La intimidad del agua

Hoy he vuelto a ver a mi hijo.

Me lo he encontrado, como la primera vez, flotando en el centro de una laguna con forma de luna en cuarto creciente o de cuerno o de cuna celestial suspendida en un cosmos de cuerpos lúteos y agujeros negros.

La primera vez que lo vi era un pequeño lagarto de cuatro patas y una tupida borla sobresalía de su parte trasera como la diminuta cola de un gazapo. Esto era así cuando no se movía, ya que al desplazarse adquiría la forma de un extraño y pequeño pajarraco con dos gibas irregulares de dromedario arábigo.

Hoy, dos meses después de nuestro primer encuentro, lo he vuelto a ver flotando en el centro de esa gran laguna nocturna y flotante.

Allá, más arriba de la intimidad del agua, las estrellas dibujan los vértices de las constelaciones que presagian su psiqué y abajo, en la tierra de lo infinito, dentro de la circunferencia que rodea la laguna, se desplazan unas manchas como nubes y mi hijo en el centro de su cuna es nube también. Nada queda ya del lagarto del primer mes. La borla trasera se ha transformado en una cabezota sin contornos, anubarrada y antropomorfa con los orificios nasales formando aberturas oblicuas y la mandíbula superior insinúa separaciones óseas como las teclas blancas y negras de un órgano musical accidentalmente arqueado. Bajo la mandíbula, el agua negra de la laguna separa su cabeza nebulosa de un cuerpo todavía más nebuloso. Un abdomen elevado de algodón y cuatro patas blancas y muy redondas, como la borla inicial del gazapo, ha sido todo cuanto he podido ver.

Su anatomía parecía mostrar todo tipo de adaptaciones a los jardines umbríos, a las profundidades oceánicas y a la vida nocturna en los desiertos, pero antes de que pudiese analizar con calma todos los pormenores de su extraña configuración, el espéculo del ginecólogo penetró con su lucecita blanca en los dominios acuáticos de la negra laguna donde flota la criatura.
Fue entonces como si una farola se hubiese alumbrado en la habitación de los muertos y mi hijo ha demostrado que es indudablemente hijo mío, pues con los agujeros negros que son todavía sus nebulosos ojos ha fruncido magistralmente un ceño que todavía no tiene, en un gesto indiscutible de fastidio y rebeldía que inmediatamente he reconocido como mío y, sin ningún preámbulo, se ha dado bruscamente media vuelta y nos ha dado la espalda. Se ve que no le gusta que enciendan la luz cuando descansa ni que interrumpan sus sueños eternamente nocturnos.  

Ni siquiera las numerosas palmaditas y sacudidas en mi vientre han sido suficientes para convencer al pequeño nubarrón de darse la vuelta. He de decir que por primera vez he sentido orgullo de madre pues ninguna autoridad médica ni de ningún tipo, ha conseguido desviarle ni un milímetro de sus perezosos objetivos vitales.

Así que me he quedado ahí, en la puerta de su habitación galáctica, observándole dormir de espaldas en su vía láctea, tan lejano todavía, fundido con el cosmos en un estado de conciencia mágico.

Si un día me pregunta de dónde vienen los niños pues le diré la verdad. Le diré que vienen de un tiempo en el que el alma no se ha separado del cielo y el verde y el azul todavía no se han distinguido. Le explicaré que en ese tiempo, todos vivimos sin soñar porque somos el sueño mismo y luego le enseñaré las fotos de su primera mutación en la intimidad del agua. Le diré que antes de ser humano fue nube y antes de nube lagarto y antes de lagarto probablemente era un dios y que como todos los dioses, viene del origen; del άρχη, al que un día deberá volver.

***

En este monólogo interior me hallaba, cuando el espéculo apagó sus luces y la noche extendió como un negro manto su convicción de silencio y una nube flotando en el cuerno de una laguna se impuso en mi vida con la solemnidad de una etérea presencia cargada de astros.

***

Pinturas de Leon Spilliart

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El espíritu de las lenguas

cristina godefroidLa lengua francesa siempre me ha parecido perfectamente diseñada para expresar mi ser en un sentido absoluto y la lengua española mi estar en un determinado momento.

Con respecto al francés, es como si sus vocablos se acordasen a mi yo interior como las notas de música a un piano bien afinado. También me parece una lengua mucho más atrevida y audaz que la española. No en el sentido de ser clara, abierta y directa, pues en ese sentido el español va desnudo, es brutal y tiene un encanto único, sino en el sentido de expresar sin miedo el mundo interior de las palabras.
El español expresa su mundo interior a través del alarido, el lamento, la cólera o a partir de esa furia flamenca que roza la locura.
A mí siempre me ha parecido que la lengua española enseña su corazón en el arrebato. No es de extrañar que sea la lengua del cante jondo pero también la que contiene más palabrotas cuya ruda sonoridad es fundamental para canalizar su ímpetu y subrayar su vehemencia. En la poesía y la literatura ese impulso de toro bravío está presente desde el medievo hasta nuestros días, y aunque en poesía se habla siempre desde el sosiego, esa cosa agreste y sanguínea es inevitable y consustancial a su idiosincrasia histórica. 

Sin embargo, a pesar de su desnudez, la lengua española se esconde. Tengo la misma impresión con el pueblo español. Tan desnudo como vestido. Tan abierto como impenetrable. Valiente conquistador, sí, pero bajo una armadura bien encorsetada. Supongo que esto es porque cuando el español no se expresa a través del arrebato, adquiere un aire extremadamente formal y rígido, como si pasase de la emoción a la razón sin  término medio. Yo creo que soy española a medias porque la lengua de mi país natal me sirve sólo para expresarme a través de mis arrebatos, ya sean estos reales o creativos, verdaderos o imaginarios. Una vez el arrebato ha pasado todo mi ser se vuelve francés.

Y es que la lengua francesa, a pesar de todos sus arabescos y acicalamientos, enseña su corazón con toda la naturalidad del mundo y en este sentido es la lengua de mi cotidianidad. El francés carece de escondite y va por la vida como si nada, caminando por sus laberintos misteriosos de eufemismos, vericuetos y perífrasis, tan apasionada como tranquila, tan ardiente como apacible. Es una lengua que en cuanto abre la boca parece como si la cerrase, pero no nos engañemos, esto es sólo en apariencia, pura coquetería y nada más. Sus rodeos no son más que los jueguecitos sutiles de un corazón apasionado y permeable.  

***

Yo pienso que la  forma de expresar la realidad determina la identidad de un pueblo y conforma asimismo la evolución de su  Historia.

Por ejemplo, la lengua española habla de la mente para designar el pensamiento, el intelecto, el cerebro, la razón o la inteligencia y dice espíritu para designar el alma. Para el español la mente y el espíritu son opuestos. El francés habla de l’esprit (el espíritu) para designar la inteligencia, el pensamiento, el alma y el entendimiento, pero no la mente ni el cerebro ni la razón. La razón, la mente y el cerebro forman parte de la mentalité o le mental, pero no del espíritu. La inteligencia tiene que ver con el espíritu (alma) y la oposición mente-espíritu no tiene nada que ver para un francés que para un español. La espiritualidad tiene para el español una connotación más religiosa que para el francés.
Para la lengua francesa lo mental es calculador y tiende a separarnos de la realidad. L’esprit, sin embargo, es la verdadera inteligencia. El espíritu de las leyes de Montesquieu no significa el alma de las leyes como podemos entender en español, sino su verdadera inteligencia.
Si yo en español digo que la espiritualidad es importante en una sociedad se va a entender que hablo de algo como la religión. Si digo lo mismo en francés, estoy hablando del entendimiento, del alma y del pensamiento. Los franceses dicen a menudo “il faut sortir du mental”o para acusar a alguien de un comportamiento fastidioso “tu es toujours dans ton mental”.

Me llevó bastante tiempo entender esto al principio, pues para mí lo mental era lo inteligente porque estaba relacionado con el cerebro y por lo tanto con la razón.

  • Y ¿por qué tengo que salir yo de mon mental? – pregunté en cierta ocasión a un amigo francés que me acusaba de algo incomprensible.
  • Parce que ce n’est pas intelligent.
  • ( !!) ??

A partir de ahí experimenté un bouleversement. No la busquéis, ninguna de las palabras que la traducen en los diccionarios es la correcta. Esto es lo fascinante de las lenguas: el poder de abrir nuevas ventanas con sus correspondientes horizontes y por extensión, con sus nuevos sentimientos. Ninguna palabra en español puede describir con precisión este sentimiento, ese sentirse bouleversé. Sólo un francófono puede entenderlo, de la misma manera que sólo un inglés puede entender la enfermedad de no estar en su casa homesick y que también sienten de una manera similar los portugueses con sus saúdades o los gallegos con su morriña. Tan sólo un español puede entender qué significa ser presumido que es una palabra a medio camino entre coqueto y pretencioso que ninguna otra lengua contempla o la chulería, pues a decir verdad no hay chulos propiamente dichos que no sean españoles. Y únicamente un alemán siente la compasión,  mit-gefühl, como un co-sentimiento desprovisto de la connotación de indulgencia que contemplan las otras lenguas. Los japoneses, por su parte, saben bien que somos tan múltiples como contradictorios y el lenguaje se adapta más o menos a esta realidad. El japonés no utiliza el mismo yo cuando hablan del yo niño que cuando hablan del yo adulto; y en función de la manera en la que enfocan un problema o abordan un tema utilizan diferentes formas de decir yo. No es el mismo un yo que se dirige de manera humilde a un público, sessha, que un yo arrogante, entonces ya no soy sessha, sino ore-sama y así hasta sesenta yos diferentes.

Las sutilezas de una lengua sólo pueden entenderse hablándolas y pensándolas, porque cada una de esas palabras tiene un alma que le es propia y es inseparable del territorio que la vio nacer y del corazón de sus hablantes. Los diccionarios no pueden traducir el espíritu de una palabra, sólo su parte mental.
El  lenguaje español parece naturalmente impedir ciertas palabras por parecer cursis o reservarlas únicamente a círculos burgueses, científicos o académicos. Traducidos al español, ciertos escritos pierden todo su encanto y se convierten en textos cursis, lunáticos y absurdos. El vulgarismo francés baiser deberíamos traducirlo literalmente como besar, pero en francés quiere decir también follar, sólo que la sonoridad en la forma vulgar es tan sofisticada como en la forma culta (baiser quiere decir al mismo tiempo besar y follar, pero si utilizamos la palabra follar en la traducción perdemos el alma del texto). A veces hay que manipular mucho un texto para que se pueda apreciar en nuestra lengua. Lo mismo ocurre con el realismo mágico de García Márquez que traducido al francés o a cualquier otra lengua se desmagifica casi por completo y pierde sus raíces. Una película doblada de Almodóvar es para echarse a llorar y yo no puedo evitar leer a los rusos sin sentir que no los estoy leyendo realmente.

Estudiando literatura y siendo lectora de cinco lenguas puedo apreciar también la diferencia entre las distintas críticas literarias, especialmente entre la francesa y la española, mis dos lenguas principales. Un crítico español no puede evitar analizar una obra desde la forma y la estructura. ¡Oh intelecto español! ¡Siempre  en tu armadura!  Y el crítico francés no puede evitar abordar, desde todos los ángulos posibles, el carácter psicológico de la obra. Los libros de crítica francesa me parecen tratados de psicología literaria. Cómo no va a ser así  ¡si para ellos el pensamiento es el espíritu!

Las academias de la lengua

Creo que los académicos de nuestras respectivas instituciones protectoras de la lengua reflejan en cierto sentido el espíritu de cada una.

los inmortales

Los académicos franceses, Les immortels,  conservan desde la creación de la Acadèmie esa galantería, libertad, fantasía y refinamiento tan propios del pueblo francés. Su lema “À l’inmortalité”, heredado del sello de la moneda que el cardenal Richelieu, fundador de la Acadèmie donó a la misma en 1635, es también un reflejo del abolengo de la lengua francesa.

académicos alemanes

Los académicos alemanes son de una sencillez y sobriedad únicas.

Cualquier joven con una trayectoria literaria y un interés demostrado por la defensa de su lengua puede ocupar un puesto en la Gesellschaft für deutsche Sprache, la academia de la lengua alemana creada en 1947.

Los británicos, siempre a contracorriente, carecen de academia y aunque ha habido algún intento de crear una, siempre ha prevalecido el criterio democrático, es decir, aquel por el cual se defiende que la lengua pertenece al pueblo y que no puede otorgarse a ninguna institución el poder de su regulación. En su caso es comprensible pues, en mi humilde opinión, siendo el inglés la lengua depredadora por excelencia, no hay ninguna necesidad de protegerla.

Los académicos españoles encarnan un espíritu extremadamente formal propio de una tradición histórica muy protocolaria desde los Reyes Católicos a la actualidad, así como la oficialidad propia de las artes en España, a menudo encabezadas por la figura de un rey.

RAE

A mí me parecen conquistadores bajo armaduras encorsetadas o funcionarios del registro de la propiedad con un corazón sin duda apasionado al otro lado de sus uniformes y cuyo furor se materializa únicamente en sus respectivos arrebatos literarios, pasando de la libertad emocional a la rigidez de la razón sin intermedio ni remedio (la oposición mente-espíritu de la lengua tal vez tenga algo que ver). Su lema  “limpia, fija y da esplendor” corresponde perfectamente a la escrupulosidad del espíritu de esta academia.

***

Yo he adoptado la lengua francesa (o ella me ha adoptado a mí) como una verdadera patria, porque su manera de ser, se parece mucho a lo más profundo de mí misma. Cierto es que le tengo tanto respeto y admiración que todavía no me he atrevido a instalarme como ciudadana de pleno derecho en su escritura. Temo dañar su sensibilidad con mi franqueza hispánica o perturbar sus floridos campos semánticos con mis hierbas silvestres y mis berzas. Temo no saber acordarme a mí misma y acabar desafinándome.

En mi patria cervantina, como decía mi admirado Goytisolo, todo me está permitido y puedo entrar sin llamar a la puerta, desvestirme sin preámbulos ni temores y enseñar todo lo que llevo dentro como una apasionada cantaora entrando en escena con el pecho bien henchido. Me parece además la más expresionista de todas las lenguas, ideal para hablar desde la locura y la enajenación del espíritu. También desde la ironía, la malicia, el sarcasmo y el esperpento, es decir, desde el ánimo o desde el estar.

***

De todas maneras, tal vez un día consiga sentarme seriamente frente a mi otra patria en cuyo centro hay, desde hace ya mucho tiempo, una insinuante celesta esperándome para hacer sonar mi partitura interior con sus líquidos arpegios y el oleaje de sus arpas prosódicas y los acordes de sus más dulces, serenas y profundas melodías.

 

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El sistema escolar o la preservación del cosmos.

escolarizar el mundo“Es en nuestra naturaleza salvaje donde se halla la preservación del mundo”, decía el hoy olvidado filósofo y naturista Henry David Thoreau en su obra Walking.
Por su parte, ya en nuestros días, el pensador americano Jack Turner, en su magnífica colección de ensayos The abstract wild (en español: la naturaleza salvaje abstracta) se preguntaba cuántos de nosotros  podemos comprender realmente el sentido de la afirmación de Thoreau.

