bien enraizada en nuestra educación, en nuestro sistema de producción capitalista y en el inconsciente colectivo.
Si uno busca el éxito entendido como una conquista social (dinero, fama y reconocimiento  ajeno), bien es cierto que habrá que trabajar y dejarse la piel para formar parte de los cuatro elegidos en ese trocito de paraíso celestial. No queda otra que levantarse a las cinco de la mañana, trabajar y trabajar y vivir inquieto y agitado, es decir, en un estado de ausencia de ti mismo hasta conseguir el merecido aplauso o el inevitable hundimiento, arriesgándote a perder por el camino la salud, el entendimiento o el habla, como la protagonista de esta historia.

Yo creo que el verdadero éxito de esta actriz no es el de haber llegado a Hollywood ni conseguir buenos papeles, sino el de haber comprendido el lenguaje del arte y poder así, a través de su mutismo, hablarse a sí misma desde lo más profundo de su ser. Lo que era un medio para alcanzar un fin (el arte para alcanzar la gloria) acaba por convertirse en el mismo fin (el arte por el arte).
Desafortunadamente ella no parece haber entendido del todo el mensaje que le ha lanzado la vida, porque al final del vídeo sigue obstinada con la idea de que el talento es el resultado de la fuerza de trabajo y la acumulación de sudor.

Personalmente no estoy de acuerdo con esta afirmación.
Yo creo que el talento es la capacidad de expresarse en el lenguaje del arte, que es un lenguaje que se aprende de la misma manera que aprendemos nuestra lengua materna.
No nos ha hecho falta una academia ni una escuela para aprender a hablar, la hemos adquirido naturalmente desde el enmudecimiento previo; desde el silencio. Por supuesto con la práctica la hemos ido puliendo y mejorando y donde empezamos a decir guau-guau acabamos por decir perro y del perro pasamos al dogo, al pastor alemán y en general a una técnica más refinada,  pero ha ido creciendo con nosotros sin necesidad de ponernos el despertador a las cinco de la mañana para aprender una nueva palabra, ni de llenarse la existencia de cursillos, exámenes, competiciones, llagas, penurias y sacrificios.

El talento es igual. Es un lenguaje en el que algunas personas saben expresarse desde niños y crece naturalmente con ellos, porque por alguna razón en vez de seguir el camino del bullicio y la agitación mental, estas personas supieron permanecer en silencio y escuchar.
El talentoso tiene la necesidad de expresarse en esta lengua con la misma necesidad que tenemos de hacerlo en la lengua materna y funciona como un resorte natural. Claro que a base de expresarse y expresare adquiere un dominio magistral de su propia lengua que puede eventualmente llevarle al éxito.
El talentoso a veces no sabe ni siquiera que lo es, a veces triunfa socialmente y otras veces se queda en las sombras hablando consigo mismo con una obsesión enfermiza, pero ya sea en la luz o en las tinieblas su obra nace de una necesidad puramente expresiva y sólo la naturaleza de su propio origen puede juzgarla.
El mundo está lleno de grandes talentos fracasados y de mediocres exitosos y de estos últimos tenemos hoy un poderoso ejército puesto que vivimos en un mundo incuestionablemente mediocre.

Yo creo que el talento es un idioma y ese éxito por el que tanto hay que luchar no es más que un impostor, un ser codicioso, un vendedor de quimeras y un charlatán. Un canalla y un rufián.

El verdadero éxito no sabe de esfuerzo, ni de llagas ni de sudor.
El verdadero éxito es no tener que ponerse el despertador, hacer durante el día lo que verdaderamente nos hace felices, acostarnos sin llagas en las manos ni lágrimas en los ojos y sonreír de satisfacción personal aunque no hayamos recibido ni premios, ni aplausos, ni matrículas de honor y seamos lo más grandes fracasados sociales sobre la Tierra.

 

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

La casa de los gatos

la casa de los gatosLa Pelirroja y el Negro han vuelto esta mañana.

La Pelirroja se ha sentado frente a la puerta de mi casa y se ha puesto a maullar como si le saliese una jauría de alimañas por la boca.
¡Oh! ¡Espeluznante armonía que parece brotar al unísono de las gargantas de los condenados en sus torturas, de los demonios y de las sirenas de las ambulancias en sus fatídicas carreras hacia el fatídico final! ¡Oh! ¡Espeluznante obra del Maligno!

Mientras entonaba sus infernales cánticos de parturienta endemoniada, el Negro, siempre en la retaguardia, acechaba en la sombra de las hortensias azules de mi jardín, encogido como una oscura rata malvada.

La Pelirroja y el Negro son los gatos de nuestros vecinos, Hölger y Mohamed.

Hölger es mitad alemán, mitad griego y mitad flamenco y todas sus mitades se entremezclan en su rostro como un malogrado collage. Nada en su semblante parece regirse por el determinismo de la naturaleza y tantas cosas contienen cada una de sus facciones que es imposible acordarse del conjunto de su rostro una hora después de haberlo contemplado.  Cada uno de sus ojos parece albergar cientos y miles de millones de ojos y su nariz adquiere formas diferentes y variopintas en función del ángulo y la luz. Cuando sonríe suele ocurrir que todo se estira hacia arriba o hacia abajo o hacia los lados, según se le mire por el lado griego, por el alemán o por el flamenco. Habla exactamente con la misma pasión con la que su gata maúlla, sin dejar hablar a los demás y saltando de un tema a otro sin transición, con la misma ligereza y liviandad de una escafandra acuática. Siempre se las arregla para desviar la conversación más trivial hacia los derroteros de la botánica, la música clásica y los dioses mitológicos, sus temas preferidos.

Hace un par de años, en uno de sus viajes a Etiopía, Hölger se trajo un bonito juego de tazas de jebena, unas piedras preciosas del lago Chamo y un altísimo mursi, bello y esbelto como un baobab, escoltado por sus dos gatos. Ni los gatos ni el mursi tenían nombre por aquel entonces (en Etiopía no existe tal costumbre) y tuvo que pasar mucho tiempo hasta que la sabiduría popular de este nuestro vecindario les diese un nombre a los tres. Así fue como los gatos pasaron de ser anónimos a llevar una identidad digna del color de su pelaje y la misma lógica siguió el mursi a quien bautizamos con el nombre de Mohamed.

Mohamed desconoce el arte del lenguaje oral y la palabra escrita pero maneja con graciocísima maestría el indómito arte  de la sonrisa precivilizada. Ignorante del pudor, el derecho consuetudinario y la moral pública, en los días de calor se pasea envuelto en una toalla blanca a juego con sus dientes que cubre su escultural figura de la cintura a las rodillas. Sus gatos le acompañan a todas partes y se pasean los tres en fila india por la avenida principal de nuestro barrio. La Pelirroja va siempre delante maullando sin parar, con su rabo bien estirado como la cola de un concorde supersónico a punto de despegar. Parece anunciar el pregón real y contornea su cuerpo en permanente estado de lujuria. Detrás va Mohamed envuelto en su toalla, saludando con su blanca y horizontal dentadura al jardinero, al cartero y a todos los vecinos como un orgulloso califa de los reinos de taifas, moviendo la mano de derecha a izquierda en un gesto ciertamente protocolario. Varios metros por detrás el Negro cierra la comitiva, encogido y receloso como una bruja camuflada.

***
Hölger y Mohamed se han ido de vacaciones hace dos semanas dejando los gatos a nuestro cuidado y ahora resulta que todas las mañanas y todas las noches la Pelirroja y el Negro se presentan con sus reclamaciones y exigencias diarias.

La Pelirroja lidera todas las acciones del vecindario y preside cualquier iniciativa de la vida gatuna del barrio. Conoce bien nuestras costumbres y horarios y sabe cuándo  presentarse frente a nuestra puerta y reclamar sus derechos alimentarios. Ya no necesito poner el despertador por las mañanas pues con su aullido infernal penetra en mis sueños hasta convertirlos en nigrománticas pesadillas que culminan con un sobresalto seco a las seis de la mañana.

A esa hora me levanto somnoliento y le abro la puerta a la felina pareja.

La Pelirroja entra con la voz cantante y el rabo enhiesto, dejando atrás al Negro que se queda agazapado tras las hortensias del jardín de la entrada, observándome desde su ojo izquierdo que es el único ojo que suele llevar abierto. Este ojo es como el ojo de una cerradura y desprende un extraño magnetismo. Al otro lado he visto extrañas siluetas moverse como mariposas estriadas o fuegos fatuos bañados por lo rayos amarillos de las amarillas pupilas del negrísimo gato. Alguna vez me he acercado como dejándome arrastrar por una fuerza magnética y he sentido todo mi ser sumirse en un estado parecido al de la muerte. He dejado entonces de utilizar los sentidos y he empezado a percibir con una perspicacia singularmente sutil y a través de un canal misterioso, objetos y formas fuera del alcance de los órganos físicos.
He de señalar que según mis convicciones personales, los órganos físicos no son más que mecanismos primarios a través de los cuales nos relacionamos de forma sensible con ciertas categorías de la materia y que forman parte de nuestra naturaleza científica y rudimentaria.

Ayer mismo entré por el ojo de la cerradura felina envuelto en mi albornoz, somnoliento, despeinado y aletargado, y me he arrodillé ante el jardín de las azules hortensias. He de señalar que las observaciones que he llevado a cabo pasando al otro lado del ojo son muy difíciles de transcribir desde éste, pues allí  todo ocurre simultáneamente. La causa y el efecto, el razonamiento y la conclusión, la pregunta y la respuesta, son todo uno.
No obstante, intentaré transcribir los descubrimientos metafísicos adquiridos en el día de ayer en el universo magnético del ojo del Negro.

Como decía, al arrodillarme ante el seto de las hortensias y acercarme a la pupila amarilla de la bestia, me sentí como transportado por una enorme carga magnética hasta que la cerradura se abrió y al otro lado de la puerta me recibió una mujer tan amarilla como la órbita ocular del gato.

– Mi nombre es Lieve Van Hoof, dijo. Formo parte de la rama flamenca de su vecino Hölger, el dueño de este gato. En otros tiempos fui su madre
– ¿La madre de Hölger o la madre del gato?, pregunté.
– Eso no tiene importancia. En este lado todos formamos parte de la misma entidad, afirmó con cierta altanería al tiempo que me ofrecía un racimo de uvas.
– Pero usted ha dicho que se llama Lieve Van Hoof. En ese caso usted es una identidad individuada, respondí rechazando su oferta con la mano.
– Perdone, pero ¿acaso está usted afirmando que yo soy material?
– No exactamente, como usted sabe existen gradaciones en la materia desde las más espesas hasta las más sutiles – respondí, sorprendido de mi propia locuacidad-, desde el mineral hasta la atmósfera. En el paroxismo de la sutilidad hallamos la inmaterialidad de la materia que no por ser inmaterial deja de ser materia. En realidad, es la materia suprema.
– ¿Habla usted de Dios?
– Dios no es más que una palabra

Como si esta respuesta fuese inoportuna, la puerta se cerró de golpe y sentí un derrape vertiginoso seguido de un vacío magnético y un arañazo en mi ojo derecho. Vi al Negro corriendo tras la Pelirroja que en ese momento salía de nuestra casa con su correspondiente ración de sardinas entre  sus fauces y yo me quedé agazapado y aturdido entre las hortensias del jardín.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que mi amada esposa acudió en mi ayuda, pero si recuerdo las bromas crueles de niños sin alma al verme medio desnudo bajo mi albornoz maullando a cuatro patas como una bestia maléfica. Inga Fedorotova, tal es el nombre de mi mujer, me puso un esparadrapo en el ojo herido y esa noche me cocinó un buen plato de sardinas.