Turner señala que se suele interpretar la cita de Thoreau erróneamente, entendiendo que los defensores del estado salvaje proponemos como solución la vuelta a la edad de piedra. Pero Thoreau no ha escrito que la vuelta a la edad de piedra sea la solución sino que “la naturaleza salvaje protege el mundo”.

¿Qué quiere decir entonces con esto? Primero, hemos de saber que la palabra inglesa “wild” (salvaje) procede del sustantivo “will” que se traduce por “voluntad”. Por ejemplo,“self-willed” quiere decir  “dotado de voluntad propia” y en consecuencia podemos decir que el salvaje es el hombre dotado de voluntad; el hombre que vive según su propia naturaleza interna y no dejándose llevar por fuerzas externas ajenas a él mismo.

Por otro lado y al igual que  Turner, yo me pregunto qué quiere decir Thoreau exactamente cuando habla de “mundo”.
Pues bien, al final de su libro Walking, escribe que los griegos llamaban al mundo Kosmos – κόσμος- es decir “orden”, por lo que debemos entender la cita de Thoreau como la relación natural que se produce entre el hombre libre, dotado de voluntad propia (autodeterminación) y el orden armonioso del cosmos; del mundo.

“Es en nuestra naturaleza salvaje donde se halla la preservación del mundo”. Thoreau afirma pues, que la autoderminación del ser humano protege (preserva) el orden del mundo.

La escuela pública

escuela prusia

Es a principios del siglo XIX, en la época del despotismo ilustrado, que aparecen por primera vez en Prusia las primeras escuelas públicas y gratuitas.

A falta de soldados para la guerra, el rey Federico I impulsó la creación de centros de enseñanza inspirados en valores militares: sistema de premios y castigos, organización de los alumnos en filas, respeto a la jerarquía, horarios estrictos, sonido de la campana para marcar el ritmo del tiempo y del trabajo, etc.
La idea era en esta época fabricar un ejército de soldados obedientes, sumisos a la autoridad y con un sentido estricto del trabajo y la disciplina, aptos para la guerra.

desescolarizaciónAños más tarde los franceses, bajo el imperio de Napoleón, mejorarían el modelo prusiano convirtiéndolo en lo que hoy conocemos como escolaridad. En la época de la revolución industrial este modelo se adaptaría a las nuevas necesidades de los estados y en pleno siglo XX ya no sería necesario formar soldados para la guerra sino un nuevo ejército de soldados capacitados para el nuevo mercado laboral y orientados directamente hacia la “especialización” que convertiría a cada ser humano en un experto en su compartimento específico y en un ignorante universal. Una inversión en el futuro económico y el desarrollo industrial de las naciones.
“Nuestras escuelas son fábricas donde las materias primas –los niños- se transforman en productos manufacturados y las características de fabricación responden a las exigencias de la civilización del siglo XX”, afirma Thoreau.

Entre los arquitectos de la educación moderna se encuentra William Torrey Harris, diputado de Educación en los Estados Unidos entre 1889 y 1906, para quien “el niño”, “el salvaje” y “la naturaleza” son conceptos equivalentes.

  • “La naturaleza es en sí misma la antítesis de la naturaleza del hombre civilizado. Superado el estado salvaje -totalmente vicioso- añade, el hombre se eleva materializando sus ideas en instituciones y hallando así en esos mundos ideales su verdadero hogar y su verdadera naturaleza”.

Para este ideólogo de la escuela moderna la administración era la verdadera cuna del hombre civilizado.
El objetivo de la escuela es pues el de educar a los niños lejos del estado de naturaleza y conducirlos a ocupar sus puestos en el gran proyecto humano civilizatorio en el que las naciones y los pueblos del mundo serán clasificados, como en la escuela misma, según el grado alcanzado por cada uno en este ideal de humanidad (desarrollados o subdesarrollados).

Las culturas que no veían las cosas de esta manera o no alcanzaban el ideal publicitado de consumo, se verían confrontadas a la siguiente elección: “adoptar nuestra cultura y volverse intelectualmente productivos o desaparecer”, vaticinaba William Torrey Harris.

La mayor parte han ya desaparecido

Los años de confinamiento

desescolarización
“Escuela industrial indígena de Carlisle », abierta en 1879. Una verdadera fábrica de etnocidio.

Todos nosotros hemos crecido con la escuela como un componente natural de nuestras vidas, sintiendo el colegio como un elemento esencial de la infancia humana y no como un experimento extremadamente reciente de ingeniería social a gran escala.

Estos objetivos originarios de la escuela se han insertado magistral y naturalmente en la estructura de la enseñanza moderna – con todos sus sistemas subyacentes de control, confinamiento, estandarización y evaluación a través de premios y castigos – sin que ya nadie se pregunte ni acerca de sus orígenes ni de la conveniencia ética o moral de tales prácticas.

Cuando se enfrenta a su primer día de colegio lo normal es que el niño se deshaga en llanto. Es entonces cuando la maestra hace su trabajo y nos dice que no nos preocupemos, que en cuanto nos hayamos ido nuestro hijo se irá sintiendo mejor y acabará por adaptarse. Es una cuestión de días. Y así es. El niño acaba por adaptarse a un entorno de paredes verdosas o anaranjadas, lámparas halógenas, inhóspitos pasillos y ventanas que lo separan del mundo exterior, es decir, el mismo entorno al que deberá enfrentarse el día de mañana en el mercado laboral.
Algunos niños se adaptan rápido. Otros, no llegan a adaptarse del todo y pasan su infancia mirando a través la ventana, ignorando las lecciones del maestro y soñando con otros mundos posibles.

Los años de confinamiento llegan a su fin y el niño se convierte en adulto. Las paredes verdosas o anaranjadas, las lámparas halógenas, los sonidos de la campanilla y los inhóspitos pasillos se han convertido en su mundo y una gran parte de  su tiempo de vida ha transcurrido encerrado en una “j-aula”.
Estos niños no conocen los nombres de los árboles al otro lado de la ventana y no saben nombrar los diferentes pájaros que se posan en sus ramas. Tampoco conocen los movimientos de la luna ni de las mareas, no saben orientarse siguiendo los movimientos del sol, no saben trabajar el campo y no se han confrontado a la realidad de la muerte. Nunca han visto un parto y no saben curar heridos. « No saben que ellos existen en el seno del universo, en un planeta donde a lo largo de su vida deberá aprender a cuidar sus recursos, ya que él depende del aire, del agua y del resto de seres vivos y que al mínimo error, a la mínima violencia, podría poner todo en peligro” decía Marguerite Yourcenar, otra gran crítica de la educación moderna.

misioneros etnocidioUn niño libre, en contacto con su mundo exterior y en permanente diálogo con su entorno, aprenderá todas estas cosas naturalmente. Un niño escolarizado, sin embargo, olvidará la mayor parte de las enseñanzas del programa administrativo de turno porque se las imponen coercitivamente, evaluando constantemente si sabe lo suficiente como para estar entre los mejores o debe conformarse con ser un mediocre o un fracasado. Construimos y destruimos de esta manera la autoestima de los seres humanos de acuerdo a un sistema absurdo de puntaciones del uno al diez y el resultado de todo esto es que uno de cada cuatro niños acaba la escuela sin saber que la tierra gira alrededor del sol.

Un niño que sabe dónde encontrar castañas, bayas silvestres o setas comestibles no olvidará jamás esta información. Una persona “no educada” del altiplano de Papúa Nueva Guinea puede reconocer 70 especies diferentes de pájaros en función de sus cantos. Un chamán iletrado de la Amazonia puede identificar cientos de hierbas medicinales. Un aborigen de Australia guarda en su memoria el mapa de un territorio de 1600 kilómetros, codificado en cantos. Tenemos todos los seres humanos la capacidad natural de asimilar una enorme cantidad de información sobre el mundo que nos ha visto nacer y de transmitirla a las generaciones siguientes.

Pero para conocer el mundo, tenemos que vivir en él.

Tras siete generaciones sometidas a esta experiencia planetaria de ingeniería civil llamada escuela, tenemos que preguntar hoy a alguno de los “especialistas” especializados en alguna de las muchas especializaciones que ofrece el mercado educativo qué es lo que está pasando. Numerosos estudios nos revelan así que la desconexión de la naturaleza aumenta las tasas de ansiedad, depresión y estrés, pero parece que todavía no queremos darnos cuenta hasta qué punto esta separación afecta a nuestro aprendizaje.

“Aprender” no debería ser concebido como una actividad particular, sino como el resultado natural de estar vivos en el mundo, afirma la psicóloga Suzanne Gakins.
Son de sumo interés en este sentido sus estudios sobre la “atención abierta”. Los niños escolarizados presentan problemas serios de atención y esto es porque se ven obligados a reducir su atención natural  en favor de la “concentración”, es decir, están obligados a abstraerse de lo que está ocurriendo a su alrededor y renunciar a sus capacidades naturales de observación. Estos niños viven en permanente estado de asfixia (levantarse a las ocho, reaccionar al sonido del timbre, cambios de temas, cambios de aulas, recreos, actividades, ejercicios…)  como si fuese lo más natural del mundo. Si el niño abandona el estado de concentración y deja su mirada vagabundear naturalmente a través de la ventana  se dirá que tiene problemas de atención y deberá acudir a clases de refuerzo. Suzanne Gakins y otros investigadores llaman a este tipo de atención (la atención natural sin concentración, esa mirada que vagabundea) “atención abierta” y se aproxima, según la psicóloga, al concepto budista de “plena conciencia”. Si algo se mueve en el campo de visión de un niño con atención abierta, podrá pasar horas y horas observándolo y asimilará su cultura y construirá su identidad a través de un proceso natural de ósmosis. Los niños forzados a permanecer en estado de concentración acaban por perder su capacidad natural de observación.

Evidentemente una vez que hemos pasado tanto tiempo de nuestra vida aislados y nuestra capacidad de atención abierta ha terminado por agotarse, cuando llegamos a la  edad adulta y nos vemos libres de la época de confinamiento escolar todo nos resulta confuso. Todo nos aburre, estamos desorientados y no tenemos claro el papel que nos corresponde desempeñar en el mundo. Ni siquiera nos han enseñado lo fundamental, esto es, que ocupamos un lugar en el cosmos y que somos responsables de su preservación. Estamos muy lejos del camino del autoconocimiento y la soberanía individual – objetivo clave en la realización personal de un ser humano- pues hemos sido educados para someternos a autoridades ajenas y vivir en un estado de ausencia de nosotros mismos.

Si limitamos demasiado la fuerza de voluntad de un niño se volverá rebelde y no cooperativo. En las culturas no industrializadas los adultos comprenden que el espíritu humano es salvaje en sí mismo (dotado de voluntad propia) y los niños crecen en toda libertad. Son libres de moverse, de preguntar cualquier cosa o responderla, libres de pensar en voz alta.

Para los primeros misioneros de América y África esto supuso una gran fuente de frustración, pues los esfuerzos por educar a niños indígenas se veían obstaculizados por padres que no aceptaban ni la más mínima agresión física sobre sus hijos. “Los salvajes – se quejaba el misionero jesuita Paul le Jeune en 1633- son incapaces de castigar a un niño, incapaces de ver a un ser humano castigado. Esto hace verdaderamente difícil el éxito de nuestra misión educativa entre los jóvenes”.

El aprendizaje debe fundarse sobre el principio ético de no-interferencia con el fin de garantizar el derecho de cada ser humano de llevar a cabo sus propias elecciones vitales siempre y cuando no interfieran en las elecciones de los otros y como explica Leanne Betasamosake Simpson, escritora de origen Anishinaabe, el aprendizaje – como toda relación humana- deber basarse sobre el principio ético de “consentimiento” en aras de garantizar el derecho de todo ser humano a no aceptar sobre sí mismo ni violencia ni coacción. Simpson añade: “Si los niños aprenden a normalizar la dominación y la ausencia de consentimiento en el ámbito de la educación escolar, cuando sean mayores no sabrán establecer límites sobre sí mismos y serán individuos fácilmente manipulables por aquellos que ostentan el poder”

Escolaridad alternativa o desescolarización

 Llegados a este punto, me gustaría hacer una pequeña aclaración personal y es que siempre me ha resultado interesante, desde mi propia experiencia, pero también observando la experiencia ajena, la relación que han tenido la mayor parte de artistas o científicos de nuestras sociedades occidentales con el colegio. Verdi no fue admitido en la Escuela Superior de Música de Milán. Picasso, Leonardo da Vinci o Debussy fueron malísimos estudiantes. Charles Darwin era, según sus maestros, “un chico que se encuentra por debajo de los estándares comunes de la inteligencia. Es una desgracia para su familia”. Stephen Hawking recuerda sus años de la universidad como un periodo de “aburrimiento y con la sensación de que no mereciera la pena esforzarse”. Y todos conocemos la famosa cita de Einsten “La educación es lo que queda después de que uno ha olvidado lo que aprendió en la escuela”.

Los ejemplos son innumerables. Niños distraídos cuyas miradas vagabundeaban a través de la ventana, acusados permanentemente de no escuchar, de estar en la luna. Estas personas creativas fueron niños salvajes que, a pesar de todo, consiguieron preservar su verdadera naturaleza por encima del yugo institucional domesticador y  cuando llegan  a ser personas adultas rescatan a ese niño que no pudo expresarse y lo liberan. Empiezan a ser verdaderamente niños a la edad adulta y es por ello que sus obras sorprenden por su grado de ingenio y libertad. Son hombres y mujeres salvajes. Son hombres y mujeres dotados de voluntad.

Otros, sin embargo, no tienen la misma suerte y llegados a la edad adulta, acaban por sentirse extraviados, incapaces de adaptarse al mundo de la competitividad y la esclavitud laboral que se les ofrece. Sin voluntad son fácilmente conducidos por fuerzas externas, arrojados a la corriente turbulenta de un mundo hostil donde el trabajo y el salario son las únicas razones de existir y el éxito se mide en cifras. Algunos caen en las drogas, el alcohol, el pesimismo y la frustración. Separados de la naturaleza que es lo mismo que separarse del yo interior, la vida es un lugar sin sentido y cargan así con un oculto sentimiento de culpa, ese mismo que les inculcaron en la escuela; la baja autoestima del que ha suspendido o se sabe “insuficiente”.

Y los demás pues se adaptan como los roedores a las jaulas. Muchos de los que ocupaban las primeras filas dirigen hoy bancos y multinacionales y ostentan el poder político y financiero. Nunca se han acercado ni por asomo a su naturaleza salvaje y han vivido en un estado de ausencia de sí mismos, defendiendo cosas que en el fondo- sin saberlo- les son completamente ajenas e identificando su persona con un puesto profesional, un estatus social o una ideología acorde a sus intereses.

***
Entre los numerosos críticos de la escuela moderna, se hallan dos pensadores que además de su trabajo intelectual han llevado a cabo sendos proyectos de educación alternativa: Krishnamurti y Rudolph Steiner.

Ambas escuelas exploran la relación del alumno con la naturaleza y abordan cuestiones psicológicas como el miedo, la autoridad, la competencia, el amor y la libertad. Son espacios de discusión y debate donde se presta mucha atención a la calidad del lenguaje que, como sabemos, es el sustento del pensamiento. Un lugar donde explorar las dudas existenciales más profundas en una atmósfera de libertad y responsabilidad.

Krishnamurti escuela alternativa

Las escuelas de Krishnamurti se orientan hacia la educación del espíritu y por ello se edifican en espacios de gran belleza natural. Son espacios de convivencia, austeros pero cómodos, salas espaciosas y atractivas bibliotecas y laboratorios bien equipados. Se promueven las relaciones de mutuo afecto y amistad entre alumnos y maestros, no se separa a los alumnos por edad ni por sexo, ni se organizan las clases en filas. Se ofrece además una dieta vegetariana sencilla y completa.

Por otra parte, las escuelas Waldrof han evolucionado mucho desde la muerte de su fundador Rodolph Steiner, y parece ser que en sus comienzos tenían un componente más místico y espiritual, aunque esto no lo he podido comprobar.

Abordar la obra de este interesantísimo pensador es abrir las puertas a un nuevo mundo donde el pensamiento científico y la imginación se entremezcln sin límites. Fue fundador de la antroposofía, la agricultura biodinámica, la medicina antroposófica y también de la euritmia, que es el arte del transmitir a través del movimiento corporal aquello que en el interior del ser humano transcurre por medio de la palabra y de la música y que se ejercita a través de ejercicios de tipo coreográfico que sirven para expresar los tres aspectos del alma: el pensamiento, el sentimiento y, de nuevo, la voluntad.

Steiner y su proyecto Waldrof

Steiner fue un gran seguidor del pensamiento místico de Goethe y sobre la base de este misticismo fundó su proyecto educativo. Hoy en día son los hijos de los más ricos que acuden a estos centros de enseñanza (hay 160 escuelas Waldrof en Estados Unidos). Entre sus especificidades destaca la prohibición de ordenadores y cualquier tipo de tecnología. Paradójicamente los hijos de los grandes directores de la Silicon Valley, Google, Apple, Yahoo o Hewlett-Packard, envían a sus hijos a estas escuelas. El propio Steve Jobs sabía muy bien que los ordenadores destruyen la creatividad (y que una cosa es crear un concepto y otra alienarse al mismo) y a sus hijos, estudiantes todos ellos de la Waldrof, les prohibía utilizar ipads y videojuegos.

Vemos así que mientras las escuelas tradicionales de todas las naciones compran tecnología a la industria privada recalentando el motor de la economía internacional, las escuelas de los que crean esa tecnología para la plebe, se educan libres de ella.

A parte de estas dos escuelas existen muchísimos otros proyectos de escolaridad alternativa, entre ellos la desescolarización.
Son numerosas las familias en el mundo que asumen la educación de sus hijos al margen del dogma institucional. Quienes optan por este camino suelen ser padres con un alto nivel cultural capaces de asumir la educación de sus hijos integrándola naturalmente en sus vidas sin necesidad de hacer sonar un timbre o una campanilla. Un ejemplo es la familia Zapp, un matrimonio argentino que recorre desde hace quince años el mundo en un viejo Graham-Paige del año 1928 con sus cuatro o cinco hijos. La escuela de estos niños es el mundo mismo, la geografía y los conocimientos lingüísticos los adquieren durante el viaje, la lectura, el dibujo, el canto, la biología, la naturaleza, los nombres de los animales y de las plantas. También reciben clases de matemáticas y física, a veces a través de sus propios padres y otras, de profesores particulares. Estos niños no sienten una línea divisoria entre el trabajo y el ocio, sino que ambos forman parte de ese todo que es la vida.

Y no son los únicos, la escuela en casa es una opción revolucionaria para aquellos capaces de asumirla verdaderamente a nivel formativo.

El pensamiento binario. Verdadero o falso

desescolarizaciónLa visión dualista, el pensamiento binario, está profundamente anclada en nuestro sistema educativo y, por extensión, en nuestras mentes y en nuestras sociedades.

Separamos y contraponemos y enseñamos a separar y a contraponer lo bueno de lo malo, el trabajo del ocio, los profesores de los estudiantes, lo rico de lo pobre, el éxito del fracaso, lo salvaje de lo civilizado y lo verdadero de lo falso. Limitamos de esta manera la percepción múltiple de la realidad que tenemos en nuestro estado salvaje a un pensamiento maquinal, maniqueo y binario.

La realidad es una proyección de nuestra conciencia. Si nuestro pensamiento es binario nuestra realidad también lo será y en este sentido viviremos limitados. No es de extrañar que el ser humano cree hoy robots – hechos a imagen y semejanza de sus propios creadores – con una inteligencia tan artificial como la que se promueve en gran parte desde la enseñanza.

Siempre me han llamado la atención y me han hecho sentir incómoda los ejercicios tipo test “verdadero – falso”. Lo que debería enseñarse al alumno es que nada es verdadero ni falso en sentido absoluto sino que todo es cambiable, modificable y cuestionable. Cualquier axioma puede ser desmontado en un futuro y en este sentido la verdad y la falsedad son conceptos impostores y engañosos que nos conducen a la certitud y al prejuicio, a ser incapaces de escuchar y cuestionar verdaderamente, juzgando por nosotros mismos, todo aquello que nos cuentan los teólogos de las ciencias y las verdades irrefutables.

***

Nos hemos subido al barco de este gigantesco proyecto distópico, hemos izado la bandera del progreso económico surcando, viento en popa a toda vela,  los mares de la usura y la ambición, poniendo a prueba al mismo Cosmos y tratándolo como si fuese una pequeña choza susceptible de algunas chapuzas y reparaciones, acomodándolo a nuestro gusto y conveniencia.

Pero los ingenieros sociales del progreso saben muy bien que, más allá de cualquier plan domesticador, cada ser humano que nace nace en estado salvaje. Todo ser humano nace dotado de voluntad y por lo tanto nace humano. Ningún robot podrá jamás tener tal privilegio y esto es lo que nos diferencia principalmente de ellos; nuestra naturaleza salvaje.

 goran-djurovic-cubiclesLos planes domesticadores funcionan, como funciona la monocultura, las instalaciones petrolíferas que succionan la sangre de la Tierra, la producción y el consumo a gran escala  y la  cultura de masas. Esta educación orientada a un mercado especializado convierte a nuestros hijos en engranajes de una maquinaria de producción a gran escala que destruye nuestras vidas y nuestro planeta a un ritmo que escapa a nuestro control.

Los profesores más rebeldes intentan paliar estos efectos deplorables y transmitir otro tipo de enseñanza. Cierto que algunos incluso consiguen abrir una pequeña ventana a otro mundo. En mi caso particular, durante los trece años de confinamiento estéril por los que tuve que pasar antes de entrar en la universidad y seguir siendo, durante algún tiempo, un no ser, es decir, una entidad desprovista de soberanía e individualidad,  sólo hubo , digo, en esos trece años un profesor capaz de enseñarme algo importante. Tuvo que ser por supuesto un profesor de filosofía del antiguo curso de orientación universitaria (COU) que instaló en el instituto una enseñanza a contracorriente. Se llamaba Niti y tenía a todo el profesorado de los nervios pues se negaba a seguir el programa al pie de la letra. Entre otras infracciones, Niti destruía las filas y las convertía en una U ocupando su puesto en el centro e intercambiándolo con cualquier alumno según el orden de preguntas y respuestas que íbamos planteando. También íbamos a la playa y al campo y siempre no sentábamos en círculo. Supe por primera vez a mis dieciocho años que hacerse preguntas y respuestas acerca de la vida y de la muerte era una actividad natural y propia del hombre, pero yo nunca había oído a nadie hablar en estos términos con la naturalidad de Niti ni utilizar palabras como “humanismo”, “espiritualidad” o “alma”. Supe que contrariamente a lo que me había enseñado el resto del mundo, no había certitudes ni verdades universales y que todo, absolutamente todo, era cuestionable. Supe que hubo un tiempo en que la escuela y el ocio eran todo uno (escuela del griego “skolé” quiere decir “tiempo libre”) y que estudiar no era un trabajo ni un deber, sino uno de los muchos placeres de la existencia, como correr o nadar o hacer el amor.

Niti no nos puntuaba pero sí nos hacía leer y leer y analizar muchos textos. Los resultados de nuestros análisis los comentaba con nosotros individualmente y se aseguraba de que habíamos aprendido lo fundamental, es decir, que habíamos aprendido a dudar.

Estos profesores son excepcionales y hay uno entre un millón. No hay que confundirlos con esos otros que también tratan de mitigar los efectos deplorables de una rígida institucionalización tratando de hacer de la enseñanza un juego ridículo, convirtiendo los absurdos deberes en absurdas diversiones y los ejercicios en entretenimiento. Estos profesores animan como los payasos de un circo a sus invitados (de hecho en Bélgica y en Francia ya existe el cargo profesional de “animateur” de colegio) o como los guardianes de los zoológicos ofreciendo baloncitos y pelotitas de goma a los osos polares en cautiverio.

Pero la naturaleza es demasiado maravillosa como para que un jueguecito de goma pueda remplazar las montañas de nieve y los glaciales del Ártico y los niños más salvajes – esos de las últimas filas, esos de las clases de refuerzo y pedagogía- lo saben bien. Esos niños son como los canarios en las minas de carbón, esos niños no obedecerán a sus maestros, ni a sus dirigentes políticos ni a sus reyes y no ocuparán un puesto en el engranaje de la maquinaria que destruye el planeta. No son ellos quienes tienen un problema. Al contrario. Esos niños llevan en sus corazones la perfección del Cosmos.

La revolución no tendrá lugar en un aula de clase.

Es en nuestra naturaleza salvaje donde se halla la preservación del mundo.


Este texto ha sido tomado en parte del artículo de Carol Black , traducido al francés por Jessica Aubin “La révolution n’aura pas lieu dans une classe”, de la obra “Walking” de Henry David Thoreau,  de mis lecturas de Rodolph Steiner e Ivan Illich, del segumiento del proyecto “Schooling the World” así como de mis vivencias y experiencias personales.  Adjunto sin traducir las referencias históricas tal y como aparecen el artículo de Jessica Aubin.

Les dejo un documental interesantísimo y muy recomedable sobre este tema “Escolarizar el mundo” . Desafortunadamente no he encontrado traducción al español, aquí os dejo el vídeo en inglés y en francés

Inglés

Francés

Note de fin (NdE) : Aussi perturbant que cela puisse paraître aux yeux de beaucoup, habitués à entendre le sempiternel refrain selon lequel l’école (l’éducation nationale, ou étatique) est un progrès merveilleux, une chance inestimable, et autres fadaises, l’école est en effet historiquement et fonctionnellement une institution d’endoctrinement, de colonisation, et, nous pourrions dire, une arme de destruction massive des cultures, des communautés, de la diversité et de la liberté humaines. Quelques exemples, pour l’illustrer, par ordre chronologique :

“Tant qu’on n’apprendra pas dès l’enfance s’il faut être républicain ou monarchique, catholique ou irréligieux etc., l’État ne formera point une nation ; il reposera sur des bases incertaines et vagues ; il sera constamment exposé aux désordres et aux changements”.

“Mon but principal, dans l’établissement d’un corps enseignant, est d’avoir un moyen de diriger les opinions politiques et morales”.

— Napoléon Bonaparte (1806)

La loi Falloux (1850), proclame que “L’enseignement est libre” tout en ajoutant que “La liberté d’enseignement s’exerce selon les conditions de capacité et de moralité déterminées par les lois, et sous la surveillance de l’État. Cette surveillance s’étend à tous les établissements d’éducation et d’enseignement, sans aucune exception.”

“Dieu dans l’éducation, le pape à la tête de l’Église, l’Église à la tête de la civilisation”.

— Comte de Falloux (1856)

“Dans les écoles confessionnelles, les jeunes reçoivent un enseignement dirigé tout entier contre les institutions modernes […] si cet état de choses se perpétue, il est à craindre que d’autres écoles ne se constituent, ouvertes aux fils d’ouvriers et de paysans, où l’on enseignera des principes totalement opposés, inspirés peut-être d’un idéal socialiste ou communiste emprunté à des temps plus récents, par exemple à cette époque violente et sinistre comprise entre le 18 mars et le 24 mai 1871.”

— Discours de Jules Ferry au Conseil général des Vosges en 1879.

“Ce qu’il faut surtout recommander à l’ouvrier, c’est l’ordre, c’est l’économie, par-là, on s’élève, pas tout d’un coup bien entendu. Mon père n’avait rien, j’ai quelque chose ; mes enfants, s’ils font comme moi, doubleront l’argent que je leur laisserai et mes petits-enfants seront des messieurs. C’est ainsi qu’on s’élève dans la société”.

— Pierre Laloi / Ernest Lavisse, “Petites Histoires pour apprendre la vie” (1887)

“D’après l’expérience constante de ceux qui ont consacré leur vie à l’éducation de la race noire, il n’y a presque rien à faire avec les adultes qui n’ont jamais travaillé et qui, à peu d’exceptions près, se donneront bien garde de le faire pour enrichir un autre plus rusé qu’eux, comme ils le disent ingénument eux-mêmes. Il faut donc commencer par les jeunes générations et leur apprendre de bonne heure que le travail est un honneur et non pas un esclavage, il faut pour cela, multiplier ces établissements hospitaliers, où les institutions agricoles ne le cèdent en rien à la culture intellectuelle et morale, c’est seulement en faisant marcher de front ces deux choses, que l’on pourra civiliser l’Afrique et obtenir du Noir ce travail constant, qu’aucun Européen ne pourra fournir sous le climat débilitant de l’équateur africain.”

— La barbarie africaine et l’action civilisatrice des missions catholiques au Congo et dans l’Afrique équatoriale (1889)

“De nombreuses écoles ont été créées ; l’instruction est obligatoire. Une loi impose aux parents, aussitôt que leurs enfants ont atteint l’âge de pouvoir apprendre, de choisir une école et de les y placer. […]

Lorsque l’enfant est entré à l’école, il est interdit de l’en retirer avant qu’il ait acquis une instruction qui d’ailleurs est assez sommaire. […]

L’enseignement comprend la langue malgache et les langues française et anglaise et des études primaires très rapides. […]

Quelques ouvrages d’enseignement ont été traduits en malgache et sont en usage dans les écoles. On a de même traduit des ouvrages de littérature et de science.”

— France civilisatrice (1895)

“Il ne suffît pas, pour assurer le relèvement moral des populations indigènes, de leur donner le goût du travail ; il faut encore leur fournir les moyens, une fois ce premier résultat acquis, de continuer à gravir les différents échelons qui les mèneront, en fin de cause, au maximum de progrès dont elles sont susceptibles. […]

L’enseignement est un des facteurs puissants qui facilitent cette tâche ; aussi l’État du Congo s’y est-il particulièrement intéressé. […]

La part qui revient aux missions dans l’œuvre civilisatrice est considérable : la régénération de la race noire est, en effet, l’objet des préoccupations des missionnaires et leur participation à l’œuvre d’enseignement est un appoint sérieux aux efforts tentés par le Gouvernement dans cet ordre d’idées.”

— L’œuvre civilisatrice au Congo belge, chapitre “La régénération morale de l’indigène : L’enseignement.” (1912)

L’éducation nationale ou étatique est un projet. Un projet initialement élaboré par les dirigeants des empires et des royaumes, qui deviendront ensuite des pays et des états (démocratiques, cela va sans dire, par quelque tour de passe-passe, monarchie, abracadabra, démocratie), visant à promouvoir amour et loyauté envers l’organisation politique et économique qu’ils souhaitent voir régner sur leur territoire. C’est donc aussi un outil, un outil d’acculturation, d’endoctrinement, de fabrication du consentement, qui cache, sous une prétention philanthropique, une volonté autoritaire, dont l’objet est d’instaurer et de faire respecter un ordre institutionnel élaboré de manière antidémocratique, non pas par le peuple, mais par des minorités au pouvoir.