***

La Pelirroja y el Negro han vuelto esta mañana.

Los cánticos infernales, impúdicos y mefistofélicos de este ser endiablado, me han despertado una vez más. Oh! aullido inhumano!
La Pelirroja se ha introducido en mi casa en busca de su ración de sardinas y ha aprovechado para recostarse un poco en nuestro canapé, mientras nuestros propios animales (dos gatos, mi querido perro Polifemo, mis  tres diamantes de Gould y una parejita de amorosas gallinas) huyen atemorizados escaleras abajo o se ocultan en sus respectivos escondites.

No he querido acercarme de nuevo al Negro, así que he lanzado un par de sardinas desde el balcón hacia el seto de las hortensias. He esperado una reacción,  pero nada ha ocurrido. El cielo estaba todavía medioalunado y una ligera brisa matutina ha estremecido los pétalos y las hojas del seto. Eso ha sido todo.
Estaba a punto de retirarme al interior de la casa, cuando una pavorosa sombra negruzca ha saltado súbitamente sobre la barandilla de mi balcón. No me ha dado tiempo a reaccionar pues los efectos fulminantes de su magnetismo ocular han operado  sin demora sobre mi campo energético, sumiéndome de nuevo en un estado sonámbulo.

–  Goedemorgen, ha saludado la señora Van Hoofe, con una voz de sonoridad cobriza.
– Goedemorgen, he respondido muy educadamente (he olvidado señalar que nuestras conversaciones se desarrollan en lengua flamenca, alemana y en griego antiguo, como las tres ramas genealógicas de mi vecino Hölger).
– Llevo mucho tiempo aquí, sin moverme, sabiendo cuán inútil es caminar y caminar cuando siempre se está en el centro de lo contemplado, ha dicho. Luego ha elevado levemente el mentón y toda su figura amarilla ha adquirido un aire de monumento noble, de emblema totémico.
– ¿Es usted el antepasado mítico del hombre?, me he atrevido a preguntar
– Yo soy la perfección de la materia
– Entonces, ¿es usted Dios?
– Debe estar bromeando. Ayer mismo afirmó usted que Dios no es más que una palabra. Usted es un hombre escéptico. Un ateo.
– Soy un ateo, en efecto, pero un ateo profundamente religioso
– Entonces, ¿usted cree en Dios?
– Esa pregunta carece de sentido puesto que la creencia es un acto puramente racional, una acción del pensamiento especulativo y antropomórfico.
–  Y ¿cuál cree usted que sería la pregunta correcta?
– La pregunta correcta sería ¿siente usted a Dios? y en caso de recibir una respuesta afirmativa deberíamos preguntar ¿qué es Dios para usted?
– 
Y bien. ¿Siente usted a Dios?
– Digamos que en mi estado sensorial rudimentario soy un hombre que jamás ha creído intelectualmente- como usted sabe, el intelecto es una barrera al conocimiento- y sentir lo que es sentir, siempre he sentido a medias. Sí, en mi estado sensorial siento a Dios a medias, pero en el estado magnético actual estas dualidades pierden todo su sentido.
– La realidad está más allá de la existencia y de la no existencia, ha dicho Lieve Van Hoofe atusando sus azafranados cabellos  con aire de profunda indiferencia.
– Exacto, he respondido.
– Entonces ¿Qué es para usted Dios?
– La unidad psicofísica del universo, he respondido. La materia indivisible que penetra los seres y los pone en movimiento en sus estados sensoriales rudimentarios. Es la materia suprema. Es todos los seres en uno, y al mismo tiempo es ella misma. Asimismo, todo aquello que los hombres tratan de personificar en la palabra pensamiento, no es otra cosa que la materia en movimiento. En este sentido hay dos dioses. El rudimentario o dogmático en el nivel del pensamiento que no es más que una palabra y el supremo, es decir, la materia sin constitución atómica
– ¿La materia sin constitución atómica?. Quiere usted decir ¿el espíritu?
– Exacto. Es por ello que el hombre despojado de su naturaleza corpórea y sus vestiduras atómicas, es Dios.

Una vez más, como si mi reflexión no fuese oportuna, he sido expulsado del universo magnético del ojo felino y he sido víctima de un nuevo arañazo.

Esta actitud recelosa y desagradecida me resulta ciertamente molesta y absolutamente impropia de un gato domesticado y educado en uno de los mejores barrios de una ciudad europea, así que he decidido cerrarle la puerta en el hocico y privarle de su ración de comida.
Soy un hombre de gran temperamento y una vez que tomo una decisión es imposible convencerme de lo contrario. Ni las súplicas de Inga Fedorotova, ni los irritantes aullidos infernales y lascivos de la Pelirroja, ni los rostros aturdidos de nuestros animalitos domésticos han conseguido desviarme un milímetro de mi implacable decisión.

***

Desafortunadamente no he podido cumplir mis mortíferos planes.

Ahora son las diez de la noche y acaban de llamar a la puerta. Hölger y Mohamed han vuelto de sus vacaciones antes de tiempo y han pasado por nuestra casa a darnos las gracias por la delicada atención que hemos procurado a sus mascotas. Nos han traído algunos regalos de su viaje. Un enorme saco lleno de café etíope, unas tazas de jebena y una estatua del dios Mumba.

La estatua es una preciosidad en cobre negro oxidado y representa la figura del dios Mumba dentro del cuerpo de un gato. La he puesto sobre la chimenea mientras saboreaba el delicioso café etíope. El fuego del hogar quemaba los leños, convirtiéndolos en brasas y transformando el amarillo en azul y el azul en amarillo. La hoguera ha iluminado el rostro del dios y como si le molestase el calor ha entrecerrado el ojo derecho mientras el izquierdo adquiría tonalidades de un intenso ámbar y unas siluetas han empezado a moverse alrededor de la pupila como mariposas estriadas.

– ¿Qué hace el Negro sobre la repisa de la chimenea? Ha preguntado mi dulce esposa volviendo de la cocina. La cafetera ha resbalado de sus manos e inmediatamente he caído arrodillado ante el altar de la chimenea, dejándome morir dócilmente ante las negras patas del negrísimo gato.

– ¿Y qué es para usted Dios?, ha preguntado, al otro lado del ojo del demonio, el mismo Dios en persona.

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

La intimidad del agua

Hoy he vuelto a ver a mi hijo.

Me lo he encontrado, como la primera vez, flotando en el centro de una laguna con forma de luna en cuarto creciente o de cuerno o de cuna celestial suspendida en un cosmos de cuerpos lúteos y agujeros negros.

La primera vez que lo vi era un pequeño lagarto de cuatro patas y una tupida borla sobresalía de su parte trasera como la diminuta cola de un gazapo. Esto era así cuando no se movía, ya que al desplazarse adquiría la forma de un extraño y pequeño pajarraco con dos gibas irregulares de dromedario arábigo.

Hoy, dos meses después de nuestro primer encuentro, lo he vuelto a ver flotando en el centro de esa gran laguna nocturna y flotante.

Allá, más arriba de la intimidad del agua, las estrellas dibujan los vértices de las constelaciones que presagian su psiqué y abajo, en la tierra de lo infinito, dentro de la circunferencia que rodea la laguna, se desplazan unas manchas como nubes y mi hijo en el centro de su cuna es nube también. Nada queda ya del lagarto del primer mes. La borla trasera se ha transformado en una cabezota sin contornos, anubarrada y antropomorfa con los orificios nasales formando aberturas oblicuas y la mandíbula superior insinúa separaciones óseas como las teclas blancas y negras de un órgano musical accidentalmente arqueado. Bajo la mandíbula, el agua negra de la laguna separa su cabeza nebulosa de un cuerpo todavía más nebuloso. Un abdomen elevado de algodón y cuatro patas blancas y muy redondas, como la borla inicial del gazapo, ha sido todo cuanto he podido ver.

Su anatomía parecía mostrar todo tipo de adaptaciones a los jardines umbríos, a las profundidades oceánicas y a la vida nocturna en los desiertos, pero antes de que pudiese analizar con calma todos los pormenores de su extraña configuración, el espéculo del ginecólogo penetró con su lucecita blanca en los dominios acuáticos de la negra laguna donde flota la criatura.
Fue entonces como si una farola se hubiese alumbrado en la habitación de los muertos y mi hijo ha demostrado que es indudablemente hijo mío, pues con los agujeros negros que son todavía sus nebulosos ojos ha fruncido magistralmente un ceño que todavía no tiene, en un gesto indiscutible de fastidio y rebeldía que inmediatamente he reconocido como mío y, sin ningún preámbulo, se ha dado bruscamente media vuelta y nos ha dado la espalda. Se ve que no le gusta que enciendan la luz cuando descansa ni que interrumpan sus sueños eternamente nocturnos.  

Ni siquiera las numerosas palmaditas y sacudidas en mi vientre han sido suficientes para convencer al pequeño nubarrón de darse la vuelta. He de decir que por primera vez he sentido orgullo de madre pues ninguna autoridad médica ni de ningún tipo, ha conseguido desviarle ni un milímetro de sus perezosos objetivos vitales.

Así que me he quedado ahí, en la puerta de su habitación galáctica, observándole dormir de espaldas en su vía láctea, tan lejano todavía, fundido con el cosmos en un estado de conciencia mágico.

Si un día me pregunta de dónde vienen los niños pues le diré la verdad. Le diré que vienen de un tiempo en el que el alma no se ha separado del cielo y el verde y el azul todavía no se han distinguido. Le explicaré que en ese tiempo, todos vivimos sin soñar porque somos el sueño mismo y luego le enseñaré las fotos de su primera mutación en la intimidad del agua. Le diré que antes de ser humano fue nube y antes de nube lagarto y antes de lagarto probablemente era un dios y que como todos los dioses, viene del origen; del άρχη, al que un día deberá volver.

***

En este monólogo interior me hallaba, cuando el espéculo apagó sus luces y la noche extendió como un negro manto su convicción de silencio y una nube flotando en el cuerno de una laguna se impuso en mi vida con la solemnidad de una etérea presencia cargada de astros.

***

La primera pintura es mía, la segunda de Leon Spilliart

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

El espíritu de las lenguas

cristina godefroidLa lengua francesa siempre me ha parecido perfectamente diseñada para expresar mi ser en un sentido absoluto y la lengua española mi estar en un determinado momento.

Con respecto al francés, es como si sus vocablos se acordasen a mi yo interior como las notas de música a un piano bien afinado. También me parece una lengua mucho más atrevida y audaz que la española. No en el sentido de ser clara, abierta y directa, pues en ese sentido el español va desnudo, es brutal y tiene un encanto único, sino en el sentido de expresar sin miedo el mundo interior de las palabras.
El español expresa su mundo interior a través del alarido, el lamento, la cólera o a partir de esa furia flamenca que roza la locura.
A mí siempre me ha parecido que la lengua española enseña su corazón en el arrebato. No es de extrañar que sea la lengua del cante jondo pero también la que contiene más palabrotas cuya ruda sonoridad es fundamental para canalizar su ímpetu y subrayar su vehemencia. En la poesía y la literatura ese impulso de toro bravío está presente desde el medievo hasta nuestros días, y aunque en poesía se habla siempre desde el sosiego, esa cosa agreste y sanguínea es inevitable y consustancial a su idiosincrasia histórica. 