Comme le résume le professeur de sciences politiques à Yale, James C. Scott :

“Une fois en place, l’État (nation) moderne a entrepris d’homogénéiser sa population et les pratiques vernaculaires du peuple, jugées déviantes. Presque partout, l’État a procédé à la fabrication d’une nation: la France s’est mise à créer des Français, l’Italie des Italiens, etc.

Cette tâche supposait un important projet d’homogénéisation. Une grande diversité de langues et de dialectes, […] a été, principalement par la scolarisation, subordonnée à une langue nationale, qui était la plupart du temps le dialecte de la région dominante. Ceci a mené à la disparition de langues, de littératures locales, orales et écrites, de musiques, de récits épiques et de légendes, d’un grand nombre d’univers porteurs de sens. Une énorme diversité de lois locales et de pratiques a été remplacée par un système national de droit […].

Une grande diversité de pratiques d’utilisation de la terre a été remplacée par un système national de titres, d’enregistrement et de transfert de propriété, afin d’en faciliter l’imposition. Un très grand nombre de pédagogies locales (apprentissage, tutorat auprès de “maîtres” nomades, guérison, éducation religieuse, cours informels, etc.) a généralement été remplacé par un seul et unique système scolaire national, dont un ministre français de l’Éducation s’est un jour vanté en affirmant que, puisqu’il était précisément 10h20, il connaissait le passage précis de Cicéron que tous les étudiants de tel niveau étaient actuellement en train d’étudier partout en France. La vision utopique d’uniformité fut rarement réalisée, mais ces projets ont néanmoins réussi à abolir une multitude de pratiques vernaculaires. […]

Et si nous soumettions l’école au même examen ? Après tout, l’école est une importante institution publique de socialisation pour les jeunes d’une très grande partie du monde. La question est d’autant plus pertinente compte tenu du fait que l’école publique a été inventée à peu près au même moment que la grande usine concentrée sous un seul toit, et que les deux institutions ont clairement un air de famille. L’école était, dans un sens, une usine où l’on offrait une formation de base, soit des compétences minimales en calcul, en lecture et en écriture, afin de répondre aux besoins d’une société en pleine industrialisation. Gradgrind, la caricature du directeur calculateur et impérieux imaginée par Charles Dickens dans Les temps difficiles, sert justement à évoquer l’usine et ses routines de travail, ses horaires disciplinés, son autoritarisme, son ordre visuel enrégimenté et, tout particulièrement, la démoralisation et la résistance de sa main-d’œuvre juvénile.

L’éducation publique universelle est évidemment conçue pour accomplir bien plus que de produire uniquement la force de travail nécessaire à l’industrie. C’est à la fois, et à des degrés comparables, une institution politique et économique. Elle est conçue pour produire un citoyen patriotique dont la loyauté envers la nation surmontera les identités régionales et locales enchâssées dans la langue, l’ethnicité et la religion. La contrepartie de la citoyenneté universelle de la France révolutionnaire était la circonscription universelle. Ces citoyens patriotiques étaient davantage fabriqués, au sein du système scolaire, grâce à la langue d’enseignement, la standardisation, les leçons implicites d’embrigadement, l’autorité et l’ordre que par le programme scolaire officiel.

Le système scolaire primaire et secondaire moderne a été fortement altéré par les théories pédagogiques en constante évolution et, tout particulièrement, par l’abondance et la “culture des jeunes” en tant que telles. Ses origines, qui remontent à l’usine, si ce n’est à la prison, sont toutefois incontestables. L’éducation universelle obligatoire, en dépit de son caractère plus ou moins démocratisant, a également obligé tous les élèves, à quelques exceptions près, à aller à l’école. Le fait que l’assiduité scolaire ne soit pas un choix, c’est-à-dire un acte autonome, signifie que l’école, en tant qu’institution obligatoire, avec toute l’aliénation que cette contrainte entraîne, surtout lorsque les enfants commencent à être grands, se trompe dès le départ.

Toutefois, la grande tragédie du système scolaire public est que, dans l’ensemble, il est une usine à produit unique. Cette tendance a été exacerbée par la volonté, observée au cours des dernières décennies, de standardiser, mesurer, tester et comptabiliser. Ainsi, les motivations proposées aux étudiants, aux professeurs, aux directions d’écoles et aux districts scolaires ont eu pour effet de canaliser l’ensemble des efforts vers la fabrication d’un produit standard qui satisfait les critères établis par des vérificateurs.

Nous pouvons tous, aujourd’hui, constater le résultat de cette entreprise de standardisation du monde :

“Désormais, se trouve partout un modèle vernaculaire unique : l’État-nation de l’Atlantique Nord, tel que codifié au XVIIème siècle et subséquemment déguisé en système universel. En prenant plusieurs centaines de mètres de recul et en ouvrant grand les yeux, il est étonnant de constater à quel point on trouve, partout dans le monde, pratiquement le même ordre institutionnel: un drapeau national, un hymne national, des théâtres nationaux, des orchestres nationaux, des chefs d’État, un parlement (réel ou fictif), une banque centrale, une liste de ministères, tous plus ou moins les mêmes et tous organisés de la même façon, un appareil de sécurité, etc.”

De New-York à Kuala Lumpur, on aperçoit désormais les mêmes Starbucks, les mêmes Mac Donalds, les mêmes Ikea, et ainsi de suite. Partout sur Terre, on ne retrouve plus, à peu de choses près (à quelques détails folkloriques, quelques vestiges traditionnels superficiels près), qu’un seul mode de vie. La jeunesse des villes de Thaïlande, comme celle des villes de France, de Dubaï, de Panama, ou de Buenos Aires, cherche à s’insérer professionnellement dans la même organisation sociale, dans un même système économique et politique mondialisé. La civilisation est parvenue à mondialiser, entre autres joyeusetés, ses destructions environnementales, sa police d’État, sa propagande médiatique, ses dépressions, ses anxiolytiques, ses compagnies pharmaceutiques, ses inégalités économiques, etc. Pour cela, elle a pu et peut encore compter sur la mondialisation de son système éducatif.

“Scolariser le monde” (film documentaire)

Si vous vouliez détruire une culture en une génération, comment feriez-vous ?

Vous changeriez la manière dont les enfants y sont éduqués.

Le gouvernement des USA le savait bien, lorsqu’au 19ème siècle il inscrivait de force les enfants d’Indiens d’Amérique dans des écoles gouvernementales. Aujourd’hui, des bénévoles construisent des écoles dans toutes les sociétés traditionnelles du monde, persuadés que seule l’école est en mesure d’offrir une vie “meilleure” pour les enfants ruraux et indigènes.

Mais est-ce le cas ? Que se passe-t-il vraiment lorsque nous remplaçons l’ensemble des savoirs d’une certaine culture par le nôtre propre ? La vie devient-elle plus belle pour ses membres ?

SCOLARISER LE MONDE (réalisé par Carol Black) porte un regard défiant, parfois amusant, et finalement profondément troublant, sur le rôle joué par l’éducation moderne dans la destruction des dernières cultures soutenables, ancrées dans leur territoire écologique.

Filmé sur place, dans les magnifiques montagnes du Ladakh bouddhiste, dans le nord de l’Himalaya indien, le documentaire transmet les voix de Ladakhis à travers une conversation entre quatre penseurs : l’anthropologue et ethnobotaniste Wade Davis, qui travaille pour National Geographic ; Helena Norberg-Hodge et Vandana Shiva, toutes deux récipiendaires du prix Nobel Alternatif pour leur ouvrage avec les peuples traditionnels d’Inde ; et Manish Jain, un ancien concepteur de programmes éducatifs pour l’UNESCO, USAID et la Banque Mondiale.

Il examine les prétentions cachées de supériorité culturelle derrière les projets d’aide à l’éducation, qui cherchent ouvertement à faire en sorte que les enfants “s’échappent” vers “une vie meilleure”.

Il souligne l’échec de l’éducation institutionnelle à abolir la pauvreté – ici aux USA comme dans le monde soi-disant “en développement”.

Il questionne également nos définitions de la richesse et de la pauvreté – et du savoir et de l’ignorance – tandis qu’il dévoile le rôle joué par les écoles dans la destruction d’une agriculture traditionnelle soutenable et de savoirs écologiques, dans la dislocation de familles étendues et de communautés, et dans la dévaluation d’anciennes traditions spirituelles.

Finalement, SCOLARISER LE MONDE, appelle un “dialogue profond” entre les cultures, suggérant que nous avons au moins autant à apprendre qu’à enseigner, et que ces anciennes sociétés soutenables peuvent abriter des savoirs vitaux pour notre propre survie au cours du prochain millénaire.

Bon visionnage :

https://www.youtube.com/watch?v=D8YCBs8HbR8

 

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Ci-Vil, el A Bao a Qu

dominique_goblet_01G-001Tengo, desde hace años, en la parte derecha de mi abdomen, entre la vesícula biliar y el intestino grueso, un A Bao a Qu al que secretamente he bautizado con el nombre de Ci-Vil .
Este animalito curioso, mitad humano, mitad demonio, es tan siniestro como diminuto. Su rostro es el de una culebra con cara de mujer cuya contemplación ofendería a los mismos astros. Sus ojos no tienen color pero siempre llamean de odio. Del vientre de esta bestia se escapan continuos lamentos y reclamaciones insaciables. Yo le quiero así tal y como es y de verdad que no lo juzgo. Lo llevo, eso sí, encerrado en una jaula pues temo que su visión destruya la Tierra y perturbe los ritmos biólogicos del cosmos. Sus garras de león tienen tonos escarlata y cuando tiene hambre no duda en sacarlas por entre los barrotes de hierro rozándome sin piedad las entrañas. Yo le doy todo lo que me pide y ello me hace verdaderamente feliz. Nunca le he reprochado nada, pues de su tristeza hago yo mi alegría y de sus pesadillas mis sueños. Sus sombras iluminan mi rostro y sus miedos son mis retos. En realidad no sé qué haría sin él y egoístamente lo encierro bajo doscientos candados. No crean ustedes que soy cruel, en realidad siempre le he otorgado la libertad de expresarse (no me atrevería ciertamente a otra cosa) y mantengo un decoroso respeto hacia sus ideas, sus gustos y sus caprichos. Ci-Vil se nutre principalmente de gatos negros, crepúsculos enardecidos y abrasados desiertos de arena. Aunque nunca lo ha confesado, sé que también le fascinan los graznidos de los cuervos envolviendo campos incendiados y estaciones ferroviarias de oxidados aceros.
Nuestros mejores momentos juntos han sido siempre paseando como buenos amigos, mano a mano, entre la niebla.
Durante muchos años convivimos sin presentarnos. Yo temía que preguntarle su nombre hiriese sus sentimientos y revolviese esas vísceras que a veces comparte conmigo. No obstante un día del mes de octubre, en uno de nuestros paseos brumosos, Ci-Vil me habló de esta manera:

– Recuerdo como si fuese ayer aquel día del año de gracia de mil novecientos ochenta y ocho.
Era una mañana gris y lluviosa y un denso enjambre de nubes negras se cernía sobre mi cabeza. A la entrada del nuevo colegio varias criaturas con uniformes de colores apagados se reunían en grupos. A primera vista parecían pertenecer a mi estirpe, así que me acerqué al primero de ellos y como era mi costumbre, les di muy educadamente los buenos días. Me respondieron en un lenguaje extraño, tal vez una lengua vernácula con una prosodia ciertamente espeluznante cuya sola articulación desestabilizaba los vientos. Deletrearon ante mí sus nombres propios. El primero de ellos respondía al nombre de Mejillón y en lugar de ojos, dos pezuñas malévolas me escudriñaron como dos grandes zarpas. El segundo  era moreno, huraño y cejijunto. No se le veían los ojos y se le conocía con el nombre de Buitre pues se nutría de pájaros y su misión consistía en aniquilar las preguntas y responderlas sin palabras. La tercera de las criaturas se llamaba Vituca, la mitad de su rostro era de mujer y la otra mitad de salamandra y su cuerpo parecía envuelto en un duro caparazón de amarillentas escamas. Este animal feral desconocía la palabra escrita y la conjugación de tiempos compuestos. El cuarto, Carrancholo, tenía nombre de erizo de mar y su lomo estaba cubierto de berzas y hierbas silvestres. Tenía púas en la frente y sus ojos eran rojos como la sangre.
Una oscura razón elemental me obligó a registrar todos aquellos nombres, tal vez porque intuí que eran patéticos. Creí entonces reconocerlos: aquellas criaturas pertenecían a la estirpe bestial de los rústicos, criaturas trogloditas que economizan la palabra y devoran pájaros, hierbas silvestres y crustáceos de cuyos nombres se adueñan. El desprecio constituye entre ellos un signo de camaradería y la virtud el mayor de los defectos. Sus ojos malévolos y brillantes me infundieron ciertamente temor.
Les seguí no obstante hacia una de las aulas del colegio de paredes húmedas y ventanas marítimas por entre cuyas viejas rendijas ululaba sibilino un viento atormentado.
Los rústicos ocuparon sus puestos en compacta disciplina bajo la autoridad y el gobierno de una fea institutriz de dimensiones sobrecogedoras. A pesar de que su cuerpo era el de un animal terrestre de configuración más o menos regular, sus dos enormes pechugas se arrastraban a ras de suelo como dos extremidades extenuadas por el fatídico peso de la gravedad. Como buen ejemplar de la estirpe troglodita escondía su verdadera identidad bajo el nombre impío de un artrópodo devorado. Se la conocía en aquellas tierras australes como la Centolla y su misión consistía en proclamar la palabra de Dios no solo en aulas escolares sino también detrás del mostrador de una mercería complejamente insensata. En las vitrinas de su comercio, la Centolla exhibía sin pudor bragas de satén, medias de seda y  una pierna de plástico cubierta de ligueros y finos encajes que compartían espacio con estatuas de vírgenes y santos redentores del pecado de la concupiscencia y la libidinosidad.
La Centolla tenía acceso a los cielos superiores, a las jerarquías angélicas y eran grandes sus conocimientos teocráticos. Señor mío Jesucristo. Dios y hombre verdadero. Enhiesta como el báculo de Dios nos habló aquel día del pecado venial y su diferencia con el pecado mortal que conducía a los hombres a las llamas del infierno y el padecimiento eterno donde expiraría el universo y el tiempo. Creador, padre y redentor nuestro. Sus dientes afilados me parecieron ciertamente expresivos incluso cuando no los mostraba. Por ser vos quien sois, bondad infinita. De esta enseñanza pasó a otras todavía más vertiginosas y desde la oscuridad de mi pupitre descubrí una metáfora hasta entonces ignorada. Descubrí el bautismo.
Amén.

Los rústicos eran criaturas bautizadas y pude percibir en su extraño lenguaje la constatación de una relación entre sus artrópodos nombres y ese acto bautismal. Desde las tinieblas que envolvían la última fila en la que yo me escondía, ejecuté uno de los actos más valerosos de mi vida. Alcé mi entonces blanca y hermosa manita y formulé ante todos ellos la siguiente pregunta:
– ¿Qué es el bautismo?
Sus rostros levemente sacrílegos y ciertamente atroces se volvieron hacia el mío. Al otro lado de la ventana las nubes habían adquirido formas de serpiente y animales sombríos y se movían en el cielo como demonios alados.
La Centolla me observó como la oruga azul y grosera del país de las maravillas. Se acercó sobre las dos patas delanteras que eran sus enormes tetas y como era propio en la tribu de los rústicos, contestó a su vez con otra pregunta:
– ¿Tú? ¿Quién eres tú?
Temeroso y dubitativo balbuceé mi nombre. Me miró entonces desde los cielos superiores donde compartía su espacio con todas las jerarquías angélicas. Su longitud había adquirido al menos doscientos pies de altura y percibí en su frente un solo ojo que me observaba con esa mezcla de omnipresencia y torpeza propias de un cíclope miope. Por detrás de la Centolla pude observar en un segundo plano un ejército de ojos amarillos que se asomaban desde las filas delanteras como un séquito servicial de hormigas malignas. La clase adquirió contornos administrativos de consejo superior del poder judicial y desde el estrado de su divina magistratura la Centolla dictaminó la siguiente sentencia:
– Tú no tienes nombre
Las hormigas me observaron desde sus rostros disipados como fantasmas diurnos, su palidez contrastaba con el color intenso de sus amarillas pupilas y con sus pezuñas índice acuchillando mi rostro, sentenciaron y corroboraron la sentencia de la institutriz con la fuerza musical de un coro angelical.
– Si no estás bautizado no tienes nombre. No tienes nombre. No tienes nombre. No tienes nombre
Temeroso y desconfiado me atreví  en un primer momento a contradecir tales propósitos. Repetí mi nombre y les aseguré que debía de tratarse de una equivocación. La Centolla pareció extenderse en todas las direcciones y cruzando sus brazos sobre el hueco donde un día estuvieron sus tetas, añadió:
– Tu nombre es civil
Me quedé ahí suspendido en un presente incierto, fantasmal y brumoso exento a partir de entonces de pasado y porvenir. Ci-Vil era pues mi nombre. Desde la primera fila, lejos de las tinieblas que empezaban a envolver mi vida, una criatura dolicocéfala hecha de hilo y esparadrapo, orejas puntiagudas y ojos de espantapájaros abrió una boca de batracio espantosa con una membrana adjunta para guardar el pescado:
– Es el hijo del Diablo, sentenció.

Prisionero de un demonio que no había sido yo, confundido con él y por él suplantado transcurrieron así los días y con los días los años. Años de zozobra, de espanto y desasosiego. Mis ojos se oscurecieron y de sus verdes espectros sólo quedaron siniestras sombras. Mis labios se retorcieron y adquirieron la triste forma de un manubrio oxidado. Al desaparecer mis rasgos elementales y luminosos sólo quedó en el centro de mi rostro una fea nariz de ventanas tan marítimas e indecorosas como las de aquel húmedo colegio. Con el tiempo mis cabellos se encresparon y en su lugar crecieron antenas de alacrán cebollero. El cuerpo fue perdiendo su vigor y en su lugar, la piel de una culebra enjuta llena de pústulas remplazó mi hermosa epidermis. No obstante, la vida proseguía su curso bajo la apariencia de un hermoso espejismo tridimensional, ajena e insensible al plazo conminatorio y feroz de mi desarraigo.

Mediocre universo aquel aplastado por el peso de todas esas criaturas dogmáticas disfrazadas de domingo.
***
Con este lamento finalizó su historia el A Bao a Qu. Acto seguido se retiró cabizbajo, encorvado y retorcido al fondo de su jaula. Yo no dije nada (me pareció ciertamente delicado en aquellos momentos), pero acaricié, eso sí, su cabecita larvaria llena de antenas. Nunca le he llamado Ci-Vil para no herir sus sentimientos y espero que comprendan ustedes que la revelación de su identidad responde únicamente a la necesidad de garantizar el virtuosismo lírico de esta extravagante narración.
Como iba diciendo, ese día de octubre pude comprender la génesis de su naturaleza aberrante en aquella tierra austral madre de demonios, y me vi obligada a añadir cien candados más a su jaula de hierro, pues intuí que aquella confesión aparentemente inocente preludiaba una huida.

la casa azulLos A Baos a Qu*, como todo el mundo sabe, viven en estado más o menos letárgico en función de los casos y su vida transcurre como en una escalera simbólica de baldosas blancas y negras. En el primer escalón los A Baos a Qu carecen de vida consciente y todavía no son, pues su alma no ha nacido. Como mucho pueden vibrar cuando una persona espiritualmente avanzada les infunde vida y una pequeña luz interior se insinúa en sus ojos. En esos momentos,  su  cuerpo  y  su  piel de víbora translúcida empiezan a moverse. La misión del A Bao a Qu, criatura parasitaria por antonomasia, es ir subiendo peldaños a un ritmo acompasado al de su anfitrión. En cada escalón se intensifica su color. Su forma se  perfecciona  y  la  luz  que  irradia  es  cada  vez  más  brillante.  Testimonio  de  su  sensibilidad  es  el  hecho  que  él  sólo  logra  su  forma  perfecta  en  el  último  escalón,  cuando su anfitrión es un ser perfectamente evolucionado, lleno de pureza. No obstante sólo es posible verlo en su estado incompleto, cuando llega a la mitad de  la  escalera,  que es donde se hallaba hasta esta tarde.

Desde hace un tiempo vengo sintiendo sus deseos ocultos de alcanzar el último peldaño y de poco han servido todas mis precauciones y cerrojos.  Sé que su forma se ha ido perfeccionando y estos últimos meses debo confesar que he temido darle a luz. Me sobrecogía la idea que en una de sus manipulaciones descendiese desde mi vesícula biliar hasta mi útero y se convirtiese por error en mi propio hijo. Conozco bien sus artimañas y sé que de haber tenido la oportunidad no lo hubiese dudado un solo instante.

Esta misma tarde a la hora del té el cielo se ha oscurecido. He salido al jardín y me he recostado en la baranda para contemplar el espectáculo de la primavera incipiente. Todo estaba muy verde y del verde salían los capullos rosas de las rosas que empiezan a nacer. De las hojas del cerezo empiezan a nacer  como botones rojos, perfectos, las primeras cerezas que caen al patio y todo ello envuelto en una luz mágica, amarillenta y abrumadora, como si en vez de anochecer estuviese amaneciendo.
No sé cómo ha podido ocurrir pues los hechos se han sucedido vertiginosos y trepidantes. Primero he sentido un dolor agudo, como si me extirpasen un órgano y, sin previo aviso, un ejército desenfrenado de culebras rampantes ha avanzado desde el vientre a mi garganta. He intentado contenerlas en vano. Las escaleras de la balaustrada se han invertido y sus peldaños se han precipitado hacia abajo formando una espiral laberíntica de baldosas blancas y negras. Al cabo de dos o tres giros una bandada de pájaros negros ha emprendido su vuelo.
Indispuesta y aturdida me he dirigido a la sala de baño.
He lavado mi rostro con agua fría y al alzarlo frente al espejo he hallado el suyo.

Desvergonzado e insolente me ha mirado de frente, pero sus ojos hundidos en los pantanos de la pesadumbre me han impedido atisbar su alma. Vestía un traje veraniego de color blanco y una estúpida diadema aplastaba sus antenas, como queriendo disimularlas.  Su atuendo me ha resultado tan ridículo que no he podido evitar el amago de una risa contenida. Se ha dado cuenta de mi desprecio y su rostro se ha ensombrecido. Es tan fácil herirlo y sentir pena por sus desgracias que un sentimiento de piedad ha invadido mi alma.

Lo he mirado una y otra vez con el corazón palpitante y la sangre en ebullición. Una  gota helada de sudor ha erizado mi espalda. Ci-Vil, he dicho. Ci-Vil, Ci-Vil, he repetido. De pronto, una luz verde diminuta ha asomado al otro lado de sus pupilas y he podido ver con claridad mis ojos en el fondo de los suyos. Soy tú, ha dicho, enseñando sus dientes como una serpiente engatusadora y, vencida por su hechizo reptiliano,  he contemplado de pronto a la criatura más endiabladamente hermosa del mundo.
Una luz  cegadora ha irrumpido entonces en nuestra dimensión especular y el vidrio y el metal del espejo han estallado en mil pedazos.

******

*El “A Bao a Qu” ha sido recogido por Borges en su compendio de seres imaginarios.
La descripción de la criatura en este párrafo ha sido parcialmente tomada de la suya.

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El día que conocí a Fidel

regiLa muerte de Fidel Castro esta mañana me ha traído al pensamiento a mi tía Mariluz.

Mariluz era la hermana de mi abuelo y tenía una tienda de muebles en el pueblecito en el que vivíamos. La tienda había sido en otros tiempos una ferretería de la que todavía se conservan fotos muy antiguas y estaba en la plaza Rosalía de Castro que era una de las muchas plazas que había en el pueblo, casi todas con sus fuentes en el centro y sus caños regurgitando agua.
La fuente de la plaza Rosalía estaba gobernada por una mujer de piedra. En su regazo sujetaba un montón de peces cuyas bocas abiertas de par en par escupían los impetuosos chorros de agua. Me parecían siempre aterrorizados esos peces, como si la tarea de irrigación les infligiese un doloroso tormento. La gente decía que la estatua representaba una mariscadora, pero a mí me parecía una sirena sin cola que tenía algo que ver con mi propia tía.
Las tres cuartas partes de la plaza estaban enmarcadas por tres fachadas. Una era la de la vieja casa de piedra con conchas de vieira y musgos rampantes, la otra la regentaba Sindo, el dueño del bar Rosalía, y la tercera era la tienda de mi tía. En el último lado del cuadrilátero, justo enfrente de la  tienda, había unas escaleras de piedra que separaban la plaza de la avenida principal donde el ruido de los coches se mezclaba con las notas musicales que se escapaban por la ventana de Doña Felisa, la profesora de piano.
En los días de calor, Sindo montaba su terraza y los hombres y mujeres del pueblo degustaban mostos y vermús con tapas de aceitunas y cacahuetes, mientras mi tía Mariluz jugaba al tenis contra la vieja fachada, fumando un cigarrillo tras otro e ignorando las presencias ajenas a sus espaldas. De vez en cuando su pelotita amarilla caía sobre la cabeza de alguna viejecita y Mariluz soltaba una de sus estridentes carcajadas con resonancias de tabaco negro al fondo de su garganta.

Mariluz andaba por los cincuenta cuando yo llegué a este mundo y ya debía andar por los sesenta cuando descubrí que mi tía era una mujer. Recuerdo la pregunta que años más tarde formularían también mis hermanos pequeños.
– Pero mamá, ¿la tía Mariluz es una mujer?
No es que hubiese pensado que mi tía fuese un hombre. No, no era eso. En realidad hasta ese día – y sin duda gracias a su existencia- nunca había sido consciente de que existía una ley universal que dividía tajantemente a las personas entre hombres y mujeres; sin embargo, y a pesar de que mi madre ratificó con contundencia su condición femenina, yo seguí intuyendo que mi tía vulneraba naturalmente esa ley y de paso muchas otras.

Mariluz era alta, delgada y desgarbada. Era tan enclenque como musculosa, tan vieja como joven y su piel estaba tan arrugada como bien curtida por el mar. Cuenta la leyenda que en su juventud saltaba de cabeza desde la punta del muelle y surcaba a brazadas todos los mares del pueblo hasta llegar al mar de la Isla que era el más lejano de todos. Fue de esta manera que mi tía se ganó el apelativo de sirena. Su hábitat era el océano y acudía a él como un borracho a la barra del bar. Salía del agua caminando como un viejo pájaro de mar, sus aletas en la mano y uno de esos gorros de ducha con estampados de flores coronando su atolondrada cabeza.
Su cabello era tan blanco como negro y ella misma se lo cortaba con las tijeras de la cocina sin mirarse al espejo. Lo llevaba siempre corto y el único peine que sus pelos alocados conocían era el de la mano huesuda de su dueña deslizándose de vez en cuando a través del cráneo. Tenía ojos de águila y sus pupilas agudas relucían como puñales de plata. Invierno, otoño o verano se vestía con los mismos pantalones de pana color naranja butano y unas zapatillas de tela por las que se asomaba a menudo un dedo gordo como la pata retorcida de un percebe. Paradójicamente, de cintura para arriba solía lucir suéteres de punto y angora de la mejor calidad e incluso de vez en cuando deslizaba, sutil y elegante, un pañuelo de seda de cachemira por su cuello de garza. Elegía siempre colores oscuros y sobrios que contrastaban con sus pantalones naranjas y sus  zapatillas verdes agujereadas. Solía jactarse de sus gustos refinados y de haber empezado a fumar a los once años de edad.
Conducía una bicicleta holandesa de color verde y un viejo Peugeot cargado siempre de colchones, marcos de pvc, tablas de madera y utensilios de carpintería y de playa; sus dos grandes pasiones. A veces yo la ayudaba con sus cosas y aprovechaba para revolcarme y saltar en los colchones del almacén. Los niños no parecían interesarle ni más ni menos que el resto de los humanos y guardaba una relación distante y socarrona hacia nosotros. Como al viejo Tackleton, el vendedor de juguetes de Dickens, a ella también le divertía hacernos regalos horribles y ver la expresión de espanto en nuestras caras de niños malcriados. Mi tía me trataba con el mismo tono de burla que trataba al mundo entero.
– Cristobalito (así me llamaba), ven aquí puñetera, que te voy a dar un pellizco en el culo
Mi tía era conocida en el pueblo entero por los pellizcos que iba propinando a diestra y siniestra en el culo de la gente y por las estrepitosas carcajadas que tales hazañas le causaban.

La mueblería era un lugar sin orden ni justicia. Cientos de tresillos, armarios y camas pernoctaban a sus anchas en aquel espacio descomunal. Una vieja moqueta roja escondía las irregularidades del viejo parqué creando una llanura de montículos y agujeros en donde mi hermano y yo jugábamos a las arenas movedizas. Si uno de los dos tocaba los agujeros se hundía en los pantanos de la triste moqueta y moría.
En el ala izquierda, en torno a una vieja mesa camilla, Mariluz recibía a sus innumerables amigas. Formaban estas mujeres una especie de comité de representación permanente. La representada en este caso era mi tía que siempre se las arreglaba para escapar y dedicarse a oficios más nobles como la playa o la carpintería.
– Urraca, Agustina, Margarita, atendedme cinco minutos el teléfono
– Toñita, Felisita, Pepita, quedaos ahí cinco minutos que ahora vuelvo, les decía.
Pero nunca volvía, y ellas acabaron por acostumbrarse a guardar la tienda, atender a los clientes y a pasar pedidos. Mi tía se refería a ellas como “las viejas” y nunca la vi sentarse entre ellas ni compartir sus charlas. A veces atravesaba la tienda a grandes zancadas con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo su cigarrillo y al pasar por entre el comité de viejas les gastaba alguna broma o las felicitaba por su infinita paciencia con palmaditas en la espalda, pellizcos y estridentes carcajadas. Luego se encerraba en su oficina, un lugar abarrotado de libros, papeles y botes de cristal que atesoraban sus colecciones de conchas de playa, donde pasaba horas fabricando cuadernos con recortes de periódicos y revistas y escuchando  Wagner a todo volumen.
***
Al lado de mi tía iba a menudo Margot.
Margot fue en otros tiempos el ama de llaves de mi bisabuela.
En la época en que vivía (y vivió hasta mis nueve años), mi bisabuela ocupaba el puesto central del comité de representación de la mesa camilla. Lánguida y serena observaba la plaza al otro lado del escaparate de la mueblería. Se sentaba en un sillón victoriano con estampado de flores y en su mano derecha sostenía un bastón de madera con el que parecía moderar el comité de las viejas y dominar el mundo. A veces hacía sonar una campanilla para llamar al ama de llaves.
–  ¡Margooot!, gritaba mi bisabuela como un pajarito sin fuerza
– ¡Yes, madam! Respondía el ama, complaciente y servicial como le habían enseñado sus precedentes dueños ingleses.
Tres cosas definían el carácter exquisito de mi bisabuela: su gusto por el mosto, el dalky de chocolate y el huevo à la coque que Margot traía en una bandejita especial con huevera y cucharilla de plata.
Cuando mi bisabuela murió, Margot dedicó su vida a mi tía Mariluz, no sin grandes esfuerzos y regañinas, pues allí donde durante un siglo había imperado el orden y la disciplina de los horarios, el sonido de la campanilla y las buenas costumbres, sólo quedó la ley del no sé, del espera y el ya veremos, que dejó en el viejo corazón de Margot un estigma profundo de orfandad e incertidumbre.