Sin embargo, a pesar de su desnudez, la lengua española se esconde. Tengo la misma impresión con el pueblo español. Tan desnudo como vestido. Tan abierto como impenetrable. Valiente conquistador, sí, pero bajo una armadura bien encorsetada. Supongo que esto es porque cuando el español no se expresa a través del arrebato, adquiere un aire extremadamente formal y rígido, como si pasase de la emoción a la razón sin  término medio. Yo creo que soy española a medias porque la lengua de mi país natal me sirve sólo para expresarme a través de mis arrebatos, ya sean estos reales o creativos, verdaderos o imaginarios. Una vez el arrebato ha pasado todo mi ser se vuelve francés.

Y es que la lengua francesa, a pesar de todos sus arabescos y acicalamientos, enseña su corazón con toda la naturalidad del mundo y en este sentido es la lengua de mi cotidianidad. El francés carece de escondite y va por la vida como si nada, caminando por sus laberintos misteriosos de eufemismos, vericuetos y perífrasis, tan apasionada como tranquila, tan ardiente como apacible. Es una lengua que en cuanto abre la boca parece como si la cerrase, pero no nos engañemos, esto es sólo en apariencia, pura coquetería y nada más. Sus rodeos no son más que los jueguecitos sutiles de un corazón apasionado y permeable.  

***

Yo pienso que la  forma de expresar la realidad determina la identidad de un pueblo y conforma asimismo la evolución de su  Historia.

Por ejemplo, la lengua española habla de la mente para designar el pensamiento, el intelecto, el cerebro, la razón o la inteligencia y dice espíritu para designar el alma. Para el español la mente y el espíritu son opuestos. El francés habla de l’esprit (el espíritu) para designar la inteligencia, el pensamiento, el alma y el entendimiento, pero no la mente ni el cerebro ni la razón. La razón, la mente y el cerebro forman parte de la mentalité o le mental, pero no del espíritu. La inteligencia tiene que ver con el espíritu (alma) y la oposición mente-espíritu no tiene nada que ver para un francés que para un español. La espiritualidad tiene para el español una connotación más religiosa que para el francés.
Para la lengua francesa lo mental es calculador y tiende a separarnos de la realidad. L’esprit, sin embargo, es la verdadera inteligencia. El espíritu de las leyes de Montesquieu no significa el alma de las leyes como podemos entender en español, sino su verdadera inteligencia.
Si yo en español digo que la espiritualidad es importante en una sociedad se va a entender que hablo de algo como la religión. Si digo lo mismo en francés, estoy hablando del entendimiento, del alma y del pensamiento. Los franceses dicen a menudo “il faut sortir du mental”o para acusar a alguien de un comportamiento fastidioso “tu es toujours dans ton mental”.

Me llevó bastante tiempo entender esto al principio, pues para mí lo mental era lo inteligente porque estaba relacionado con el cerebro y por lo tanto con la razón.

  • Y ¿por qué tengo que salir yo de mon mental? – pregunté en cierta ocasión a un amigo francés que me acusaba de algo incomprensible.
  • Parce que ce n’est pas intelligent.
  • ( !!) ??

A partir de ahí experimenté un bouleversement. No la busquéis, ninguna de las palabras que la traducen en los diccionarios es la correcta. Esto es lo fascinante de las lenguas: el poder de abrir nuevas ventanas con sus correspondientes horizontes y por extensión, con sus nuevos sentimientos. Ninguna palabra en español puede describir con precisión este sentimiento, ese sentirse bouleversé. Sólo un francófono puede entenderlo, de la misma manera que sólo un inglés puede entender la enfermedad de no estar en su casa homesick y que también sienten de una manera similar los portugueses con sus saúdades o los gallegos con su morriña. Tan sólo un español puede entender qué significa ser presumido que es una palabra a medio camino entre coqueto y pretencioso que ninguna otra lengua contempla o la chulería, pues a decir verdad no hay chulos propiamente dichos que no sean españoles. Y únicamente un alemán siente la compasión,  mit-gefühl, como un co-sentimiento desprovisto de la connotación de indulgencia que contemplan las otras lenguas. Los japoneses, por su parte, saben bien que somos tan múltiples como contradictorios y el lenguaje se adapta más o menos a esta realidad. El japonés no utiliza el mismo yo cuando hablan del yo niño que cuando hablan del yo adulto; y en función de la manera en la que enfocan un problema o abordan un tema utilizan diferentes formas de decir yo. No es el mismo un yo que se dirige de manera humilde a un público, sessha, que un yo arrogante, entonces ya no soy sessha, sino ore-sama y así hasta sesenta yos diferentes.

Las sutilezas de una lengua sólo pueden entenderse hablándolas y pensándolas, porque cada una de esas palabras tiene un alma que le es propia y es inseparable del territorio que la vio nacer y del corazón de sus hablantes. Los diccionarios no pueden traducir el espíritu de una palabra, sólo su parte mental.
El  lenguaje español parece naturalmente impedir ciertas palabras por parecer cursis o reservarlas únicamente a círculos burgueses, científicos o académicos. Traducidos al español, ciertos escritos pierden todo su encanto y se convierten en textos cursis, lunáticos y absurdos. El vulgarismo francés baiser deberíamos traducirlo literalmente como besar, pero en francés quiere decir también follar, sólo que la sonoridad en la forma vulgar es tan sofisticada como en la forma culta (baiser quiere decir al mismo tiempo besar y follar, pero si utilizamos la palabra follar en la traducción perdemos el alma del texto). A veces hay que manipular mucho un texto para que se pueda apreciar en nuestra lengua. Lo mismo ocurre con el realismo mágico de García Márquez que traducido al francés o a cualquier otra lengua se desmagifica casi por completo y pierde sus raíces. Una película doblada de Almodóvar es para echarse a llorar y yo no puedo evitar leer a los rusos sin sentir que no los estoy leyendo realmente.

Estudiando literatura y siendo lectora de cinco lenguas puedo apreciar también la diferencia entre las distintas críticas literarias, especialmente entre la francesa y la española, mis dos lenguas principales. Un crítico español no puede evitar analizar una obra desde la forma y la estructura. ¡Oh intelecto español! ¡Siempre  en tu armadura!  Y el crítico francés no puede evitar abordar, desde todos los ángulos posibles, el carácter psicológico de la obra. Los libros de crítica francesa me parecen tratados de psicología literaria. Cómo no va a ser así  ¡si para ellos el pensamiento es el espíritu!

Las academias de la lengua

Creo que los académicos de nuestras respectivas instituciones protectoras de la lengua reflejan en cierto sentido el espíritu de cada una.

los inmortales

Los académicos franceses, Les immortels,  conservan desde la creación de la Acadèmie esa galantería, libertad, fantasía y refinamiento tan propios del pueblo francés. Su lema “À l’inmortalité”, heredado del sello de la moneda que el cardenal Richelieu, fundador de la Acadèmie donó a la misma en 1635, es también un reflejo del abolengo de la lengua francesa.

académicos alemanes

Los académicos alemanes son de una sencillez y sobriedad únicas.

Cualquier joven con una trayectoria literaria y un interés demostrado por la defensa de su lengua puede ocupar un puesto en la Gesellschaft für deutsche Sprache, la academia de la lengua alemana creada en 1947.

Los británicos, siempre a contracorriente, carecen de academia y aunque ha habido algún intento de crear una, siempre ha prevalecido el criterio democrático, es decir, aquel por el cual se defiende que la lengua pertenece al pueblo y que no puede otorgarse a ninguna institución el poder de su regulación. En su caso es comprensible pues, en mi humilde opinión, siendo el inglés la lengua depredadora por excelencia, no hay ninguna necesidad de protegerla.

Los académicos españoles encarnan un espíritu extremadamente formal propio de una tradición histórica muy protocolaria desde los Reyes Católicos a la actualidad, así como la oficialidad propia de las artes en España, a menudo encabezadas por la figura de un rey.

RAE

A mí me parecen conquistadores bajo armaduras encorsetadas o funcionarios del registro de la propiedad con un corazón sin duda apasionado al otro lado de sus uniformes y cuyo furor se materializa únicamente en sus respectivos arrebatos literarios, pasando de la libertad emocional a la rigidez de la razón sin intermedio ni remedio (la oposición mente-espíritu de la lengua tal vez tenga algo que ver). Su lema  “limpia, fija y da esplendor” corresponde perfectamente a la escrupulosidad del espíritu de esta academia.

***

Yo he adoptado la lengua francesa (o ella me ha adoptado a mí) como una verdadera patria, porque su manera de ser, se parece mucho a lo más profundo de mí misma. Cierto es que le tengo tanto respeto y admiración que todavía no me he atrevido a instalarme como ciudadana de pleno derecho en su escritura. Temo dañar su sensibilidad con mi franqueza hispánica o perturbar sus floridos campos semánticos con mis hierbas silvestres y mis berzas. Temo no saber acordarme a mí misma y acabar desafinándome.

En mi patria cervantina, como decía mi admirado Goytisolo, todo me está permitido y puedo entrar sin llamar a la puerta, desvestirme sin preámbulos ni temores y enseñar todo lo que llevo dentro como una apasionada cantaora entrando en escena con el pecho bien henchido. Me parece además la más expresionista de todas las lenguas, ideal para hablar desde la locura y la enajenación del espíritu. También desde la ironía, la malicia, el sarcasmo y el esperpento, es decir, desde el ánimo o desde el estar.

***

De todas maneras, tal vez un día consiga sentarme seriamente frente a mi otra patria en cuyo centro hay, desde hace ya mucho tiempo, una insinuante celesta esperándome para hacer sonar mi partitura interior con sus líquidos arpegios y el oleaje de sus arpas prosódicas y los acordes de sus más dulces, serenas y profundas melodías.

 

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

El sistema escolar o la preservación del cosmos.

escolarizar el mundo“Es en nuestra naturaleza salvaje donde se halla la preservación del mundo”, decía el hoy olvidado filósofo y naturista Henry David Thoreau en su obra Walking.
Por su parte, ya en nuestros días, el pensador americano Jack Turner, en su magnífica colección de ensayos The abstract wild (en español: la naturaleza salvaje abstracta) se preguntaba cuántos de nosotros  podemos comprender realmente el sentido de la afirmación de Thoreau.

Turner señala que se suele interpretar la cita de Thoreau erróneamente, entendiendo que los defensores del estado salvaje proponemos como solución la vuelta a la edad de piedra. Pero Thoreau no ha escrito que la vuelta a la edad de piedra sea la solución sino que “la naturaleza salvaje protege el mundo”.

¿Qué quiere decir entonces con esto? Primero, hemos de saber que la palabra inglesa “wild” (salvaje) procede del sustantivo “will” que se traduce por “voluntad”. Por ejemplo,“self-willed” quiere decir  “dotado de voluntad propia” y en consecuencia podemos decir que el salvaje es el hombre dotado de voluntad; el hombre que vive según su propia naturaleza interna y no dejándose llevar por fuerzas externas ajenas a él mismo.