Margot era pequeña, achatada y rolliza, con una cabeza muy redonda cubierta por una pelambrera de perfectos tirabuzones negros. Seguía a mi tía esperando sus órdenes y preguntando cosas como si la señorita querría cenar algo aquella noche. Pero la señorita se alimentaba de lo que encontraba en la cocina, pan y queso y de vez en cuando un huevo frito que en realidad nunca supo freír como es debido. Sólo en los momentos especiales con su baraja de cartas y en pleno éxtasis de una partida al solitario, Mariluz atacaba el armario de su habitación donde ella misma escondía sus propios bombones de chocolate.
Ante tal situación de anarquía, Margot se sentía desorientada y sólo en los momentos en que iba a lavar las ropas al río recuperaba su verdadera identidad. En un barreño de estaño que dirigía magistralmente sobre su cabeza, Margot transportaba la colada de la señorita, las cortinas y las alfombras de la casa con un asombroso sentido del equilibrio, del ritmo y la armonía. Ninguna lavadora pudo convencerla jamás de las ventajas de la máquina, la técnica y el progreso.
Recuerdo un día en que las vimos desde el coche de mi padre paseando juntas por el pueblo. Mi tía iba delante encorvada y cabizbaja con su bañador mojado y su gorro de la ducha. Llevaba una toalla alrededor de la cintura y caminaba descalza a grandes zancadas escupiendo humo por la boca. Margot la seguía hierática y majestuosa, digna como una estatua de alabastro con su barreño en la cabeza y su mandilón a cuadros.
– ¡Mirad! Dijo mi hermano ¡Don Quijote y Sancho Panza!
Y todos reímos
***
Un día apareció en la habitación de Mariluz la foto enmarcada de un hombre barbudo.
En su casa había algunas fotos y cuadros de ancestros y tatarabuelos, y alguna más reciente de nuestros días, pero todas habían sido puestas ahí en la época en que mi bisabuela estaba entre nosotros y no me parecía propio de mi tía dedicar su tiempo a decorar las paredes con fotos de seres queridos y sobrinos malcriados, por esa razón aquella foto resultaba doblemente misteriosa. Aquel hombre no sólo no pertenecía a la familia sino que además su foto ocupaba un lugar privilegiado en el mismísimo cuarto de Mariluz.
-¿Quién es este señor de la foto?, pregunté a mi madre en cierta ocasión
– Es Fidel.
– ¿Fidel? ¿Y quién es Fidel?
– Un imbécil hija, un imbécil

A mis diez años lo que deduje de aquello era que mi tía Mariluz tenía un novio que se llamaba Fidel y que mi madre no aprobaba la relación amorosa entre él y mi tía, más aún cuando al hilo de ciertas discusiones airadas entre ella y mi madre, en las que palabras incomprensibles como comunismo, capitalismo, socialismo y marxismo parecían contaminar la atmósfera y enfrentar a mi familia, mi tía gritaba que se iba a Cuba con el tal Fidel.
Así empezaron los viajes anuales de mi tía a la isla. Viajaba siempre en navidades para ahorrarse de paso los aburridos compromisos familiares a los que de todas formas nunca había hecho ningún caso y su colección de conchas de playa aumentó significativamente. Estas son de Cayo Santa María y estas otras vienen de Ancón y estas de Saetía, decía mi tía, como si cada concha hubiese sido adquirida en una tienda diferente. A mí aquellos lugares me sonaban a los viajes de Gulliver y esperaba que me llevase con ella en su próxima expedición. Al principio creí que se escapaba por amor, pero con los años descubrí que aquel Fidel que tanto amaba mi tía era en realidad un horrible dictador que oprimía a su pueblo y perseguía a quienes no pensaban como él.
Eso decían en la tele y en la radio. Eso decía mi familia y los profesores del colegio y todo el mundo y eso mismo acabé diciendo yo también.

Una tarde de mis catorce años, mientras mi tía barajaba sus cartas, me fui a fisgonear al armario secreto donde escondía el chocolate. La caja de bombones estaba enterrada por pilas de libros y papeles entre los cuales encontré un álbum con fotos de hombres barbudos. Era una especie de revista que a modo de historieta iba relatando las andanzas de aquellos hombres y mujeres armados en un lugar llamado Sierra Maestra. Fidel, el amigo de mi tía, sonreía al lado de un tal Ernesto Guevara, una Vilma Espín y un Camilo Cienfuegos. Recuerdo que la historieta contaba algunas bromas del tal Camilo conocidas como “camiladas” y yo, todavía una niña pero casi una mujer, sentí una ligera simpatía hacia  aquellos barbudos. Eran los años noventa y las niñas de mi edad soñábamos con backstreet boys y otros rostros publicitarios del momento, pero la visión de aquellos tres hombres despertó en mí un extraño deseo, todavía tenue y hasta entonces desconocido. Miré de nuevo al tal Ernesto Guevara y de pronto me pareció el hombre más guapo del mundo.  Aparté enseguida tales pensamientos de mi cabeza y cerré la historieta de un golpe. Fui directa al salón y le solté a mi tía una de aquellas frases que ya había oído antes a mi familia: “¿Por qué no sacas la foto de ese barbudo dictador de tu habitación?”
Mariluz  dejó la baraja sobre la mesa. Me miró con un ojo medio cerrado y su cigarrillo entre los labios como si me viese por primera vez en su vida.
– Explícame las razones por las que aseguras con tanta firmeza que Fidel es un dictador, dijo.
Se las enumeré todas. La falta de elecciones, el aislamiento político, su obstinación al no querer ceder a ciertas condiciones de democracia y respeto a los derechos humanos en favor de su pueblo hundido en la pobreza, el hambre y la miseria, el sufrimiento de los homosexuales y de los refugiados en Miami. Yo me sentí orgullosa de mi respuesta, de haber demostrado a mi tía que sabía de qué hablaba, pero ella volvió a sus cartas como si yo ya me hubiese ido.  Empezó a repartirlas sobre la mesa  y sin ni siquiera mirarme, dijo:
Repites como un loro todo lo que oyes. Tu discurso es un discurso plagiado sin ningún elemento propio y sólo se sostiene a través de la reproducción, lo cual demuestra la falta de inteligencia que lo construye. En la escuela os enseñan a ser mediocres papagayos.
Y volviéndose hacia mí  me apuntó de nuevo con sus pupilas agudas como cuchillos de plata:
Las buenas respuestas sólo puedes hallarlas en ti misma. Cuando las encuentres hablamos, entretanto yo no pierdo el tiempo con papagayos mamarrachos.
Estaba acostumbrada a los desplantes de mi tía y agradecí que al menos no me hubiese llamado Cristobalito. Allá ella con su Fidel, sus partidas al solitario y sus extravagancias. En el fondo le perdonábamos sus rarezas precisamente porque era una rara y las personas raras suelen decir cosas raras e incomprensibles.

Tuvieron que pasar muchos años y muchas lecturas para llegar a entender las rarezas de mi tía.
Un día cayó en mis manos el contrato social y muchas obras siguieron a aquella.
Supe así que mientras había hombres que consideraban al hombre bueno en su estado de naturaleza, otros aseguraban que en realidad el hombre era un lobo para el hombre y que esta concepción dual era la piedra angular de la segregación ontológica y política del pensamiento humano. Fui profundizando en la historia colonial y en las venas abiertas de los países colonizados, aprendiendo así que la realidad política de un país depende de un pasado histórico que le es propio sin el cual no podemos juzgar su presente. Descubrí los complejos engranajes de la maquinaria de producción capitalista y su sistema bancario y abordé el concepto de lucro y el de plusvalía y, aunque nunca llegué a compartir el enfoque dialéctico-histórico del materialismo ni el materialismo mismo, entendí las razones filosóficas de Marx. Entendí asimismo las devastadoras consecuencias de la acumulación de capital y el significado profundo y abstracto del valor dinero tan bien reflejado en esa imagen del fotógrafo Sebastiao Salgado en la que millones de hombres, por voluntad propia, arriesgan sus vidas como bestias famélicas en busca de un poco de oro en la garganta minera de Sierra Pelada. Entendí que en nombre de la libertad los hombres persiguen quimeras ante las cuales se arrodillan como esclavos y que la verdadera libertad reside en la sobriedad y en la disposición de nuestro tiempo de vida.
Me confronté al concepto de alienación, pero no llegué a comprenderlo realmente hasta que trabajando en un Mc. Donalds a mis veinte años, lo pude sentir en mi propia carne. Entendí muy tarde que ni los periódicos, ni la televisión, ni mis maestros podían enseñarme gran cosa sobre del hilo conductor que teje todas las épocas de la evolución humana y que sólo a través de la conquista de mi propia soberanía y a través de la extensísima historia del pensamiento humano podía llegar al epicentro de la revolución cubana que era a la vez mi propio epicentro y entender así a mi tía loca y a aquel barbudo de la foto.
***
Mariluz dejó este mundo el año en que empecé a hallar mis propias respuestas.
Fue dos meses antes de mi primer viaje a Cuba.
Nunca pude compartir con ella mis hallazgos, pero hoy varias conchas de Cayo Santa María y Ancón decoran los estantes de mi habitación y junto a ellas la foto de un hombre barbudo nos une a través de la Historia.

 

 

 

 

Revolución bio-lógica y huelga general del consumo

consommationFormo parte de esas personas que tras muchos años de activismo político, terminé por darme cuenta que la transformación de la sociedad sólo era posible a través de mi propia transformación.
Antes participaba a menudo en la vida política. Votaba y me manifestaba. Salía a la calle con pancartas y protestaba contra las injusticias del sistema pero luego pasaba por el supermercado y engrasaba sus engranajes esperando el día en que un cambio político lo arreglase todo.

La realidad económica ha cambiado y hoy en día los medios más efectivos de protesta como pudo ser en otra época la huelga general han dejado de tener sentido ya que la mayor parte de los bienes de consumo se producen fuera de Europa (Anne Steiner, leer artículo en francés). Lo mismo ocurre con las manifestaciones que funcionan como una olla a presión canalizando todas las frustraciones de la sociedad civil y así evitar revoluciones como las de otros tiempos capaces de revocar el orden establecido. Hoy protestamos pidiendo permiso previamente a las autoridades y respetando el trazado urbanístico acordado y cercado por los guardianes del orden público. Gritamos furiosos mientras los dirigentes nos miran con displicencia desde sus palacios presidenciales, luego salimos en la prensa llenos de moratones y finalmente volvemos a casa y todo sigue igual.

He tenido una experiencia laboral de varios años en instituciones internacionales y ello me ha enseñado que la lucha desde una lógica nacional carece ya de sentido pues los problemas nacionales son sólo los resultados últimos de toda una maquinaria económica que funciona a escala transnacional. Las reformas laborales de nuestros gobiernos no son más que tareas de ejecución como las que realiza un funcionario de la administración local para cumplir con estándares normativos y planes inversores establecidos por sus superiores jerárquicos (EEUU en el caso de Europa).

Tenemos que entender que desde la lógica de la ideología económica dominante,  los países se han convertido en empresas e incluso los ciudadanos caemos en la trampa de hablar de nuestros países en términos de rendimiento, crecimiento, défit y otros términos de contabilidad empresarial. Cierto que los medios de comunicación llevan años condicionándonos a ello, sin embargo tenemos que entender que la idea de estado como multinacional competitiva dentro del mercado mundial convierte al ciudadano en un simple peón al servicio de la empresa y lo anula radicalmente como ser humano.

El Estado tradicional susceptible de velar por el acceso a la educación, la sanidad y la vivienda y garantizar un marco de convivencia digna  está hoy en vías de extinción y el pensamiento único ha llegado incluso a hacernos creer que la felicidad del hombre en la tierra depende unicamente de su acceso al trabajo, como si la vida en la Tierra se redujese a eso. De hecho llegamos a decir a menudo cosas como “Prefiero ir a la oficina porque en casa me aburro”, como si la vida fuese una mediocre dicotomía casa-oficina. Despertemos de   una vez de este pensamiento de esclavos.

imagesCreo que el medio de lucha más eficaz es la “huelga general del consumo”, es decir, reducir de manera drástica el consumo de bienes industriales dándonos de baja voluntariamente de nuestros empresas-estado y alejarnos de sus circuitos comerciales, aprendiendo a producir de otra manera todo aquello que consideramos esencial para nuestro bienestar.

Esta forma de ver las cosas es cada vez menos utópica y la realidad nos muestra como en muchísimas parte del mundo el movimiento altermundista ocupa cada vez más espacios públicos (ver el documental francés “Demain”) y edifica poco a poco una realidad paralela a esta del estado-empresa accionista, jugador de casino, mafioso institucionalizado que divide a los ciudadanos entre aquellos que producen PIB y los que no.

Cualquiera de nosotros puede aportar su pequeño ladrillo a este nuevo mundo que florece y que pugna ante todo por recupera la tierra (humano viene de “humus” que es el sustrato orgánico de la tierra) de la que formamos parte. Hoy cada vez más personas se dan cuenta que la rehumanización de la sociedad pasa por la desmercantilización de uno mismo.

En mi caso muchas cosas han cambiado en mi manera de relacionarme con el mundo así como en mis hábitos de consumo y lo más sorprendente es que la realidad alrededor se ha transformado y todo me parece hoy mucho más positivo. Antes me solía deprimir creyendo que las cosas no cambiaban. ¡Ahora sólo veo como todo cambia a mi alrededor! Tal vez vivir en una ciudad del norte de Europa también ayude.  Ignoro si en España, mi país natal, tendría la misma impresión, pero seguro que sí pues la realidad no deja de ser una proyección de nuestra conciencia.

El número de desertores, de trabajadores que se autodespiden de este sistema, crece cada día.

En mi caso y comparado con muchas otras personas, mi contribución es todavía miníscula, pero varias cosas han cambiado en estos tres últimos años de mi vida.

  • He dejado radicalmente de utilizar cosméticos industriales. Mi cuarto de baño parece hoy una cocina en la que sólo hay aceites naturales (oliva, argán, coco y linaza) que me sirven de cremas, con lo cual todas esas sociedades de productos como L’Oreal y compañía, no se repartirán nunca más sus dividendos gracias a mi contribución y sus laboratorios de experimentación animal no serán financiados con mi bolsillo. También me fabrico yo misma mi pasta de dientes con arcilla, aceite esencial de menta y bicarbonato.Otra cosa que he descubierto es que el cabello no necesita de champús ni cremas y que naturalmente lo tenemos limpio (¿Cómo hacían antes los seres humanos? ¿Creéis que andaban con sus pelos grasientos por el mundo?) y desde hace seis meses formo parte  de esta fantástica tendencia del no-poo que además de sentarle genial a mi pelo, limpia el cuarto de baño de todos esos antiestéticos botes de plástico. Un poco de arcilla y vinagre de manzana y el cabello  está perfecto!
  • He dejado de consumir carne. En mi caso ha sido fácil pues creo que en el fondo mi verdadera naturaleza siempre fue vegetariana. No me opongo al consumo tradicional (el cerdo que se mata en familia) pero me opongo radicalmente al maltrato animal en mataderos industriales de muerte en cadena; realidad hacia la que,  gracias a internet, somos cada vez más conscientes y sensibles. Hoy somos en el mundo 600 millones de vegetarianos, si fuésemos una nación seríamos ya más grande que toda la UE (Philipp Wollen). Además, aunque uno no sea sensible hacia los animales,  todos sabemos que la industria cárnica es una de las principales causas del calentamiento del planeta, la degradación de las tierras, la contaminación atmosférica y del agua, y la pérdida de biodiversidad.
  • Aunque todavía tengo coche (deshacerme de él sea tal vez el próximo paso pues al menos en esta parte de Europa, es cada vez más fácil alquilar un coche eléctrico si lo necesitas) intento limitar su uso al máximo y prefiero caminar o coger la bicicleta (cuando veo una ciudad como Copenhagen donde ya el 80´% de la población la utiliza como medio de transporte no  puedo evitar pensar que pronto será así en todo el mundo y la bicicleta será pronto el primer medio de transporte para todos)
  • He dejado de consumir comida industrial y boicoteo (el BOICOT es el verdadero poder!) todos los productos Monsanto (marcas como Coca-cola y toda la familia están absolutamente erradicadas de mi alimentación) y compro comida sólo en mercados bio. En Bruselas es cada vez más fácil y una vez por semana hago grandes compras a granel en el Marché de Tanneurs donde podemos comprar directamente al productor. Me he comprado además una buena máquina de zumos que se han convertido en la base de mi alimentación.
  • En temas de ropa nunca he sido muy consumista. Una o dos veces al año me compro algunos trapillos o los heredo de mi madre o hermana, así que no he tenido que cambiar gran cosa.
  • Nunca veía la televisión, así que ¿para qué tener una? Televisión a la basura con todo su ruido y agitación
  • En un mundo que va hacia el dinero virtual y el chip bajo la piel, me abstengo de mantener relaciones (ni hipotecaria ni de ninguna clase) con el banco. Sólo una cuenta donde guardo una parte de mi dinero. La otra la he transformado en oro. No como una inversión pues no me gusta pensar en esos términos, sino como un gesto simbólico y de recuperación del valor real. El día que me compre una casa será una pequeña de campo con una huerta y lo básico para vivir en simplicidad voluntaria y en contacto con la naturaleza. Creo que este es el camino y que la mayor parte de nosotros hemos empezado a seguirlo naturalmente.

531818_509864405736312_2001909414_nNo esperes a que  ningún poder tome decisiones por tí. Un mundo de ciudadanos capaces de autogobernarse sería un mundo imposible de manipular por parte de ningún gobierno y estos estados-empresas no podrían sobrevivir a una deserción masiva del consumo industrial. Estarían obligados a reciclar todos sus valores calculadores y empresariales mezquinos (existismo, competición, trabajo, beneficio, consumo, bla, bla, bla) y transformarlos en valores humanos (bienestar, felicidad, espiritualidad, conocimiento, respeto a los animales, cultura)

Sería un mundo de ciudadanos libres y no de trabajadores  sumisos.

Lo que Borges y Goethe me contaron de Swedenborg

En el libro de los seres imaginarios de Borges existe un pequeño relato sobre los ángeles de Swedenborg.

DSC_0720Cuenta Borges que estos ángeles pueden  mirar al norte, al sur, al este o al oeste que siempre verán a Dios cara a cara. Son ante todo teólogos y su deleite mayor  es la plegaria y la discusión de problemas espirituales. Las cosas de la tierra son  para ellos símbolos de las cosas del cielo y las apariencias de las cosas cambian según sus estados de ánimo.
– Los trajes de los ángeles resplandecen según su inteligencia.
Continúa Borges diciéndonos que en el cielo, los objetos, los muebles y las ciudades son más concretos y complejos que los de nuestra Tierra, y los colores más variados y vívidos. Los ángeles de origen inglés propenden a la política, los judíos al comercio de alhajas y los alemanes llevan libros que consultan antes de contestar.
En todos los casos, su mundo está regido por el amor.
– Cada ángel es un cielo y dos personas que se han amado en la Tierra forman un solo ángel en los cielos de Swedenborg.

Esta última idea me pareció tan extraordinaria que me puse a indagar sobre la posible existencia de estos seres maravillosos. Al principio creí que Swedenborg era el nombre que la imaginación de Borges había dado a estos ángeles, sin embargo pronto descubrí que no eran suyos, sino de Enmanuel Swedenborg, un científico brillante del siglo XVIII de origen sueco que desarrolló su carrera en Inglaterra donde se aplicó al estudio de todo tipo de disciplinas. Fue matemático, ingeniero, óptico, relojero, grabador, astrónomo e inventor de todo tipo de artefactos; un Leonardo da Vinci injustamente olvidado por la Historia. También fue filósofo y teólogo.
Hijo de un obispo luterano, se interesó por las sagradas escrituras y aprendió hebreo y griego para entenderlas mejor. A los 56 años su vida cambió por completo: los ángeles empezaron a visitarle y le convirtieron en su auténtico portavoz en el mundo. Parece que conversaba con ellos en las calles de Londres como con cualquiera de sus vecinos.
Los ángeles lo llevaron a ver el más allá y le informaron de todos los pormenores de la vida espiritual que Swedenborg fue escribiendo en incontables volúmenes.

No es fácil encontrar a Swedenborg hoy en día.
En una librería de viejo, no lejos de la Place des Vosges en París, pregunté por el visionario sueco. La mirada del librero lanzada más allá del mostrador y de sus anteojos decimonónicos me pareció tardar una eternidad en llegar a la mía, como si todos los siglos que han transcurrido desde la existencia de Swedenborg y sus arcanos celestes se hubiesen interpuesto entre el librero y yo.
De pronto el hombre me pareció envejecido por algún escrúpulo de librero parisino polvoriento y desconfiado. Tal vez un secreto milenario hubiese atravesado su pensamiento en aquel instante, pues un rictus extraño contrajo sus cejas por encima de los cristales redondos de sus lunettes y algo parecido a un carraspeo nervioso resonó  en su garganta como la nota  final de un instrumento sin cuerda.
No podía ayudarme. No, no sabía gran cosa del tal Swedenborg. Sabía aquello de los ángeles y también que era un loco que había inspirado alguna obra de Balzac y Paul Valèry.
Nos despedimos del viejo pagando en su cuenta un viejo códice de alquimia que trataba sobre el simbolismo hermético, la incertitud de la medicina, la verdad sobre la Gran Obra, la felicidad temporal del hombre en la Tierra y la naturaleza del alma.
Mis pesquisas a través de estantes polvorientos duraron varios meses antes de someterme una vez más a la tiranía de la mercancía en movimiento en su vertiente de biblioteca electrónica universal, es decir, Amazón.
Gracias al rendimiento de sus recursos, al almacenamiento y procesamiento de libros altamente optimizado y sus servicios de computación en la nube conseguí, a golpe de ratón, hacerme con dos de sus grandes obras en un santiamén: “Del cielo y del Infierno” y “De planetas y ángeles”.

Leí a Swedenborg el invierno pasado durante mi estancia en Frankfurt y acabé su segundo libro el día que decidí visitar a Goethe.
***
Era una de esas mañana de invierno y nieve en Alemania.
En el reino de los bancos donde la vida transcurre entre cristales transparentes de rascacielos y palacios celestes, el río Main me parecía a menudo el único ser con vida.
A veces sacudía ligeramente sus olas y ese gesto lo interpretaba yo como una señal cómplice lanzada desde el sueño de sus aguas para devolverme a la vida tras una ínsipida jornada de oficina.
Elegí uno de esos días donde la vasta y perfecta maqueta que era Frankfurt se hallaba implacablemente vacía. Banqueros y oficinistas ocupaban sus puestos de trabajo con indolente obediencia y, con la eficacia de un mecanismo de precisión, lanzaban un día más los engranajes debidamente engrasados de sus rutinas miserables.
Era un día laboral en el que inventé una excusa cualquiera para no acudir al trabajo y, envuelta en mi larga bufanda de invierno, salí al encuentro de la Historia.

La casa de Goethe estaba perfectamente vacía aquella mañana. Tal y como lo había esperado yo era su única invitada.
Aunque la casa ha sido totalmente reconstruida tras el bombardeo sufrido en la segunda guerra, sus muebles, cuadros, manuscritos e incluso su pequeño teatro de marionetas siguen intactos. Cada uno de estos objetos desprendía un erotismo antiguo que excitaba mis sentidos y erizaba mi piel.
En uno de los cuadros se veía un retrato del joven Goethe. Aparece ligeramente recostado en un taburete victoriano. Lleva una casaca sencilla de paño azul y una camisa entreabierta de volantas en cuello y muñecas. De perfil, con las piernas cruzadas y cubiertas sus pantorrillas por unas medias de la época, sostiene en su mano derecha un oscuro retrato que parece la sombra de una mujer. La mirada despreocupada del poeta encierra antiguos anhelos y ambiciones secretas. Desde el otro lado del cuadro y del abismo de los tiempos traté de penetrar en los deseos ocultos de aquel hombre, pero al dejarme llevar por entre sus recovecos me encontré de pronto haciéndo el amor al fantasma de Goethe entre encajes y brocados de seda, de plata y terciopelo.
Algún ruido de la calle me despertó de tales ensoñaciones y continué mi visita con el fantasma del poeta pegado a mi piel.
Las pequeñas ventanas de la casa enmarcaban el paisaje de copos de nieve con la perfección arquitectónica de una casa de muñecas.
Subí a la primera planta donde había una exposición de sus manuscritos, cartas, libros y viejos bocetos a lápiz.
Me fastidió mi bajo nivel de alemán. Los cuadernos de Goethe hablaban claramente de cosas ocultas. Pirámides, cábalas, símbolos solares y todo tipo de escrituras crípticas poblaban sus cuadernos.
Goethe mencionaba a viejos alquimistas como Paracelso y en uno de ellos pude claramente leer el nombre de Swedenborg.

Nunca he sabido de su relación con el ocultismo, pero ese día observando los copos de nieve que bañaban Frankfurt a través de las pequeñas ventanas de la vieja casa e inspirada en el romanticismo de aquellos manuscritos con el nombre de Swedenborg trazado por la pluma de Goethe y mi piel erizada por fantasías decimonónicas, me dije que sólo un velo muy delgado puede dividir nuestro mundo del mundo real y que sólo los sueños, las experiencias místicas, las visiones y clarividencias de los hombres pueden dar acceso a él.
Goethe lo sabía y consagró su vida a la búsqueda de ese mundo mágico. Fausto es claramente el arquetipo y símbolo del proceso de individuación del hombre moderno. El hombre que trasciende la realidad desencantada por la ciencia y la tecnología y que utiliza el arte (la magia) como antídoto para salvarse de la desmitificación del mundo y reivindicar otros aspectos de la existencia.
Fausto, como Swedenborg, reivindica la magia y halla la luz.
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Creo que este relato me lo susurraron en sueños Borges y Goethe.
Tal vez ambos se hubiesen amado de alguna manera en la Tierra y hayan formado hoy un solo ángel en los cielos de Swedenborg.

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« Condeno la ignorancia que reina en nuestras democracias »

Marguerite Yourcenar (1903– 1987), humanista, escritora, novelista, dramaturga y poeta, se convirtió en 1980 en la primera mujer que ingresó en la Academia Francesa.
Lo que en estas líneas me dispongo a escribir es la traducción de un extracto del ensayo « Les Yeux Ouverts », un conjunto de entrevistas llevadas a cabo por Matthieu Galey, publicado en 1980 por la editorial “Le Centurion”.

00536489_P0004861“Condeno la ignorancia que reina es estos momentos tanto en las democracias como en los regímenes totalitarios. Esta ignorancia es tan fuerte, a veces tan absoluta, que sólo puede obedecer a una voluntad expresa de los poderes dominantes.

Yo he reflexionado a menudo sobre cómo debería ser la educación de un niño.

Creo que en primer lugar haría falta que reciba estudios de base, muy simples, donde primero el niño aprendería que él existe en el seno del universo, en un planeta donde a lo largo de su vida deberá aprender a cuidar sus recursos, ya que él depende del aire, del agua y del resto de seres vivos y que al mínimo error, a la mínima violencia, podría poner todo en peligro.

Aprendería también que los hombres se han aniquilado unos a otros en guerras y que éstas lo único que han conseguido es desatar nuevas guerras y que cada país acomoda la Historia a su manera, de forma engañosa, con el fin de alimentar su orgullo patriótico.

Aprendería también lo suficiente del pasado, de la memoria, para despertar en él ese lazo necesario para con otros hombres que le han precedido, para que les admire cuando así lo merezcan, pero sin caer en la idolatría (se les explicaría la diferencia entra la admiración y la idolatría).

Intentaríamos familiarizarlo a la vez con los libros y con las cosas. Aprendería el nombre de todas las plantas, conocería los animales sin necesidad de pasar por ignominiosas prácticas como la disección o la vivisección bajo el pretexto del conocimiento biológico; aprendería por supuesto cómo curar a los heridos; para su educación sexual se le enseñaría un parto y para su educación mental se le confrontaría a la realidad de la muerte.

Es así como aprendería las nociones básicas de moral sin las cuales la vida en sociedad es imposible. Una instrucción elemental que las escuelas no se atreven a impartir en ningún país.

Se le enseñaría a respetar el trabajo enriquecedor para uno mismo y a no dejarse llevar por imposturas publicitarias, empezando por todas esas chucherías adulteradas que les predisponen a caries y diabetes futuras.

Existe sin duda una manera de hablar a los niños de cosas verdaderamente importantes mucho mejor de lo que lo hacemos”

 

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La traducción es mía pero el artículo apareció publicado en The Dissident le 27 novembre 2015

 

Viaje al centro de la televisión

d578710ae96c50b61fdd8718117ce213Vengo de pasar unos días en España donde he tenido la ocasión, después de mucho tiempo, de encender uno de esos artilugios llamado televisión que, por alguna razón, la gente prefiere en formato plano, gigante y lo más alargado posible y cuya función primordial es estimular las ondas alfa de nuestro cerebro que paralizan el pensamiento y la reflexión y activan el estado de hipnosis.