Por otro lado y al igual que  Turner, yo me pregunto qué quiere decir Thoreau exactamente cuando habla de “mundo”.
Pues bien, al final de su libro Walking, escribe que los griegos llamaban al mundo Kosmos – κόσμος- es decir “orden”, por lo que debemos entender la cita de Thoreau como la relación natural que se produce entre el hombre libre, dotado de voluntad propia (autodeterminación) y el orden armonioso del cosmos; del mundo.

“Es en nuestra naturaleza salvaje donde se halla la preservación del mundo”. Thoreau afirma pues, que la autoderminación del ser humano protege (preserva) el orden del mundo.

La escuela pública

escuela prusia

Es a principios del siglo XIX, en la época del despotismo ilustrado, que aparecen por primera vez en Prusia las primeras escuelas públicas y gratuitas.

A falta de soldados para la guerra, el rey Federico I impulsó la creación de centros de enseñanza inspirados en valores militares: sistema de premios y castigos, organización de los alumnos en filas, respeto a la jerarquía, horarios estrictos, sonido de la campana para marcar el ritmo del tiempo y del trabajo, etc.
La idea era en esta época fabricar un ejército de soldados obedientes, sumisos a la autoridad y con un sentido estricto del trabajo y la disciplina, aptos para la guerra.

desescolarizaciónAños más tarde los franceses, bajo el imperio de Napoleón, mejorarían el modelo prusiano convirtiéndolo en lo que hoy conocemos como escolaridad. En la época de la revolución industrial este modelo se adaptaría a las nuevas necesidades de los estados y en pleno siglo XX ya no sería necesario formar soldados para la guerra sino un nuevo ejército de soldados capacitados para el nuevo mercado laboral y orientados directamente hacia la “especialización” que convertiría a cada ser humano en un experto en su compartimento específico y en un ignorante universal. Una inversión en el futuro económico y el desarrollo industrial de las naciones.
“Nuestras escuelas son fábricas donde las materias primas –los niños- se transforman en productos manufacturados y las características de fabricación responden a las exigencias de la civilización del siglo XX”, afirma Thoreau.

Entre los arquitectos de la educación moderna se encuentra William Torrey Harris, diputado de Educación en los Estados Unidos entre 1889 y 1906, para quien “el niño”, “el salvaje” y “la naturaleza” son conceptos equivalentes.

  • “La naturaleza es en sí misma la antítesis de la naturaleza del hombre civilizado. Superado el estado salvaje -totalmente vicioso- añade, el hombre se eleva materializando sus ideas en instituciones y hallando así en esos mundos ideales su verdadero hogar y su verdadera naturaleza”.

Para este ideólogo de la escuela moderna la administración era la verdadera cuna del hombre civilizado.
El objetivo de la escuela es pues el de educar a los niños lejos del estado de naturaleza y conducirlos a ocupar sus puestos en el gran proyecto humano civilizatorio en el que las naciones y los pueblos del mundo serán clasificados, como en la escuela misma, según el grado alcanzado por cada uno en este ideal de humanidad (desarrollados o subdesarrollados).

Las culturas que no veían las cosas de esta manera o no alcanzaban el ideal publicitado de consumo, se verían confrontadas a la siguiente elección: “adoptar nuestra cultura y volverse intelectualmente productivos o desaparecer”, vaticinaba William Torrey Harris.

La mayor parte han ya desaparecido

Los años de confinamiento

desescolarización
“Escuela industrial indígena de Carlisle », abierta en 1879. Una verdadera fábrica de etnocidio.

Todos nosotros hemos crecido con la escuela como un componente natural de nuestras vidas, sintiendo el colegio como un elemento esencial de la infancia humana y no como un experimento extremadamente reciente de ingeniería social a gran escala.

Estos objetivos originarios de la escuela se han insertado magistral y naturalmente en la estructura de la enseñanza moderna – con todos sus sistemas subyacentes de control, confinamiento, estandarización y evaluación a través de premios y castigos – sin que ya nadie se pregunte ni acerca de sus orígenes ni de la conveniencia ética o moral de tales prácticas.

Cuando se enfrenta a su primer día de colegio lo normal es que el niño se deshaga en llanto. Es entonces cuando la maestra hace su trabajo y nos dice que no nos preocupemos, que en cuanto nos hayamos ido nuestro hijo se irá sintiendo mejor y acabará por adaptarse. Es una cuestión de días. Y así es. El niño acaba por adaptarse a un entorno de paredes verdosas o anaranjadas, lámparas halógenas, inhóspitos pasillos y ventanas que lo separan del mundo exterior, es decir, el mismo entorno al que deberá enfrentarse el día de mañana en el mercado laboral.
Algunos niños se adaptan rápido. Otros, no llegan a adaptarse del todo y pasan su infancia mirando a través la ventana, ignorando las lecciones del maestro y soñando con otros mundos posibles.

Los años de confinamiento llegan a su fin y el niño se convierte en adulto. Las paredes verdosas o anaranjadas, las lámparas halógenas, los sonidos de la campanilla y los inhóspitos pasillos se han convertido en su mundo y una gran parte de  su tiempo de vida ha transcurrido encerrado en una “j-aula”.
Estos niños no conocen los nombres de los árboles al otro lado de la ventana y no saben nombrar los diferentes pájaros que se posan en sus ramas. Tampoco conocen los movimientos de la luna ni de las mareas, no saben orientarse siguiendo los movimientos del sol, no saben trabajar el campo y no se han confrontado a la realidad de la muerte. Nunca han visto un parto y no saben curar heridos. « No saben que ellos existen en el seno del universo, en un planeta donde a lo largo de su vida deberá aprender a cuidar sus recursos, ya que él depende del aire, del agua y del resto de seres vivos y que al mínimo error, a la mínima violencia, podría poner todo en peligro” decía Marguerite Yourcenar, otra gran crítica de la educación moderna.

misioneros etnocidioUn niño libre, en contacto con su mundo exterior y en permanente diálogo con su entorno, aprenderá todas estas cosas naturalmente. Un niño escolarizado, sin embargo, olvidará la mayor parte de las enseñanzas del programa administrativo de turno porque se las imponen coercitivamente, evaluando constantemente si sabe lo suficiente como para estar entre los mejores o debe conformarse con ser un mediocre o un fracasado. Construimos y destruimos de esta manera la autoestima de los seres humanos de acuerdo a un sistema absurdo de puntaciones del uno al diez y el resultado de todo esto es que uno de cada cuatro niños acaba la escuela sin saber que la tierra gira alrededor del sol.

Un niño que sabe dónde encontrar castañas, bayas silvestres o setas comestibles no olvidará jamás esta información. Una persona “no educada” del altiplano de Papúa Nueva Guinea puede reconocer 70 especies diferentes de pájaros en función de sus cantos. Un chamán iletrado de la Amazonia puede identificar cientos de hierbas medicinales. Un aborigen de Australia guarda en su memoria el mapa de un territorio de 1600 kilómetros, codificado en cantos. Tenemos todos los seres humanos la capacidad natural de asimilar una enorme cantidad de información sobre el mundo que nos ha visto nacer y de transmitirla a las generaciones siguientes.

Pero para conocer el mundo, tenemos que vivir en él.

Tras siete generaciones sometidas a esta experiencia planetaria de ingeniería civil llamada escuela, tenemos que preguntar hoy a alguno de los “especialistas” especializados en alguna de las muchas especializaciones que ofrece el mercado educativo qué es lo que está pasando. Numerosos estudios nos revelan así que la desconexión de la naturaleza aumenta las tasas de ansiedad, depresión y estrés, pero parece que todavía no queremos darnos cuenta hasta qué punto esta separación afecta a nuestro aprendizaje.

“Aprender” no debería ser concebido como una actividad particular, sino como el resultado natural de estar vivos en el mundo, afirma la psicóloga Suzanne Gakins.
Son de sumo interés en este sentido sus estudios sobre la “atención abierta”. Los niños escolarizados presentan problemas serios de atención y esto es porque se ven obligados a reducir su atención natural  en favor de la “concentración”, es decir, están obligados a abstraerse de lo que está ocurriendo a su alrededor y renunciar a sus capacidades naturales de observación. Estos niños viven en permanente estado de asfixia (levantarse a las ocho, reaccionar al sonido del timbre, cambios de temas, cambios de aulas, recreos, actividades, ejercicios…)  como si fuese lo más natural del mundo. Si el niño abandona el estado de concentración y deja su mirada vagabundear naturalmente a través de la ventana  se dirá que tiene problemas de atención y deberá acudir a clases de refuerzo. Suzanne Gakins y otros investigadores llaman a este tipo de atención (la atención natural sin concentración, esa mirada que vagabundea) “atención abierta” y se aproxima, según la psicóloga, al concepto budista de “plena conciencia”. Si algo se mueve en el campo de visión de un niño con atención abierta, podrá pasar horas y horas observándolo y asimilará su cultura y construirá su identidad a través de un proceso natural de ósmosis. Los niños forzados a permanecer en estado de concentración acaban por perder su capacidad natural de observación.

Evidentemente una vez que hemos pasado tanto tiempo de nuestra vida aislados y nuestra capacidad de atención abierta ha terminado por agotarse, cuando llegamos a la  edad adulta y nos vemos libres de la época de confinamiento escolar todo nos resulta confuso. Todo nos aburre, estamos desorientados y no tenemos claro el papel que nos corresponde desempeñar en el mundo. Ni siquiera nos han enseñado lo fundamental, esto es, que ocupamos un lugar en el cosmos y que somos responsables de su preservación. Estamos muy lejos del camino del autoconocimiento y la soberanía individual – objetivo clave en la realización personal de un ser humano- pues hemos sido educados para someternos a autoridades ajenas y vivir en un estado de ausencia de nosotros mismos.

Si limitamos demasiado la fuerza de voluntad de un niño se volverá rebelde y no cooperativo. En las culturas no industrializadas los adultos comprenden que el espíritu humano es salvaje en sí mismo (dotado de voluntad propia) y los niños crecen en toda libertad. Son libres de moverse, de preguntar cualquier cosa o responderla, libres de pensar en voz alta.

Para los primeros misioneros de América y África esto supuso una gran fuente de frustración, pues los esfuerzos por educar a niños indígenas se veían obstaculizados por padres que no aceptaban ni la más mínima agresión física sobre sus hijos. “Los salvajes – se quejaba el misionero jesuita Paul le Jeune en 1633- son incapaces de castigar a un niño, incapaces de ver a un ser humano castigado. Esto hace verdaderamente difícil el éxito de nuestra misión educativa entre los jóvenes”.