La casita idílica de montaña con vistas al castillo de un pueblo mallorquín, geranios rojos y blancos en las ventanas y cocinita de madera adornada con cortinas fruncidas y retales de cuadraditos rojos y blancos a juego con los geranios, estaba  tomada por uno de esos armatostes planos que violentaba, como un colonizador extranjero, el paisaje bucólico y la decoración casi pastoril de nuestro hogar campestre y vacacional.
El artilugio, situado en una rinconera del salón parecía escudriñar desde su negro silencio el resto de la casa e, imponiendo su presencia con la fuerza cósmica de un Darth Vade, nos invitaba a mirar su rostro oscuro, ciego y plano.
Sabía que activar uno de esos mandos y hacerla hablar era un peligro, pues sin duda perturbaría mi inconsciente y  fastidiaría mis vacaciones y mis sueños nocturnos, pero su semblante vacío, sin órganos y sin vida me atraía como un agujero negro a las profundidades de las entrañas de  la nada, así que cogí el mando  y activé su sistema nervioso.

  • Venga, di lo que tengas que decir y acabemos, pensé, y al apretar el botón verde del mando, una fuerza cósmica y electromagnética me arrastró a ese lado del mundo donde los sueños se compran.

Al principio creí que me mareaba, que perdía el conocimiento. Pensé en hombres de épocas pretelevisivas y en el efecto que un experimento de esta índole podría causar en sus cerebros incorruptos. No distinguía unas imágenes de otras y sólo percibía el amarillo y el naranja chillón como un rayo de fuego solar, pero pronto mi retina se fue habituando y vi una luz al fondo de un túnel de colores fluorescentes como una de esas pinturas de Jeff Koons y su musa pornográfica Chicholina. Vi entonces un grupo de mujeres pintarrajeadas como monigotes de feria, pieles de leopardo y tiburón y labios hinchados de botox que gritaban al otro lado del túnel que Terelu tenía razón y que era injusto juzgarla sin criterio pues sólo había entrado en el baño a hacer pipí. El bando contrario, iluminado por destellos de purpurina, carmín y lentejuelas,  arremetía sin piedad contra la tal Terelu. Abrían sus bocas de colores como picos de gallinas hambrientas por las que se escapaban gusanos de palabras y afirmaban entre serpentinas de colores, que Terelu había claramente manipulado a sus compañeros y exigían explicaciones. La audiencia se posicionaba a favor de un grupo u otro enviando mensajes de texto.    ¿Crees que Terelu ha traicionado al grupo? Envia “sí” o “no” al 303.

De esta pasé a otra dimensión aún más vertiginosa y me adentré en la serie de televisión  “Aida” donde varios personajes chillaban como bestias enjauladas. En esta serie todos los valores aparecen invertidos. El listo es el tonto y el tonto es el listo, lo feo es lo bello y lo bello lo feo.

Oh! España zaragatera!

Toda su vulgaridad, caciquismo, brutalidad e ignorancia aparecen en esta serie en todo su esplendor, enaltecidos y exhibidos como  ejemplo de vida normal. La estupidez y el retraso mental  entrañable que encarna uno de los actores principales aparecen como referente social. La inteligencia, sin embargo, es representada por un chico de gafas no muy atractivo y lleno de rarezas hilarantes como despreciar el fútbol, amar las flores y leer a Spinoza. Una vegetariana menopáusica y medio chiflada “la Hierbas” encarna la locura del mundo espiritual y la sabiduría oriental y una rubia materialista, guapa y consumista, justamente llamada “La Pija” aparece como referente femenino.

Cambio de canal. La cara de una presentadora botoxeada e inexpresiva como un holograma japonés, aparece en un programa dando a los telespectadores lecciones escatológicas. Del borde de su minifalda se escapan dos largas piernas rematadas en sendos tacones de aguja que coloca entre el retrete  y un taburete al tiempo que  su trasero respingón alcanza  la taza del váter y nos explica cómo debemos cagar. Aparece acompañada de dos hombres que formulan teorías divertidas al respecto y el público feliz y exaltado, en pleno éxtasis catártico, aplaude la escena.

Me viene una náusea.
Cambio de canal.

Discusiones políticas en un debate aparentemente serio.

imagesPodemos y Venezuela como centro de debate. Sus discusiones intelectuales se resumen a poner algún ismo en una u otra tendencia. Extremismos, fascismos, terrorismos, comunismos y populismos se pasean como en un desfile carnavalesco por las bocas de la intelectualidad española organizada gregariamente en bandos, deformación sin duda futbolística, y señalando a gritos al otro como el culpable de algún –ismo reprobable. Toda teoría política se sustenta en comparaciones subjetivas y carece de raíces filosóficas. Nunca se ataca la causa de un problema y todo el debate es artificial y colmado de apelativos como chavistas, castristas, kirchneristas. No existen sin embargo ni obamistas, ni  junkeristas, ni merkelistas y cuando se habla de Colombia no se habla de los “santistas” como en el caso de Venezuela, sino que se dice “el presidente Santos…”  Contrariamente a los debates políticos en Francia (criticables, eso sí, pero a otro nivel), no se acude a referentes filosóficos desde una perspectiva académica y didáctica.

Bruselas, después de haber sumido al país en la penuria, aparece a menudo como referente. « Y no lo digo yo, lo dice la Comisión Europea», asegura como argumento irrefutable uno de los tertulianos de la “extrema”izquierda. Y que si Bruselas dice esto y Bruselas dice lo otro, como si Bruselas tuviese a estas alturas legitimidad para decir nada.

Me parecen estos debates fiestas de cumpleaños. Lo mismo me ocurre con  la democracia española. La percibo como una fiesta muy colorista, con banderines y piñatas, donde cada candidato funciona como un títere de papel cuya función consiste en entretener a los invitados y dejarse golpear a cambio de algunas chucherías. Tiene algo de romería de San Isidro, de manteo del pelele, muy festivo y popular, como de cine de barrio.
Pedro Sánchez nos vende, como un modelo de telefonía móvil, la UE: « apostar por Europa es apostar por la paz. Es apostar por el cambio » aseguran sus blancos dientes. Su rostro perfectamente anodino y su semblante acartonado de Ken Super Star parecen decir sensualmente “compra Europa” ,”cómprame”.

Los ciudadanos reivindicativos del 15M han sido también invitados a la fiesta y se pasean con serpentinas, matasuegras y gorritos de cartón por el cosmos televisivo  entre Anas Rosas  Quintanas y otros sujetos festivos, convirtiendo sus postulados ideológicos, que pudieron ser admirables en otro contexto y  otros tiempos, en un espectáculo grotesco y hortera.

  • El espectáculo es el capital a un nivel tal de acumulación que se ha convertido en imagen, decía Guy Debord

Los movimientos ciudadanos anticapitalistas sirven al capital y se han convertido en su imagen. La realidad en las calles, en la puerta del Sol, es ahora sometida al imperio de la apariencia.

La imagen de Pablo Iglesias ha sufrido la deformación de los espejos del callejón de gato y su figura esperpentuada e hiperbolizada por los artificios del universo televisivo, se repite como si de una publicidad se tratase. Lo han convertido en un producto de marketing y su pensamiento se confunde con los objetos fetiche del mercado. Un colchón, un desahucio, una tarjeta del corte inglés, una reforma social, un producto de limpieza. Da igual.  « Compra, es gratis » dicen una y otra vez los gurús del marketing.

  • Compra un disco de Shakira y vota a Pablo Iglesias, la nueva vedette, la representación espectacular del hombre vivo.
  • Vota, puedes pagar a plazos, es gratis.

Un anuncio de un programa nos asegura que « todos hemos querido ser alguna vez otra persona » ( ?!) y acompañan tan magnánima afirmación con la imagen del «líder » de Podemos proyectando su coqueta imagen en un espejo (el espejo dentro del espejo) anunciando un programa televisivo en el que tendremos la ocasión de presenciar la vida de la vedette como si fuese la nuestra.

Fascinante.

La alianza con Garzón la venden como un dos por uno de Mercadona y se pierde el sentido real de los movimientos ciudadanos entre una marea de objetos que flotan a la deriva como cadáveres en descomposición.

Ya he perdido el número de canales. ¿Doscientos ? ¿Un millón? Concluyo que cuántos más canales menos elección. Como el sistema electoral mismo con todos sus partidos.

Nueva imagen.
Las hordas neuróticas se abalanzan sobre otra representación espectacular de un hombre vivo. En este caso es Brad Pitt que se ha convertido en el héroe estelar de la semana por salvar a una niña de la histeria homínida. Los periodistas entrevistan a la niña que entre lágrimas y suspiros asegura que nunca olvidará semejante momento.

  • Cómo te sientes después de lo vivido?- pregunta la periodista sedienta de información veraz
  • Siempre fue mi héroe, asegura la afortunada

Cambio de nuevo y entro en el universo norteamericano. Cientos de canales directamente importados de este país se introducen en nuestras vidas y nuestros cráneos privilegiados con toda su pléyade de valores maniqueos.  Concursos televisivos de tradición judeo-cristiana que compiten y juzgan quien tiene la mejor casa o el mejor vestido o la mejor vida y quien ganará por tanto el premio. El paraíso.
Otros programas de televisión españoles se han sumado a las modas del imperio  macdonaliano y hacen exactamente lo mismo, comparan sus casas, sus vestidos y sus vidas de ensueño entre centros comerciales y viajes turísticos en transatlánticos, y entre todos ellos emerge como una reina inmortal: Patricia, oh Patricia! Perla única del cosmos espectacular que ilumina las vidas miserables de millones de hombres y mujeres con su diario de celos y amores prohibidos.

  • España sigue en crisis económica, asegura de pronto un presentador de telediario, al tiempo que presenta las estadísticas del paro, las caídas bursátiles y no sé qué cálculos incomprensibles del ibex que en realidad, sólo interesan a los inversores y a los idiotas.

CULT2_GMM2AECJF.1+FC_DJUROVICTras esta noticia de hecatombe económica pasan a los deportes y los dioses silenciosos del pueblo ibérico, entran en escena conduciendo sus jaguars.
Intocables, los amos del pueblo y la pelota, sonríen al devoto populacho y abren debates televisivos de carácter lúdico-intelectual. Unos opinan que Ronaldo ha jugado bien y otros opinan lo contrario. Nadie habla de que cada segundo uno de estos sujetos, ingresan en su cuenta más de 1000 euros por el simple hecho de existir y que sus cuentas bancarias sólo pueden medirse con los mismos parámetros que el macro universo. En las imágenes de fondo, el bando perdedor llora y derrama lágrimas y el vencedor celebra histérico la presunta victoria del ídolo multimillonario. Visten  camisetas con los nombres de sus dioses en la espalda superando cualquier ideolatría religiosa de la historia de la humanidad. Al día siguiente estas mismas hordas se manifiestan contra lo que suelen llamar “chorizos”.

Las manifestaciones del pueblo francés se resumen en las noticias a simples huelgas contra la ley del trabajo y nada se dice de la magnitud de este movimiento que se ha querido desmarcar de todos los precedentes, de ahí su primer apelativo “40 Marzo” que van cambiando a su antojo (32marzo, 50 abril…), es un movimiento sin fecha, sin tiempo preciso y que está haciendo surgir en este país una nueva corriente de pensamiento a la que no se le puede poner ningún –ismo, ni ninguna etiqueta, pues nace de ese orgullo soberanista que tiene sus raíces en el corazón mismo del pueblo francés y de su propia Historia. Todos los franceses conocen hoy y escuchan a Francis Coussin, Ettiene Chouard, Pierre Rabhi, Michel Onfray, Jean-Claude Micheá, Daniel-Robert Dufour, Frederic Lordon y otros muchos pensadores que están formando una nueva enciclopedia y una nueva forma de repensar nuestra sociedad y que como las mismas ideas de la revolución francesa, llegarán varios siglos después a España. Este movimiento es espontáneo y voluntariamente carece de estructura política. Ponen todo en tela de juicio y no salen a reclamar ni más crecimiento ni más democracia ni más trabajo. No. Salen a repensar estos valores. “El crecimiento económico es el problema y no la solución”. Esta idea tan expandida en Europa hoy, está todavía muy lejos de España y del discurso de cualquier fuerza política.

Tal vez ha llegado el momento de poner todo a cero, como el reset financiero de Christine Lagarde pero con nuestros valores de tradición judeo-cristiana (exitismo, competición, publicidad, marketing, crecimiento,  trabajo, PIB…) y transvalorizarlos. Asesinar a Dios. Y Dios es, en nuestras sociedades capitalistas, el dinero, el trabajo, el mercado, el espectáculo. Nada cambiará hasta que no renunciemos a ellos.

Y yo creo que empieza por desconectar radicalmente nuestros cerebros del espectáculo y deshacernos de  ese elemento colonizador de nuestro pensamiento que  es el televisor.

****************

Cuando acabé mi viaje vertiginoso le di la vuelta a la pantalla, la puse contra la pared como a un niño alborotador y volví a la única realidad que era la mía y la del mundo que me rodeaba.

Había un castillo al otro lado de la ventana y pájaros y grillos diurnos.

Por cierto, el resto de mis vacaciones sirvió como tendedero para mis bikinis de playa.

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(todas las pinturas son del artista serbio Goran Djurovic)

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Sobre el trabajo

132404TravailmdivalLa esclavitud existe todavía, lo que pasa es que el capitalismo ha tenido la deferencia de poner al trabajo en el mismo pedestal que la libertad y la dignidad.

En la época de Aristóteles el hombre libre era aquel que disponía de tiempo  para dedicarse a las artes nobles: pensamiento, filosofía, enseñanza, medicina, arte… Las artes nobles son autotélicas, pues no se realizan para obtener algo a cambio sino que tienen en sí mismas la justificación de su propio fin.
Algunas de ellas son en nuestros tiempos residuales o clasificadas como “hobbies” o “tiempo libre” (como si el tiempo pudiese ser otra cosa). Otras como el pensamiento han dejado de ser disciplina, las más desafortunadas han pasado a considerarse trabajo, como es el caso de la medicina, y todas y cada una de ellas han dejado de ser autotélicas (incluida la educación, cuando no debería haber nada más autotélico que la educación. El fin mismo de la educación es la educación misma y en ningún caso la inserción en el mercado laboral ni la obtención de una puntuación o un diploma).

El hombre esclavo trabajaba y como consecuencia de ello se le privaba de ese precioso bien que era el tiempo. El trabajo era por definición esclavo (noten ustedes que el origen etimológico de la palabra trabajo viene de tripalium: instrumento de tortura) pues privaba al hombre de su tiempo de vida. Para compensar ese robo, se le daba al trabajador techo y comida. En el la época romana todos los altos funcionarios del imperio eran considerados esclavos independientemente de su buena retribución económica o su buen estatus social.
En la Alta Edad Media el campesino trabajaba las tierras del señor a cambio de tierra propia y sólo los “jornaleros” o “asalariados”, los más pobres de la escala social, tenían que trabajar para subsistir pues carecían de tierra. Exactamente como los asalariados de nuestro tiempo.

El trabajador de la antigüedad, justamente llamado esclavo, si quería liberarse de sus cadenas pedía la libertad.
El trabajador de nuestro tiempo si quiere liberarse de sus cadenas no puede pedir libertad, puesto que la libertad es trabajo. ¿Qué hace entonces? Pues sale a la calle con una pancarta y pide mas trabajo, o sea, más dignidad y más libertad.
No puedo evitar pensar en lo divertido que esto resultaría a los esclavos de antes.

Estoy firmemente convencida de que la gran tragedia de la humanidad es que no hemos liberado al hombre esclavo sino que hemos esclavizado al hombre libre