El aprendizaje debe fundarse sobre el principio ético de no-interferencia con el fin de garantizar el derecho de cada ser humano de llevar a cabo sus propias elecciones vitales siempre y cuando no interfieran en las elecciones de los otros y como explica Leanne Betasamosake Simpson, escritora de origen Anishinaabe, el aprendizaje – como toda relación humana- deber basarse sobre el principio ético de “consentimiento” en aras de garantizar el derecho de todo ser humano a no aceptar sobre sí mismo ni violencia ni coacción. Simpson añade: “Si los niños aprenden a normalizar la dominación y la ausencia de consentimiento en el ámbito de la educación escolar, cuando sean mayores no sabrán establecer límites sobre sí mismos y serán individuos fácilmente manipulables por aquellos que ostentan el poder”

Escolaridad alternativa o desescolarización

 Llegados a este punto, me gustaría hacer una pequeña aclaración personal y es que siempre me ha resultado interesante, desde mi propia experiencia, pero también observando la experiencia ajena, la relación que han tenido la mayor parte de artistas o científicos de nuestras sociedades occidentales con el colegio. Verdi no fue admitido en la Escuela Superior de Música de Milán. Picasso, Leonardo da Vinci o Debussy fueron malísimos estudiantes. Charles Darwin era, según sus maestros, “un chico que se encuentra por debajo de los estándares comunes de la inteligencia. Es una desgracia para su familia”. Stephen Hawking recuerda sus años de la universidad como un periodo de “aburrimiento y con la sensación de que no mereciera la pena esforzarse”. Y todos conocemos la famosa cita de Einsten “La educación es lo que queda después de que uno ha olvidado lo que aprendió en la escuela”.

Los ejemplos son innumerables. Niños distraídos cuyas miradas vagabundeaban a través de la ventana, acusados permanentemente de no escuchar, de estar en la luna. Estas personas creativas fueron niños salvajes que, a pesar de todo, consiguieron preservar su verdadera naturaleza por encima del yugo institucional domesticador y  cuando llegan  a ser personas adultas rescatan a ese niño que no pudo expresarse y lo liberan. Empiezan a ser verdaderamente niños a la edad adulta y es por ello que sus obras sorprenden por su grado de ingenio y libertad. Son hombres y mujeres salvajes. Son hombres y mujeres dotados de voluntad.

Otros, sin embargo, no tienen la misma suerte y llegados a la edad adulta, acaban por sentirse extraviados, incapaces de adaptarse al mundo de la competitividad y la esclavitud laboral que se les ofrece. Sin voluntad son fácilmente conducidos por fuerzas externas, arrojados a la corriente turbulenta de un mundo hostil donde el trabajo y el salario son las únicas razones de existir y el éxito se mide en cifras. Algunos caen en las drogas, el alcohol, el pesimismo y la frustración. Separados de la naturaleza que es lo mismo que separarse del yo interior, la vida es un lugar sin sentido y cargan así con un oculto sentimiento de culpa, ese mismo que les inculcaron en la escuela; la baja autoestima del que ha suspendido o se sabe “insuficiente”.

Y los demás pues se adaptan como los roedores a las jaulas. Muchos de los que ocupaban las primeras filas dirigen hoy bancos y multinacionales y ostentan el poder político y financiero. Nunca se han acercado ni por asomo a su naturaleza salvaje y han vivido en un estado de ausencia de sí mismos, defendiendo cosas que en el fondo- sin saberlo- les son completamente ajenas e identificando su persona con un puesto profesional, un estatus social o una ideología acorde a sus intereses.

***
Entre los numerosos críticos de la escuela moderna, se hallan dos pensadores que además de su trabajo intelectual han llevado a cabo sendos proyectos de educación alternativa: Krishnamurti y Rudolph Steiner.

Ambas escuelas exploran la relación del alumno con la naturaleza y abordan cuestiones psicológicas como el miedo, la autoridad, la competencia, el amor y la libertad. Son espacios de discusión y debate donde se presta mucha atención a la calidad del lenguaje que, como sabemos, es el sustento del pensamiento. Un lugar donde explorar las dudas existenciales más profundas en una atmósfera de libertad y responsabilidad.

Krishnamurti escuela alternativa

Las escuelas de Krishnamurti se orientan hacia la educación del espíritu y por ello se edifican en espacios de gran belleza natural. Son espacios de convivencia, austeros pero cómodos, salas espaciosas y atractivas bibliotecas y laboratorios bien equipados. Se promueven las relaciones de mutuo afecto y amistad entre alumnos y maestros, no se separa a los alumnos por edad ni por sexo, ni se organizan las clases en filas. Se ofrece además una dieta vegetariana sencilla y completa.

Por otra parte, las escuelas Waldrof han evolucionado mucho desde la muerte de su fundador Rodolph Steiner, y parece ser que en sus comienzos tenían un componente más místico y espiritual, aunque esto no lo he podido comprobar.

Abordar la obra de este interesantísimo pensador es abrir las puertas a un nuevo mundo donde el pensamiento científico y la imginación se entremezcln sin límites. Fue fundador de la antroposofía, la agricultura biodinámica, la medicina antroposófica y también de la euritmia, que es el arte del transmitir a través del movimiento corporal aquello que en el interior del ser humano transcurre por medio de la palabra y de la música y que se ejercita a través de ejercicios de tipo coreográfico que sirven para expresar los tres aspectos del alma: el pensamiento, el sentimiento y, de nuevo, la voluntad.

Steiner y su proyecto Waldrof

Steiner fue un gran seguidor del pensamiento místico de Goethe y sobre la base de este misticismo fundó su proyecto educativo. Hoy en día son los hijos de los más ricos que acuden a estos centros de enseñanza (hay 160 escuelas Waldrof en Estados Unidos). Entre sus especificidades destaca la prohibición de ordenadores y cualquier tipo de tecnología. Paradójicamente los hijos de los grandes directores de la Silicon Valley, Google, Apple, Yahoo o Hewlett-Packard, envían a sus hijos a estas escuelas. El propio Steve Jobs sabía muy bien que los ordenadores destruyen la creatividad (y que una cosa es crear un concepto y otra alienarse al mismo) y a sus hijos, estudiantes todos ellos de la Waldrof, les prohibía utilizar ipads y videojuegos.

Vemos así que mientras las escuelas tradicionales de todas las naciones compran tecnología a la industria privada recalentando el motor de la economía internacional, las escuelas de los que crean esa tecnología para la plebe, se educan libres de ella.

A parte de estas dos escuelas existen muchísimos otros proyectos de escolaridad alternativa, entre ellos la desescolarización.
Son numerosas las familias en el mundo que asumen la educación de sus hijos al margen del dogma institucional. Quienes optan por este camino suelen ser padres con un alto nivel cultural capaces de asumir la educación de sus hijos integrándola naturalmente en sus vidas sin necesidad de hacer sonar un timbre o una campanilla. Un ejemplo es la familia Zapp, un matrimonio argentino que recorre desde hace quince años el mundo en un viejo Graham-Paige del año 1928 con sus cuatro o cinco hijos. La escuela de estos niños es el mundo mismo, la geografía y los conocimientos lingüísticos los adquieren durante el viaje, la lectura, el dibujo, el canto, la biología, la naturaleza, los nombres de los animales y de las plantas. También reciben clases de matemáticas y física, a veces a través de sus propios padres y otras, de profesores particulares. Estos niños no sienten una línea divisoria entre el trabajo y el ocio, sino que ambos forman parte de ese todo que es la vida.

Y no son los únicos, la escuela en casa es una opción revolucionaria para aquellos capaces de asumirla verdaderamente a nivel formativo.

El pensamiento binario. Verdadero o falso

desescolarizaciónLa visión dualista, el pensamiento binario, está profundamente anclada en nuestro sistema educativo y, por extensión, en nuestras mentes y en nuestras sociedades.

Separamos y contraponemos y enseñamos a separar y a contraponer lo bueno de lo malo, el trabajo del ocio, los profesores de los estudiantes, lo rico de lo pobre, el éxito del fracaso, lo salvaje de lo civilizado y lo verdadero de lo falso. Limitamos de esta manera la percepción múltiple de la realidad que tenemos en nuestro estado salvaje a un pensamiento maquinal, maniqueo y binario.

La realidad es una proyección de nuestra conciencia. Si nuestro pensamiento es binario nuestra realidad también lo será y en este sentido viviremos limitados. No es de extrañar que el ser humano cree hoy robots – hechos a imagen y semejanza de sus propios creadores – con una inteligencia tan artificial como la que se promueve en gran parte desde la enseñanza.

Siempre me han llamado la atención y me han hecho sentir incómoda los ejercicios tipo test “verdadero – falso”. Lo que debería enseñarse al alumno es que nada es verdadero ni falso en sentido absoluto sino que todo es cambiable, modificable y cuestionable. Cualquier axioma puede ser desmontado en un futuro y en este sentido la verdad y la falsedad son conceptos impostores y engañosos que nos conducen a la certitud y al prejuicio, a ser incapaces de escuchar y cuestionar verdaderamente, juzgando por nosotros mismos, todo aquello que nos cuentan los teólogos de las ciencias y las verdades irrefutables.

***

Nos hemos subido al barco de este gigantesco proyecto distópico, hemos izado la bandera del progreso económico surcando, viento en popa a toda vela,  los mares de la usura y la ambición, poniendo a prueba al mismo Cosmos y tratándolo como si fuese una pequeña choza susceptible de algunas chapuzas y reparaciones, acomodándolo a nuestro gusto y conveniencia.

Pero los ingenieros sociales del progreso saben muy bien que, más allá de cualquier plan domesticador, cada ser humano que nace nace en estado salvaje. Todo ser humano nace dotado de voluntad y por lo tanto nace humano. Ningún robot podrá jamás tener tal privilegio y esto es lo que nos diferencia principalmente de ellos; nuestra naturaleza salvaje.

 goran-djurovic-cubiclesLos planes domesticadores funcionan, como funciona la monocultura, las instalaciones petrolíferas que succionan la sangre de la Tierra, la producción y el consumo a gran escala  y la  cultura de masas. Esta educación orientada a un mercado especializado convierte a nuestros hijos en engranajes de una maquinaria de producción a gran escala que destruye nuestras vidas y nuestro planeta a un ritmo que escapa a nuestro control.

Los profesores más rebeldes intentan paliar estos efectos deplorables y transmitir otro tipo de enseñanza. Cierto que algunos incluso consiguen abrir una pequeña ventana a otro mundo. En mi caso particular, durante los trece años de confinamiento estéril por los que tuve que pasar antes de entrar en la universidad y seguir siendo, durante algún tiempo, un no ser, es decir, una entidad desprovista de soberanía e individualidad,  sólo hubo , digo, en esos trece años un profesor capaz de enseñarme algo importante. Tuvo que ser por supuesto un profesor de filosofía del antiguo curso de orientación universitaria (COU) que instaló en el instituto una enseñanza a contracorriente. Se llamaba Niti y tenía a todo el profesorado de los nervios pues se negaba a seguir el programa al pie de la letra. Entre otras infracciones, Niti destruía las filas y las convertía en una U ocupando su puesto en el centro e intercambiándolo con cualquier alumno según el orden de preguntas y respuestas que íbamos planteando. También íbamos a la playa y al campo y siempre no sentábamos en círculo. Supe por primera vez a mis dieciocho años que hacerse preguntas y respuestas acerca de la vida y de la muerte era una actividad natural y propia del hombre, pero yo nunca había oído a nadie hablar en estos términos con la naturalidad de Niti ni utilizar palabras como “humanismo”, “espiritualidad” o “alma”. Supe que contrariamente a lo que me había enseñado el resto del mundo, no había certitudes ni verdades universales y que todo, absolutamente todo, era cuestionable. Supe que hubo un tiempo en que la escuela y el ocio eran todo uno (escuela del griego “skolé” quiere decir “tiempo libre”) y que estudiar no era un trabajo ni un deber, sino uno de los muchos placeres de la existencia, como correr o nadar o hacer el amor.

Niti no nos puntuaba pero sí nos hacía leer y leer y analizar muchos textos. Los resultados de nuestros análisis los comentaba con nosotros individualmente y se aseguraba de que habíamos aprendido lo fundamental, es decir, que habíamos aprendido a dudar.

Estos profesores son excepcionales y hay uno entre un millón. No hay que confundirlos con esos otros que también tratan de mitigar los efectos deplorables de una rígida institucionalización tratando de hacer de la enseñanza un juego ridículo, convirtiendo los absurdos deberes en absurdas diversiones y los ejercicios en entretenimiento. Estos profesores animan como los payasos de un circo a sus invitados (de hecho en Bélgica y en Francia ya existe el cargo profesional de “animateur” de colegio) o como los guardianes de los zoológicos ofreciendo baloncitos y pelotitas de goma a los osos polares en cautiverio.

Pero la naturaleza es demasiado maravillosa como para que un jueguecito de goma pueda remplazar las montañas de nieve y los glaciales del Ártico y los niños más salvajes – esos de las últimas filas, esos de las clases de refuerzo y pedagogía- lo saben bien. Esos niños son como los canarios en las minas de carbón, esos niños no obedecerán a sus maestros, ni a sus dirigentes políticos ni a sus reyes y no ocuparán un puesto en el engranaje de la maquinaria que destruye el planeta. No son ellos quienes tienen un problema. Al contrario. Esos niños llevan en sus corazones la perfección del Cosmos.

La revolución no tendrá lugar en un aula de clase.

Es en nuestra naturaleza salvaje donde se halla la preservación del mundo.


Este texto ha sido tomado en parte del artículo de Carol Black , traducido al francés por Jessica Aubin “La révolution n’aura pas lieu dans une classe”, de la obra “Walking” de Henry David Thoreau,  de mis lecturas de Rodolph Steiner e Ivan Illich, del segumiento del proyecto “Schooling the World” así como de mis vivencias y experiencias personales.  Adjunto sin traducir las referencias históricas tal y como aparecen el artículo de Jessica Aubin.

Les dejo un documental interesantísimo y muy recomedable sobre este tema “Escolarizar el mundo” . Desafortunadamente no he encontrado traducción al español, aquí os dejo el vídeo en inglés y en francés

Inglés

Francés

Note de fin (NdE) : Aussi perturbant que cela puisse paraître aux yeux de beaucoup, habitués à entendre le sempiternel refrain selon lequel l’école (l’éducation nationale, ou étatique) est un progrès merveilleux, une chance inestimable, et autres fadaises, l’école est en effet historiquement et fonctionnellement une institution d’endoctrinement, de colonisation, et, nous pourrions dire, une arme de destruction massive des cultures, des communautés, de la diversité et de la liberté humaines. Quelques exemples, pour l’illustrer, par ordre chronologique :

“Tant qu’on n’apprendra pas dès l’enfance s’il faut être républicain ou monarchique, catholique ou irréligieux etc., l’État ne formera point une nation ; il reposera sur des bases incertaines et vagues ; il sera constamment exposé aux désordres et aux changements”.

“Mon but principal, dans l’établissement d’un corps enseignant, est d’avoir un moyen de diriger les opinions politiques et morales”.

— Napoléon Bonaparte (1806)

La loi Falloux (1850), proclame que “L’enseignement est libre” tout en ajoutant que “La liberté d’enseignement s’exerce selon les conditions de capacité et de moralité déterminées par les lois, et sous la surveillance de l’État. Cette surveillance s’étend à tous les établissements d’éducation et d’enseignement, sans aucune exception.”

“Dieu dans l’éducation, le pape à la tête de l’Église, l’Église à la tête de la civilisation”.

— Comte de Falloux (1856)

“Dans les écoles confessionnelles, les jeunes reçoivent un enseignement dirigé tout entier contre les institutions modernes […] si cet état de choses se perpétue, il est à craindre que d’autres écoles ne se constituent, ouvertes aux fils d’ouvriers et de paysans, où l’on enseignera des principes totalement opposés, inspirés peut-être d’un idéal socialiste ou communiste emprunté à des temps plus récents, par exemple à cette époque violente et sinistre comprise entre le 18 mars et le 24 mai 1871.”

— Discours de Jules Ferry au Conseil général des Vosges en 1879.

“Ce qu’il faut surtout recommander à l’ouvrier, c’est l’ordre, c’est l’économie, par-là, on s’élève, pas tout d’un coup bien entendu. Mon père n’avait rien, j’ai quelque chose ; mes enfants, s’ils font comme moi, doubleront l’argent que je leur laisserai et mes petits-enfants seront des messieurs. C’est ainsi qu’on s’élève dans la société”.

— Pierre Laloi / Ernest Lavisse, “Petites Histoires pour apprendre la vie” (1887)

“D’après l’expérience constante de ceux qui ont consacré leur vie à l’éducation de la race noire, il n’y a presque rien à faire avec les adultes qui n’ont jamais travaillé et qui, à peu d’exceptions près, se donneront bien garde de le faire pour enrichir un autre plus rusé qu’eux, comme ils le disent ingénument eux-mêmes. Il faut donc commencer par les jeunes générations et leur apprendre de bonne heure que le travail est un honneur et non pas un esclavage, il faut pour cela, multiplier ces établissements hospitaliers, où les institutions agricoles ne le cèdent en rien à la culture intellectuelle et morale, c’est seulement en faisant marcher de front ces deux choses, que l’on pourra civiliser l’Afrique et obtenir du Noir ce travail constant, qu’aucun Européen ne pourra fournir sous le climat débilitant de l’équateur africain.”

— La barbarie africaine et l’action civilisatrice des missions catholiques au Congo et dans l’Afrique équatoriale (1889)

“De nombreuses écoles ont été créées ; l’instruction est obligatoire. Une loi impose aux parents, aussitôt que leurs enfants ont atteint l’âge de pouvoir apprendre, de choisir une école et de les y placer. […]

Lorsque l’enfant est entré à l’école, il est interdit de l’en retirer avant qu’il ait acquis une instruction qui d’ailleurs est assez sommaire. […]

L’enseignement comprend la langue malgache et les langues française et anglaise et des études primaires très rapides. […]

Quelques ouvrages d’enseignement ont été traduits en malgache et sont en usage dans les écoles. On a de même traduit des ouvrages de littérature et de science.”

— France civilisatrice (1895)

“Il ne suffît pas, pour assurer le relèvement moral des populations indigènes, de leur donner le goût du travail ; il faut encore leur fournir les moyens, une fois ce premier résultat acquis, de continuer à gravir les différents échelons qui les mèneront, en fin de cause, au maximum de progrès dont elles sont susceptibles. […]

L’enseignement est un des facteurs puissants qui facilitent cette tâche ; aussi l’État du Congo s’y est-il particulièrement intéressé. […]

La part qui revient aux missions dans l’œuvre civilisatrice est considérable : la régénération de la race noire est, en effet, l’objet des préoccupations des missionnaires et leur participation à l’œuvre d’enseignement est un appoint sérieux aux efforts tentés par le Gouvernement dans cet ordre d’idées.”

— L’œuvre civilisatrice au Congo belge, chapitre “La régénération morale de l’indigène : L’enseignement.” (1912)

L’éducation nationale ou étatique est un projet. Un projet initialement élaboré par les dirigeants des empires et des royaumes, qui deviendront ensuite des pays et des états (démocratiques, cela va sans dire, par quelque tour de passe-passe, monarchie, abracadabra, démocratie), visant à promouvoir amour et loyauté envers l’organisation politique et économique qu’ils souhaitent voir régner sur leur territoire. C’est donc aussi un outil, un outil d’acculturation, d’endoctrinement, de fabrication du consentement, qui cache, sous une prétention philanthropique, une volonté autoritaire, dont l’objet est d’instaurer et de faire respecter un ordre institutionnel élaboré de manière antidémocratique, non pas par le peuple, mais par des minorités au pouvoir.

Comme le résume le professeur de sciences politiques à Yale, James C. Scott :

“Une fois en place, l’État (nation) moderne a entrepris d’homogénéiser sa population et les pratiques vernaculaires du peuple, jugées déviantes. Presque partout, l’État a procédé à la fabrication d’une nation: la France s’est mise à créer des Français, l’Italie des Italiens, etc.

Cette tâche supposait un important projet d’homogénéisation. Une grande diversité de langues et de dialectes, […] a été, principalement par la scolarisation, subordonnée à une langue nationale, qui était la plupart du temps le dialecte de la région dominante. Ceci a mené à la disparition de langues, de littératures locales, orales et écrites, de musiques, de récits épiques et de légendes, d’un grand nombre d’univers porteurs de sens. Une énorme diversité de lois locales et de pratiques a été remplacée par un système national de droit […].

Une grande diversité de pratiques d’utilisation de la terre a été remplacée par un système national de titres, d’enregistrement et de transfert de propriété, afin d’en faciliter l’imposition. Un très grand nombre de pédagogies locales (apprentissage, tutorat auprès de “maîtres” nomades, guérison, éducation religieuse, cours informels, etc.) a généralement été remplacé par un seul et unique système scolaire national, dont un ministre français de l’Éducation s’est un jour vanté en affirmant que, puisqu’il était précisément 10h20, il connaissait le passage précis de Cicéron que tous les étudiants de tel niveau étaient actuellement en train d’étudier partout en France. La vision utopique d’uniformité fut rarement réalisée, mais ces projets ont néanmoins réussi à abolir une multitude de pratiques vernaculaires. […]

Et si nous soumettions l’école au même examen ? Après tout, l’école est une importante institution publique de socialisation pour les jeunes d’une très grande partie du monde. La question est d’autant plus pertinente compte tenu du fait que l’école publique a été inventée à peu près au même moment que la grande usine concentrée sous un seul toit, et que les deux institutions ont clairement un air de famille. L’école était, dans un sens, une usine où l’on offrait une formation de base, soit des compétences minimales en calcul, en lecture et en écriture, afin de répondre aux besoins d’une société en pleine industrialisation. Gradgrind, la caricature du directeur calculateur et impérieux imaginée par Charles Dickens dans Les temps difficiles, sert justement à évoquer l’usine et ses routines de travail, ses horaires disciplinés, son autoritarisme, son ordre visuel enrégimenté et, tout particulièrement, la démoralisation et la résistance de sa main-d’œuvre juvénile.

L’éducation publique universelle est évidemment conçue pour accomplir bien plus que de produire uniquement la force de travail nécessaire à l’industrie. C’est à la fois, et à des degrés comparables, une institution politique et économique. Elle est conçue pour produire un citoyen patriotique dont la loyauté envers la nation surmontera les identités régionales et locales enchâssées dans la langue, l’ethnicité et la religion. La contrepartie de la citoyenneté universelle de la France révolutionnaire était la circonscription universelle. Ces citoyens patriotiques étaient davantage fabriqués, au sein du système scolaire, grâce à la langue d’enseignement, la standardisation, les leçons implicites d’embrigadement, l’autorité et l’ordre que par le programme scolaire officiel.

Le système scolaire primaire et secondaire moderne a été fortement altéré par les théories pédagogiques en constante évolution et, tout particulièrement, par l’abondance et la “culture des jeunes” en tant que telles. Ses origines, qui remontent à l’usine, si ce n’est à la prison, sont toutefois incontestables. L’éducation universelle obligatoire, en dépit de son caractère plus ou moins démocratisant, a également obligé tous les élèves, à quelques exceptions près, à aller à l’école. Le fait que l’assiduité scolaire ne soit pas un choix, c’est-à-dire un acte autonome, signifie que l’école, en tant qu’institution obligatoire, avec toute l’aliénation que cette contrainte entraîne, surtout lorsque les enfants commencent à être grands, se trompe dès le départ.

Toutefois, la grande tragédie du système scolaire public est que, dans l’ensemble, il est une usine à produit unique. Cette tendance a été exacerbée par la volonté, observée au cours des dernières décennies, de standardiser, mesurer, tester et comptabiliser. Ainsi, les motivations proposées aux étudiants, aux professeurs, aux directions d’écoles et aux districts scolaires ont eu pour effet de canaliser l’ensemble des efforts vers la fabrication d’un produit standard qui satisfait les critères établis par des vérificateurs.

Nous pouvons tous, aujourd’hui, constater le résultat de cette entreprise de standardisation du monde :

“Désormais, se trouve partout un modèle vernaculaire unique : l’État-nation de l’Atlantique Nord, tel que codifié au XVIIème siècle et subséquemment déguisé en système universel. En prenant plusieurs centaines de mètres de recul et en ouvrant grand les yeux, il est étonnant de constater à quel point on trouve, partout dans le monde, pratiquement le même ordre institutionnel: un drapeau national, un hymne national, des théâtres nationaux, des orchestres nationaux, des chefs d’État, un parlement (réel ou fictif), une banque centrale, une liste de ministères, tous plus ou moins les mêmes et tous organisés de la même façon, un appareil de sécurité, etc.”

De New-York à Kuala Lumpur, on aperçoit désormais les mêmes Starbucks, les mêmes Mac Donalds, les mêmes Ikea, et ainsi de suite. Partout sur Terre, on ne retrouve plus, à peu de choses près (à quelques détails folkloriques, quelques vestiges traditionnels superficiels près), qu’un seul mode de vie. La jeunesse des villes de Thaïlande, comme celle des villes de France, de Dubaï, de Panama, ou de Buenos Aires, cherche à s’insérer professionnellement dans la même organisation sociale, dans un même système économique et politique mondialisé. La civilisation est parvenue à mondialiser, entre autres joyeusetés, ses destructions environnementales, sa police d’État, sa propagande médiatique, ses dépressions, ses anxiolytiques, ses compagnies pharmaceutiques, ses inégalités économiques, etc. Pour cela, elle a pu et peut encore compter sur la mondialisation de son système éducatif.

“Scolariser le monde” (film documentaire)

Si vous vouliez détruire une culture en une génération, comment feriez-vous ?

Vous changeriez la manière dont les enfants y sont éduqués.

Le gouvernement des USA le savait bien, lorsqu’au 19ème siècle il inscrivait de force les enfants d’Indiens d’Amérique dans des écoles gouvernementales. Aujourd’hui, des bénévoles construisent des écoles dans toutes les sociétés traditionnelles du monde, persuadés que seule l’école est en mesure d’offrir une vie “meilleure” pour les enfants ruraux et indigènes.

Mais est-ce le cas ? Que se passe-t-il vraiment lorsque nous remplaçons l’ensemble des savoirs d’une certaine culture par le nôtre propre ? La vie devient-elle plus belle pour ses membres ?

SCOLARISER LE MONDE (réalisé par Carol Black) porte un regard défiant, parfois amusant, et finalement profondément troublant, sur le rôle joué par l’éducation moderne dans la destruction des dernières cultures soutenables, ancrées dans leur territoire écologique.

Filmé sur place, dans les magnifiques montagnes du Ladakh bouddhiste, dans le nord de l’Himalaya indien, le documentaire transmet les voix de Ladakhis à travers une conversation entre quatre penseurs : l’anthropologue et ethnobotaniste Wade Davis, qui travaille pour National Geographic ; Helena Norberg-Hodge et Vandana Shiva, toutes deux récipiendaires du prix Nobel Alternatif pour leur ouvrage avec les peuples traditionnels d’Inde ; et Manish Jain, un ancien concepteur de programmes éducatifs pour l’UNESCO, USAID et la Banque Mondiale.

Il examine les prétentions cachées de supériorité culturelle derrière les projets d’aide à l’éducation, qui cherchent ouvertement à faire en sorte que les enfants “s’échappent” vers “une vie meilleure”.

Il souligne l’échec de l’éducation institutionnelle à abolir la pauvreté – ici aux USA comme dans le monde soi-disant “en développement”.

Il questionne également nos définitions de la richesse et de la pauvreté – et du savoir et de l’ignorance – tandis qu’il dévoile le rôle joué par les écoles dans la destruction d’une agriculture traditionnelle soutenable et de savoirs écologiques, dans la dislocation de familles étendues et de communautés, et dans la dévaluation d’anciennes traditions spirituelles.

Finalement, SCOLARISER LE MONDE, appelle un “dialogue profond” entre les cultures, suggérant que nous avons au moins autant à apprendre qu’à enseigner, et que ces anciennes sociétés soutenables peuvent abriter des savoirs vitaux pour notre propre survie au cours du prochain millénaire.

Bon visionnage :

https://www.youtube.com/watch?v=D8YCBs8HbR8

 

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

Enregistrer

El día que conocí a Fidel

regiLa muerte de Fidel Castro esta mañana me ha traído al pensamiento a mi tía Mariluz.

Mariluz era la hermana de mi abuelo y tenía una tienda de muebles en el pueblecito en el que vivíamos. La tienda había sido en otros tiempos una ferretería de la que todavía se conservan fotos muy antiguas y estaba en la plaza Rosalía de Castro que era una de las muchas plazas que había en el pueblo, casi todas con sus fuentes en el centro y sus caños regurgitando agua.
La fuente de la plaza Rosalía estaba gobernada por una mujer de piedra. En su regazo sujetaba un montón de peces cuyas bocas abiertas de par en par escupían los impetuosos chorros de agua. Me parecían siempre aterrorizados esos peces, como si la tarea de irrigación les infligiese un doloroso tormento. La gente decía que la estatua representaba una mariscadora, pero a mí me parecía una sirena sin cola que tenía algo que ver con mi propia tía.
Las tres cuartas partes de la plaza estaban enmarcadas por tres fachadas. Una era la de la vieja casa de piedra con conchas de vieira y musgos rampantes, la otra la regentaba Sindo, el dueño del bar Rosalía, y la tercera era la tienda de mi tía. En el último lado del cuadrilátero, justo enfrente de la  tienda, había unas escaleras de piedra que separaban la plaza de la avenida principal donde el ruido de los coches se mezclaba con las notas musicales que se escapaban por la ventana de Doña Felisa, la profesora de piano.
En los días de calor, Sindo montaba su terraza y los hombres y mujeres del pueblo degustaban mostos y vermús con tapas de aceitunas y cacahuetes, mientras mi tía Mariluz jugaba al tenis contra la vieja fachada, fumando un cigarrillo tras otro e ignorando las presencias ajenas a sus espaldas. De vez en cuando su pelotita amarilla caía sobre la cabeza de alguna viejecita y Mariluz soltaba una de sus estridentes carcajadas con resonancias de tabaco negro al fondo de su garganta.

Mariluz andaba por los cincuenta cuando yo llegué a este mundo y ya debía andar por los sesenta cuando descubrí que mi tía era una mujer. Recuerdo la pregunta que años más tarde formularían también mis hermanos pequeños.
– Pero mamá, ¿la tía Mariluz es una mujer?
No es que hubiese pensado que mi tía fuese un hombre. No, no era eso. En realidad hasta ese día – y sin duda gracias a su existencia- nunca había sido consciente de que existía una ley universal que dividía tajantemente a las personas entre hombres y mujeres; sin embargo, y a pesar de que mi madre ratificó con contundencia su condición femenina, yo seguí intuyendo que mi tía vulneraba naturalmente esa ley y de paso muchas otras.

Mariluz era alta, delgada y desgarbada. Era tan enclenque como musculosa, tan vieja como joven y su piel estaba tan arrugada como bien curtida por el mar. Cuenta la leyenda que en su juventud saltaba de cabeza desde la punta del muelle y surcaba a brazadas todos los mares del pueblo hasta llegar al mar de la Isla que era el más lejano de todos. Fue de esta manera que mi tía se ganó el apelativo de sirena. Su hábitat era el océano y acudía a él como un borracho a la barra del bar. Salía del agua caminando como un viejo pájaro de mar, sus aletas en la mano y uno de esos gorros de ducha con estampados de flores coronando su atolondrada cabeza.
Su cabello era tan blanco como negro y ella misma se lo cortaba con las tijeras de la cocina sin mirarse al espejo. Lo llevaba siempre corto y el único peine que sus pelos alocados conocían era el de la mano huesuda de su dueña deslizándose de vez en cuando a través del cráneo. Tenía ojos de águila y sus pupilas agudas relucían como puñales de plata. Invierno, otoño o verano se vestía con los mismos pantalones de pana color naranja butano y unas zapatillas de tela por las que se asomaba a menudo un dedo gordo como la pata retorcida de un percebe. Paradójicamente, de cintura para arriba solía lucir suéteres de punto y angora de la mejor calidad e incluso de vez en cuando deslizaba, sutil y elegante, un pañuelo de seda de cachemira por su cuello de garza. Elegía siempre colores oscuros y sobrios que contrastaban con sus pantalones naranjas y sus  zapatillas verdes agujereadas. Solía jactarse de sus gustos refinados y de haber empezado a fumar a los once años de edad.
Conducía una bicicleta holandesa de color verde y un viejo Peugeot cargado siempre de colchones, marcos de pvc, tablas de madera y utensilios de carpintería y de playa; sus dos grandes pasiones. A veces yo la ayudaba con sus cosas y aprovechaba para revolcarme y saltar en los colchones del almacén. Los niños no parecían interesarle ni más ni menos que el resto de los humanos y guardaba una relación distante y socarrona hacia nosotros. Como al viejo Tackleton, el vendedor de juguetes de Dickens, a ella también le divertía hacernos regalos horribles y ver la expresión de espanto en nuestras caras de niños malcriados. Mi tía me trataba con el mismo tono de burla que trataba al mundo entero.
– Cristobalito (así me llamaba), ven aquí puñetera, que te voy a dar un pellizco en el culo
Mi tía era conocida en el pueblo entero por los pellizcos que iba propinando a diestra y siniestra en el culo de la gente y por las estrepitosas carcajadas que tales hazañas le causaban.

La mueblería era un lugar sin orden ni justicia. Cientos de tresillos, armarios y camas pernoctaban a sus anchas en aquel espacio descomunal. Una vieja moqueta roja escondía las irregularidades del viejo parqué creando una llanura de montículos y agujeros en donde mi hermano y yo jugábamos a las arenas movedizas. Si uno de los dos tocaba los agujeros se hundía en los pantanos de la triste moqueta y moría.
En el ala izquierda, en torno a una vieja mesa camilla, Mariluz recibía a sus innumerables amigas. Formaban estas mujeres una especie de comité de representación permanente. La representada en este caso era mi tía que siempre se las arreglaba para escapar y dedicarse a oficios más nobles como la playa o la carpintería.
– Urraca, Agustina, Margarita, atendedme cinco minutos el teléfono
– Toñita, Felisita, Pepita, quedaos ahí cinco minutos que ahora vuelvo, les decía.
Pero nunca volvía, y ellas acabaron por acostumbrarse a guardar la tienda, atender a los clientes y a pasar pedidos. Mi tía se refería a ellas como “las viejas” y nunca la vi sentarse entre ellas ni compartir sus charlas. A veces atravesaba la tienda a grandes zancadas con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo su cigarrillo y al pasar por entre el comité de viejas les gastaba alguna broma o las felicitaba por su infinita paciencia con palmaditas en la espalda, pellizcos y estridentes carcajadas. Luego se encerraba en su oficina, un lugar abarrotado de libros, papeles y botes de cristal que atesoraban sus colecciones de conchas de playa, donde pasaba horas fabricando cuadernos con recortes de periódicos y revistas y escuchando  Wagner a todo volumen.
***
Al lado de mi tía iba a menudo Margot.
Margot fue en otros tiempos el ama de llaves de mi bisabuela.
En la época en que vivía (y vivió hasta mis nueve años), mi bisabuela ocupaba el puesto central del comité de representación de la mesa camilla. Lánguida y serena observaba la plaza al otro lado del escaparate de la mueblería. Se sentaba en un sillón victoriano con estampado de flores y en su mano derecha sostenía un bastón de madera con el que parecía moderar el comité de las viejas y dominar el mundo. A veces hacía sonar una campanilla para llamar al ama de llaves.
–  ¡Margooot!, gritaba mi bisabuela como un pajarito sin fuerza
– ¡Yes, madam! Respondía el ama, complaciente y servicial como le habían enseñado sus precedentes dueños ingleses.
Tres cosas definían el carácter exquisito de mi bisabuela: su gusto por el mosto, el dalky de chocolate y el huevo à la coque que Margot traía en una bandejita especial con huevera y cucharilla de plata.
Cuando mi bisabuela murió, Margot dedicó su vida a mi tía Mariluz, no sin grandes esfuerzos y regañinas, pues allí donde durante un siglo había imperado el orden y la disciplina de los horarios, el sonido de la campanilla y las buenas costumbres, sólo quedó la ley del no sé, del espera y el ya veremos, que dejó en el viejo corazón de Margot un estigma profundo de orfandad e incertidumbre.

Margot era pequeña, achatada y rolliza, con una cabeza muy redonda cubierta por una pelambrera de perfectos tirabuzones negros. Seguía a mi tía esperando sus órdenes y preguntando cosas como si la señorita querría cenar algo aquella noche. Pero la señorita se alimentaba de lo que encontraba en la cocina, pan y queso y de vez en cuando un huevo frito que en realidad nunca supo freír como es debido. Sólo en los momentos especiales con su baraja de cartas y en pleno éxtasis de una partida al solitario, Mariluz atacaba el armario de su habitación donde ella misma escondía sus propios bombones de chocolate.
Ante tal situación de anarquía, Margot se sentía desorientada y sólo en los momentos en que iba a lavar las ropas al río recuperaba su verdadera identidad. En un barreño de estaño que dirigía magistralmente sobre su cabeza, Margot transportaba la colada de la señorita, las cortinas y las alfombras de la casa con un asombroso sentido del equilibrio, del ritmo y la armonía. Ninguna lavadora pudo convencerla jamás de las ventajas de la máquina, la técnica y el progreso.
Recuerdo un día en que las vimos desde el coche de mi padre paseando juntas por el pueblo. Mi tía iba delante encorvada y cabizbaja con su bañador mojado y su gorro de la ducha. Llevaba una toalla alrededor de la cintura y caminaba descalza a grandes zancadas escupiendo humo por la boca. Margot la seguía hierática y majestuosa, digna como una estatua de alabastro con su barreño en la cabeza y su mandilón a cuadros.
– ¡Mirad! Dijo mi hermano ¡Don Quijote y Sancho Panza!
Y todos reímos
***
Un día apareció en la habitación de Mariluz la foto enmarcada de un hombre barbudo.
En su casa había algunas fotos y cuadros de ancestros y tatarabuelos, y alguna más reciente de nuestros días, pero todas habían sido puestas ahí en la época en que mi bisabuela estaba entre nosotros y no me parecía propio de mi tía dedicar su tiempo a decorar las paredes con fotos de seres queridos y sobrinos malcriados, por esa razón aquella foto resultaba doblemente misteriosa. Aquel hombre no sólo no pertenecía a la familia sino que además su foto ocupaba un lugar privilegiado en el mismísimo cuarto de Mariluz.
-¿Quién es este señor de la foto?, pregunté a mi madre en cierta ocasión
– Es Fidel.
– ¿Fidel? ¿Y quién es Fidel?
– Un imbécil hija, un imbécil

A mis diez años lo que deduje de aquello era que mi tía Mariluz tenía un novio que se llamaba Fidel y que mi madre no aprobaba la relación amorosa entre él y mi tía, más aún cuando al hilo de ciertas discusiones airadas entre ella y mi madre, en las que palabras incomprensibles como comunismo, capitalismo, socialismo y marxismo parecían contaminar la atmósfera y enfrentar a mi familia, mi tía gritaba que se iba a Cuba con el tal Fidel.
Así empezaron los viajes anuales de mi tía a la isla. Viajaba siempre en navidades para ahorrarse de paso los aburridos compromisos familiares a los que de todas formas nunca había hecho ningún caso y su colección de conchas de playa aumentó significativamente. Estas son de Cayo Santa María y estas otras vienen de Ancón y estas de Saetía, decía mi tía, como si cada concha hubiese sido adquirida en una tienda diferente. A mí aquellos lugares me sonaban a los viajes de Gulliver y esperaba que me llevase con ella en su próxima expedición. Al principio creí que se escapaba por amor, pero con los años descubrí que aquel Fidel que tanto amaba mi tía era en realidad un horrible dictador que oprimía a su pueblo y perseguía a quienes no pensaban como él.
Eso decían en la tele y en la radio. Eso decía mi familia y los profesores del colegio y todo el mundo y eso mismo acabé diciendo yo también.

Una tarde de mis catorce años, mientras mi tía barajaba sus cartas, me fui a fisgonear al armario secreto donde escondía el chocolate. La caja de bombones estaba enterrada por pilas de libros y papeles entre los cuales encontré un álbum con fotos de hombres barbudos. Era una especie de revista que a modo de historieta iba relatando las andanzas de aquellos hombres y mujeres armados en un lugar llamado Sierra Maestra. Fidel, el amigo de mi tía, sonreía al lado de un tal Ernesto Guevara, una Vilma Espín y un Camilo Cienfuegos. Recuerdo que la historieta contaba algunas bromas del tal Camilo conocidas como “camiladas” y yo, todavía una niña pero casi una mujer, sentí una ligera simpatía hacia  aquellos barbudos. Eran los años noventa y las niñas de mi edad soñábamos con backstreet boys y otros rostros publicitarios del momento, pero la visión de aquellos tres hombres despertó en mí un extraño deseo, todavía tenue y hasta entonces desconocido. Miré de nuevo al tal Ernesto Guevara y de pronto me pareció el hombre más guapo del mundo.  Aparté enseguida tales pensamientos de mi cabeza y cerré la historieta de un golpe. Fui directa al salón y le solté a mi tía una de aquellas frases que ya había oído antes a mi familia: “¿Por qué no sacas la foto de ese barbudo dictador de tu habitación?”
Mariluz  dejó la baraja sobre la mesa. Me miró con un ojo medio cerrado y su cigarrillo entre los labios como si me viese por primera vez en su vida.
– Explícame las razones por las que aseguras con tanta firmeza que Fidel es un dictador, dijo.
Se las enumeré todas. La falta de elecciones, el aislamiento político, su obstinación al no querer ceder a ciertas condiciones de democracia y respeto a los derechos humanos en favor de su pueblo hundido en la pobreza, el hambre y la miseria, el sufrimiento de los homosexuales y de los refugiados en Miami. Yo me sentí orgullosa de mi respuesta, de haber demostrado a mi tía que sabía de qué hablaba, pero ella volvió a sus cartas como si yo ya me hubiese ido.  Empezó a repartirlas sobre la mesa  y sin ni siquiera mirarme, dijo:
Repites como un loro todo lo que oyes. Tu discurso es un discurso plagiado sin ningún elemento propio y sólo se sostiene a través de la reproducción, lo cual demuestra la falta de inteligencia que lo construye. En la escuela os enseñan a ser mediocres papagayos.
Y volviéndose hacia mí  me apuntó de nuevo con sus pupilas agudas como cuchillos de plata:
Las buenas respuestas sólo puedes hallarlas en ti misma. Cuando las encuentres hablamos, entretanto yo no pierdo el tiempo con papagayos mamarrachos.
Estaba acostumbrada a los desplantes de mi tía y agradecí que al menos no me hubiese llamado Cristobalito. Allá ella con su Fidel, sus partidas al solitario y sus extravagancias. En el fondo le perdonábamos sus rarezas precisamente porque era una rara y las personas raras suelen decir cosas raras e incomprensibles.

Tuvieron que pasar muchos años y muchas lecturas para llegar a entender las rarezas de mi tía.
Un día cayó en mis manos el contrato social y muchas obras siguieron a aquella.
Supe así que mientras había hombres que consideraban al hombre bueno en su estado de naturaleza, otros aseguraban que en realidad el hombre era un lobo para el hombre y que esta concepción dual era la piedra angular de la segregación ontológica y política del pensamiento humano. Fui profundizando en la historia colonial y en las venas abiertas de los países colonizados, aprendiendo así que la realidad política de un país depende de un pasado histórico que le es propio sin el cual no podemos juzgar su presente. Descubrí los complejos engranajes de la maquinaria de producción capitalista y su sistema bancario y abordé el concepto de lucro y el de plusvalía y, aunque nunca llegué a compartir el enfoque dialéctico-histórico del materialismo ni el materialismo mismo, entendí las razones filosóficas de Marx. Entendí asimismo las devastadoras consecuencias de la acumulación de capital y el significado profundo y abstracto del valor dinero tan bien reflejado en esa imagen del fotógrafo Sebastiao Salgado en la que millones de hombres, por voluntad propia, arriesgan sus vidas como bestias famélicas en busca de un poco de oro en la garganta minera de Sierra Pelada. Entendí que en nombre de la libertad los hombres persiguen quimeras ante las cuales se arrodillan como esclavos y que la verdadera libertad reside en la sobriedad y en la disposición de nuestro tiempo de vida.
Me confronté al concepto de alienación, pero no llegué a comprenderlo realmente hasta que trabajando en un Mc. Donalds a mis veinte años, lo pude sentir en mi propia carne. Entendí muy tarde que ni los periódicos, ni la televisión, ni mis maestros podían enseñarme gran cosa sobre del hilo conductor que teje todas las épocas de la evolución humana y que sólo a través de la conquista de mi propia soberanía y a través de la extensísima historia del pensamiento humano podía llegar al epicentro de la revolución cubana que era a la vez mi propio epicentro y entender así a mi tía loca y a aquel barbudo de la foto.
***
Mariluz dejó este mundo el año en que empecé a hallar mis propias respuestas.
Fue dos meses antes de mi primer viaje a Cuba.
Nunca pude compartir con ella mis hallazgos, pero hoy varias conchas de Cayo Santa María y Ancón decoran los estantes de mi habitación y junto a ellas la foto de un hombre barbudo nos une a través de la Historia.